El
Extraño
Howard
Phillip Lovecraft
Infeliz es aquel a quien sus
recuerdos infantiles sólo traen miedo y tristeza. Desgraciado aquel que vuelve
la mirada hacia horas solitarias en bastos y lúgubres recintos de cortinados
marrones y alucinantes hileras de antiguos volúmenes, o hacia pavorosas
vigilias a la sombra de árboles descomunales y grotescos, cargados de
enredaderas, que agitan silenciosamente en las alturas sus ramas retorcidas.
Tal es lo que los dioses me destinaron... a mí, el aturdido, el frustrado, el
estéril, el arruinado y sin embargo, me siento extrañamente satisfecho y me
aferro con desesperación a esos recuerdos marchitos cada vez que mi mente
amenza con ir más allá, hacia el otro.
No sé dónde nací, salvo que
el castillo era infinitamente horrible, lleno de pasadizos oscuros y con altos
cielos rasos donde la mirada sólo hallaba telarañas y sombras. Las piedras de
los agrietados corredores estaban siempre odiosamente húmedas y por doquier se
percibía un olor maldito, como de pilas de cadáveres de generaciones muertas.
Jamás había luz, por lo que solía encender velas y quedarme mirándolas
fijamente en busca de alivio; tampoco afuera brillaba el sol, ya que esas
terribles arboledas se elevaban por encima de la torre más alta. Una sola, una
torre negra, sobrepasaba el ramaje y salía al cielo abierto y desconocido, pero
estaba casi en ruinas y sólo se podía ascender a ella por un escarpado muro
poco menos que imposible de escalar.
Debo haber vivido años en
ese lugar, pero no puedo medir el tiempo. Seres vivos debieron haber atendido a
mis necesidades, y sin embargo no puedo rememorar a persona alguna excepto yo
mismo, ni ninguna cosa viviente salvo ratas, muerciélagos y arañas, silenciosos
todos. Supongo que, quienquiera me haya cuidado, debió haber sido
asombrosamente viejo, puesto que mi primera representación mental de una
persona viva fue la de algo semejante a mí, pero retorcido, marchito y
deteriorado como el castillo. Para mí no tenían nada de grotescos los huesos y
los esqueletos esparcidos por las criptas de piedra cavadas en las
profundidades de los cimientos. En mi fantasía asociaba estas cosas con los
hechos cotidianos y los hallaba más reales que las figuras en colores de seres
vivos que veía en muchos libros mohosos. En esos libros aprendí todo lo que sé.
Maestro alguno me urgió o me guió, y no recuerdo haber escuchado en todos esos
años voces humanas..., ni siquiera la mía; ya que, si bien había leído acerca
de la palabra hablada nunca se me ocurrió hablar en voz alta. Mi aspecto era
asimismo una cuestión ajena a mi mente, ya que no había espejos en el castillo
y me limitaba, por instinto, a verme como un semejante de las figuras juveniles
que veía dibujadas o pintadas en los libros. Tenía conciencia de la juventud a
causa de lo poco que recordaba.
Afuera, tendido en el
pútrido foso, bajo los árboles tenebrosos y mudos, solía pasarme horas enteras
soñando lo que había leído en los libros; añoraba verme entre gentes alegres,
en el mundo soleado allende de la floresta interminable. Una vez traté de
escapar del bosque, pero a medida que me alejaba del castillo las sombras se
hacían más densas y el aire más impregnado de crecientes temores, de modo que
eché a correr frenéticamente por el camino andado, no fuera a extraviarme en un
laberinto de lúgubre silencio.
Y así, a través de
crepúsculos sin fin, soñaba y esperaba, aún cuando no supiera qué. Hasta que en
mi negra soledad, el deseo de luz se hizo tan frenético que ya no pude
permanecer inactivo y mis manos suplicantes se elevaron hacia esa única torre
en ruinas que por encima de la arboleda se hundía en el cielo exterior e
ignoto. Y por fin resolví escalar la torre, aunque me cayera; ya que mejor era
vislumbrar un instante el cielo y perecer, que vivir sin haber contemplado
jamás el día.
A la húmeda luz crepuscular
subí los vetustos peldaños de piedra hasta llegar al nivel donde se
interrumpían, y de allí en adelante, trepando por pequeñas entrantes donde
apenas cabía un pie, seguí mi peligrosa ascensión. Horrendo y pavoroso era
aquel cilindro rocoso, inerte y sin peldaños; negro, ruinoso y solitario,
siniestro con su mudo aleteo de espantados murciélagos. Pero más horrenda aún
era la lentitud de mi avance, ya que por más que trepase, las tinieblas que me
envolvían no se disipaban y un frío nuevo, como de moho venerable y embrujado,
me invadió. Tiritando de frío me preguntaba por qué no llegaba a la claridad,
y, de haberme atrevido, habría mirado hacia abajo. Antojóseme que la noche
había caído de pronto sobre mí y en vano tanteé con la mano libre en busca del
antepecho de alguna ventana por la cual espiar hacia afuera y arriba y calcular
a qué altura me encontraba.
De pronto, al cabo de una
interminable y espantosa ascensión a ciegas por aquel precipicio cóncavo y
desesperado, sentí que la cabeza tocaba algo sólido; supe entonces que debía
haber ganado la terraza o, cuando menos, alguna clase de piso. Alcé la mano
libre y, en la oscuridad, palpé un obstáculo, descubriendo que era de piedra e
inamovible. Luego vino un mortal rodeo a la torre, aferrándome de cualquier
soporte que su viscosa pared pudiera ofrecer; hasta que finalmente mi mano,
tanteando siempre, halló un punto donde la valla cedía y reanudé la marcha
hacia arriba, empujando la losa o puerta con la cabeza, ya que utilizaba ambas
manos en mi cauteloso avance. Arriba no apareció luz alguna y, a medida que mis
manos iban más y más alto, supe que por el momento mi ascensión había
terminado, ya que la puerta daba a una abertura que conducía a una superficie
plana de piedra, de mayor circunferencia que la torre inferior, sin duda el
piso de alguna elevada y espaciosa cámara de observación. Me deslicé
sigilosamente por el recinto tratando que la pesada losa no volviera a su
lugar, pero fracasé en mi intento. Mientras yacía exhausto sobre el piso de
piedra, oí el alucinante eco de su caída, pero con todo tuve la esperanza de
volver a levantarla cuando fuese necesario.
Creyéndome ya a una altura
prodigiosa, muy por encima de las odiadas ramas del bosque, me incorporé fatigosamente
y tanteé la pared en busca de alguna ventana que me permitiese mirar por vez
primera el cielo y esa luna y esas estrellas sobre las que había leído. Pero
ambas manos me decepcionaron, ya que todo cuanto hallé fueron amplias
estanterías de mármol cubiertas de aborrecibles cajas oblongas de inquietante
dimensión. Más reflexionaba y más me preguntaba qué extraños secretos podía
albergar aquel alto recinto construido a tan inmensa distancia del castillo
subyacente. De pronto mis manos tropezaron inesperadamente con el marco de una
puerta, del cual colgaba una plancha de piedra de superficie rugosa a causa de
las extrañas incisiones que la cubrían. La puerta estaba cerrada, pero haciendo
un supremo esfuerzo superé todos los obstáculos y la abrí hacia adentro. Hecho
esto, invadióme el éxtasis más puro jamás conocido; a través de una ornamentada
verja de hierro, y en el extremo de una corta escalinata de piedra que ascendía
desde la puerta recién descubierta, brillando plácidamente en todo su esplendor
estaba la luna llena, a la que nunca había visto antes, salvo en sueños y en
vagas visiones que no me atrevía a llamar recuerdos.
Seguro ahora de que había
alcanzado la cima del castillo, subí rápidamente los pocos peldaños que me
separaban de la verja; pero en eso una nube tapó la luna haciéndome tropezar, y
en la oscuridad tuve que avanzar con mayor lentitud. Estaba todavía muy oscuro
cuando llegué a la verja, que hallé abierta tras un cuidadoso examen pero que
no quise trasponer por temor de precipitarme desde la increíble altura que
había alcanzado. Luego volvió a salir la luna.
De todos los impactos
imaginables, ninguno tan demoníaco como el de lo insondable y grotescamente
inconcebible. Nada de lo soportado antes podía compararse al terror de lo que ahora
estaba viendo; de las extraordinarias maravillas que el espectáculo implicaba.
El panorama en sí era tan simple como asombroso, ya que consistía meramente en
esto: en lugar de una impresionante perspectiva de copas de árboles vistas
desde una altura imponente, se extendía a mi alrededor, al mismo nivel de la
verja, nada menos que la tierra firme, separada en compartimentos diversos por
medio de lajas de mármol y columnas, y sombreada por una antigua iglesia de
piedra cuyo devastado capitel brillaba fantasmagóricamente a la luz de la luna.
Medio inconsciente, abrí la
verja y avancé bamboleándome por la senda de grava blanca que se extendía en
dos direcciones. Por aturdida y caótica que estuviera mi mente, persistía en
ella ese frenético anhelo de luz, ni siquiera el pasmoso descubrimiento de
momentos antes podía detenerme. No sabía, ni me importaba, si mi experiencia
era locura, enajenación o magia, pero estaba resuelto a ir en pos de
luminosidad y alegría a toda costa. No sabía quién o qué era yo, ni cuáles
podían ser mi ámbito y mis circunstancias; sin embargo, a medida que proseguía
mi tambaleante marcha, se insinuaba en mí una especie de tímido recuerdo
latente que hacía mi avance no del todo fortuito, sin rumbo fijo por campo
abierto; unas veces sin perder de vista el camino, otras abandonándolo para
internarme, lleno de curiosidad, por praderas en las que sólo alguna ruina
ocasional revelaba la presencia, en tiempos remotos, de una senda olvidada. En
un momento dado tuve que cruzar a nado un rápido río cuyos restos de
mampostería agrietada y mohosa hablaban de un puente mucho tiempo atrás
desaparecido.
Habían transcurrido más de
dos horas cuando llegué a lo que aparentemente era mi meta: un venerable
castillo cubierto de hiedras, enclavado en un gran parque de espesa arboleda,
de alucinante familiaridad para mí, y sin embargo lleno de intrigantes
novedades. Vi que el foso había sido rellenado y que varias de las torres que
yo bien conocía estaban demolidas, al mismo tiempo que se erguían nuevas alas que
confundían al espectador. Pero lo que observé con el máximo interés y deleite
fueron las ventanas abiertas, inundadas de esplendorosa claridad y que enviaban
al exterior ecos de la más alegre de las francachelas. Adelantándome hacia una
de ellas, miré el interior y vi un grupo de personas extrañamente vestidas, que
departían entre sí con gran jarana. Como jamás había oído la voz humana, apenas
sí podía adivinar vagamente lo que decían. Algunas caras tenían expresiones que
despertaban en mí remotísimos recuerdos; otras me eran absolutamente ajenas.
Salté por la ventana y me
introduje en la habitación, brillantemente iluminada, a la vez que mi mente
saltaba del único instante de esperanza al más negro de los desalientos. La
pesadilla no tardó en venir, ya que, no bien entré, se produjo una de las más
aterradoras reacciones que hubiera podido concebir. No había terminado de
cruzar el umbral cuando cundió entre todos los presentes un inesperado y súbito
pavor, de horrible intensidad, que distorsionaba los rostros y arrancaba de
todas las gargantas los chillidos más espantosos. El desbande fue general, y en
medio del griterío y del pánico varios sufrieron desmayos, siendo arrastrados
por los que huían enloquecidos. Muchos se taparon los ojos con las manos y corrían
a ciegas llevándose todo por delante, derribando los muebles y dándose contra
las paredes en su desesperado intento de ganar alguna de las numerosas puertas.
Solo y aturdido en el
brillante recinto, escuchando los ecos cada vez más apagados de aquellos
espeluznantes gritos, comencé a temblar pensando qué podía ser aquello que me
acechaba sin que yo lo viera. A primera vista el lugar parecía vacío, pero
cuando me dirigí a una de las alcobas creí detectar una presencia... un amago
de movimiento del otro lado del arco dorado que conducía a otra habitación,
similar a la primera. A medida que me aproximaba a la arcada comencé a percibir
la presencia con más nitidez; y luego, con el primero y último sonido que jamás
emití -un aullido horrendo que me repugnó casi tanto como su morbosa causa-,
contemplé en toda su horrible intensidad el inconcebible, indescriptible,
inenarrable monstruo que, por obra de su mera aparición, había convertido una
alegre reunión en una horda de delirantes fugitivos.
No puedo siquiera decir
aproximadamente a qué se parecía, pues era un compuesto de todo lo que es
impuro, pavoroso, indeseado, anormal y detestable. Era una fantasmagórica
sombra de podredumbre, decrepitud y desolación; la pútrida y viscosa imagen de
lo dañino; la atroz desnudez de algo que la tierra misericordiosa debería
ocultar por siempre jamás. Dios sabe que no era de este mundo -o al menos había
dejado de serlo-, y sin embargo, con enorme horror de mi parte, pude ver en sus
rasgos carcomidos, con huesos que se entreveían, una repulsiva y lejana
reminiscencia de formas humanas; y en sus enmohecidas y destrozadas ropas, una
indecible cualidad que me estremecía más aún.
Estaba casi paralizado, pero
no tanto como para no hacer un débil esfuerzo hacia la salvación: un tropezón
hacia atrás que no pudo romper el hechizo en que me tenía apresado el monstruo
sin voz y sin nombre. Mis ojos, embrujados por aquellos asqueantes ojos vítreos
que los miraba fijamente, se negaba a cerrarse, si bien el terrible objeto,
tras el primer impacto, se veía ahora más confuso. Traté de levantar la mano y
disipar la visión, pero estaba tan anonadado que el brazo no respondió por
entero a mi voluntad. Sin embargo, el intento fue suficiente como para alterar
mi equilibrio y, bamboléandome, di unos pasos hacia adelante para no caer. Al
hacerlo adquirí de pronto la angustiosa noción de la proximidad de la cosa,
cuya inmunda respiración tenía casi la impresión de oír. Poco menos que
enloquecido, pude no obstante adelantar una mano para detener a la fétida
imagen, que se acercaba más y más, cuando de pronto, mis dedos tocaron la
extremidad putrefacta que el monstruo extendía por debajo del arco dorado. No
chillé, pero todos los satánicos vampiros que cabalgan en el viento de la noche
lo hicieron por mí, a la vez que dejaron caer en mi mente una avalancha de
anonadantes recuerdos.
Supe en ese mismo instante
todo lo ocurrido; recordé hasta más allá del terrorífico castillo y sus
árboles; reconocí el edificio en el cual me hallaba; reconocí, lo más terrible,
la impía abominación que se erguía ante mí, mirándome de soslayo mientras
apartaba de los suyos mis dedos manchados. Pero en el cosmos existe el bálsamo
además de la amargura, y ese bálsamo es el olvido. En el supremo horror de ese
instante olvidé lo que me había espantado y el estallido del recuerdo se
desvaneció en un caos de reiteradas imágenes. Como entre sueños, salí de aquel
edificio fantasmal y execrado y eché a correr rauda y silenciosamente a la luz
de la luna. Cuando retorné al mausoleo de mármol y descendí los peldaños,
encontré que no podía mover la trampa de piedra; pero no lo lamenté, ya que
había llegado a odiar el viejo castillo y sus árboles. Ahora cabalgo junto a
los fantasmas, burlones y cordiales, al viento de la noche, y durante el día
juego entre las catacumbas de Nefre-Ka, en el recóndito y desconocido valle de
Hadoth, a orillas del Nilo. Sé que la luz no es para mí, salvo la luz de la
luna sobre las tumbas de roca de Neb, como tampoco es para mí la alegría, salvo
las innominadas fiestas de Nitokris bajo la Gran Pirámide; y sin embargo en mi
nueva y salvaje libertad, agradezco casi la amargura de la alienación.
Pues aunque el olvido me ha
dado la calma, no por eso ignoro que soy un extranjero; un extraño a este siglo
y a todos los que aún son hombres. Esto es lo que supe desde que extendí mis
dedos hacia esa cosa abominable surgida en aquel gran marco dorado; desde que
extendí mis dedos y toqué una fría e inexorable superficie de pulido espejo.
Fin

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