La Sombra
en el Ático
H.P.
Lovecraft & August Derleth
(Este es un relato inconcluso de H.P. Lovecraft. El cuento fue retomado por August Derleth en una de las tantas colaboraciones póstumas que involucran a ambos autores)
1
Mi tío abuelo Uriah.
Garrison no era hombre a quien conviniera contrariar. Moreno, de cejas
enmarañadas y revuelto cabello negro, cuando yo era niño su cara me
aterrorizaba en sueños. Sólo tuve trato con él durante mi infancia. Mi padre se
peleó con él y murió en circunstancias extrañas, asfixiado en la cama, a unas
cien millas de Arkham, que es donde vivía mi tío abuelo. Mi tía Sofía le
maldijo, y también murió al poco tiempo, como si algo invisible la hubiera
empujado por unas escaleras. ¿Cuántos casos más habrá habido como éstos? ¿Quién
sabe? Nadie se atrevía a hablar, sino en voz baja y temerósa, de los poderes
tenebrosos que obedecían a Uriah Garrison.
Tampoco podría nadie
determinar qué proporción de cotilleo supersticioso, infundado y malévolo había
en lo que se contaba de él. No le volvimos a ver desde que murió mi padre, pues
mi madre odiaba a su tío y le siguió odiando hasta la muerte, lo que demuestra
que jamás se llegó a olvidar de él. Tampoco yo me olvidé ni de él ni de su
casa, que tenía un tejado picudo y estaba en Aylesbury Street, en una zona de
las afueras de Arkham que se extiende al sur del río Miskatonic, no lejos de la
Colina del Ahorcado, coronada por un frondoso cementerio. Por cierto que el
Arroyo del Ahorcado cruzaba las tierras de la finca, que también estaban
cubiertas de espeso arbolado, como el cementerio de la colina. Nunca olvidaré
la sombría mansión donde vivía él solo —si exceptuamos a alguien que iba por la
noche a arreglarle la casa—, ni sus estancias de techos altísimos, ni el desván
solitario y oscuro que todos rehuían incluso de día y donde estaba
terminantemente prohibido entrar con una linterna u otra luz cualquiera—, ni
sus ventanas emplomadas que miraban a un panorama de árboles y matorrales, ni
las puertas de montante semicircular. Era el tipo de casa que nunca deja de
ejercer un sombrío hechizo sobre las mentes juveniles e impresionables. A mí me
provocaba siniestras fantasías y a veces sueños terroríficos de los que
despertaba violentamente para correr a refugiarme junto a mi madre. Una noche
inolvidable me equivoqué de camino y me topé con el extraño rostro inexpresivo
y lejano de la mujer que venia a cuidar la casa. Nos miramos durante un
instante, como a través de insondables abismos espaciales, y yo salí huyendo,
espoleado por un terror nuevo que se superponía a los que ya me había provocado
la pesadilla.
De mayor nunca se me ocurrió
volver por allí. No había quedado amor entre nosotros, ni más relación que las
breves felicitaciones que yo le mandaba por su cumpleaños o en Navidad, a las
cuales jamás respondió, lo que me parecía perfecto. Por, eso me sorprendió
tanto que al morir me legara la finca y una pequeña subvención con tal de que
yo habitara la casa durante los meses del verano siguiente a su fallecimiento.
Sin duda había tenido en cuenta que mis obligaciones docentes me impedían
ocuparla durante el resto del año. No era pedir demasiado. Yo no tenía
intención de conservar la finca. Por entonces, Arkham había empezado ya a
extenderse por la zona de Aylesbury Pike y la ciudad, que antes quedaba tan
lejos de la casa de mi tío abuelo, ahora amenazaba con rodearía en breve, por
lo que sin duda la finca no sería difícil de vender. Arkham no tenía ningún
atractivo especial para mi, aunque me fascinaban sus leyendas, sus apiñados
tejados puntiagudos y su ornamentación arquitectónica del siglo XVIII. Esta
fascinación, sin embargo, no era verdaderamente profunda y no me atraía la idea
de fijar mi residencia definitiva en Arkham. Pero para vender la casa de Uriah
Garrison tenía primero que habitarla, según lo dispuesto en su testamento. En
junio de 1928, pese a las protestas de mi madre y a sus sombrías insinuaciones
de que Uriah Garrison había sido un hombre especialmente malvado y aborrecido,
me trasladé a la casa de Aylesbury Street. No me resultó muy difícil
instalarme, pues la habían conservado perfectamente amueblada tras la muerte de
mi tío abuelo, acaecida en marzo del mismo año, y era evidente que alguien se
había encargado de mantenerla limpia y en condiciones de habitabilidad, según
comprobé nada más llegar, procedente de Brattleboro. Sin duda la mujer que
atendía a mi tío abuelo había recibido órdenes de seguir prestando sus
servicios en la casa, por lo menos hasta que yo me instalara en ella.
Pero el abogado de mi tío
abuelo —un sujeto anticuado que iba todavía de alto cuello duro y solemne traje
negro— ignoraba que se hubiera tomado medida alguna en tal sentido, según me
dijo cuando fui a visitarle para averiguar las cláusulas del testamento.
—No he estado nunca en la
casa, Mr. Duncan —dijo- . Si su tío abuelo dejó dispuesto que la mantuvieran
limpia, debe existir otra llave. Como usted sabe, yo le he entregado la única
que tenía. Que yo sepa, no existe otra.
En cuanto a lo que disponía
el testamento de mi tío abuelo, era escueto y sencillo. Yo sólo tenía que
habitar la casa durante los meses de junio, julio y agosto, o durante noventa
días, a partir de mi llegada, en caso de que mis obligaciones docentes me
impidieran ocuparla desde el primero de junio. No se me imponía ninguna otra
condición, ni siquiera prohibición alguna relativa al desván, como yo había
supuesto.
—Al principio es posible que
los vecinos le parezcan poco amistosos —replicó Mr. Saltonstall—.. Su tío
abuelo era hombre de costumbres raras y les hizo muchos desaires. Supongo que
le molestaba que se fuera instalando tanta gente en los alrededores de su
propiedad, y a los vecinos, por su parte, también les debía molestar la altivez
e insolidaridad de su tío abuelo, del cual comentaban que prefería la compañía
de los muertos a la de los vivos, a juzgar por sus frecuentes paseos por el
cementerio de la Colina del Ahorcado.
Al preguntarle qué aspecto
había tenido el anciano durante sus últimos años, Mr. Saltonstall repuso:
—Era un viejo robusto y
vigoroso, realmente duro. Pero, como tantas veces sucede, en cuanto empezó a
decaer se desmoronó rápidamente: al cabo de una semana estaba muerto. De vejez,
según el médico.
—¿Y su estado mental?
—pregunté.
Mr. Saltonstall sonrió
gélidamente.
—Bueno, Mr. Duncan, usted ya
sabrá que el estado mental de su tío abuelo fue siempre un poco raro. Tenía
ideas muy extrañas que resultan verdaderamente arcaicas. Me refiero, por
ejemplo, a sus investigaciones sobre la brujería. Se gastó mucho dinero en
estudiar los procesos de Salem. Pero encontrará usted su biblioteca intacta, y
está llena de libros sobre el tema. Aparte su interés obsesivo en esta única
cuestión, era un hombre fríamente racional. Esto le describe bien. Insociable y
altivo.
Así, pues, el tío abuelo
Uriah Garrison no había cambiado en los años transcurridos desde mi niñez,
ahora que me acercaba a la treintena. Y la casa tampoco había cambiado. Todavía
conservaba aquella atmósfera de espera vigilante, como una persona acurrucada
para protegerse del frío mientras espera la llegada de la diligencia. No
valdría una metáfora más moderna, pues la casa tenía doscientos años y, aunque
estaba muy bien cuidada, no le hablan instalado luz eléctrica y su fontanería
era viejísima. Exceptuando su contenido y algunos artesonados, la casa en sí
carecía de valor. Pero en cambio el terreno valía mucho, debido, como he dicho,
al crecimiento de Arkham por aquellas partes. El mobiliario era de cerezo,
caoba y -nogal negro, y sospeché que si lo viera Rhoda —mi novia— querría conservarlo
para cuando tuviéramos casa propia. Yo pensaba que con el dinero que nos
procurara la venta de la finca y el mobiliario podríamos construirnos una casa
para nosotros y mantenerla con mi sueldo de auxiliar del departamento de inglés
y el suyo de profesora de Filología y Arqueología. Tres meses no era demasiado
tiempo para vivir sin luz eléctrica y también podría soportar su deficiente
fontanería durante esas semanas, pero en el acto decidí que no estaba dispuesto
a prescindir del teléfono. Así que cogí el coche y me acerqué a Arkham para
encargar que me lo instalaran sin demora. Ya que estaba en el centro de la
ciudad, me detuve en la oficina de telégrafos de Church Street y envié sendos
telegramas a mi madre y a Rhoda, comunicándoles mi llegada e invitando a Rhoda
a que viniera cuando quisiera para inspeccionar mi recién adquirida propiedad.
También aproveché para hacer una buena comida en uno de los restaurantes y
comprar unas pocas provisiones necesarias para mis desayunos, a pesar de que no
me apetecía nada tener que encender el viejo fogón de la cocina. Por fin
regresé fortalecido contra el hambre para el resto del día.
Me había llevado conmigo
varios libros y documentos que me hacían falta para la tesis doctoral en que
estaba trabajando, y sabía que la biblioteca de la Universidad del Miskatonic,
que quedaba a menos de una milla de mi casa, me ofrecería toda ayuda adicional
que pudiera necesitar. Thomas Hardy y el condado de Wessex no constituía un
tema tan abstruso como para tener que recurrir a la Widener o a otra de las
grandes bibliotecas universitarias. Así, pues, me dediqué a mi tesis hasta el
anochecer de mi primer día de estancia en el viejo caserón de Uriah Garrison. A
esa hora, fatigado, me acosté en la habitación que había sido de mi tío abuelo,
en el segundo piso de la casa, en vez de hacerlo en el cuarto de los huéspedes,
que estaba en la planta baja.
2
A última hora del día
siguiente me sorprendió una visita de Rhoda. Llegó sin avisar, al volante de su
Roalster. Rhoda Prentiss era un nombre demasiado cursi para una joven tan
airosa, tan llena de vitalidad y energía. No oí llegar el coche y sólo supe de
su presencia cuando abrió la puerta delantera de la casa y me llamó:
-¡Adam! ¿Estás en casa?
De un salto salí del
despacho donde, estaba trabajando —a la luz, de una lámpara, pues el. día era
oscuro y tormentoso- y allí me la vi, con el largo cabello rubio goteando
lluvia, los labios entreabiertos y los limpios ojos azules tornando nota, con
viva curiosidad, de todo lo que se hallaba a su alcance. Pero cuando la tuve
entre mis brazos, un leve estremecimiento recorrió su cuerpo.
—¿Cómo vas a soportar tres
meses en esta casa?—exclamo.’’
—Está hecha aposta para
tesis doctorales —respondí—. Aquí no hay nada que me perturbe.
—Pues a mí me perturbaría
toda la casa, Adam —replicó con una seriedad insólita—. ¿No notas en ella algo
maligno?
—Lo maligno que había ya se
ha muerto: mi tío abuelo. Pero te confieso que cuando vivía la casa entera
sudaba malignidad.
—Y la suda.
—Eso si crees en residuos psíquicos.
Parecía como si Rhoda fuera
a añadir algo, pero yo cambié de conversación.
—Llegas justo a tiempo de
que nos vayamos a Arkham a cenar. Al pie de French Hill hay un restaurante
francés antiguo muy interesante.
No contestó nada, pero
mantuvo un ligero ceno durante un rato, como si se hubiera quedado con algo
dentro. Sin embargo, durante el transcurso de la cena volvió a recuperar su
humór habitual; habló de su trabajo, de nuestros planes, de nosotros dos; y
pasamos más de dos horas en el restaurante. Luego regresamos a casa. Era
natural que se quedara a pasar la noche en el cuarto de los huéspedes, que
además estaba debajo del mío y podía avisarme, dando golpes en el techo, sí
necesitaba algo o si —como dije yo— «te perturba el residuo psíquico». Pese,
sin embargo, a bromear, me había dado cuenta de que en la casa, al llegar mi
novia, se había producido como un aumento del nivel de vigilancia. Era como si
la casa hubiera arrojado de si toda indolencia, como si de pronto se hubiera
tenido que poner alerta, como sí husmeara algún peligro o presintiera de algún
modo mi intención de venderla a quien la iba a derribar sin piedad. Esta
sensación fue en. aumento durante toda la velada y me provocó, corno respuesta,
un inexplicable, pero inconfundible sentimiento de compasión. En realidad,
tampoco tenía por qué extrañarme tanto, pues las casas van adquiriendo poco a
poco una atmósfera, y una casa de más de dos siglos tiene más atmósfera que
otra más moderna. Precisamente son estas casas, que tanto abundan en Arkham,
las que dan a la ciudad su peculiar distinción; y no me refiero sólo a los
tesoros arquitectónicos, sino también al ambiente de las casas, al saber
acumulado y a los ecos legendarios de las vidas humanas nacidas y consumidas
dentro de los limites relativamente pequeños de la ciudad.
Y desde aquel momento
también empecé a darme cuenta de otra cosa, asimismo relacionada con la casa,
pero perteneciente a un plano distinto. No es que se me hubiera contagiado la
reacción instintiva de Rhoda, sino sencillamente que su llegada aceleró los
acontecimientos, el primero de los cuales sucedió aquella misma noche. Después
he pensado que la aparición de Rhoda precipitó unos hechos que de todas maneras
iban a haber ocurrido, pero que, en el curso normal de las circunstancias, se
habrían producido de modo más insidioso. Aquella noche nos acostamos tarde. Yo
caí dormido al instante, pues la casa estaba alejada del tráfico de la ciudad y
en ella tampoco había los crujidos o chasquidos tan frecuentes en los caserones
antiguos. En el piso de abajo, Rhoda se movía inquieta por la habitación y
todavía estaba levantada cuando yo me dejé caer en el sueño. Era después de
medianoche cuando algo me despertó. Durante unos segundos permanecí inmóvil,
hasta despabilarme del todo. ¿Qué es lo que me había arrancado del sueño? ¿El
sonido de una respiración que no era la mía? ¿Una presencia muy próxima? ¿Algo
que había en la cama? ¿O las tres cosas a la vez? Tanteé con la mano ¡y palpé
el inconfundible pecho desnudo de una mujer! Al mismo tiempo percibí su aliento
ardiente, férvido. Pero al instante siguiente se habla ido, ya no estaba en la
cama, y la sentí, más que la vi, deslizarse hacia la puerta de la habitación.
Plenamente despierto ya, me
quité la sábana ligera que me cubría, pues la noche era húmeda y sofocante, y
salté del lecho. Encendí la lámpara con mano un tanto trémula y me quedé ahí de
pie sin saber qué hacer. Sólo llevaba puestos unos calzones cortos y lo
sucedido me habla alterado más de lo que hubiera querido reconocer. Me
avergüenza admitir que durante un instante creí que habla sido Rhoda, lo cual
sólo demuestra que el incidente me habla provocado bastante confusión mental,
pues Rhoda era incapaz de una acción semejante. De haber deseado pasar la noche
en mi cama, lo habría dicho como otras veces. Además, el pecho que yo habla
tocado no era, el de Rhoda, que tenía unos senos firmes y bellamente
redondeados, mientras que los de la mujer que había estado tendida a mi lado
eran fláccidos, viejos, de enormes pezones. A diferencia de los de Rhoda, me
habían producido un estremecimiento de horror. Cogí la lámpara y salí de la
habitación, dispuesto a registrar la casa. Pero al desembocar en el vestíbulo
oí, como si procedieran de un punto situado fuera de la casa y muy por encima
de ella, unos tenues, lejanos sollozos de mujer. Era la voz de una mujer que
estaba siendo castigada, y me llegaba como desde una distancia desolada, como
un fantasma de sonido que no tardó en perderse del todo. No habría durado más
de treinta se¬gundos, pero a su modo había resultado tan inconfundible como lo
que había palpado en el lecho.
Me quedé parado un rato,
agitado interiormente, y por fin me retiré a la cama, donde permanecí insomne
durante una hora larga, atento por si pasaba algo. Nada ocurrió, y cuando por
fin volví a dormirme, ya había empezado a preguntarme si no habría confundido
algún sueño con la realidad. Pero a la mañana siguiente, el nublado rostro de
Rhoda me dijo que algo iba mal. Se habla levantado a preparar el desayuno y la
encontré en la cocina. Se volvió hacía mí, sin saludarme, y dijo:
—¡Anoche había una mujer en
la casa!
-¡Entonces no era un sueño!
—exclamé yo.
—¿Quién era? —preguntó.
Moví la cabeza
negativamente.
—Me gustaría poder
decírtelo.
—Me parece extraordinario
que venga la mujer de la limpieza en mitad de la noche —prosiguió.
—¿La viste?
—Si la vi, ¿por qué?
—¿Cómo era?
—Parecía joven, pero me dio
la extraña sensación de que no lo era ni mucho menos. Tenía una cara
inexpresiva, inmóvil. Sólo tenía vivos los ojos.
—¿Y ella te vio a ti?
—No creo.
-¡Es la mujer que venia a
atender a mi tío! -exclamé—. Tiene que ser ella. Al llegar me encontré la casa
completamente limpia. Mira qué limpia está. Mi tío abuelo no debió decirle que
no volviera y ella ha seguido viniendo. Recuerdo que de niño la vi una vez. Mi
tío abuelo la hacia venir siempre de noche. ¡Qué cosa más absolutamente
cretina! Uriah Garrison murió en marzo, hace ya tres meses, y esa mujer tendría
que ser idiota para no haberse enterado a estas alturas. ¿Quién le paga?
—¿Y yo qué sé? No te puedo
contestar.
Además, tal como estaban las
cosas, no me atreví a contar a Rhoda mi experiencia nocturna. Sólo pude
asegurarle, sin mentir, que no había visto a mujer alguna en aquella casa desde
una noche de mis primeros años en que sorprendí cascial y fugazmente a la que
hacía la limpieza. -
—Recuerdo que a mi también
me dio la misma impresión —dije—. Tenía una cara completamente inexpresiva.
—Adam, eso pasó hace veinte
años o más —señaló Rhoda—. No puede ser la misma mujer.
—No sé qué decirte. Sin
embargo, imposible no es, supongo. Y diga lo que diga Mr. Saltonstall, tiene
que tener llave de la casa.
—Eso no tiene ningún
sentido. Y tú prácticamente no has tenido tiempo de contratar a nadie desde que
estás aquí.
—No he contratado a nadie.
—Lo creo. No moverías un
dedo para limpiar aunque te estuvieras ahogando en polvo —se encogió de
hombros—. Tendrás que averiguar quién es y poner punto final al asunto. No me
gusta que la gente murmure, ya sabes.
Con este ánimo nos sentamos
a desayunar. Yo sabia que Rhoda pretendía partir a continuación. Pero notaba
que seguía preocupada. Habló muy poco mientras comía, respondiendo a mis
comentarios con breves monosílabos, hasta que por fin estalló.
— ¡Pero, Adam! ¿Cómo es
posible que no lo sientas?
—¿Que no sienta qué?
—En esta casa hay algo que
te busca, Adam. Yo lo noto. A quien busca la casa es a ti.
Tras mi estupefacción
inicial, hice constar con toda frialdad que la casa era un objeto inanimado,
que yo no sabía de ninguna otra criatura que viviera en ella sino de mí, salvo
qué hubiera ratones y no me hubiera dado cuenta, y que una casa no puede querer
ni dejar de querer nada ni a nadie. No se quedó convencida. Al cabo de una
hora, cuan¬do ya estaba dispuesta para marcharse, dijo impulsivamente:
—Adam, vente conmigo. —Ahora
mismo.
—Sería una locura perder una
propiedad tan valiosa, a la que tú y yo podemos dar tan buen uso, sólo por un
capricho -contesté.
—Es algo más que un
capricho. Ten cuidado, Adam.
En este tono nos separamos.
Rhoda prometió volver cuando estuviera más entrado el verano y me obligó a
prometerle que le escribiría puntualmente.
3
Lo sucedido en aquella
segunda noche que pasaba en la casa removió mis recuerdos y volví a sentir de
nuevo la lúgubre melancolía que durante mi infancia había emanado del lugar,
pero especialmente de la terrible presencia de mi tío abuelo Uriah y del
cerrado desván donde nadie se atrevía a entrar pese a la frecuencia con que lo
hacía el dueño de la casa. Debe ser normal que al fin decidiera recoger el
desafío que para mí suponía la existencia de ese desván. La lluvia del día
anterior había dado paso a un sol intenso que se derramaba, desde las ventanas
apropiadas, por toda la casa, dándole un aire gallardo y gentil que nada tenía
de siniestro. Era uno de esos días en que todo lo sombrío y ominoso parece
lejano. No vacilé en encender una lámpara que dispersara las tinieblas del
desván —que no tenía ventanas— y me lancé hacia las alturas de la casa provisto
de todas las llaves que me habla facilitado Mr. Saltonstall. No hizo falta
ninguna. La puerta estaba abierta. Y el desván vacío, pensé al entrar. Pero no
lo estaba del todo. En el centro de aquel tabuco abuhardillado había una sola
silla y, encima de ella, varias prendas vulgares y otra que no lo era tanto:
diversas ropas de mujer y una máscara de goma de ésas que se ajustan a las
facciones de quienes la llevan puesta. Avancé hasta la silla, asombrado, y dejé
la lámpara en el suelo pata mejor examinar lo que había encima.
Lo que había era lo que había
visto en el primer vistazo: un vestido corriente de algodón estampado con un
dibujo anticuadísimo de cuadritos en distintos tonos de gris, un delantal, un
par de guantes de goma de los que se pegan a la piel, medias elásticas,
zapatillas de andar por casa y la máscara. Esta última, luego de examinada,
resultó ser bastante común, a excepción de que iba provista de cabellos. Los
vestidos bien podrían haber pertenecido a la mujer de la limpieza de mi tío
abuelo Uriah. Habría sido muy propio de él no permitirle cambiarse de ropa bino
en el desván. Pero esta hipótesis no sonaba muy convincente, desde luego,
teniendo en cuenta sobre todo el cuidado que siempre había tenido en que nadie
más que él entrara en aquella buhardilla. La careta era más difícil de explicar.
No estaba seca y agrietada, como lo habría estado de llevar varios años sin
usar. Al contrario, estaba suave y flexible, lo que resultaba aún más
intrigante. Además, igual que el resto de la casa, el desván estaba
impecablemente limpio. Sin tocar la ropa, volví a tomar la lámpara y la mantuve
alzada. Entonces vi la sombra que se extendía, más allá de la mía, por la pared
y el techo abuhardillado. Era una superficie monstruosa, deforme, ennegrecida,
como si una inmensa llamarada hubiera grabado esa imagen en las tablas del
desván. La estuve contemplando durante un rato antes de darme cuenta de que,
aun grotescamente contrahecha, guardaba cierta semejanza con una figura humana.
La cabeza, sin embargo — pues la cosa poseía una especie de excrecencia informe
en el sitio de la cabeza— , no se parecía a nada y resultaba horrible.
Me acerqué para verla en
detalle, pero al aproximarme sus contornos se difuminaron. Sin embargo, tenía
toda la superficie de haber sido como cauterizada en la madera por un chorro de
fuego abrasador. Retrocedí de nuevo hasta la silla y un poco más. La sombra
parecía haberse producido como consecuencia de una llamarada que hubiese
brotado a nivel del suelo. Tenía una angulación extraña e inexplicable. Me di
la vuelta entonces y traté de localizar el punto de donde pudiera haber surgido
lo que había provocado aquella alteración en el techo y la pared. Al darme la
vuelta, la lámpara iluminó el lado opuesto del desván y puso de manifiesto, en
el punto donde yo buscaba, la existencia de una abertura entre el techo y el
suelo, pues en ese lado del desván no había pared. El agujero no era mayor que
el que necesitaría un ratón, y al momento supuse que, en efecto, no era más que
una ratonera. No habría retenido mi atención durante más de un segundo de no
haber sido por lo que había pintado, con tiza u óleo de color rojo vivo, a su
alrededor: una secuencia de curiosas líneas anguladas que me parecieron
completamente distintas de cualquier diseño geométrico conocido y que estaban
dispuestas de tal modo que el agujero del ratón quedaba en el centro de las
mismas. Inmediatamente pensé en el gran interés que siempre había manifestado
mi tío abuelo por la magia. Pero no, éstos no eran los habituales pentáculos,
tetraedros y círculos de la brujería, sino más bien todo lo contrario. Acerqué
la lámpara a las líneas y las examiné. De cerca sólo eran rayas, sin más. Pero
vistas desde el centro del desván, componían una especie de diseño desconocido
que sugería otras dimensiones, según se me ocurrió pensar. Era imposible
determinar cuánto tiempo llevaban allí, pero no parecía haber sido trazadas
recientemente, es decir, durante los tres últimos decenios. También era posible
que tuvieran un siglo.
Mientras reflexionaba sobre
el significado de la extraña sombra y del diseño pintado enfrente de ella,
empecé a adquirir conciencia de que en el desván se había ido produciendo como
una especie de tensión. Era algo verdaderamente indescriptible, pero lo que yo
sentía —qué raro hace ponerlo en palabras— es como si el desván estuviera
conteniendo la respiración. Empecé a inquietarme cada vez más, como si no fuera
el desván, sino yo el que estaba siendo examinado. La llama de la mecha osciló
y empezó a echar humo y la habitación entera pareció oscurecerse. Durante un momento
fue como si la tierra, de pronto, se hubiera puesto a girar al revés, o algo
así, y yo hubiera quedado suspendido durante un instante en el espacio
exterior, antes de precipitarme en una órbita propia. Pero esta impresión fue
fugaz. La tierra reanudó la regularidad de su giro, la habitación se iluminó,
la llama de la lámpara se serenó. Salí del desván a toda prisa, casi
indignamente, perseguido por todas las habladurías de mi infancia, súbitamente
escapadas ahora del almacén de la memoria. Me sequé las gotitas de sudor que se
me habían formado en las sienes, apagué la lámpara de un soplido e inicié,
considerablemente agitado, el descenso de la escarpada escalera. Para cuando
llegué a la planta baja había recuperado mi compostura. Pero ya no me resultó tan
fácil dar de lado las aprensiones de mi novia con respecto a la casa en que
había acordado pasar el verano.
Me enorgullezco de ser un
hombre metódico. En sus momentos frívolos, Rhoda me llama «pedante», pero sólo
refiriéndose, naturalmente, a mi interés por libros, escritores y cuanto en
general se relaciona con la literatura. Da igual. El caso es que la verdad,
dígase como se diga, no es por ello menos verdad. Una vez recobrado de la
breve, aunque terrorífica experiencia sufrida en el desván, que además había
venido a agregarse a los sucesos de la noche anterior, decidí llegar hasta el
fondo del asunto y descubrir alguna explicación verosímil para lo ocurrido en
ambas ocasiones. ¿Acaso me habla hallado las dos veces en estado alucinatorio?
¿O no? Evidentemente había que empezar la investigación por la mujer de la
limpieza. Telefoneé inmediatamente a Mr. Saltonstall, pero se limitó a
confirmarme lo que ya me había dicho. El no sabía de ninguna mujer de la
limpieza. No tenía conocimiento de que mi tío abuelo hubiera tenido ama de
llaves o asistenta de cualquier tipo. Y, que él supiera, no existí a ninguna
otra llave de la casa.
—Usted comprenderá, Mr.
Duncan —terminó Mr. Saltonstall—, que su tío abuelo era un hombre retraído y
solitario, reservado al máximo. Lo que quería que no se supiera, no se sabía.
Pero si me permite una sugerencia, ¿por qué no investiga entre los vecinos? Yo
sólo he estado una o dos veces en la casa, pero ellos la han tenido durante
años en observación. No hay muchas cosas que los vecinos no puedan descubrir.
Le di las gracias y colgué.
Pero abordar a los vecinos equivalía a un ataque frontal y además la mayoría de
las casas estaban bastante lejos de la de mi tío abuelo. La más próxima estaba
a dos parcelas de distancia según se salía del viejo caserón a la izquierda. No
había observado en ella muchos signos de vida, pero me asomé a la ventana para
verla mejor y divisé en el porche a una persona tomando el sol en una mecedora.
Reflexioné durante unos minutos sobre la mejor forma de abordarla, pero no se
me ocurrió nada mejor que ir directamente al grano. Conque salí de casa y bajé
por el camino que conducía a la del vecino más cercano. Al cruzar la valía vi
que el ocupante de la mecedora era un viejo.
—Buenos días, caballero —le
saludé—. Vengo a ver si puede usted ayudarme en un asunto.
El viejo cambió de postura.
—¿Quién es usted?
Me identifiqué, lo cual
despertó inmediatamente su interés.
—¿Conque Duncan, eh? Nunca
le oí al viejo hablar de usted. Pero tampoco hablé con él más de diez o doce
veces. ¿En qué puedo servirle?
—Querría ver cómo me puedo
poner en contacto con la mujer que venía a arreglar la casa de mi tío abuelo.
Me lanzó una mirada
penetrante a través de párpados súbitamente encogido.
—Joven, eso también me
gustaría saberlo yo, sólo por pura curiosidad -dijo-. Nunca se la ha visto en
ningún otro sitio.
—¿La ha visto usted entrar
alguna vez?
—Nunca. Sólo la he visto de
noche y dentro de la casa, por las ventanas.
Y salir ¿la ha visto usted
salir?
—Nunca la he visto ni entrar
ni salir. Ni yo ni nadie. Tampoco la he visto nunca de día. Quizá el viejo la
tenía viviendo allí, pero no le sé decir dónde.
Me quedé desconcertado.
Pensé durante un momento que el viejo me ocultaba algo, pero no: su sinceridad
era evidente por sí misma. No supe qué decir.
—Pero eso no es todo
—añadió.—. ¿Ya ha visto usted la luz azul?
-No.
—¿Y ha oído usted algo que
no se pueda explicar?
Titubeé. El viejo lanzó una
risita.
—Ya me parecía a mí. El
viejo Garrison se traía algo entre manos. Y no me extrañaría que se lo siguiera
trayendo.
-Mi tío abuelo falleció el
pasado marzo —le recordé.
—No me lo puede demostrar
—dijo—. Sí, yo vi una capa de muerto que la sacaban de la casa y la llevaban al
cementerio de la Colina del Ahorcado, pero no sé más. No sé quién o qué iba
dentro.
El anciano siguió hablando
en este tono, hasta que no me cupo duda de que, aunque sospechaba muchas cosas,
en realidad no sabía nada. Me proporcionó, eso sí, toda clase de insinuaciones
y sugerencias, pero nada tangible, y la suma de todo cuanto me dijo apenas
añadía nada a lo que yo ya sabía: que mi tío abuelo no veía a nadie, que estaba
metido en algún «asunto diabólico» y que mejor estaba muerto que vivo, si es
que realmente lo estaba. También había llegado a la conclusión de que algo
marchaba mal en casa de mi tío abuelo. Admitió que, si le dejaban solo, él de
por sí no molestaba a los vecinos. Y absolutamente solo le habían dejado desde
que la vieja Mrs. Barton fuera un dia a su casa para reconvenirle por tener a
una mujer escondida y al día siguiente la encontraran muerta en la cama, de un
ataque cardiaco: «de terrór, según dijeron».
Era evidente que no había
modo de conseguir más información sobre mi tío abuelo. A diferencia del tema de
mi tesis doctoral, a éste no hacían referencia las bibliotecas, salvo la suya
propia, a la que me trasladé al momento para encontrarme allí con un bloque
casi macizo de libros antiguos y modernos sobre magia, brujería y
supersticiones afines: por ejemplo, el Malleus Maleficarurm y tomos viejísimos de
autores como Olaus Magnus, Eunapius, De Rochas y otros. Aquellos títulos no
tenían significado para mí: De natura daemonum, de Anania; Quaestio de lamiis,
de De Vignate; Fuga Satanae de Stampa... Jamás había oído hablar de ellos. No
cabía duda de que mi tío abuelo se había leído sus libros, porque los tenía
llenos de señales, anotaciones y llamadas. No eran difíciles de leer, a pesar
de su arcaica impresión, pero todos trataban de temas parecidos. Los que
interesaban a mi tío abuelo no se limitaban a las prácticas habituales en la
magia y la demonología, sino que denotaban una persistente fascinación por los
succubi y por la retención de la esencia de una existencia a otra, sin olvidar
la reencarnación, los demonios familiares, las venganzas mediante brujería, los
encantamientos y demás. Yo no tenía intención de estudiarme los libros. Pero me
molesté en seguir el hilo de algunas de sus referencias bibliográficas sobre la
«esencia» y de pronto me encontré saltando de un libro a otro en pos de una
argumentación que se iniciaba en la definición de la «esencia», «alma» o
«fuerza vital» .—según la llamaban en los distintos libros—, seguía luego por
capítulos sobre transmigración y posesión y conducía por fin al modo de ocupar
un cuerpo nuevo tras vaciarlo de su. fuerza vital interior y sustituírla por la
esencia de uno: la clásica teoría a que se puede aferrar un anciano que está al
borde de la muerte.
Todavía estaba enfrascado en
los libros cuando llamó Rhoda desde Boston.
-¡Boston! —exclamé,
sorprendido—. No te has ido muy lejos.
—No —contestó—. Es que me
puse a pensar en tu tío abuelo y me paré aquí, en la Biblioteca Widener, para
echar una ojeada a algunos libros raros.
—¿De brujería? —pregunté al
azar.
—Sí. Adam, creo que debes
irte de esa casa.
-¿Y tirar a la basura una
bonita herencia? Ni lo pienses.
—Por favor, no seas
testarudo. He estado haciendo algunas averiguaciones. Ya sé que eres un
cabezota, pero créeme —dijo con gran seriedad-, tu tío no pensaba en nada bueno
cuando dejó esa disposición en el testamento. Quiere que estés ahí por alguna
razón. ¿Te encuentras bien, Adam?
—Perfectamente.
—¿Ha ocurrido algo?
Le conté en detalle lo que
había ocurrido. Me escuchó en silencio. Cuando terminé, repitió:
—Creo que debes marcharte,
Adam.
Me di cuenta de que estaba
empezando a irritar su posesividad, el derecho que se atribuía a decirme lo que
yo debía hacer o no, su convicción de saber mejor que yo lo que me convenía.
—Me voy a quedar, Rhoda
—contesté
—No te das cuenta, Adam. Esa
sombra del desván. Por el agujero entró una cosa monstruosa y dejó esa sombra
quemada ahí -dijo.
Me temo que solté una
carcajada.
—Siempre he sostenido que
las mujeres no son animales racionales.
—Adam, esto no es cosa de
mujeres u hombres. Estoy asustada.
—Vuelve —dije— Yo te
protegeré.
Resignada, colgó el
teléfono.
4
Aquella noche resultó
memorable por algo que, de momento, decidí considerar pura alucinación. Todo
empezó, literalmente, con un paso en la escalera. Yo me había acostado hacía
poco y agucé el oído por si lo volvía a oír. Luego me bajé de la cama, caminé a
ciegas hasta la puerta y la abrí lo suficiente para mirar al exterior. La mujer
de la limpieza acababa de pasar por delante de mi puerta y se dirigía al piso
de abajo. Retrocedí inmediatamente hacia el interior de mi cuarto, busqué a
tientas mi bata, que estaba todavía en la maleta porque hasta entonces no había
tenido ocasión de ponérmela, y salí de la habitación dispuesto a enfrentarme a
la mujer durante su trabajo. Fui bajando la escalera en silencio y a oscuras,
aunque las tinieblas no eran totales, ya que por las ventanas penetraba del
exterior cierta iridiscencia lunar. Apenas habla llegado a la mitad cuando
volví a sentir aquella curiosa sensación, que ya había tenido antes, de ser
vigilado. Me di la vuelta.
Allí, detrás y por encima de
mí, como en un pozo de resplandeciente tiniebla, flotaba la apariencia
espectral del tío abuelo Uriah Garrison, más tenue que el aire. Durante un
instante vi el rostro pesado y barbudo —ligeramente distorsionado por la
claridad engañosa de la luna—, los ojos febriles, las greñas despeinadas, los
altos pómulos y la piel tirante de las mejillas inconfundible. Pero al momento
se desvaneció, como un globo pinchado por un alfiler, y se convirtió en una
especie de culebrilla tenue o voluta espiral de alguna sustancia oscura que
flotaba y se retorcía en el aire, escaleras abajo, hacia donde yo me
encontraba. Por fin desapareció como un jirón de humo. Permanecí helado de
horror hasta que la razón volvió a recuperar el control de la mente. Me dije
que acababa de sufrir una alucinación, lo cual no era de extrañar habida cuenta
de que me había pasado el día dándole vueltas a mi tío abuelo y a sus extrañas
aficiones. En realidad debería haber pensado que, en tal caso, lo normal habría
sido verlo en sueños y no despierto. Pero en aquel momento estaba incluso
dispuesto a poner en duda que me hallaba despierto. Tuve que pensar qué hacía
yo allí en la escalera y recordé a la mujer de la limpieza. Sentí el impulso de
refugiarme en mi cuarto y meterme en la cama, pero lo reprimí y seguí adelante.
En la cocina había luz. A juzgar por el resplandor, debía ser un quinqué puesto
al mínimo. Avancé en silencio hasta la puerta y me quedé inmóvil en un punto
desde donde podía ver el interior.
Allí estaba la mujer,
limpiando, como siempre. Ahora era el momento de abordarla directamente y
rogarle que explicara su presencia. Pero algo me lo impidió. En aquella mujer
había algo que me repelía. Se agitó el fondo de mi memoria y recordé a aquella
otra mujer que había visto allí en mis años infantiles. Poco a poco, pero con
certeza, me fui dando cuenta de que las dos eran la misma. Su faz impasible e
inexpresiva no había cambiado en más de veinte años, sus movimientos seguían
siendo mecánicos ¡y hasta parecía que llevaba el mismo vestido! ¡Además, sabía
intuitivamente que su cuerpo era el que había sentido junto a ml la noche
antes! Cada vez me disgustaba más le idea de abordarla. Pero me obligué a
entrar en la habitación, crucé el umbral de la puerta y me detuve, a punto de
pedirle explicaciones. Las palabras no llegaron a salir de mis labios. La mujer
se volvió. Durante unos instantes nuestras miradas se cruzaron y en sus ojos vi
sendos pozos de fuego ardiente que no eran ojos, sino mucho más: epítome de la
pasión y la avidez, cumbre de malignidad, encarnación de lo desconocido. Por lo
demás, esta nueva confrontación no difirió de la acaecida en años pasados: la
mujer no se movió, su rostro —salvo los ojos— permaneció completamente
desprovisto de expresión. Bajé la mirada, incapaz de soportar la suya por más
tiempo y retrocedí hacia las tinieblas del pasillo.
Y corrí escaleras arriba a
mi habitación, donde permanecí tembloroso, con la espalda apoyada en la puerta
y la mente completamente confusa. Me daba cuenta de que aquel ser era algo más
que una mujer, pero no sabía qué: una criatura fantasmal al servicio de mi tío
abuelo, obligada a retornar noche tras noche para ejecutar esos ritos. De donde
venía era un misterio. Mientras yo seguía en la misma posición, volví a oírla.
Sus pasos comenzaban a subir la escalera. Durante unos instantes creí que venía
a mi habitación — como la noche anterior— y me sentí helado de terror. Pero
pasó de largo y subió por la escalera que conducía al desván. A medida que se
apagaba el ruido de sus pasos me fue volviendo el valor y me atreví a abrir la
puerta y mirar. Todo estaba a oscuras. Pero no: en lo alto de la escalera, por
debajo de la puerta del desván, se filtraba un resplandor azul. Cuando empecé a
subir las escaleras, observé que el resplandor azul disminuía en intensidad.
Cada vez más envalentonado, abrí enérgicamente la puerta. No había señal alguna
de la mujer. Pero allí al fondo, en el ángulo que formaban el techo y el suelo,
la luz azul que había visto filtrándose por debajo de la puerta ¡desaparecía
como si fuera agua por el agujero del ratón! Y las líneas pintadas a su
alrededor resplandecían como con luz propia que se fue apagando mientras la
observaba.
Encendí una cerilla y la
mantuve alzada. Las ropas que llevaba la mujer estaban, como antes, encima de
la silla. Y la careta. Avancé hasta la silla y toqué la máscara. Estaba
caliente. La cerilla me quemó los dedos y se apagó. Todo quedó negro como la
pez. Pero sentí que de la ratonera emanaba un poder que me arrastraba hacia ella.
Era como una pulsación consciente y maligna, de tal intensidad que, si no huía
inmediatamente de allí, me obli¬garía a ponerme de rodillas e intentar seguir a
la luz azul. De nuevo la tierra pareció detener su giro, el tiempo dio como up
bandazo y me envolvió una nube de espanto que me paralizó. Permanecí en pie,
como una estatua. Entonces, de la ratonera empezó a emanar una espira de luz
azul, como una voluta de humo luminoso flotando en la oscuridad, ramificándose,
fundiéndose consigo mis¬ma, amenazando con invadir todo el desván. Esta visión
rompió el hechizo que me tenía petrificado. Corrí agachado hasta la puerta y me
precipité escaleras abajo hacia mi habitación, mirando atrás como si temiera
que una cosa horrible se me fuera a abalanzar por la espalda. Nada vi sino
negrura, nada sino oscuridad.
Entré en mi dormitorio y me
dejé caer vestido en la cama. Allí permanecí tendido, en espera angustiosa de
lo que pudiera suceder. Sabía que Rhoda tenía razón y que debía irme, pero al
mismo tiempo sentía una extraña repugnancia a dejar la casa de Aylesbury
Street, y no ya por la herencia, sino por una especie de vínculo espantoso,
casi como un parentesco, que me mantenía atado a ella. En vano esperé a que ni
aun el fantasma de un sonido alterase el silencio. Nada captaron mis oídos sino
los ruidos naturales de la casa y el viento —pues se había levantado viento— y,
de vez en cuando, el extraño maullido de un búho por la parte de la Colina del
Ahorcado. Por fin me dormí, completamente vestido como estaba. Y soñé. Soñé que
la luz azul crecía y se multiplicaba como hongos e invadía el desván. Luego se
deslizaba escaleras abajo y penetraba en mi habitación. De la ratonera situada
en el vértice del ángulo que formaban el techo y el suelo del desván salieron,
se hincharon y crecieron las figuras de la mujer de la limpieza —ya vestida y
enmascarada, ya espantosa de vejez, ya joven, bella y desnuda— y de mi tío
abuelo Uriah Garrison, que invadieron la casa, mi cuarto y, por fin, a mí. Me
desperté bañado en sudor al filo del alba, que se introducía pálidamente en la
habitación antes de dejar paso a los tonos rosados del cielo matutino.
Estaba agotado. Me habría
vuelto a dormir si no hubiera sido por los fuertes golpes que sonaron en la
puerta principal. Conseguí ponerme en pie y llegar hasta la puerta.
—¡Adam! —gritó—. Tienes un
aspecto horrible.
—Vete —contesté—. No te
necesitamos.
Durante un instante quedé
espantado por mis propias palabras, pero en seguida las asumí y me di cuenta de
que había dicho lo que quería decir. Estaba harto de Rhoda y de sus constantes
intervenciones. Parecía como si me considerase incapaz de cuidar de mí mismo.
—Así, pues, ya es demasiado
tarde —dijo.
—Vete —repetí-. Déjanos
solos.
Me apartó a un lado y entró
en la casa. Yo la seguí. Se dirigió al despacho y, una vez alh’, ordenó mis
libros, mis anotaciones y lo que tenía escrito de la tesis sobre Hardy, lo
recogió todo y lo puso delante de mi.
—Ya no necesitas esto,
¿verdad? —preguntó.
—Llévatelo —dije—. Llévatelo
todo.
Rhoda cogió los papeles.
—Adiós, Adam —dijo.
—Adiós, Rhoda —contesté.
Apenas podía dar crédito a
mis ojos: Rhoda se marchó mansa como un corderito. Y, aunque todavía seguía
alterado por los acontecimientos, me di cuenta de que el rumbo que iban tomando
me producía una secreta satisfacción.
5
Pasé casi todo el día
descansando y, en cierto modo, esperando los acontecimientos que traería la
noche con¬sigo. Ahora me es imposible describir el estado de ánimo en que me
encontraba. Todo terror me había abandonado. Me consumía una viva curiosidad no
exenta incluso de cierta avidez. El día fue transcurriendo. Pasé durmiendo
varias horas. Comí muy poco. El apetito que yo sentía entonces no es de los que
se calman comiendo y no me inquietaba lo más mínimo reconocerlo así. Por fin llegaron
la noche y las tinieblas y, con emoción anticipada, me senté a esperar a
cualquier visitante que viniera del desván. Al principio me había instalado en
el piso de abajo, pero llegué a la conclusión de que era en la habitación de
arriba —en el viejo dormitorio de mi tío abuelo Uriah- donde debía aguardar a
que se produjeran los sucesos nocturnos de la casa. Así, pues, subí al
dormitorio y aguarde en la oscuridad. Fueron pasando horas. El viejo reloj del
piso bajo dio las campanadas de las nueve, las diez, las once. Esperaba oir de
un momento a otro las pisadas de la mujer en la escalera —de la mujer llamada
Lilith-, pero el primer fenómeno que se produjo fue la aparición de la luz azul
deslizándose por debajo de la puerta, como en el sueño.
Pero ahora ni estaba dormido
ni soñando. La luz azul siguió entrando hasta llenar la habitación y permitirme
distinguir la forma desnuda de la mujer y la figura, fluida y a medio formar,
de mi tío abuelo Uriah, que crecía de tamaño y proyectaba como un tentáculo de humo
hacia donde estaba yo... Y en ese momento percibí otro caso más, que me llenó
de un súbito terror. Olla a quemado... y ol el crepitar de las llamas. Del
exterior me llegó la voz de Rhoda, llamándome.
-¡Adam! ¡Adam!
La visión se desvaneció. Lo
último que vi fue una expresión de terrible furor deformando la faz espectral
de mi tío abuelo y la rabia de la mujer, que parecía joven y bella en aquella
vaga luminosidad, pero que de pronto se transformó en una bruja horrible. A
continuación me abalancé a la ventana y la abrí.
—¡Rhoda! —grité.
No había descuidado ningún
detalle. En el antepecho de la ventana habla apoyada una escala de madera. La
casa ardió hasta los cimientos y con ella todo cuanto contenía. El incendio no
afectó a la herencia de mi tío abuelo. Como dijo Mr. Saltonstall, yo estaba
cumpliendo, las condiciones impuestas cuando circunstancias ajenas a mi
voluntad me habían impedido continuar. Así, pues, heredé la finca, la vendí y
Rhoda y yo nos casamos. Pese a sus manías insistentemente femeninas.
—Yo fui la que le prendió
fuego —dijo. Cuando se marchó con mis papeles y mis libros, se pasó un día
entero en la Universidad del Miskatonic estudiando algunos de los libros de
arcanos y brujería que dan justa fama a su biblioteca. Por fin había llegado a
la conclusión de que el espíritu que animaba la casa y producía los hechos que
en ella tenían lugar era el del tío abuelo Uriah Garrison, y de que la única
razón de haberme llevado a vivir allí había sido la de tenerme a su alcance
para usurpar mi fuerza vital y tomar posesión de mi cuerpo. La mujer era un
súcubo, acaso su amante. La ratonera comunicaba evidentemente con otra
dimensión.
Las mujeres son únicas para
construir edificios románticos con los materiales más extraños. ¡Súcubos! Sin
embargo, hay veces, incluso ahora, en que sus ideas se me contagian. En
ocasiones me siento inseguro de mi propia identidad. ¿Soy Adam Duncan o Uriah
Garrison? Es preferible no hablar de ello con Rhoda. Una vez mencioné el asunto
y lo único que contestó fue:
—Parece que te sienta bien.
Las mujeres son criaturas
fundamentalmente no racionales. Jamás nadie podrá quitarle de la cabeza sus
ideas sobre la casa de Aylesbury Street. A milo que me mortifica es yerme
incapaz de ofrecer una explicación más racional que la suya, una explicación
que dé plena respuesta a todas las preguntas que me hago cuando me siento a
pensar en aquellos hechos en que tan pequeño —pero importante— papel desempeñé.

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