Azathoth
Howard Phillip Lovecraft
(Azathoth hace aquí su primera aparición. Para muchos, este simple
relato fue la primera página de una novela que Lovecraft no se atrevió a
escribir)
Cuando la vejez se
derramó sobre el mundo, y la maravilla abandonó las mentes de los hombres;
cuando ciudades grises elevaron altas torres, sombrías y lúgubres, bajo cuyos
mantos nadie puede soñar con el sol, o los campos florecientes de la primavera;
cuando el conocimiento despojó a la tierra de su alfombra de belleza, y los
poetas no cantaron sino fantasmas distorsionados, vistos con ojos legañosos;
cuando estas cosas hubieron pasado, y los anhelos infantiles se esfumaron para
siempre, hubo un hombre que empleó su vida en la búsqueda de los espacios hacia
los que habían huido los sueños del mundo…
Poco hay registrado sobre el nombre y procedencia de este hombre, ya que eso correspondía exclusivamente al Mundo Despierto, aunque se cree que ambos eran oscuros. Baste saber que vivía en una ciudad de altos muros, donde reinaba un estéril crepúsculo; y que se debatía diariamente entre sombras y alborotos, volviendo al hogar durante el atardecer, a una habitación cuya ventana no se abría sobre hierbas y árboles, sino a un brumoso patio, sobre el que muchas otras ventanas se abrían en penosa desesperación.
Poco hay registrado sobre el nombre y procedencia de este hombre, ya que eso correspondía exclusivamente al Mundo Despierto, aunque se cree que ambos eran oscuros. Baste saber que vivía en una ciudad de altos muros, donde reinaba un estéril crepúsculo; y que se debatía diariamente entre sombras y alborotos, volviendo al hogar durante el atardecer, a una habitación cuya ventana no se abría sobre hierbas y árboles, sino a un brumoso patio, sobre el que muchas otras ventanas se abrían en penosa desesperación.
Desde aquella ventana
sólo se divisaban muros y ventanas, salvo que uno se inclinara para atisbar
hacia las alturas, hacia las tímidas estrellas que allí habitaban. Y ya que
tanto los desnudos muros como las ventanas conducen pronto a la locura (al
hombre que lee y sueña demasiado), el inquilino de esta habitación solía
asomarse noche tras noche, observando las alturas para vislumbrar alguna
diminuta parte de las cosas que estaban más allá del Mundo Despierto.
Con el correr de los
años, fue conociendo a los astros de curso lento por su nombre, y a seguirlos
con la fantasía cuando, con pesar, se deslizaban fuera de su vista; hasta que
al fin, sus ojos se abrieron a esa infinidad de secretos paisajes, cuya
existencia, la mirada vulgar jamás repara.
Cierta noche, los
cielos cubiertos de sueños se abalanzaron hacia la ventana del Solitario
observador, para fundirse con la atmósfera viciada de su alcoba, y hacerle
partícipe de sus ominosas maravillas.
Sobre la habitación
arribaron ignotas corrientes de crepúsculos violetas, resplandeciendo con nubes
de oro; huracanes de oro y fuego arremolinándose desde los más profundos
espacios, inundados con perfumes de Más Allá de los universos. Mares opiáceos
se derramaron allí, alumbrados por soles que los ojos jamás han contemplado,
cobijando entre sus revoluciones extraños peces y ninfas marinas de olvidados
abismos.
La silenciosa
eternidad giraba en torno al soñador, arrebatándolo sin tocar siquiera el
cuerpo que se asomaba con rigidez a la solitaria ventana; y durante días no
registrados por los calendarios del hombre, las mareas de las lejanas esferas
lo transportaron a reunirse con los Sueños por los que tanto había suspirado,
los Sueños que el hombre había perdido. Y en el transcurso de multitud de
ciclos, tiernamente, lo depositaron durmiendo sobre una verde playa al
amanecer; una ribera verde, exuberante, exhalando dulces fragancias por los
capullos de lotos y sembrado de rojos camalotes...
Fin.

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