El
Ser en el Umbral
August Derleth & H.P. Lovecraft
(Esta
"colaboración" está muy dada al favor de Lovecraft, pero en realidad
es mínima, ya que fue creada sobre dos fragmentos inconclusos y muy breves
dejados tras su muerte. August Derleth tomo esos pequeños trozos y los convirtió
en este relato)
1
Admito que he disparado seis
balas la cabeza de mi mejor amigo. Ahora bien, pese a esta confesión, me
propongo demostrar que no puedo considerarme un asesino. Muchos dirán que estoy
loco tal vez bastante más loco que el hombre a quien di muerte en una de las
celdas del manicomio de Arkham. Confió en que mis lectores juzguen los
elementos que iré relatando, los contrapongan con las evidencias conocidas y
lleguen a preguntarse si alguien podría haber tenido una conducta distinta a la
mía frente a un ho¬rror como el que debí experimentar, ante aquel ser en el
umbral.
Hasta cierto momento, muy al
comienzo, no alcancé a ver más que locura en las singulares historias que
paulatinamente me fueron envolviendo. Aún hoy me pregunto si mi percepción era
la correcta o si. a pesar de mi convicción, también yo no estaré extraviado en
la demencia. No puedo saberlo a ciencia cierta; sin embargo existen otros que
pueden contar, sí quieren, cosas muy extrañas acerca de Edward y Asenath Derby.
Ni siquiera los pragmáticos policías
saben cómo explicar aquella visita final cuya
memoria tratan de abandonar. Rutinariamente han elaborado la endeble
teoría de un terrible escarnio o venganza de unos criados despedidos, pero aun
ellos saben en su fuero íntimo que la verdad es más más vasta, terrible y casi
increíble. Como decía, afirmo que no soy el asesino de Edward Derby. Por el
contrario: he sido un vengador y con mi acto ahorré al mundo un horror que, si
sobre¬viviera, podría haber causado una insospechable devastación en toda la
humanidad. Junto a nuestros rutinarios senderos cotidianos existen regiones de
sombras; de tanto en tanto algún alma maligna avanza desde ellos hacia
nosotros. Si alguien advierte esa incur¬sión tiene la obligación moral de
aniquilarla sin piedad sí no quiere exponerse a pagar un inmenso y terrible
precio. Edward Pickman Derby era alguien a quien conocía de toda la vida. Si
bien ocho años menor que yo, lo cierto era que cuando yo tenía dieciséis, ya
manteníamos muchos intereses en común. Nunca he conocido a un estudiante más
genial que él: a los siete era ya un consumado poeta de versos lóbregos,
fantásticos, morbosos, que causaban el asombro de sus preceptores. Tal vez la
razón de su precocidad de¬ba buscarse en la esmerada educación privada que
recibió desde muy temprano y en los excesivos mimos que colmaron su
exis¬tencia. Fue hijo único, con fragilidades físicas que fueron desvelo de sus
amantísimos padres, quienes no dejaban que en ningún momento estuviera fuera
del alcance de la vista y de sus excedidos cuidados. Nunca nadie lo vio fuera de
su casa sin estar flanqueado por su niñera y podría decirse que jamás llegó a
jugar libremente con los demás niños. Todos estos factores operaron sin duda
algu¬na forjando en el joven Derby una vida interior peculiar, reserva¬da,
reprimida, con una sola vía de escape: la imaginación.
Consecuentemente, sus
estudios lo revelaron como un joven sorprendente, de noble capacidad, y su
pasión por escribir me maravílló desde un comienzo, pese a que lo aventajaba en
casi diez años. Por esa época yo mismo estaba atraído por singulares
inclinaciones artísticas hacía lo grotesco, característica que me hizo
encontrar en aquel joven un espíritu gemelo. Compartíamos un mismo entusiasmo
por lo tenebroso y lo fantástico, pasión que descargábamos inicialmente en la
antigua, decrépita y ciertamente amenazante ciudad en la que ambos vivíamos: la
encantada y mágica Arkham, cuyos arracimados y desvencijados tejados de tipo
holandés y desbastadas balaustradas georginas desgranaban el paso del tiempo
junto a las márgenes de las sibilantes y negras aguas del río Miskatonic.
Con el correr del tiempo,
terminé por decidirme a seguir estudios de arquitectura y archivé el proyecto
de ilustrar un libro con los siniestros poemas de Edward, sin que ese
renunciamiento significara la menor mella para nuestra amistad. El exuberante
talento del joven Derby continuó manifestándose con el mismo brillo de sus
primeros tiempos y apenas cumplidos los dieciocho años, una recopilación de sus
oníricos poemas, titulada Azathoth and Others Horrors, provocó una encrespada
reacción entre la crítica. Por entonces mantenía una estrecha correspondencia
con el famoso poeta baudelairiano Justín Geoffrey. el autor de The People of
the Monolith, el mismo que murió en medio de alaridos en 1926 en un manicomio,
tras visitar un ominoso poblado de Hungría cuya memoria es mejor no conservar.
Sin embargo, en materia de
autoestima y resolución de cuestiones prácticas, la mimada existencia a que
había sido acostumbrado convertía a Edward en un verdadero desastre. Al cabo del
tiempo, su salud fue mejorando; todo lo contrario ocurrió con sus costumbres de
dependencia infantil inculcadas por padres extraordinariamente
sobreprotectores. Era natural entonces que de mayor mostrara una exasperante
incapacidad para cuestiones tales como viajar solo, tomar decisiones o asumir
responsabilidades. Rápidamente advirtió que sin duda su futuro no estaba en el
campo de los negocios o en el profesional. pero ni él ni la familia se
preocuparon demasiado puesto que el patrimonio familiar era lo suficientemente
cuantioso como para demorarse siquiera en estas preocupaciones. En plena
madurez conservaba el mismo aspecto de rozagante y engañosa juventud de sus
tiempos de estudiante. Rubio, de ojos azules, con el cutis de un niño; sólo
después de muchos sacrificios lograba que los demás reparasen en sus intentos
de dejarse el bigote. Su voz era suave y nítida; la tranquila vida que llevaba
le permitía conservar un saludable y estilizado aspecto juvenil desestimando
‘la proverbial panza que delataba casi
siempre una madurez
prematura. Tenía una estatura conveniente y sus hermosas facciones le habrían
permitido ser un cotizado galán sí su timidez no hubiese representado una
infranqueable barrera para tales frivolidades que en él siempre eran conjuradas
con una prudente reclusión en el mundo de los libros.
Sus padres lo llevaban a
Europa todos los veranos, por lo que no demoró demasiado en captar con
perspicacia los rasgos más nítidos del pensamiento y la expresión artística del
viejo continente. Paralelamente, su talento, de extracción claramente asociable
a Poe, fue degradándose mientras Otros fantasmas e inclinaciones artísticas
iban naciendo en él. Era el tiempo en que nos sumíamos en interminables
discusiones. Por entonces yo ya había conseguido licenciarme en Harvard, había
trabajado en un estudio de arquitecto en Boston, había contraído enlace y había
regresado a Arkham a ejercer la profesión. Me había instalado en la casa
familiar de Saltonstalí Street, ya que mi padre decidió trasladarse a Florida debido
a su salud. Todas las tardes recibía la visita de Edward, con lo que en poco
tiempo fue considerado como un familiar más de la casa. Era inconfundible su
manera de tocar el timbre o de golpear en el llamador, características que con
el tiempo acabaron convirtiéndose en contraseña. Así, todos nos preparábamos
después de la cena para escuchar los tres golpes secos que, luego de una pausa,
eran acompañados de otros igualmente secos. La frecuencia con que yo iba a su
casa era mucho menor, donde me entretenía en admirar los antiguos volúmenes que
con ritmo sostenido acrecentaba su biblioteca.
Derby obtuvo su licenciatura
en la Universidad de Miskatonic; era natural que así fuese ya que sus padres no
le habrían dejado vivir por nada del mundo fuera del alcance de sus cuidados
personales. Llegó a la Universidad a los dieciséis años y tres años después ya
era licenciado en literatura francesa e inglesa, con las mejores notas en todas
las materias, excepto en matemáticas y ciencias. Hizo escasas y nulas amistades
con los demás estudiantes, por más que fue perceptible una cierta admiración
por ese grupo de jóvenes a los que cabria denominar “audaces”, “bohemios”,
“vanguardistas”, cuyas costumbres iconoclastas, lenguaje ingenioso y poses
irritantes le habría gustado imitar.
El tránsito por esas
regiones literarias lo empujó hacia los rincones esotéricos y mágicos, saberes
sobre los que la biblioteca de Miskatoníc contaba, y aún cuenta, con volúmenes
de una riqueza que la han hecho justamente famosa. Se convirtió en un voraz
especialista en estos temas. A espaldas de sus padres, se entregaba a consumir
cosas tales como el horrible, Book of Echínoderm, el Unaussprechlichen Kulten
de von Junzt y el ancestral Necronomicón del enajenado árabe Abdul Alhazred.
Edward contaba con veinte años cuando nació mi primer y único hijo, y pareció
muy complacido al saber que le pondría de nombre Edward Derby Upton como
homenaje a él.
Cumplidos los veinticinco
años, Edward era hombre afamado por su inmensa cultura, poeta y narrador de relatos
muy conocidos entre el público, pero no obstante en su obra aparecía con
claridad la carencia de relaciones humanas y el exceso de formación puramente
libresca que aquejaba a su autor. Sin duda, yo era su amigo más cercano. El me
proporcionaba una cantera inagotable de tópicos teóricos. Por su parte, él
buscaba mí opinión sobre los temas que no quería consultar con sus padres.
Continuaba soltero, aunque cabe señalar que más por timidez, negligencia y
sobreprotección paterna que por genuina opción al celibato. Al desatarse la
guerra, su mala salud y los rasgos más ostensibles de su personalidad
determinaron que se quedara en casa. Mi destino inicial fue Plattsburg, aunque
en los hechos nunca llegué a cruzar el Atlántico.
Así transcurrió el tiempo.
Cuando Edward tenía treinta y cuatro años, falleció su madre, hecho que lo
sumió en una suerte de bloqueo psicológico que le produjo una inactividad
total. Su padre se lo llevó de nuevo a Europa, donde logró reponerse de la
enfermedad en forma aparentemente total. Poco después se sintió asaltado por
una extraña euforia, como si se hubiera liberado de un opresivo cautiverio.
Fueron los tiempos en que se le veía siempre junto al grupo de estudiantes a
los que se consideraba “vanguardistas” y tomó parte en ciertos actos de gran
turbulencia.
Cierta vez fue objeto de un
chantaje y debió pagar -con dinero que le presté yo- una crecida suma para que
alguien no contara al padre su intervención en un asunto por cierto turbio. Los
rumores que circulaban sobre la violenta banda de Miskatonic eran realmente
alarmantes. Se llegó a hablar de magia negra y de ejecución de actos que
estaban más allá de todo lo sensatamente creíble.
2
Asenath Waite apareció en la
vida de Edward cuando éste tenía treinta y ocho años. Por entonces ella debía
tener unos veintitrés y tomaba curso especial sobre la metafísica de la Edad
Media en la Universidad de Miskatonic. La hija de un buen amigo mío era amiga
de la infancia de la muchacha -habían cursado juntas la escuela Hall de
Kingsport-, pero últimamente se veía obligada a rehuirla a causa de la mala
fama de la joven. Esta era morena, pequeña y muy atractiva pese a sus ojos
saltones; sin embargo, algo indefinible en su expresión hacía que la gente
sensible evitara su trato. A los demás, los ahuyentaba el origen de la joven y
los temas que excluyentemente monopolizaban su conversación. Era descendiente
de la rama de los Waite de Innsmouth; generación tras generación, se habían
urdido docenas de tétricas leyendas sobre la devastada y semiabandonada
población de lnnsmouth y sus habitantes. Aún hoy se oye hablar de horrendos
pactos firmados alrededor de 1850 y de un abominable ser “no del todo humano”
que se imbricó en las más antiguas familias del hoy casi inexistente puerto de
pescadores, historias todas que sólo un yanqui de antigua prosapia puede
lucubrar y difundir con el debido sentimiento de horror.
Volviendo a Asenath, su
situación genealógica se complicaba por ser hija de Ephraim White y por
representar el fruto de sórdidas relaciones que éste había mantenido en plena
senectud con una desconocida a la que nunca nadie consiguió ver. Ephraím vivía
en una arruinada mansión de Washington Street. Los conocedores del lugar -hay
que establecer que la gente de Arkham hace lo posible para evitar el paso por
Innsmouth- contaban que las ventanas de la buhardilla siempre permanecían
tapiadas con gruesos tablones burdamente clavados y que al caer la noche se
oían extrañas voces en el interior de la destartalada casa. El viejo Waite
tenía fama de haber sido en sus tiempos mozos un gran conocedor de los temas de
magia y se dice que por entonces podía causar o sofocar temporales en el mar.
Por mi parte, de joven lo había visto una o dos veces, cuando había venido a
Arkham a consultar unos antiquísimos volúmenes dedicados a saberes arcanos que
enriquecían la biblioteca de la Universidad. Recuerdo que me resultaron
insoportables el patibulario y melancólico mirar y las completamente
descuidadas matas de barba que colgaban de la cara. Murió loco en circunstancias
nunca debidamente aclaradas, poco antes de que la hija llegara a la escuela
Hall. La muchacha tenía rasgos del padre, en especial su a veces diabólica
mirada.
Mí amigo, el padre de la
muchacha que había sido compañera de Asenath, me recordó muchos episodios
curiosos cuando empezó a divulgarse la relación entre ella y Edward. Según esos
datos. Asenath se hacia pasar por maga en la escuela y, en efecto, asombraba a
sus compañeros con algunos prodigios en verdad inexplicables. Sostenía que
podía desencadenar tormentas, pero su habilidad más notoria era la capacidad de
predecir con exactitud cuanto se proponía o le proponían. Los animales rehuían
su presencia y, a distancia, con unos casi imperceptibles movimientos de una
mano derecha hacia aullar a cualquier perro. Otras veces demostraba
conocimientos prodigiosos y hablaba lenguas absolutamente inusuales para una
adolescente.
Mucho más alarmantes eran
los casos completamente verificados de su influencia sobre otras personas.
Manejaba el hipnotismo como si fuera un juego de niños. La compañera que era
mirada fijamente a los ojos por Asenath tenía la sensación de estar en proceso
de transmutación de la personalidad, como si quien estuviera bajo hipnosis
pasara a habitar el cuerpo de la hechicera y consiguiera mirar desde otro punto
a su verdadero cuerpo, en el que resaltaban unos ojos siempre resp!andecientes
.con una expresión de enajenación. Famosas eran las afirmaciones de Asenath
acerca de la naturaleza de la conciencia y de su independencia de la estructura
física. La única insatisfacción que revelaba la joven era la de no haber nacido
varón, pues. según ella, el cerebro del hombre poseía unas facultades cósmicas
singulares, de alcance infinito. Sí tuviera el cerebro de un hombre, decía,
estaría en condiciones no sólo de igualar sino hasta de sobrepasar al padre en
el manejo de las fuerzas cósmicas.
Edward conoció a Asenath en
una de las reuniones que celebraba la “vanguardia” universitaria. Al día
siguiente, cuando vino a yerme, no era capaz de hablar otra cosa que no fuera
la joven Waite. Según él, compartían los mismos intereses e inclinaciones
intelectuales y, además, estaba encantado con su aspecto físico. Por mi parte,
nunca había visto a Asenath, pero tenía referencias de ella. Y ellas me hacían
parecer lamentable que Edward estuviera tan locamente enamorado de semejante
mujer, pero me cuidé mucho de decirle nada, pues bien sé que las criticas
suelen hacer más vigorosas estos encaprichamientos. Por su parte, el joven
Derby parecía dispuesto a no hablar del asunto a su padre.
Las semanas siguientes,
Derby las dedicó a hablarme sólo de Asenath. Por entonces ya eran de dominio
público los amores otoñales de Edward, a pesar de que él distaba mucho de
representar la edad que tenía y no hacía mal papel junto a tan peculiar
belleza. No importaba demasiado un incipiente abdomen producto de su descuido
físico y en el rostro no había asomos de arrugas. Por su parte, Asenath tenía a
ambos lados de los ojos las características patas de gallo que suelen verse en
las personalidades férreas como consecuencia de las tensiones constantes a que
están expuestas.
Finalmente, un día Edward
vino a yerme en compañía de la muchacha y entonces pude comprobar que la
corriente de afecto entre ellos no era unilateral. Ella permanecía casi
comiéndoselo con la mirada y supe que la relación de ambos sabría vencer
cualquier obstáculo que se le opusiera. Pocos días después de aquella ocasión
llegó hasta mí casa el anciano señor Derby, hombre que me inspiraba el mayor de
los respetos y admiración. Enterado de la nueva amistad de su hijo, había
logrado sonsacarle toda la verdad al joven. Edward pensaba en matrimonio y ya
se había puesto la búsqueda de casa en el barrio residencial de la ciudad.
Perfectamente al tanto de la influencia que solía ejercer sobre el joven Derby,
el padre había acudido a mi para rogarme que hiciera algo con el fin de evitar
tal destino, pero, decidido a ser honesto antes que caritativo, le transmití
mis serias dudas de un logro en aquel sentido. El punto no era esta vez el
carácter poco firme de Edward, sino el extraordinariamente fuerte de la mujer.
El sempiterno niño que era Edward había transferido la dependencia de la imagen
paterna a otra imagen mucho más poderosa y sobre eso nada se podía hacer.
Un mes después se celebró la
boda ante el juez de paz, según deseo de la novia. Convencí al señor Derby para
que no se opusiera y así él, mi mujer yo asistimos a la ceremonia. Los demás
invitados eran unos cuantos estudiantes universitarios más que
"vanguardistas” francamente exaltados. Asenath compró la vieja finca de
Crowninshield, ubicada en campo abierto al final de High Street, donde pensaba
instalarse la pareja de recién casados, luego de un corto viaje a Inssmouth. de
donde traerían tres criados, algunos libros y unos pocos utensilios para el
nuevo hogar. Daba la impresión de que lo que volcó a Asenath hacia Arkham no
fue tanto una consideración hacia Edward y su padre, sino más bien la
satisfacción de su deseo de estar cerca de la Universidad, de la biblioteca y
de su grupo de jóvenes universitarios.
Al volver a ver a Edward
tras su luna de miel, lo noté algo cambiado. Por complacer a su esposa se había
afeitado el incipiente bigote, pero eran perceptibles Otros cambios. Se
mostraba más reservado, más pensativo, más triste. En un comienzo no pude
establecer si me gustaba o no el cambio operado en mi amigo, pero era evidente,
que parecía haber madurado. Tal vez el matrimonio fuese algo que lo ayudara. Me
contó que Asenath se había quedado en casa pues estaba muy atareada con el
imponente montón de libros y objetos que habían traído desde Innsmouth
-pronunció este nombre y se estremeció-y, además, se ocupaba personalmente de
arreglar la casa y la finca de Crowninshield.
Esa casa -que era la de
Asenath- tenía un aspecto bastante desagradable, pero allí la joven había
aprendido cosas sorprendentes a partir de ciertos objetos que se encontraban en
ella. Con la ayuda de Asenath. Edward hacía grandes progresos en materia de
conocimientos esotéricos. Algunos experimentos que le enseñaba la joven eran
ciertamente drásticos -tanto que Edward nunca se animó a detallármelos-, pero
no tenía dudas sobre las intenciones de su esposa. Los tres criados eran muy
extraños. Dos de ellos eran incalculablemente ancianos y habían trabajado para el
viejo Ephrairn; de tanto en tanto se referían a él y la madre de Asenath de un
modo inexplicable. La tercera era una joven trigueña de rasgos deformes y que
constantemente despedía olor a pescado.
3
A partir de entonces fui
viendo a Edward cada vez menos. Al principio pasaban hasta tres semanas sin que
sonaran en mi puerta los tres golpes familiares seguidos de los otros dos.
Cuando me visitaba -o cuando muy excepcionalmente iba yo a su casa- era notorio
su desinterés por conversar de los temas que hasta en entonces nos habían sido
comunes. Se mostraba muy reservado para referirse a los estudios esotéricos que
antes tan animadamente solía describir y discutir, y nunca mencionaba a su
mujer. Esta se veía terriblemente envejecida desde el momento de la boda hasta
el extremo que parecía ser la mayor de la pareja. La decisión se había tornado
mucho más marcada en su rostro y una serie de detalles de por sí
indescriptibles confluían para darle un aspecto decididamente repulsivo. Esa
impresión caló tanto en mí mujer como en mí hijo, por lo que al cabo de poco
tiempo dejamos de visitarlos, circunstancia que, según Edward -con su
proverbial falta de tacto-, provocaba gran alivio en Asenath. De tanto en
tanto, los Derby emprendían algún viaje; por lo general comunicaban que el
destino era Europa, pero a veces Edward sugería lugares bastante más lóbregos.
Un año después del
matrimonio, la gente rumoreaba acerca de los cambios experimentados por Edward.
Sí bien la variación advertida era de orden fundamentalmente psicológicos, las
habladurías no pasaban por alto ciertos otros datos de interés. Se decía que en
algunas ocasiones Edward adoptaba conductas en absoluto compatibles con su
naturaleza para nada robusta. Se decía, por ejemplo que, por más que antes de
casarse no sabía conducir, ahora se le veía constantemente entrar y salir de
Crowninshield manejando el poderoso Packard de Asenath e introducirse con una
envidiable habilidad en el enmarañado tránsito ciudadano. En esos momentos,
dejaba la impresión de estar regresando de algún sitio o de disponerse a
emprender algún viaje, aunque nadie podía establecer ni el sitio de partida ni
el de llegada; la gente sólo podía asegurar que la mayor parte de las veces se
le veía transitar por el camino que lleva a lnnsmouth.
Estos cambios no cayeron
bien. Para la gente, ahora Edward se parecía mucho a su mujer y al viejo
Ephraim, al menos en ciertas ocasiones. Otras veces lo veían regresar, muchas
horás después de haber salido; con un aspecto ausente y negligentemente tirado
sobre el asiento trasero del coche, que era conducido por un chofer
especialmente contratado para tal efecto. Quienes le conocían de vieja data
reparaban el acentuamiento de la pusilanimidad que desde siempre lo había
acompañado. En tanto el rostro de Asenath mostraba un aceleradísimo
envejecimiento, el de Edward denotaba una mayor inmadurez, excepto en los pocos
momentos en que se teñía con esporádicas manchas de tristeza. Era difícil
entenderlo. A esa altura, los Derby prácticamente no frecuentaban los ambientes
de universitarios desprejuiciados, no tanto porque tales formas de vida los
hubiesen hastiados, sino más bien debido a que los estudios e inclinaciones que
absorbían su tiempo espantaban incluso a los más osados de aquellos
estudiantes.
Durante el tercer año de su
matrimonio, Edward comenzó a confiarme muy esporádicamente que sentía temor e
insatisfacción. De vez en cuando dejaba caer la enigmática observación de que
las cosas habían llegado demasiado lejos” y más a menudo se refería a una
cierta necesidad de “recobrar la identidad”. Inicialmente no hice caso de tales
manifestaciones, pero como él insistiera, con mucho tacto, me animé a hacerle
preguntas, sobre todo porqué no podía apartar de la memoria lo que había oído a
la hija de mi amigo sobre la capacidad de Asenath para dominar por hipnosis a
sus compañeras de estudios, quienes sostenían que durante los trances sentían
que habitaban otro cuerpo desde el que miraban al suyo propio en otro lugar de
la habitación. Edward recibía mis inquisiciones con una mezcla de alarma y
tranquilidad, pero llegado hasta cierto punto de la confesión, la cerraba
prometiéndome que ya más adelante hablaríamos sin ninguna clase de obstáculos.
Poco después falleció el
padre del joven Derby y entonces no supe que llegaría el momento en que yo mé
alegraría de que hubiese abandonado este mundo en aquel momento. Edward se
sintió lógicamente afectado por la pérdida, pero dentro de una modalidad que
sólo cabría dominar normal. Desde su boda, sólo había visto a su padre unas pocas
veces. Asenath se las había ingeniado para que concentrara en ella toda la
necesidad de Edward de volcar en alguien los vínculos familiares. La gente
comentaba que en realidad poco le había importado la muerte del padre y
asociaban la pérdida del afecto filial al aumento de la petulancia que
ostentaba sentado ante el volante diel auto. Mi amigo sintió una profunda
necesidad de mudarse a la vieja casa familiar, pero no pudo convencer a
Asenath; quien manifestó obstinadamente sentirse muy a gusto donde estaba.
Los Derby conservaban apenas
una amistad, una mujer que también era amiga de mi esposa. Cierta vez le confió
que en ocasión de llegar hasta más allá del final de High Street para hacer una
visita a los Derby, fue sorprendida al llegar por una de aquellas raudas y
ostentas salidas de Edward frente al volante. Se acercó a la puerta tocó el
timbre y acudió la horrible criada para anunciarle que Asenath tampoco se
encontraba en la casa. Mientras se retiraba, pudo ver el interior de la casa y
junto a la biblioteca de Edward alcanzó a divisar fugazmente un rostro con una
indecible expresión de dolor y desesperanza. En principio lo confundió con el
de Asenath, pese a lo que habitualmente mostraban los rasgos de la mujer de
Edward, pero más tarde la amiga de mi esposa no tuvo dudas de que los ojos de
aquel rostro eran sin duda alguna los tristes y melancólicos del propio Edward.
Mi amigo aumentó la
frecuencia de las visitas y ciertas veces consiguió explayarse sobre algunas de
sus enigmáticas afirmaciones. Lo que dijo en esas raras ocasiones no es de
fácil credibilidad ni siquiera en Arkham pero la lógica con que volcó entonces
las cuestiones esotéricas que lo preocupaban, amenazaban con perturbar el
equilibrio mental del espectador más sensato. Se refería a siniestras reuniones
en lugares apartados, a fantásticas ruinas en el corazón de Maine, bajo las que
se encontraban infinitas escaleras que conducían a abismos indescriptibles, a
peculiares ángulos que permitían ingresar a otras dimensiones del tiempo y el
espacio, a transmutaciones de la personalidad, a otros mundos, a otros espacios
y otros tiempos.
Para afirmar su discurso, de
tanto en tanto me aportaba objetos que me producían una total perplejidad. Eran
objetos de extraños colores y texturas, con curvas o planos que escandalizarían
a cualquier geometría conocida Ante mi curiosidad, sólo
se limitaba
a informarme que procedían
del exterior y que Asenath era quien sabía cómo conseguirlos. Con voz cargada
de temor, - solía mencionar al viejo Ephraim Waite, a quien sólo había visto un
par de veces en la biblioteca de la Universidad; su miedo giraba en torno a la
duda sobre si el viejo se encontraba realmente muerto, en sentido físico y
también espiritual.
En determinados momentos
interrumpía abruptamente su relato quedando todo él como suspendido en el
vacío. Entonces no podía dejar de pensar que la interrupción era obra de
Asenath, quien molesta por lo que mi amigo me confesaba, desde la distancia,
por algún procedimiento, extraordinario, lo - dejaba sin habla. Y,
efectivamente, algo debió haber sospechado,
puesto que poco
después sus palabras y
miradas hacia mí estaban inequívocamente cargadas de una terrible ferocidad
Derby también comenzó a tener enormes dificultades para llegar hasta mi casa:
aunque declarase ir a otro lugar, al encaminarse hacia casa, una fuerza
inexplicable lo paralizaba o su mente quedaba en blanco sin poder discernir ya
adonde se dirigía. Sólo llegaba hasta mi casa cuando Asenath se hallaba lejos,
“lejos dentro de su propio cuerpo”, como llegó a decir cierta vez. Pero ella
siempre terminaba enterándose de los movimientos de Edward, porque para eso
tenía a los criados que vigilaban celosamente los desplazamientos de su marido.
Lo cual demuestra que nunca consideró necesario adoptár medidas más
contundentes para cortar de cuajo nuestra relación.
4
Un día de agosto, recibí un
telegrama desde Maine. Hacía unos dos meses que no veía a Edward y sólo sabía
de él que se encontraba afuera por cuestiones de negocios. Creía que
Asenath lo acompañaba, pero la gente
rumoreaba que en la casa, tras las cortinas de las ventanas del primer piso, se
entreveía a alguien. Se hablaba también de las compras que realizaban los
criados. En el telegrama, el alguacil de Chesuncook me hablaba de un loco con
la ropa totalmente destrozada que había salido del bosque, delirando y
mencionando mi nombre para pedirme ayuda. Chesuncook es una zona boscosa y
abrupta que rodea a Maine. Estuve todo un día traqueteando sobr¿ el lomo de
impresionantes barrancos antes de llegar en coche al lugar citado por el
alguacil. Encontré a Edward encerrado en una pieza de la granja que hacía las
veces de cárcel; estaba mitad delirante, mitad apático. Enseguida me reconoció
y me propinó un torrente de palabras cuyo sentido se me escapaba.
-¡Por amor de Dios! ¡El
infierno de los shaggoths! Hay que descender de los seis mil escalones...allí
está lo abominable... ¡Ia!...¡Shub-Niggurath!... La figura en el altar... el
aullido de quinientos.., el encapuchado decía “Kamog, Kamog”... es el nombre secreto
de Ephraim en el aquelarre... y yo estaba allí... Asenath prometió que nunca me
llevaría... Un instante antes estaba encerrado bajo llave en la biblioteca.., y
de pronto estaba ella allí con mi cuerpo... el más atroz de los infiernos.., el
reino de las tinieblas.., el cancerbero custodia la puerta... apareció un
shaggoth... vi cómo cambiaba de forma... no lo pude aguantar... la mataré si
vuelve a enviarme a ese lugar... lo mataré a él... mataré lo que sea... lo haré
con mis propias manos...
Más de una hora pasé
tratando de tranquilizarlo. Finalmente lo conseguí. Le compré ropa en el pueblo
y al día siguiente volvimos a Arkham. El furioso delirio había dado paso a un
reconcentrado silencio, pero cuando pasamos por Augusta se puso a mascullar
como si la simple vista de una ciudad le despertara recuerdos odiosos. Era
evidente que no deseaba volver a su casa y tomando en consideración los
delirios que le inspiraba su mujer -estados que atribuí a alguna experiencia
hipnótica a que ella lo habría sometido- decidí que lo más conveniente sería no
llevarlo a su hogar. Por lo tanto, lo albergué en mi casa por algún tiempo,
conciente de los problemas que semejante decisión podría acarrearme con
Asenath. Con el tiempo lo ayudaría en los trámites para lograr el divorcio, ya
que resultaba indudable que seguir con aquella mujer significaría el suicidio
para Edward. Mientras cavilaba acerca de estos temas, mi acompañante dormitaba
en el asiento junto a mí mientras yo conducía.
Ya de noche, cuando
pasábamos por Portland, Derby volvió a mascullar una violenta ristra de
insultos destinados a Asenath. Era innegab1e que la mujer había quebrado el
equilibrio nervioso de mi amigo y ahora no conseguía escapar de una red de
alucinaciones que tejía en torno a ella. En voz baja, con toda claridad, me
confió que la circunstancia por la que entonces atravesaba no era más que una
dentro de una larga serie. Se lamentaba que llegaría el día en que ya no podría
escapar de las redes tendidas por la mujer. Sí ahora lo soltaba, sin duda que se
debía a que no le era posible otra cosa, ya que aún era incapaz de apresarlo
por demasiado tiempo. Casi constantemente se apoderaba de su cuerpo, luego se
iba cualquier parte para participar en singulares ritos, mientras lo dejaba a
él encerrado en el piso superior dentro de su cuerpo de mujer. Algunas veces no
lograba someterlo por demasiado tiempo
y así, de pronto, Edward se reencontraba con
su cuerpo en cualquier lugar, por lo general horrible. Fue lo que sucedió
cuando lo encontró el alguacil a la vera del denso bosque. Supe que no era la
primera vez que se veía obligado a regresar a casa desde tremendas distancias,
suplicándole a alguien de buena voluntad que se ocupara de manejar el coche.
Con el transcurso del
tiempo, los lapsos por los que se apoderaba de su cuerpo eran mayores. Asenath
procuraba ser hombre y esto era lo que explicaba sus intentos con el pobre
Edward. El joven Derby tenía
características ideales para sus proyectos: una
esclarecida inteligencia en una débil voluntad. Tal vez no estuviese lejano el
día en que se apropiaría definitivamente de su cuerpo para transformarse en un
gran hechicero, como su padre, mientras que Edward quedaría confinado dentro de
aquella carcasa femenina que ni siquiera cabía pensar como humana.
Derby hablaba y mascullaba
en el asiento contiguo al mío. En un momento determinado giré la cabeza y lo
contemplé: pude verificar entonces una impresión previa que había recibido.
Aunque parezca un contrasentido, daba la impresión de encontrarse en mejores
condiciones físicas que nunca, lucía más robusto y no se notaba en su cuerpo
las flaccideces propias de su indolencia para el cuidado físico. Era como si
por primera vez en su holgada existencia estuviese obligado a a1guna actividad
física sostenida, circunstancia que me llevó a inferir que Asenath era la
responsable de aquel nuevo dinamismo corporal y mental en mi amigo. Sin
embargo, en aquellos precisos instantes las manifestaciones de su mente eran
más bien deplorables, puesto que de su boca sólo escapaban incoherencias acerca
de su mujer, de la magia negra, del viejo Ephraim y de otros dislates. A veces
reconocía algunos de los nombres que pronunciaba por la memoria que conservaba
de inconsistentes y esporádicas frecuentaciones de volúmenes dedicados a
saberes esotéricos. El hilo de la conversación, monólogo mejor dicho, de Edward
era discontinuo; cada poco se detenía y parecia como si estuviera tornando
aliento para emprender una revelación final y agobiante.
-Dan, Dan, ¿recuerdas sus
Ojos feroces, la descuidada barba que nunca encaneció? Una vez me asestó su
mirada terrible. Nunca lo olvidaré. Ahora esa mirada está en los ojos de ella.
Sé por qué. El viejo encontró en el Necronomicón la fórmuIa. No sé bien en qué
página está, pero cuando lo averigüe podrás leerlo y enterarte. Enterarte de
por qué me encuentro en este estado lamentable. Paso de... de... de un cuerpo a
Otro y luego a otro... Así nunca morirá... El fuego de la vida... él sabe cómo
apagarlo.., sabe cómo hacerlo brillar incluso una vez que el cuerpo ha muerto...
Si te doy algunas pistas, podrás adivinar... Escúchame Dan... ¿Tienes idea de
por qué mi mujer evita escribir con una inclinación de las letras hacia la
izquierda? ¿Viste aIguna vez algún texto escrito por el viejo Ephraim? ¿Sabes
por qué sentí morirme cuando ví el modo en que escribía Asenath? Asenath...
¿existe realmente una persona con ese nombre?... ¿Por qué se dijo que se había
encontrado veneno en las vísceras del viejo Ephraim? Nunca oíste los rumores de
los Gilman acerca del modo en que gritaba el viejo cuando se volvió loco y
Asenath lo recluyó en el acolchado cuarto de la buhardilla, el mismo donde
había estado el otro?... Tal vez allí sólo se encontraba encerrada el alma del
viejo... ¿Se puede determinar quién encerró a quién? ¿Recuerdas que el viejo
buscó durante muchísimo tiempo alguien
que tuviese una gran inteligencia y muy poca voluntad? ¿Recuerdas cómo maldecía
a su hija por no ser varón? ¿Puedes decirme, Daniel Upton, qué siniestro cambio
ocurrió en aquelIa pesadillesca casa en la que el monstruo implacable manejaba
a aquella confiada, pusilánime y no del todo humana criatura su antojo’ ¿No se
produjo acaso un cambio como el que ahora está ocurriendo conmigo? ¿Sabes por
qué ese ser llamado Asenath escribe de manera peculiar cuando nadie la ve, de
una manera en que no es posible diferenciar su escritura de la de...?
En ese preciso instante
sucedió aquello. La voz de Derby venía haciéndose cada vez más estridente a
medida que avanzaba en su monólogo hasta lindar eón el inminente grito histérico,
cuando súbitamente se apagó tras un chasquido en apariencia metálica. Recordé
que en mi casa otras veces también se había interrumpido intempestivamente,
como obedeciendo Órdenes; no tuve dudas de que alguna poderosa onda mental de
Asenath le ordenaba callar. Sin embargo, esta vez la situación se tomaba mucho
más horrible. Los rasgos de la cara de Edward se retorcieron hasta volverla
prácticamente irreconocible; en tanto su cuerpo era presa de espantosas
convulsiones. Era como si todos sus huesos y músculos y nervios se vieran
obligados a adoptar violentamente una posición, una tensión, una personalidad
diferente.
Me ganó el horror. Sentí un
indecible malestar, una aguda repugnancia y mis manos dejaron de sujetar el
volante. El ser que tenía junto a mí en el asiento ya no era la del amigo de
toda la vida; era una monstruosa criatura que parecía provenir de los espacios
siderales e irradiaba desconocidas y malsanas fuerzas.
Durante mi indecisión
horrorizada, mi nuevo compañero de viaje me arrebató el volante y me obligó a
cambiar de asiento con él. Era noche sin luna y las luces de Portland
resplandecían tenuemente a nuestras espaldas, por lo que casi no pude verle el
rostro. Percibí el fulgor que se desprendía de sus ojos y comprobé que la gente
tenía toda la razón cuando afirmaba que a veces se convertía en un arrogante
desatado al mando del volante. No podía creer que el indolente y apocado.
Edward Derby estuviera dándome órdenes y demostrando tal petulante soberbia
como conductor, precisamente él, quien nunca se atrevía a entablar una
discusión y que siempre se mostraba orgulloso de no saber conducir. Pero
entonces esa era la situación y en medio de mí desasosiego lo único que me
aliviaba era que - toda la escena transcurriese sin que él se decidiera a abrir
la boca.
Al pasar por Biddeford y
Saco, las luces me permitieron comprobar que mantenía la boca apretada con
fuerza y renové mí estremecido horror al reencontrar el fulgor de sus ojos.
Pude verificar también algo que había oído; durante esos trances se parecía
mucho a su esposa y al viejo Ephraim. Eran desagradables sus actitudes, sus
gestos no parecían naturales, Pero lo más perturbador era la clara conciencia
deque aquel hombre, a quien toda la vida había conocido como Edward Pickman
Derby, no era más que un extraño, una endemoniada presencia proveniente de
algún averno sideral.
Al retomar un tramo oscuro
de la carretera volvió a hablar con una voz que casi no pude reconocer corno,
la de mi amigo. Era mucho más áspera, más cortante y tanto su acento como el
énfasis de la pronunciación diferían radicalmente - de los que yo podía
recordar. En el fondo de aquella voz subyacía una yeta de -ironía agresiva,
también en las antípodas de la pseudoironía desenfadada y algo torpe que Edward
solía manejar; ahora se había cargado de algo siniestro, maligno, corrosivo.
-Espero que no te preocupes
por el acceso que tuve hace un rato, mi querido Upton -me dijo mi acompañante-.
Sabes muy bien como son mis nervios. Te pido disculpas por las molestias que te
causo y te agradezco mucho qué me lleves a casa. Te pido que olvides todas la
majaderías que haya podido decir acerca de mi mujer y, en general, todos los
demás dislates con que te haya abrumado. Son las consecuencias de dedicarme
excesivamente a una materia como la mía. Mi filosofía se asienta sobre
conceptos y nociones muy extrañas, y cuando la mente no resiste comienza a
imaginar toda clase de delirios. Voy a tomarme un prolongado descanso. Es
posible que no nos veamos durante algún tiempo. Pero no vayas a pensar que es
culpa de Asenath. Tal vez este viaje te resulte incomprensible en muchos de sus
aspectos, pero en realidad tiene una explicación sencilla. En los bosques del
norte existen unas ruinas pertenecientes a los indios, por lo general piedras,
de gran valor para el folklore; Asenath y yo nos hemos dedicado intensivarnente
a - su estudio. Ha sido un trabajo extenuante que bien puede hacer que uno
pierda momentáneamente la lucidez. Cuando llegue a casa mandaré a alguien para
que busqué el coche. Y, como te decía, me tomaré al menos un mes de vacaciones.
Ignoro si por mi parte
llegué a pronuncia? palabra alguna, pues la transmutación de mi amigo me tenía
paralizado. Experimentaba una creciente sensación de enfrentar un inexplicable
horror cósmico y lo único que me obsesionaba era que aquel viaje terminara de
una vez por todas. Derby insistía en no abandonar el volante y con cierto
alivio noté la velocidad con que dejábamos atrás Portsmouth y Newburyport.
Cuando llegamos al cruce
donde la carretera principal se desvía para evitar el paso por Innsmouth, tuve
miedo de que el conductor optara por aquel lugar infausto. Afortunadamente no
lo hizo, con lo que pasamos rápidarnente por Rowley y por Ipswich hasta que al
fin llegamos a nuestro destino. Era poco antes de la medianoche cuando llegamos
a Arkham y vimos cómo la luz en la vieja casa de Crowninshield seguía
encendida. Derby se bajó; apresuradamente me volví a mi casa Con una eufórica
sensación de alivio. Alivio también me causaba la advertencia de Derby de que
pasaría algún tiempo antes de que volviésemos a vemos.
El tiempo que siguió a aquel
viaje terrible fue una época de desbocados rumores. La gente decía que ahora se
veía a Edward cada vez más en su versión dinámica y petulante y que, por el
contrario, casi no se veía nunca a Asenath; Derby sólo me visitó una vez; llegó
fugazmente en el coche de Asenath para llevarse unos libros que me había
prestado. Me dirigió unas pocas palabras de cortesía, ya que cuando se
encontraba en su impostación dinámica y arrogante no tenía qué decirme. En esos
momentos tampoco aparecía la característica de los tres golpes en la puerta
seguidos por los otros dos. Volvió a ocurrirme lo mismo que la noche en que lo
dejé frente a su casa:_ cuando se retiró sentí un
profundo alivio.
Promediado setiembre, Edward
se ausentó por una semana; uno de los más activos integrantes del grupo
“vanguardista” de estudiantes dejó caer la hipótesis de que habria ido hasta
Nueva York a reunirse con el cabecilla de culto prohibido en Inglaterra. Por mi
parte, no podía dejar de pensar en el horrible viaje que hicimos desde Maine.
La transmutación que tuve ocasión de presenciar me afectó mucho y no cejaba en
el intento de darle una. explicación a aquel horrible enigma. -
La gente de los alrededores
comenzó a hablar acerca de los lastimeros sollozos que provenían. de la vieja
casa de Crowninshield. Parecían de mujer y, según algunos, pertenecían a
Asenath, quien las escasas veces en que podía vérsela, daba la impresión de
estar bajo una fuerte represión. Llegó a pensarse en dar cuenta a la policía
para que abriera una investigación de los hechos, pero la idea fue abandonada
cuando sorpresivamente apareció Asenath en la calle conversando animadamente
con un grupo de conocidos a los que pedía disculpas por las molestias que
podría haber causado el reciente ataque de histeria que había afectado a un
visitante en cuestión, pero la rotunda y convincente presencia de la mujer fue
más que suficiente como para aventar todas las suposiciones.
A mediados de octubre, una
tardeol en mi puerta la sucesión de los tres golpes seguidos por los otros dos.
Abri y me encontré con Edward de los viejos tiempos, al que no veía desde el
preciso momento en que experimentó el cambio durante el viaje a Maine. Se le
veía tenso, presa de emociones encontradas y mientras yo cerraba la puerta tras
él noté como echaba una temerosa mirada a sus espaldas.
Fuimos hasta mi estudio y me
pidió un trago para tranquilizarse. Preferí no preguntarle nada y dejé que
fuese él quien estableciera los hilos de la conversación. Pasó un rato antes de
empezar a monologar con voz sobresaltada.
-Asenath se fue.- Anoche,
mientras los criados estaban ausentes, hablé con ella y le arranqué la promesa
de que dejaría de acosarme. Por supuesto que tengo algunas garantías de las que
aún no te he hablado. La obligué a que me dejara tranquilo. Se puso furiosa,
pero no tuvo más remedio que hacerlo. Puso unas pocas ropas en las maletas y
salió para Nueva York. Apenas pudo tomar el expreso de las ocho y veinte para
Boston. Ahora todos volverán a murmurar, como siempre, pero me tiene bien sin
cuidado. No cuentes a nadie que tuvimos una disputa; será bueno que digas tan
sólo que Asenath ha emprendido un largo viaje de estudios. Es probable que se
quede a vivir con esas fanáticos. ¡Cómo me gustaría que se quedara en la costa
oeste y pidiera el divorcio! Al menos, me prometió que se mantendría alejada dc
mí y que no me molestaría. No sabes lo horrible que era, Dan... me robaba el
cuerpo... estaba tomando mi lugar... me había convertido en un prisionero. Opté
por la pasividad, dejándole llevar la delantera, pero tenía que estar
constantemente en guardia. Con mucho cuidado podía lograrlo, ya que ella nó es
capaz de leer mis pensamientos en detalle. Apenas podía saber que yo estaba
elaborando alguna rebelión, pero me salvaba el hecho de que ella creyese que yo
era más pusilánime de lo que en realidad soy. Nunca imaginé que podria
dominarla... pero me había reservado uno o dos conjuros que afortunadamente
funcionaron.
Derby repitió el gesto de la
mirada atemorizada por encima del hombro y apuró un generoso trago de Whisky.
-Hoy de mañana eché a esos
endemoniados criados. Fue al regresar y protestaron con energía, pero al fin se
fueron. Son de Innsmouth y responden incondicionalmente a Asenath. Voy a buscar
a los antiguos criados de mi padre, ya que he decidido mudarme a casa de
inmediato. Sé que debo parecerte loco, Dan, pero piensa en las historias de
Arkham y convendrás conmigo que en ella hay elementos suficientes como para
respaldar lo que te he contado... y lo que te contaré, Tú mismo fuiste testigo
de una de esas mutaciones. ¿Lo recuerdas? Fue en tu propio coche. En un
determinado momento Asenath se apoderó de mí... me expulsó de mi cuerpo.
Recuerdo que fue en el preciso instante en que me disponía a contarte qué clase
de ser es Asenath. Ahí fue cuando se apoderó de mí y yo me vi súbitamente
instalado en mi biblioteca, que los malditos criados cerraban bajo llave y en
aquel diabólico cuerpo que ni siquiera es humano. Se trataba de ella, y no de
mí, quien te acompañó durante el resto del viaje, ella, como un lobo feroz
dentro de mi cuerpo. No pudo escapársete la diferencia.
Un escalofrío recorrió mi
cuerpo mientras proseguía. Por supuesto que había notado el cambio. ¿Cómo no
hacerlo? Pero, ¿era verosímil semejante explicación? El monólogo de Edward era
incontenible.
-Salvarme, Dan, salvarme era
mi único objetivo. Debía hacerlo. El designio de Asenath era apoderarse de mí
para siempre en ocasión del día de ‘Todos los Santos. Ese día oficiaban un
aquelarre pasando Chesuncook y con el sacrificio ritual yo ya no tendría
escapatoria. Quedaría para siempre en manos de ella... ella habría sido para
siempre yo y yo habría sido ella. Para el resto de los tiempos. Habría cumplido
entonces su sueño de ser un hombre de carne y hueso. Supongo que luego trataría
de deshacerse de mí, dando muerte a su ex cuerpo conmigo adentro, tal como lo
hizo antes.
Llegado a este punto de su
relato, el rostro de Edward fue presa de una descomunal tensión; se inclinó más
hacia mí y bajando la voz, casi en un susurro, continuó:
-En el coche se me ocurrió
que ella ‘no es Asenath sino el mismísimo viejo Ephraim. En verdad ya antes lo
había sospechado, pero en aquel momento tuve la evidencia. Es posible
comprobarlo en su caligrafía cuando está desprevenida. A veces escribe largos
textos con la misma letra del viejo. Este se refugió en el cuerpo de su hija
cuando sintió que iba a morir. Ella fue la única persona a mano con el cerebro
adecuado y una personalidad apocada. Se apoderó de su cuerpo dc manera
permanente, igual que lo que ella pretendió hacer conmigo. Luego envenenó el
anciano cuerpo donde había alojado a su hija. ¿Acaso no has visto relucir
docenas de veces en los ojos de Asenath los diabólicos ojos del viejo? ¿No has
reparado que esa misma mirada aparece en mis ojos cuando ella se apodera de mí?
Derby debió detenerse para
retomar aliento. No me atrevía a decir nada. Al cabo de un momento el tonó de
su voz volvió a ser normal. Para mí, Edward estaba loco rematado, pero por
cierto que no sería yo quien lo empujara a un manicomio. Tal vez todo volviese
a la normalidad con el paso del tiempo y la ausencia de Asenath. Era evidente
que mi amigo estaba lo suficientemente escaldado como para volver a sus
prácticas de ocultismo.
-Con el tiempo te contaré
otras cosas que ignoras. Ahora me siento muy cansado. Ya te hablaré sobre los
horrores en que me involucré por causa de Asenath, horrores que aún alientan
entre nosotros por causa de unos cuantos fanáticos que se encargan de
mantenerlos vivos. Hay gente capaz de hacer ciertas cosas que nadie debería
hacer. He sido uno de ellos, pero todo eso ya acabó para mí. Si estuviese a mi
cargo la biblioteca de Miskatonic, yo mismo reduciría a cenizas el maldito
Necronomicón y todos los libros de su estirpe. Pero ahora Asenath ya no podrá
apoderarse de mí. Pronto abandonaré esa casa y volveré a mi hogar. Sé que puedo
contar contigo. Te he hablado de esos diabólicos criados... en especial de lo
que son capaces si la gente insiste en preguntarse acerca del paradero de
Asenath. ¿Te das cuenta de que no puedo dar la dirección de ella? Quien quiera
indagar podría malinterpretar nuestra separación y sé muy bien que algunos de
esos fanáticos tienen ideas y métodos contundentes. Sé que estarás de mi parte
si llega a ocurrir algo... incluso si me veo obligado a decirte cosas que te
provocarán una gran perturbación....
Casi naturalmente, Edward se
quedó en casa aquella noche, alojado en una de las habitaciones de huéspedes;
por la mañana parecía mucho más tranquilo. Examinamos sus planes para el
regreso al hogar familiar; por mi parte sentía la necesidad de que no perdiera
tiempo alguno en la implementación del proyecto. Durante las siguientes semanas
nos encontramos muy frecuentemente. En nuestras reuniones no se mencionó casi
ninguna cosa extraña; la conversación se concentraba exclusivamente en las
tareas de restauración que se practicaban sobre la vieja casa de los Derby y
sobre los viajes que planeábamos realizar el próximo verano.
Asenath había desaparecido
completamente de nuestras conversaciones; por cierto que el tema desagradaba
profundamente a Edward. Mientras tanto, en la ciudad corrían rumores acerca de
la singular pareja que vivía en Crowninshield aunque a esa altura esto no
significaba novedad alguna. Sin embargo, no me gustó lo que una vez oí decir al
banquero de Derby en el club de Miskatonic: que Edward remitía frecuentemente
cheques a algunos vecinos de Innsmouth llamados Moses y Abigail Sargent y
Eunice Babson. Temí que mi amigo estuviese siendo víctima de un chantaje por
parte de los malditos criados. Edward nunca me comunicó nada al respecto.
Yo esperaba con ansiedad la
llegada del verano y de las vacaciones para realizar los viajes que habíamos
planeado con Edward. Sin embargo, la salud de mi amigo no progresaba con la
rapidez deseable. Aun en sus escasos momentos de alegría, subyacían matices de
histeria y la sucesión de estados de depresión y aprensión ocupaban buena parte
de su día. En diciembre, la casa de los Derby quedó en condiciones de
habitarse, pero inexplicablemente Edward demoraba la mudanza.’ Detestaba y
temía a la casa de Crowninshield, pero algo misterioso lo retenía a ella. Todos
los días recurría a un nuevo pretexto para demorar el traslado de sus cosas a
la casa familiar. Cierta vez se lo hice notar y entonces pareció más asustado
que de costumbre. El viejo mayordomo de su padre -a quien había ubicado y
contratado- llegó a confiarme acerca de los extraños merodeos de Edward por la
casa, especialmente por el sótano, de sus malos presentimientos al respecto. Le
pregunté si había recibido alguna correspondencia de Asenath, pero el anciano
me confirmó que no había visto carta alguna en el correo.
Sería hacia la Navidad
cuando una tarde Derby sufrió un ataque mientras se encontraba de visita en mi
casa. Yo dirigía la conversación hacia el viaje que proyectába¬mos hacer
durante el verano cuando, de repente, Derby lanzó un grito y saltó de la silla
en que estaba sentado, adquiriendo su rostro un aire de espantoso e irrefrena¬ble
temor; su expresión reflejaba un pánico y aversión tales como sólo las más
infernales pesadillas pueden pro¬ducir en una mente sana.
« ¡Mi cerebro! ¡Mi cerebro!
¡Dios mio, Dan! ... tira con fuerza... desde la lejanía... golpea...
desgarra... esa bruja... ahora mismo... Ephraim... ¡Kamog! ¡Kamog!
El averno de los shaggoths!
... ¡ Iä! ¡ Shub-Niggurath!
¡El Chivo con las Mil Crías!
... La llama .. la llama... más allá del cuerpo, más allá de la vida... en las
profun¬didades de la tierra... ¡Oh, Dios mio! . . . »
Volví a sentarle en la silla
y le obligué a beber un vaso de vino, mientras su agitación daba paso a una
mortecina apatía. No opuso la menor resistencia, pero sus labios no cesaban de
moverse como si estuviera hablándose a sí mismo. Al instante advertí que era a
mí a quien trataba de hablar, y pegué el oído a su boca en un intento de captar
sus débiles palabras.
«Otra vez, otra vez.., trata
de volver a hacerlo.., de-bía suponerlo.., nada puede detener esa fuerza, ni la
le¬janía, ni los conjuros, ni la muerte... se abalanza una y otra vez, sobre
todo por la noche... no puedo escapar... es horrible... ¡ Oh, Dios mio! Dan,
site hicieras una mí¬nima idea de lo horrible que es todo esto... »
Luego cayó en una especie de
sopor, le coloqué unos almohadones debajo del cuerpo y dejé que el sueño se
apoderase de él. No llamé al médico, pues sabía muy bien lo que iba a decir
sobre su estado mental y quería dejar obrar a la naturaleza.., si es que aún
podía albergarse alguna esperanza. Edward se despertó a medianoche y entonces
le acosté en el piso de arriba, pero al desper¬tarme a la mañana siguiente se
había ido ya. Había salido sin hacer mido, y cuando le llamé por teléfono en su
casa el mayordomo me dijo que se encontraba dando vueltas por la biblioteca.
La salud de Edward se agravó
mucho a partir de aque¬lla noche. Ya no venía a visitarme, si bien ahora yo iba
a verle todos los días. Siempre me lo encontraba sentado en la biblioteca, con
la mirada perdida en el va¬cío como si estuviese escuchando algo fuera de lo
normal. A veces hablaba razonando, pero siempre sobre temas intrascendentes. La
menor mención de su enfermedad, de futuros planes o de Asenath le hacía montar
en có¬lera. Su mayordomo dijo que sufría espantosos ataques por la noche, en el
curso de los cuales llegaba a produ¬cirse lesiones.
Tras consultar detenidamente
con su médico de ca-becera, su banquero y su abogado, me decidí finalmente a
que fuera a verle su médico junto con dos especialistas. A las primeras
preguntas que le formularon Edward su¬frió unos violentos espasmos que le
hicieron digno de la mayor compasión, y aquella misma tarde se lo llevaron
forcejeando, en un coche cubierto, al sanatorio de Ark¬ham. Hube de hacerme
cargo de su curatela y le visitaba dos veces por semana. Sus gritos estridentes,
sus pavo¬rosos murmullos y su terrible e insaciable repetición de frases como «
Tenía que hacerlo.., tenía que hacerlo... se apoderará de mí... se apoderará de
mí... allá abajo... allá abajo en las tinieblas... ¡Madre! ¡Madre! ¡Dan!
¡Salvadme! ... ¡Salvadme! », casi me hacían saltar las lágrimas.
Si había posibilidades de
que se recuperase es algo que nadie se atrevía a vaticinar, pero en todo caso
me esforcé por no perder el optimismo. Si lograba salir de aquélla, Edward iba
a necesitar una casa, por lo que mandé trasladar a toda su servidumbre a la
mansión de los Derby que, a no dudar, sería el lugar elegido por él de
conservar el sano juicio. No supe qué hacer con la finca de Crowninshield, con
su ingente mobiliario y to¬das aquellas colecciones de las más inexplicables
cosas. Así que, de momento, opté por no hacer nada en ella, limitándome a
decirles a los criados de Derby que fuesen por allí una vez por semana a
limpiar el polvo de las habitaciones principales y a ordenar al encargado de la
calefacción que encendiera la caldera en tales días.
La contrariedad definitiva
tuvo lugar unas fechas antes de la Candelaria y, para cruel ironía, vino
precedida de un falso destello de esperanza. A últimas horas de una ma¬ñana de
enero, telefonearon del sanatorio para decir que Edward había recobrado
repentinamente la razón. Se¬gún decían, su memoria se había resentido mucho,
pero no cabía duda de que se hallaba en su sano juicio. Na-turalmente, durante
algún tiempo debía seguir en obser¬vación, pero apenas podían albergarse dudas
sobre cuál sería el desenlace. Si todo iba bien, en una semana le darían de
alta.
Loco de contento por la
noticia que acababan de darme, me dirigí
rápidamente al hospital, pero me quedé anonadado al entrar tras una enfermera
en la habitación de Edward. El paciente se levantó para saludarme, alar¬gándome
la mano con una cordial sonrisa, mas al ins¬tante advertí que se encontraba en
aquel estado extraña¬mente sobreexcitado tan opuesto a su natural forma de ser,
tenía aquella engreída personalidad que tan indeci¬blemente horrible me había
parecido y de la que el mismo Edward dijo en cierta ocasión que no era sino el
alma intrusa de su mujer. Era exactamente la misma mirada abrasadora —la misma
de Asenath y del viejo Ephraim— y la misma expresión firme de la boca, y cuando
hablaba pude notar la misma lúgubre y aguda ironía en su voz, aquella profunda
ironía que tanto hacía pensar en la inminencia de un mal. De nuevo me
encon¬traba ante la persona que había conducido mi coche aquella noche cinco
meses atrás, la persona que no había vuelto a ver desde aquella breve visita en
que olvidó la vieja señal del timbre y suscitó temores harto difusos en mí, y
ahora me producía la misma tenebrosa sensa-ción de espantosa demencia e
inefable horror cósmico.
Me estuvo hablando en tono
afable de los trámites que debía hacer para salir de allí, ante lo cual sólo me
quedó asentir a pesar de sus fallos de memoria
sobre he¬chos bien recientes. Pero me dio la impresión de que le sucedía algo
terrible, inexplicable, erróneo y anormal. Aquella criatura encerraba horrores
que no podía dis¬cernir. Sin duda, estaba en su sano juicio, pero ¿era el mismo
Edward Derby que había conocido? De lo con¬trario, ¿quién o qué era, y dónde
estaba el verdadero Edward? ¿Estaría en libertad o confinado en algún lugar? ¿O
quizás habría desaparecido de la faz de la tierra? Se percibía una sensación de
abominable sarcas¬mo en todo cuanto aquella criatura decía; sus ojos, muy
parecidos a los de Asenath, reflejaban una ironía harto desconcertante al
aludir a ciertas palabras sobre la libertad ganada años atrás gracias a un
confinamiento de lo más estricto. Debí comportarme con suma torpeza, pero lo
cierto es que me alegré al salir de allí.
Aquel día y el siguiente no
cesé de devanarme los sesos reflexionando sobre el problema. ¿ Qué había
su¬cedido? ¿Qué inteligencia miraba a través de aquellos ojos ajenos a la cara
de Edward? Apenas podía pensar en otra cosa que en tan terrible y complejo
enigma, hasta el punto de que hube de dejar a un lado mi trabajo cotidiano. Al
día siguiente por la mañana llamaron del hospital para decir que el estado del
paciente seguía igual, y ya avanzada la tarde estuve a punto de sufrir una
crisis nerviosa —un estado pasajero que admito, aunque otros dirán que tiñó de
color la visión que tuve después. No tengo nada que decir al respecto, salvo
que ninguna locura mía puede llegar a explicar toda la evi¬dencia.
5
Fue por la noche —tras
aquella segunda tarde— cuando el más espantoso horror se abatió sobre mí, sumiéndome
en un pánico atroz y atenazador del que jamás lograré yerme libre. Todo comenzó
por una llamada de teléfono al filo de la medianoche. Yo era la única persona
le¬vantada en toda la casa y, somnoliento, descolgué el auricular que había en
la biblioteca. No parecía haber nadie al aparato, y ya estaba a punto ‘de
colgar e irme a la cama cuando mi oído creyó captar un tenue sonido al otro
extremo de la línea. ¿ Sería acaso alguien que tenía grandes dificultades para
hablar? Escuché atenta-mente y me pareció oír una especie de chapoteo
se-miliquido —un «glub... glub....... glub....... »— que daba ex¬trañamente la
impresión de evocar una palabra inarticula¬da e ininteligible o una sucesión de
sílabas entrecortadas. Seguidamente, pregunté « ¿ Quién es? », pero por toda
res¬puesta volví a oír aquel «glub... glub....... glub....... glub». No me
quedó más remedio que suponer se trataba de un ruido automático; pero
imaginando que quizá se debiese a que el aparato estaba estropeado y sólo podía
escu¬ cahrse desde él pero no hablar, añadí «No puedo oírle. Cuelgue, por
favor, y llame a información». Al instante oí cómo colgaban el auricular al
otro extremo del hilo.
Esto, como decía, sería
sobre la medianoche poco más o menos. Cuando más tarde se investigó la procedencia
de la llamada pudo averiguarse que fue hecha desde la vieja casa de
Crowninshield, pese a que aún faltaba
media semana hasta el día en- que le
correspondía a la criada ir por allí. Me limitaré a dar una idea aproxi¬mada de
lo que se encontró al entrar en’ la casa: una barahúnda en el trastero más
recóndito del sótano, hue¬llas, tierra, un armario desvalijado apresuradamente,
huellas enigmáticas en el teléfono, papel de escribir des¬mañadamente utilizado
y un detestable hedor que impreg¬naba todos los rincones de la casa. Estos
idíotas de po-licías se han forjado sus harto manidas teorías y andan tras los
criados despedidos, los cuales han desaparecido de la vista ante el actual
estado de cosas. La policía ha¬bla de una horrible venganza por lo que se les
hizo, y dicen que me incluyeron a mi en ella por ser el mejor amigo y consejero
de Edward.
¡Serán majaderos! ¿Cómo
pueden pensar que esos mamarrachos supieron imitar aquella escritura? ¿Acaso se
figuran que fueron ellos los culpables de lo que más tarde sucedería? ¿Pero tan
ciegos están que no ven los cambios operados en el cuerpo que fue de Edward?
Por lo que a mí se refiere, ahora creo cuanto Edward Derby me dijo. Hay
horrores que rebasan los confines mismos de la vida y que ni siquiera
sospechamos, y sólo de vez en cuando la maligna curiosidad humana pone a
nuestro alcance. Ephraim... Asenath... el diablo los atrapé en sus redes, y
ellos acabaron con Edward y ahora tratan de hacer otro tanto conmigo.
¿Acaso tengo garantías de
estar a salvo? Esos poderes sobreviven a la vida corpórea. Al día siguiente
—por la tarde, tras recuperarme del estado de postración en que me encontraba y
lograr ponerme en pie y articular al¬gunas palabras coherentemente— fui al
manicomio y le maté de varios tiros por el bien de Edward y de la hu-manidad
entera, pero ¿cómo estar seguro hasta tanto no le incineren? Conservan el
cuerpo para que varios mé¬dícos efectúen en él una absurda autopsia, pero
sos¬tengo que deben incinerarlo. Deben incinerar a aquel que no era Edward Derby
cuando le disparé. Me volveré loco si no lo hacen, pues es muy probable que yo
sea la siguiente víctima. Pero no me falta coraje, y no dejaré que se apoderen
de mi los monstruosos terrores que están continuamente al acecho. Ephraim,
Asenath, Ed-ward, ¿quién de los tres vive? Pero a mi no me arre-batarán mi
cuerpo... ¡No dejaré que me cambien por ese cadáver acribillado a balazos que
hay en el manicomio!
Pero trataré de contar
coherentemente el horror final y definitivo. No hablaré de lo que la policía se
empeña en ignorar, de las historias que corren sobre ese ser ra¬quítico,
grotesco y maloliente con el que al menos tres transeúntes que pasaban por High
Street se tropezaron al filo de las dos de la madrugada y de las huellas que se
han encontrado en ciertos lugares. Sólo díré que se¬rían las dos cuando el
timbre y la aldaba me desper¬taron; timbre y aldaba, los dos, uno detrás de
otro y con un repique vacilante, como una sofocada desesperación, y en ambos
casos tratando de imitar la antigua señal de Edward de tres llamadas seguidas
de otras dos.
Tras despertar de un
profundo súeño mi mente se vio sumida en un mar de confusión. Derby en la
puerta... ¡y recordaba la vieja contraseña! En su nueva persona¬lidad no
parecía recordarla... ¿Habría vuelto Edward a su estado normal? ¿Le habrían
soltado antes de lo previsto o se habría escapado? Posiblemente, pensé
mien¬tras me enfundaba en una bata y bajaba aprisa las esca¬leras, el hecho de
recobrar su identidad le habría produ¬cido irritación y delirio, tras lo que le
habrían anulado el alta forzándole a emprender una desesperada huida en pos de
la libertad. Fuese lo que fuese, volvía a ser mi buen y viejo amigo Edward,
¡claro que podía contar con mi ayuda!
Al abrir la puerta a
aquellas tinieblas arqueadas por la sombra de los olmos, una corriente de
viento insoporta¬blemente fétido casi me hizo rodar por los suelos. Sofo¬cado
por la náusea que invadió todo mi cuerpo, pude ver en el umbral una figura
raquítica y jorobada. Los gol¬pes en la puerta eran sin duda de Edward, pero
¿quién era aquel pestilente y canijo mamarracho? ¿Dónde po¬dría haberse metido
Edward en tan escaso tiempo? El último timbrazo que dio apenas había sonado un
se¬gundo antes de abrir yo la puerta.
Quien llamaba al timbre
llevaba encima un abrigo de Edward, los bajos rozaban el suelo, y las mangas,
si bien estaban vueltas, le cubrían por completo las manos. Sobre la cabeza
llevaba un sombrero de ala plegada y una bu¬fanda de seda negra le ocultaba el
rostro. Al dirigirme ha¬cia él con paso vacilante, aquella figura emitió un
sonido semilíquido semejante al que había oído por teléfono
—«glub... glub....... »— y,
espetado en la punta de un largo lápiz, me alargó un papel grande, escrito con
apre¬tujada letra. Aún bajo los efectos de aquel repugnante y extraño hedor,
cogí el papel y traté de leerlo bajo la luz de la puerta.
No había la menor duda,
aquella era la letra de Edward. Pero ¿por qué habría escrito la nota cuando
podía perfectamente llamar al timbre? ¿y por qué era tan torpe, fea y
temblorosa su escritura? Apenas podía des¬cifrar nada en aquella semipenumbra,
así que retrocedí unos pasos hacia el vestíbulo mientras el raquítico
men¬sajero me seguía maquinalmente a duras penas, dete¬niéndose una vez
traspuesto el umbral. El olor que des¬pedía aquel extraño personaje era
verdaderamente inso¬portable y rogué (no en vano, a Dios gracias) para que mi
mujer no se despertara y se viese frente a semejante criatura.
Luego, a medida que leía el
papel, sentí que mis pier¬nas comenzaban a flaquear y mi vista se nublaba por
completo. Cuando recobré el sentido me hallaba tendido en el suelo, todavía con
aquella endiablada hoja de papel entre las manos, crispadas por el espanto que
se había apoderado de mí. He aquí lo que decía:
«Dan, vé al sanatorio y
mátalo. ¡Aniquilalo! Ya no es Edward Derby. Asenath se apoderó de mi, pero hace
tres meses y medio que está muerta. Mentí al decirte que se había ido. La maté.
Me vi obligado a hacerlo. Ocurrió en un abrir y cerrar de ojos, pero en aquel
momento estábamos solos y me encontraba en mi au¬téntico cuerpo. Vi un
candelabro y le descargué un fuerte golpe con él en la cabeza. De haber seguido
con vida se habría apode¬rado definitivamente de mí el día de Todos los Santos.
La enterré en el trastero
más recóndito del sótano, bajo unas viejas cajas, y borré todas las huellas. A
la mañana siguiente, los criados sospecharon lo que había sucedido, pero son
tantos los secretos que esa gente oculta en sus entrañas que no se atrevie¬ron
a ir a contárselo a la policía. Los despedí, pero sólo Dios sabe qué intentarán
hacer, al igual que otros sectarios de su culto.
Por unos instantes pensé que
todo iba bien, pero al cabo de un rato sentí como si me desgarrasen el cerebro.
Sabía perfectamen¬te de qué se trataba, debía haberlo recordado. Un alma como
la de Asenath —o la de Ephraim— se separa a medias pero sigue con vida hasta
después de la muerte, en tanto dura el cuerpo. Asenath estaba apoderándose de
mí —intercambiaba su cuerpo con el mío—, estaba usurpando mi cuerpo al tiempo
que me in-troducía en su cadáver enterrado allá en el sótano.
Sabía muy bien lo que me
esperaba, por eso perdí el control y tuvieron que encerrarme en el manicomio.
Luego lo que me temía sucedió. Me encontré asfixiado por las tinieblas dentro
del cadáver putrefacto de Asenath y enterrado en el sótano bajo unas cajas.
Ella debía estar ocupando mi cuerpo en el sanatorio para siempre, pues ya había
pasado Todos los Santos y el sacri¬ficio valdría aun cuando ella no estuviese
presente... Ella estaría sana, recuperada y lista para cerner su amenaza sobre
el mundo. Estaba desesperado, y pese a todo me las arreglé para escapar de
allí.
Me encuentro demasiado débil
para intentar hablar —ni si¬quiera pude hablar por teléfono—, pero aún me
quedan fuerzas para escribir. Confío en que me recuperaré y en que sean
escu¬chadas las siguientes palabras y recomendación que te hago: mata a ese
taimado demonio si valoras en algo la paz y el bienestar del mundo. Y asegárate
de que se incinera el cadáver. Si no lo haces, seguirá viviendo, irá pasando de
un cuerpo a otro eterna¬mente, y huelga todo comentario sobre qué pueda hacer.
No te dejes atrapar por la magia negra, Dan, es algo verdaderamente diabólico.
Hasta siempre, has sido un excelente amigo. Cuenta a la policía cualquier
patraña que creas que puedan tragarse. No sabes cuánto siento haberte metido en
todo esto. A no tardar, espero disfrutar de paz, pues la vida de este monstruo
que me atenaza no puede prolongarse mucho más. Espero que esta nota llegue a
tus manos. ¡Y mata a ese monstruo! ¡Mátalo!
Tuyo, Ed.»
Sólo al cabo de un buen rato
acabé de leer la segunda mitad de tan desconcertante carta, .pues al final del
tercer párrafo caí desmayado al suelo.
Volví a perder el sen¬tido al ver y oler aquello que obstruía el umbral, por
donde se filtraba el aire caliente. El mensajero no vol¬verá a moverse ni a
recobrar la conciencia.
El mayordomo, hombre
bastante más duro que yo, no desfalleció ante el espectáculo que se ofreció a
su vista en el vestíbulo a la mañana siguiente, sino que llamó a la policía.
Cuando llegaron los agentes ya me habían metido en la cama, en la habitación de
arriba; pero aquello otro, aquella informe masa, seguía yaciendo allí donde se
había desplomado por la noche. Era tal el hedor que despedía que los policías
hubieron de taparse la nariz con un pañuelo.
Lo que encontraron a la
postre dentro de la extraña y variopinta indumentaria de Edward fue
esencialmente, una monstruosidad licuada. Encontraron también unos cuantos
huesos... y un cráneo aplastado. Posteriormente y por una prótesis dental que
llevaba, pudo identificarse aquel cráneo como el de Asenath.
Fin

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