El
Día de Wentworth
H.P.
Lovecraft & August Derleth
(Aquí tenemos uno de los relatos del mundo Lovecraftniano, escrito por August Derleth en colaboración con el mismo Lovecraft)
Al norte de Dunwich hay un
vasto territorio abandonado que, tras sucesivas ocupaciones por gente de Nueva
Inglaterra, canadienses de origen francés que vinieron después de ellos, italianos,
y finalmente polacos, ha recuperado en gran parte su estado salvaje. Los
primeros habitantes vivieron de la tierra pedregosa y de los bosques que,
entonces, cubrían aquella tierra. Pero no se cuidaron de repoblarla, ni de
conservar sus recursos, y las generaciones sucesivas acabaron con la poca
riqueza que quedaba. Los que vinieron después, pronto se cansaron de intentar
hacerla fértil y se marcharon a otros lugares.
Es una parte de
Massachusetts que no atrae demasiado a la gente. Las casas que un día se
levantaron orgullosas están hoy tan abandonadas que resultaría imposible vivir
en la mayoría de ellas con una cierta comodidad. En las laderas menos abruptas
quedan algunas granjas con tejados a la holandesa, viejos edificios que,
encaramados sobre plataformas rocosas, meditan acerca de los secretos de muchas
generaciones de Nueva Inglaterra; pero las huellas del abandono se ven por
todas partes: En las desmoronadas chimeneas, en las abombadas paredes, en las
ventanas rotas de las casas y los establos. Varias carreteras cruzan aquel
territorio, pero nada más desviarse de la general, que atraviesa el gran valle
al norte de Dunwich, se encuentra uno con caminos que no son más que senderos,
tan poco utilizados como la mayoría de las casas del territorio.
Se respira en este lugar una
inconfundible atmósfera de vejez y soledad, pero también de maldad. Existen
zonas de bosque jamás tocadas por el hacha; existen sombrías cañadas con
enredaderas y arroyos sumidos en una oscuridad ininterrumpida, incluso en días
de deslumbrante sol. En todo el valle hay pocas señales de vida, aunque existen
unos cuantos habitantes recluidos en algunos de las granjas ruinosas. Incluso
los halcones que vuelan a lo lejos en las alturas, nunca se entretienen
demasiado en el lugar, y las grandes bandadas de cuervos atraviesan el valle
sin descender a buscar una presa. Hace mucho tiempo tenía fama de ser un
territorio en el que se practicaba el “Exrey” -ceremonias religiosas dedicadas
supersticiosamente a las brujas-, y aún en la actualidad perdura esa triste
fama. No es territorio para detenerse en él demasiado tiempo, ni tampoco el más
apropiado para atravesarlo de noche. Pero fue precisamente de noche, en el
verano de 1927, cuando hice mi último viaje al valle, a la vuelta de Dunwich,
adonde había ido a llevar una estufa. No hubiera pasado por la zona situada al
norte del pueblo abandonado de no haber tenido que hacer otra entrega, y al
caer la tarde decidí internarme en el valle en lugar de rodearlo para alcanzar
el otro extremo. La poca luz que había alumbrado Dunwich era ya prácticamente
nula al llegar al valle, y pronto oscurecería por completo: El cielo estaba
nublado por unas nubes muy bajas, casi a la altura de las colinas, de modo que
me encontraba, por así decirlo, en una especie de túnel. Muy poca gente
transitaba por aquella carretera: Podían tomarse otras para llegar al otro lado
del valle, y estaba ésta tan abandonada, y los matorrales tan crecidos, que
pocos conductores se arriesgaban a utilizarla.
Todo habría ido bien, puesto
que la carretera me llevaba en línea recta hasta mi punto de destino, y no
había necesidad de abandonar la carretera general, de no haber sido por dos
hechos inesperados. Empezó a llover poco después de dejar Dunwich. Había estado
muy nublado durante toda la tarde, y ahora por fin se abrió el cielo y empezó a
diluviar. La carretera brillaba bajo las luces de mi coche, y esas luces pronto
iluminaron algo más. Había recorrido unas quince millas cuando me tropecé con
una pequeña barrera en la carretera cuya señal me obligaba a desviarme. Más
allá de la barrera se podía ver que la carretera estaba tan destrozada y en tan
mal estado que era imposible circular por ella.
Me desvié con cierto recelo.
Si hubiera hecho caso a mi impulso de volver a Dunwich para coger otra
carretera, me habría librado de las malditas pesadillas que desde aquella noche
de horror me han inquietado. Pero no lo hice. Había recorrido demasiado camino
como para perder el tiempo volviendo a Dunwich. La lluvia seguía cayendo
torrencialmente, y era arduo y penoso conducir. Me desvié de la carretera y
enfilé un camino cubierto parcialmente con gravilla. Habían limpiado los bordes
y cortado ramas y árboles para hacer transitable el desvío, pero poca cosa
habían hecho por la carretera en sí, y la los pocos metros, llegué al
convencimiento de que iba a tener problemas. La carretera empeoraba
progresivamente a causa de la lluvia; mi coche, a pesar de ser un Ford muy
duro, con ruedas relativamente altas y estrechas, se hundía y marcaba el hendido
de sus huellas a su paso y, de cuando en cuando, se metía en grandes charcos de
agua, lo que ocasionó los primeros fallos del motor.
Sabía que no pasaría mucho
tiempo antes de que el agua entrase en el motor e hiciera que se parase del
todo, así que me puse a buscar por los alrededores alguna señal de vida, o por
lo menos algún cobijo para el coche y para mí. Conociendo la soledad de este
valle hubiera preferido un establo abandonado, pero en la oscuridad era
imposible distinguir algo más que siluetas. Finalmente llegué hasta el pálido
recuadro de luz de una ventana, no lejos de la carretera. Los faros del coche
me permitieron encontrar el camino que llevaba hasta la casa. Al entrar pasé
cerca del buzón con el nombre del dueño toscamente pintado; estaba algo
borroso, pero aún podía leerse: Amos Stark. Los faros del coche iluminaban la
vivienda, y pude ver que se trataba de una casa antigua, una de esas casas que
incluían todo -casa, establo, cocina- en un único bloque, con tejados de
diferentes alturas. Afortunadamente el establo estaba abierto a la intemperie,
y al no encontrar otro refugio para el coche, lo metí bajo el cobertizo.
Esperaba hallar vacas y caballos, pero se percibía una atmósfera de abandono, y
no había vacas ni caballos, y el heno que impregnaba el ambiente con el aroma
de viejos veranos debía de llevar allí varios años.
No me entretuve en el
establo, y me dirigí a la casa a través de la lluvia. Por lo que se podía
observar desde el exterior, la casa parecía tan abandonada como el establo. Era
de una sola planta con una galería baja a la entrada; no tardé en descubrir que
el suelo estaba lleno de negros agujeros donde una vez hubo tablones de madera.
Encontré la puerta y llamé.
Durante un largo rato no escuché otro sonido que el de la lluvia que caía sobre
el techo de la galería y luego sobre los charcos que había debajo. Golpeé la
puerta otra vez y alcé la voz para decir:
-¿Hay alguien en la casa?
Entonces una trémula voz que
venía del interior preguntó:
-¿Quién es?
Dije que era un vendedor que
buscaba guarecerme de la lluvia. La luz empezó a moverse en el interior, al
compás de alguien que portaba la lámpara. La ventana se ensombreció, y una
línea amarilla cada vez más intensa asomó por debajo de la puerta. Se oyó el
sonido de candados y cerrojos, y entonces se abrió la puerta, y apareció mi
anfitrión ante mí, con la lámpara en alto; tenía aspecto de hechicero, con una
barba desigual que le cubría el cuello. Llevaba gafas, pero me miraba por
encima de ellas. Tenía el pelo blanco y los ojos negros; al verme, abrió los
labios en una especie de sonrisa animal y me enseñó los pocos dientes que
tenía.
-¿El señor Stark? -pregunté.
-Le ha pillado la tormenta,
¿eh? -me dijo-. Pase adentro y séquese. No creo que la lluvia vaya a durar
mucho.
Le seguí hacia el cuarto
interior desde donde se había dirigido a la entrada. Primero había cerrado la
puerta con candados y cerrojos, cosa que me llenó de inquietud. Debió haber
notado mi mirada inquisitiva, puesto que tras depositar la lámpara sobre un libro
que había en la mesa de la habitación, se dio la vuelta y dijo con una risotada
fría:
-Es el día de Nahum
Wentworth. Pensé que sería Nahum.
La risotada decayó hasta
convertirse en espectro de una risa.
-No señor, mi nombre es Fred
Hadley. Soy de Boston.
-No he estado nunca en
Boston -dijo Stark-. Nunca he ido más allá de Arkham. El trabajo de la tierra
me retiene aquí.
-Me he tomado la libertad de
dejar el coche debajo de su cobertizo. Espero que no le importe.
-A las vacas no les
importará -se rió de su propia broma, pues sabía perfectamente que no había
vacas en su establo-. Yo no conduciría uno de esos cacharros de ahora, pero
ustedes, la gente de ciudad, ya se sabe. No pueden vivir sin automóvil.
-No me imaginaba que se me
notase que era un hombre de ciudad -dije, con ánimo de seguirle la corriente.
-Puedo distinguir a un
hombre de ciudad al primer golpe de vista. De vez en cuando se instala alguno
en el distrito, pero pronto se van; supongo que esto no les gusta. Nunca he
estado en una gran ciudad. De todas maneras, creo que no me gustaría.
Siguió divagando de esta
forma durante tanto tiempo que pude dedicar mi atención a observar cuanto me
rodeaba, y a hacer una especie de inventario de la habitación. Por aquel
entonces, cuando no me hallaba al volante en la carretera, pasaba el tiempo en
el almacén de Boston, y había pocos con tanta práctica como yo para inventariar
cuanto veía; de modo que no me llevó tiempo hacer el inventario de la
habitación de Amos Stark, y ver que estaba llena de cosas por las que un
anticuario pagaría bien. Había muebles de hacía casi dos siglos, si no me
equivocaba, y bonitos adornos, cristalería y porcelana de Abby Land en un
rincón. Y había piezas hechas a mano -badilas, tinteros de madera con tapón de
corcho, candelabros, un atril-, como aquellas que se encontraban en las casas
de Nueva Inglaterra de hace varias décadas, lo que también evidenciaba que la
casa se mantenía en pie desde hacía muchos años.
-¿Vive usted solo, señor
Stark? -le pregunté interrumpiéndole.
-Ahora sí. Antes estaban
Molly y Dewey. Abel se fue cuando era un niño, y Ella murió de una pulmonía.
Estoy solo desde hace cerca de siete años.
Mientras hablaba, pude
observar en él un aire de espera, como si estuviera pendiente de algo. Parecía
estar constantemente a la escucha de algún sonido distinto del de la lluvia.
Pero no se oía nada; sólo el crepitante ruido de un ratón que mordisqueaba en
alguna parte de la vieja casa; nada más que eso y la incesante lluvia. El
seguía escuchando, con la cabeza ligeramente inclinada, los ojos empequeñecidos
como si le molestase la luz de la lámpara. En su cabeza brillaba la calva de la
coronilla, rodeada de un estrecho círculo de pelo blanco y alborotado. Tendría
unos ochenta años, quizá eran sólo sesenta y la vida de reclusión le había
envejecido.
-¿No vio a nadie en la
carretera? -preguntó de repente.
-De Dunwich aquí no me
tropecé con nadie. Cerca de diecisiete millas, creo.
-Media milla más o menos
-dijo. Y empezó de nuevo con sus risotadas, mostrando un regocijo que ya no
podía contener-. Hoy es el día de Wentworth, Nahum Wentworth -sus ojos se
empequeñecieron de nuevo por un instante-. ¿Ha sido vendedor por esta zona
durante mucho tiempo? Tiene que haber conocido a Nahum Wentworth.
-No señor. No lo conozco. Me
dedico a vender en las ciudades, muy pocas veces en el campo.
-Casi todo el mundo conocía
a Nahum -continuó-. Pero ninguno le conocía tan bien como yo. ¿Ve aquel libro
de allí? -señaló un libro forrado con papel, que se apreciaba difusamente a
causa de la mala iluminación-. Es el Séptimo Libro de Moisés. Se aprende más en
él que en cualquier otro libro que haya visto jamás. Era el libro de Nahum.
Se rió de algún recuerdo y
prosiguió:
-Oh, ese Nahum era un tipo
extraño. Y además malo y mezquino. No me explico cómo no llegó a conocerle.
Le aseguré que nunca, hasta
entonces, había oído hablar de Nahum Wentworth. Pero empecé a sentir curiosidad
por él, y mi curiosidad aumentó todavía más al ver que era dado a la lectura
del Séptimo Libro de Moisés, una especie de Biblia para brujos que ofrecía todo
tipo de hechizos y encantamientos. Un libro que deleitaba a todo aquel lector
lo suficiente ingenuo para creer en su veracidad. Vi también, dentro del
círculo alumbrado por la lámpara, algunos otros libros conocidos: Una Biblia,
igual de vieja que el libro de magia, una selección de las obras de Cotton
Mather, y unos ejemplares del “Arkham Advertiser” encuadernados en un solo
volumen. Quizá éstos también pertenecieron en su día a Nahum Wentworth.
-Veo que esté mirando sus
libros -observó mi anfitrión, como si me hubiera adivinado el pensamiento-.
Dijo que podía quedármelos; y los cogí. Buenos libros. Sólo que necesito gafas
para leerlos. Puede mirarlos si lo desea. Se lo agradecí, y le recordé que me
estaba hablando de Nahum Wentworth.
-¡Oh, ese Nahum! -dijo en
seguida, y se rió de nuevo-. No creo que me hubiese dejado todo ese dinero de
saber lo que le ocurriría. No señor, no creo que lo hubiese hecho. Y sin un
recibo, ni nada. Eran cinco mil. Y me decía que no necesitaba pagaré o papel
alguno, de modo que no existían pruebas de que hubiese tomado ese dinero,
ninguna, sólo nosotros dos lo sabíamos, y fijamos una fecha de pago, un día,
cinco años más tarde, para que viniese a buscar su dinero. Cinco años, y este
es el día, hoy es el día de Wentworth.
Hizo una pausa, y me dirigió
la mirada con unos ojos alegres que reflejaban un regocijo contenido, y al
mismo tiempo, sombríos, porque también reflejaban miedo.
-Sólo que él no puede venir,
porque dos meses escasos después de ese día, le mataron en una cacería. Un tiro
en la nuca. Un accidente. Por supuesto hubo quien murmuró que el disparo había
sido mío, pero tuvieron que callarse, porque me fui directamente a Dunwich, al
banco, donde hice y deposité un testamento para que su hija, la señorita Genie,
heredase todo a mi muerte. Y no fue un testamento secreto. Se lo hice saber a
todos para que dejasen de hablar tanta tontería.
-¿Y el préstamo? -no pude
evitar la pregunta.
-El plazo no vence hasta la
medianoche de hoy -dijo con su risa entrecortada-. Y no parece que Nahum pueda
ahora cumplir con su cita, ¿verdad? Supongo que si no viene, el dinero será
mío. Y no puede venir. De lo cual me alegro, porque no lo tengo.
No pregunté por la hija de
Wentworth, ni de cómo le iba. A decir verdad, comenzaba a sentir el cansancio
del día, después de tantas horas de coche y lluvia. Mi anfitrión debió de
notarlo, pues se calló, me observó, y luego me preguntó, después de una pausa
que me pareció bastante larga:
-Tiene mala cara. ¿Está
cansado?
-Me temo que sí. Pero me
marcharé en cuanto amaine un poco la tormenta.
-Le diré una cosa. No tiene
necesidad de quedarse aquí sentado escuchándome. Le daré otra lámpara, y puede
ir a recostarse en el sofá que hay en la otra habitación. Si deja de llover, le
llamaré.
-No quiero quitarle su cama,
señor Stark.
-Me acuesto tarde por las
noches -dijo.
Habría sido inútil
protestar. Se había puesto de pie para encender otra lámpara de petróleo, y
minutos después me llevaba a la habitación donde estaba el sofá. De paso cogí
el Séptimo Libro de Moisés, movido por la curiosidad de las maravillosas cosas
que, según había oído contar, en él se hallaban; aunque mi anfitrión me miró de
un modo extraño, no hizo ninguna objeción, y volvió a su mecedora de mimbre en
el cuarto de al lado, sin importunarse. Afuera seguía lloviendo
torrencialmente. Me acomodé en el sofá, un mueble anticuado, cubierto con una
extraña pieza de cuero y con un respaldo alto. Acerqué más la lámpara, porque
su luz era muy tenue, y empecé a leer el Séptimo Libro de Moisés. Pronto me di
cuenta de que era un interesante batiburrillo de hechizos y conjuros que
apelaban a ‘príncipes’ de los infiernos, como Aziel, Mefistófeles, Marbuel,
Barbuel, Aniquel, y otros. Los hechizos eran de varios tipos; unos para curar
enfermedades, otros para conceder deseos; algunos con objeto de alcanzar el
éxito en las empresas, y otros para vengarse de los enemigos. A menudo se
preveía al lector de lo maléfico de algunas expresiones, con tanta insistencia
que quizá por ello precisamente tomé nota de la peor de ellas, a la vez que la
que más me llamó la atención -Aila himel adonaij amara Zebaoth cadas yeseraije
haralius-, que era nada menos que el hechizo para reunir a todos los demonios y
espíritus, o para revivir a los muertos.
Una vez copiada, no dudé en
repetirla varias veces en voz alta, sin esperar que ocurriese nada malo. Y así
fue. Cerré el libro y miré el reloj. Las once. Parecía que llovía menos ahora;
la lluvia no era tan torrencial; había comenzado ese aminoramiento que siempre
anuncia el final próximo de una tormenta. Observé bien la habitación para no
tropezar con algún mueble cuando regresara a la habitación donde estaba mi
anfitrión, apagué la luz y me dispuse a descansar un rato antes de ponerme otra
vez en la carretera. Pero a pesar de mi fatiga, no lograba descansar. No se
debía sólo a que el sofá era duro y frío, sino también a que la atmósfera de la
casa me oprimía. Al igual que su dueño, había en ella un no sé qué de
resignación. Parecía esperar lo inevitable, como si ella también supiese que
antes o después sus cimientos batidos por el viento harían abrirse las paredes,
se hundiría el techo y se pondría fin a su precaria existencia. Pero había algo
más que esta atmósfera común a todas las casas viejas: Era una resignación
mezclada con aprensión, la misma aprensión que había hecho titubear al viejo
Amos Stark cuando llamé a la puerta; y pronto me encontré escuchando, al igual
que Stark, algo más que aquel goteo de la lluvia menguante y aquel incesante roer
de los ratones.
Mi anfitrión no se estaba
quieto. A cada rato se levantaba de la silla; le oía deslizarse de un lado a
otro: Ahora a la ventana, ahora a la puerta. Iba a mirarlas, se aseguraba de
que estaban cerradas y volvía a sentarse. Algunas veces murmuraba entre
dientes. Quizá había vivido demasiado tiempo solo y había caído en el hábito,
común a las personas solitarias, de hablar consigo mismo. Casi todo lo que
decía era incomprensible, apenas audible, pero en un momento dado logré captar
algunas palabras. Me di cuenta entonces que una de las cosas que ocupaban su
mente eran los intereses del préstamo que debía a Nahum Wentworth, caso de que
fueran reclamados. “Ciento cincuenta dólares al año vienen a ser setecientos
cincuenta”, decía en tono que denotaba espanto. Añadió algo más respecto a lo
mismo, y luego algunas palabras sueltas que me preocuparon más de lo que estaba
dispuesto a admitir.
Después de atar ciertos
cabos, algo que había dicho el viejo me resultaba incómodo. Y sin embargo, no
había dicho nada más que “Me caí”, había farfullado, y después siguieron una o
dos frases más sin sentido.
“Eso fue todo”. Y de nuevo
una retahíla de palabras incomprensibles. “Se disparó en un santiamén.” Más
palabras sin sentido o inaudibles. “No sabía que apuntaba a Nahum”. A
continuación farfulló otra vez sin que se le entendiese nada. Quizá al viejo le
aguijoneaba su conciencia. En verdad, la triste resignación de la casa era
suficiente para invitar al viejo a rememorar sus más negros recuerdos. ¿Por qué
no habría seguido a los otros habitantes del valle cuando se marcharon de aquel
territorio? ¿Qué le había impedido hacerlo?
Había dicho que estaba solo,
y por supuesto estaba solo en el mundo al igual que en la casa. De otro modo,
no hubiera habido razón alguna para convertir a la hija de Nahum Wentworth en
su heredera. Sus zapatillas se arrastraban por el suelo. Sus dedos removían
papeles. Fuera, los pájaros engañapastores empezaban a oírse, señal de que en
algunas partes el cielo empezaba a clarear; y pronto sonó una algarabía de
ellos, suficientes para ensordecer a un hombre. Escuché a mi anfitrión. “Oigan
a los engañapastores. Están llamando a un alma. Clem Whateley se está
muriendo.” Al disminuir el ruido de la lluvia, el de los engañapastores
aumentaba en volumen, pero pronto me adormecí y caí en un leve sueño.
Me aproximo a una parte de
mi historia que me hace poner en duda la fidelidad de mis sentidos, puesto que
al mirar hacia atrás pienso que algo así es imposible que ocurra. Muchas veces,
ahora, pasados los años, pienso si no habrá sido todo un sueño. Pero conservo
aún algunos recortes de periódicos que prueban que no ha sido así: Recortes que
hablan de Amos Stark, de su legado a Genie Wentworth y, lo más extraño de todo,
del infernal destrozo de una tumba medio olvidada en una colina de aquel valle
maldito. No había dormido mucho cuando de pronto me desperté. Había dejado de
llover, pero los engañapastores se habían acercado a la casa y su algarabía era
ensordecedora. Algunos de los pájaros estaban debajo de la ventana donde me
encontraba, y el techo de la galería debía estar cubierto por estas criaturas
nocturnas. No cabe duda de que fue su clamor el que me despertó de ese ligero
sueño en el que había caído. Esperé un momento a despabilarme, y luego me
incorporé: Había dejado de llover y me sería más fácil conducir; ya no corría
peligro de pararse el motor de mi coche. Pero nada más ponerme en pie, alguien
golpeó la puerta de la calle. Me senté, inmóvil, sin hacer ruido, y sin
escuchar ningún ruido de la otra habitación. Golpearon de nuevo, esta vez con
más fuerza.
-¿Quién es? -preguntó Stark.
No hubo respuesta. Vi
moverse una luz y pude escuchar la triunfante exclamación de Stark: “¡Ya ha
pasado la medianoche!” Había mirado su reloj, y al mismo tiempo miré yo el mío.
El suyo estaba adelantado diez minutos. Fue a abrir la puerta. Adiviné que
dejaba la lámpara en el suelo para poder quitar los candados. No podía saber si
pensó en volver a cogerla, como había hecho cuando me abrió a mí. Oí que
alguien abría la puerta: Él u otra persona.
Y entonces resonó un
terrible alarido, el grito de Amos Stark, preso de furia y terror: “¡No! ¡No!
¡Vete! No lo tengo, no lo tengo, te digo. ¡Vete!” Tropezó y se cayó, y casi
inmediatamente pude escuchar un grito sofocado, el ruido de una respiración
entrecortada, el murmullo de un suspiro…
Me puse en pie y me dirigí
hacia la puerta de esa habitación. Entonces, por un momento me quedé clavado,
incapaz de moverme, de gritar, ante el espeluznante espectáculo que presenciaron
mis ojos. Amos Stark estaba tendido en el suelo, boca arriba, y sentado a
horcajadas sobre él, un esqueleto, con sus huesudos brazos sobre la garganta,
sus dedos en el cuello. Y detrás del cráneo, los destrozados huesos por donde
una vez penetró una bala. Esto vi en ese terrible momento. Luego,
afortunadamente, me desmayé.
Cuando recobré el sentido
algo después, todo estaba en silencio en la habitación y la casa llena del
húmedo aroma de la lluvia que entraba por la puerta abierta. Fuera, los
engañapastores aún cantaban y el reflejo de la luna se extendía en el suelo
como pálido vino blanco. La lámpara todavía alumbraba, pero mi anfitrión no se
encontraba en su silla. Yacía en el mismo sitio donde lo había visto por última
vez, en el suelo. Mi impulso, en aquel momento, fue escapar de aquella horrible
escena lo antes posible. Un sentimiento de piedad me hizo acercarme a Amos
Stark, para asegurarme de que no había nada que hacer. Fue esa desdichada pausa
la que me trajo el momento de mayor terror, terror que me hizo huir de aquel
lugar maldito como si me persiguiesen todos los demonios. Porque cuando me
incliné sobre él, para asegurarme de que estaba muerto, pude ver incrustados en
la descolorida piel de su cuello los blanquecinos huesos de los dedos de un esqueleto
humano, y, mientras los observaba, los huesos sueltos se separaron del cuello,
y se alejaron del cuerpo, corriendo por el pasillo y adentrándose en la noche
para reunirse con el espantoso visitante que había acudido desde su tumba a la
cita con Amos Stark.
Fin

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