Del Más
Allá
Howard Phillips Lovecraft
Escribo esto
bajo una fuerte tensión rnental, ya que cuando llegue la noche habré dejado de
existir. Sin dinero, y agotada mi
provisión de droga, que es lo único que me hace tolerable la vida, no puedo
seguir soportando más esta tortura; me arrojaré desde esta ventana de la buhardilla
a la sórdida calle de abajo. Pese a mi
esclavitud a la morfina, no me considero un débil ni un degenerado. Cuando hayáis leído estas páginas
atropelladamente garabateadas, quizá os hagáis idea -aunque no del todo- de por
qué tengo que buscar el olvido o la muerte.
Fue en una de
las zonas más abiertas y menos frecuentadas del anchuroso Pacífico donde el
paquebote en el que iba yo de sobrecargo cayó apresado por un corsario
alemán. La gran guerra estaba entonces
en sus comienzos, y las fuerzas oceánicas de los hunos aún no se habían hundido
en su degradación posterior; así que nuestro buque fue capturado legalmente, y
nuestra tripulación tratada con toda la deferencia y consideración debidas a
unos prisioneros navales. En efecto, tan
liberal era la disciplina de nuestros opresores, que cinco días más tarde
conseguí escaparme en un pequeño bote, con agua y provisiones para bastante
tiempo.
Cuando al fin
me encontré libre y a la deriva, tenía muy poca idea de cuál era mi
situación. Navegante poco experto, sólo
sabía calcular de manera muy vaga, por el sol y las estrellas, que estaba algo
al sur de¡ ecuador. No sabía en absoluto
en qué longitud, y no se divisaba isla ni costa algunas. El tiempo se mantenía bueno, y durante
incontables días navegué sin rumbo bajo un sol abrasador, con la esperanza de
que pasara algún barco, o que me arrojaran las olas a alguna región
habitable. Pero no aparecían ni barcos
ni tierra, y empecé a desesperar en mi soledad, en medio de aquella ondulante e
ininterrumpida inmensidad azul.
El cambio
ocurrió mientras dormía. Nunca llegaré a
conocer los pormenores; porque mi sueño, aunque poblado de pesadillas, fue
ininterrumpido. Cuando desperté
finalmente, descubrí que me encontraba medio succionado en una especie de
lodazal viscoso y negruzco que se extendía a mi alrededor, con monótonas
ondulaciones hasta donde alcanzaba la vista, en el cual se había adentrado mi
bote cierto trecho.
Aunque cabe
suponer que mi primera reacción fuera de perplejidad ante una transformación
del paisaje tan prodigiosa e inesperada, en realidad sentí más horror que
asombro; pues había en la atmósfera y en la superficie putrefacto una calidad
siniestra que me heló el corazón. La
zona estaba corrompida de peces descompuestos y otros animales menos
identificabas que se veían emerger en el cieno de la interminable llanura. Quizá no deba esperar transmitir con meras
palabras la indecible repugnancia que puede reinar en el absoluto silencio y la
estéril Inmensa ‘dad. Nada alcanzaba a
oírse; nada había a la vista, salvo una vasta extensión de légamo negruzco; si
bien la absoluta quietud y la uniformidad del paisaje me producían un terror
nauseabundo.
El sol ardía en un cielo que me parecía casi negro por la
cruel ausencia de nubes; era como si reflejase la ciénaga tenebrosa que tenía
bajo mis pies. Al meterme en el bote
encallado, me di cuenta de que sólo una posibilidad podía explicar mi
situación. Merced a una conmoción
volcánica el fondo oceánico había emergido a la superficie, saando a la luz
regiones que durante millones de años habían estado ocultas bajo insondables
profundidades de agua. Tan grande era la extensión de esta nueva tierra
emergida debajo de mí, que no lograba percibir el más leve rumor de oleaje, por
mucho que aguzaba el oído. Tampoco había
aves marinas que se alimentaran de aquellos peces muertos.
Durante varias
horas estuve pensando y meditando sentado en el bote, que se apoyaba sobre un
costado y proporcionaba un poco de sombra al desplazarse el sol en el
cielo. A medida que el día avanzaba, el
suelo iba perdiendo pegajosidad, por lo que en poco tiempo estaría bastante
seco para poderlo recorrer fácilmente.
Dormí poco esa noche, y al día siguiente me preparé una provisión de
agua y comida, a fin de emprender la marcha en busca del desaparecido mar, y de
un posible rescate.
A la mañana del tercer día comprobé que el suelo
estaba bastante seco para andar por él con comodidad. El hedor a pescado era insoportable; pero me
tenían preocupado cosas más graves para que me molestase este desagradable
inconveniente, y me puse en marcha hacia una meta desconocida. Durante todo el día, caminé constantemente en
dirección oeste, guiado por una lejana colina que descollaba por encima de las
demás elevaciones del ondulado desierto.
Acampé esa noche, y al día siguiente proseguí la marcha hacia la colina,
aunque parecía escasamente más cerca que la primera vez que la descubrí. Al atardecer del cuarto día llegué al pie de
dicha elevación, que resultó ser mucho más alta de lo que me había parecido de
lejos; tenía un valle delante que hacía más pronunciado el relieve respecto del
resto de la superficie. Demasiado
cansado para emprender el ascenso, dormí a la sombra de la colina.
No sé por qué, mis sueños fueron
extravagantes esa noche; pero antes de que la luna menguante, fantásticamente
gibosa, hubiese subido muy alto por el este de la llanura, me desperté cubierto
de un sudor frío, decidido a no dormir más.
Las visiones que había tenido eran excesivas para soportarlas otra vez. Y a la luz de la luna, comprendí lo
imprudente que había sido al viajar de día.
Sin el sol abrasador, la marcha me habría resultado menos acometer el
ascenso que por la tarde no había sido capaz de emprender. Recogí mis cosas e inicié la subida a la
cresta de la elevación.
Ya he dicho
que la ininterrumpida monotonía de la ondulada llanura era fuente de un vago
horror para mí; pero creo que mi horror aumentó cuando llegué a lo alto del
monte y vi, al otro lado, una inmensa sima o cañón, cuya oscura concavidad aún
no iluminaba la luna. Me pareció que me
encontraba en el borde del mundo, escrutando desde el mismo canto hacia un caos
insondable de noche eterna. En mi terror
se mezclaban extraños recuerdos del Paraíso perdido, y la espantosa ascensión
de Satanás a través de remotas regiones de tinieblas.
Al elevarse
más la luna en el cielo, empecé a observar que las laderas del valle no eran
tan completamente perpendiculares como había imaginado. La roca formaba cornisas y salientes que
proporcionaban apoyos relativamente cómodos para el descenso; y a partir de unos
centenares de pies, el declive se hacía más gradual. Movido por un impulso que no me es posible
analizar con precisión, bajé trabajosamente por las rocas, hasta el declive más
suave, sin dejar de mirar hacia las profundidades estigias donde aún no había
penetrado la luz.
De repente, me
llamó la atención un objeto singular que había en la ladera opuesta, el cual se
erguía enhiesto corno a un centenar de yardas de donde estaba yo; objeto que
brilló con un resplandor blanquecino al recibir de pronto los primeros rayos de
la luna ascendente. No tardé en
comprobar que era tan sólo una piedra gigantesca; pero tuve la clara impresión
de que su posición y su contorno no eran enteramente obra de la Naturaleza. Un examen más detenido me llenó de
sensaciones imposibles de expresar; pues pese a su enorme magnitud, y su
situación en un abismo abierto en el fondo del mar cuando el mundo era joven,
me di cuenta, sin posibilidad de duda, de que el extraño objeto era un monolito
perfectamente tallado, cuya imponente masa había conocido el arte y quizá el
culto de criaturas vivas y pensantes.
Confuso y
asustado, aunque no sin cierta emoción de científico o de arqueólogo, examiné
mis alrededores con atención. La luna,
ahora casi en su cenit, asomaba espectral y vívida por encima de los
gigantescos peldaños que rodeaban el abismo, y reveló un ancho curso de agua
que discurría por el fondo formando meandros, perdiéndose en ambas direcciones,
y casi lamiéndome los pies donde me había detenido. Al otro lado del abismo, las pequeñas olas
bañaban la base del ciclópeo monolito, en cuya superficie podía distinguir
ahora inscripciones y toscos relieves.
La escritura pertenecía a un sistema de jeroglíficos desconocido para
mí, distinto de cuantos yo había visto en los libros, y consistente en su mayor
parte en símbolos acuáticos esquematizados tales como peces, anguilas, pulpos,
crustáceos, moluscos, ballenas y demás.
Algunos de los caracteres representaban evidentemente seres marinos
desconocidos para el mundo moderno, pero cuyos cuerpos en descomposición había
visto yo en la llanura surgida del océano.
Sin embargo,
fueron los relieves los que más me fascinaron.
Claramente visibles al otro lado del curso de agua, a causa de sus
enormes proporciones, había una serie de bajorrelieves cuyos temas habrían
despertado la envidia de un Doré. Creo
que estos seres pretendían representar hombres ... al menos, cierta clase de
hombres; aunque aparecían retozando como peces en las aguas de alguna gruta marina,
o rindiendo homenaje a algún monumento monolítico, bajo el agua también. No me atrevo a descubrir con detalle sus
rostros y sus cuerpos, ya que el mero recuerdo me produce vahídos. Más grotescos de lo que podría concebir la
imaginación de un Poe o de un Bulwer, eran detestablemente humanos en general,
a pesar de sus manos y pies palmeados, sus labios espantosamente anchos y
fláccidos, sus ojos abultados y vidriosos, y demás rasgos de recuerdo menos
agradable. Curiosamente, parecían
cincelados sin la debida proporción con los escenarios que servían de fondo, ya
que uno de los seres estaba en actitud de matar una ballena de tamaño
ligeramente mayor que él. Observé como
digo, sus formas grotescas y sus extrañas dimensiones; pero un momento después
decidí que se trataba de dioses imaginarios de al,-una tribu pescadora o
marinera; de una tribu cuyos últimos descendientes debieron de perecer antes de
que naciese el primer antepasado del hombre de Piltdown o de Neanderthal. Aterrado ante esta visión inesperada y fugaz
de un pasado que rebasaba la concepción del más atrevido antropólogo, me quedé
pensativo, mientras la luna bañaba con misterioso resplandor el silencioso
canal que tenía ante mí.
Entonces, de
repente, lo vi. Tras una leve agitación
que delataba su ascensión a la superficie, el ser surgió a la vista sobre las
aguas oscuras. Inmenso, repugnante,
aquella especie de Polifemo saltó hacia el monolito como un monstruo formidable
y pesadillesco, y lo rodeó con sus brazos enormes y escamosos, al tiempo que
inclinaba la cabeza y profería ciertos gritos acompasados. Creo que enloquecí entonces.
No recuerdo
muy bien los detalles de mi frenética subida por la ladera y el acantilado, ni
de mi delirante regreso al bote varado... Creo que canté mucho, y que reí
insensatamente cuando no podía cantar.
Tengo el vago recuerdo de una tormenta, poco después de llegar al bote;
en todo caso, sé que oí el estampido de los truenos y demás ruidos que la
Naturaleza profiere en sus momentos de mayor irritación.
Cuando salí de
las sombras, estaba en un hospital de San Francisco; me había llevado allí el
capitán del barco americano que había recogido mi bote en medio del
océano. Hablé de muchas cosas en mis
delirios, pero averigüé que nadie había hecho caso de las palabras. Los que me habían rescatado no sabían nada
sobre la aparición de una zona de fondo oceánico en medio del Pacífico, y no
juzgué necesario insistir en algo que sabía que no iban a creer. Un día fui a ver a un famoso etnólogo, y le
divertí haciéndole extrañas preguntas sobre la antigua leyenda filistea en
torno a Dagón, el Dios-Pez; pero en seguida me di cuenta de que era un hombre
irremediablemente convencional, y dejé de preguntar.
Es de noche especialmente cuando la
luna se vuelve gibosa y menguante cuando veo a ese ser. He intentado olvidarlo con la morfina; pero
la droga sólo me proporciona una cesación transitoria, y me ha atrapado en sus
garras, convirtiéndome irremisiblemente en su esclavo. Así que voy a poner fin a todo esto, ahora
que he contado lo ocurrido para información o diversión desdeñosa de mis
semejantes. Muchas veces me pregunto si
no será una fantasmagoría, un producto de la fiebre que sufrí en el bote a
causa de la insolación, cuando escapé del barco de guerra alemán. Me lo pregunto muchas veces; pero siempre se
me aparece, en respuesta, una vision monstruosamente vívida. No puedo pensar en las profundidades del mar
sin estremecerme ante las espantosas entidades que quizá en este instante se
arrastran y se agitan en su lecho fangoso, adorando a sus antiguos ídolos de piedra
y esculpiendo sus propias imágenes detestables en obeliscos submarinos de
mojado granito. Pienso en el día que
emerjan de las olas, y se lleven entre sus garras de vapor humeantes a los
endebles restos de una humanidad exhausta por la guerra... en el día en que se
hunda la tierra, y emerja el fondo del océano en medio del universal
pandemónium.
Se acerca el fin. Oigo ruido en
la puerta, como si forcejeara en ella un cuerpo inmenso y resbaladizo. No me encontrará. ¡Dios mío, esa mano! ¡La
ventana! ¡La ventana!
Fin

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