En la Noche de
los Tiempos
Howard Phillips
Lovecraft
1
Después de
veintidós años de pesadillas y terrores, de aferrarme desesperadamente a la
convicción de que todo ha sido un engaño de mi cerebro enfebrecido, no me siento
con ánimos de asegurar que sea cierto lo que descubrí la noche del 17 al 18 de
julio de 1935, en Australia Occidental. Hay motivos para abrigar la esperanza
de que mi experiencia haya sido, al menos en parte, una alucinación, desde
luego justificada por las circunstancias. No obstante, la impresión de realidad
fue tan terrible, que a veces pienso que es vana esa esperanza.
Si no he sido
víctima de una alucinación, la humanidad deberá estar dispuesta a aceptar un
nuevo enfoque científico sobre la realidad del cosmos, y sobre el lugar que
corresponde al hombre en el loco torbellino del tiempo. Deberá también ponerse
en guardia contra un peligro que la amenaza. Aunque este peligro no aniquilará
la raza entera, acaso origine monstruosos e insospechados horrores en sus
espíritus más intrépidos.
Por esta última
razón exijo vivamente que se abandone todo proyecto de desenterrar las ruinas
misteriosas y primitivas que se proponía
investigar mi expedición.
Sí,
efectivamente, me encontraba despierto y en mis cabales, puedo afirmar que ningún hombre ha vivido
jamás nada parecido a lo que experimenté aquella noche, lo cual, además,
constituía una terrible confirmación de todo lo que había intentado desechar
como pura fantasía. Afortunadamente no hay prueba alguna, toda vez que, en mi
terror, perdí el objeto que -de haber logrado sacarlo de aquel abismo- habría
constituido una prueba irrefutable.
Cuando me
enfrenté con aquel horror estaba solo, y hasta la fecha no lo he relatado a
nadie. No pude impedir que los demás continuasen excavando en dirección a tal
objeto, pero la suerte y la arena evitaron accidentalmente que lo encontraran.
Ahora debo hacer una relación completa de los hechos, no sólo en beneficio de
mi propio equilibrio mental, sino como advertencia para todos los lectores
serios.
Estas páginas,
muchas de las cuales -las primeras sobre todo- resultarán familiares al lector
asiduo de la prensa general y científica, están escritas en el camarote del
barco que me trae de regreso a casa. Se las entregaré a mi hijo, el profesor
Wingate Peaslee, de la Universidad del Miskatonic, único miembro de mi familia
que ha permanecido a mi lado durante la extraña amnesia que me afectó durante
tanto tiempo y la persona más al tanto de las circunstancias y detalles que
concurrieron en mi caso. De todo el mundo, probablemente será él quien menos se
burle de lo que voy a contar sobre aquella noche fatal.
No le he dicho
nada antes de embarcar, porque pienso que es mejor para él revelárselo por
escrito. Leyendo y releyendo estas páginas con calma, podrá formarse una idea
mucho más exacta y convincente que la que podría proporcionarle en cuatro
palabras atropelladas.
Que él haga de
este relato lo que crea más conveniente; no me importa que lo dé a conocer, con
las debidas aclaraciones, en donde más convenga. Teniendo en cuenta, pues, que
quienes lleguen a leerlo pueden no estar al corriente de la fase inicial de mi
caso, he hecho un resumen bastante detallado de los antecedentes.
Me llamo
Nathaniel Wingate Peaslee, y quienes recuerden mis artículos periodísticos de
hace unos quince años -o los artículos, y cartas que publiqué en revistas de
psicología hace un par de lustros- sabrán quién soy. En la prensa aparecieron
muchos detalles acerca de la extraña amnesia que me sobrevino entre 1908 y
1913, amnesia que fue relacionada en gran parte con las horrendas tradiciones
de brujería existentes en la pagana ciudad de Arkham, Massachusetts que, como
ahora, constituía entonces mi lugar de residencia. Con todo, me habría gustado
saber si no hubo algún elemento de locura hereditaria en los primeros años de
mi vida. Este es un hecho de enorme importancia para mí, ya que si no hubo tal
cosa, la sombra de horror que se abatió sobre mí procedía irremisiblemente del exterior.
Puede que los
pasados siglos de tinieblas hayan hecho a la ruinosa ciudad de Arkham
particularmente vulnerable a ciertas amenazas preternaturales; pero parece
dudoso, a la luz de los distintos casos que posteriormente tuve ocasión de
estudiar. Sin embargo, hasta donde he podido indagar, mis antecedentes
familiares son normales por completo. Lo que sobre mí se abatió provenía del exterior, estoy persuadido de ello, pero
aún no me atrevo a afirmar de dónde.
Soy hijo de
Jonathan Peaslee y de Hannah Wingate, ambos procedentes de antiguas y sanas
familias de Haverhill. He nacido y me he criado en Haverhill -en la vieja
mansión de Boardman Street, cerca de Golden Hill- y no fui a Arkham hasta 1895,
año en que ingresé en la Universidad del Miskatonic como auxiliar de economía
política.
Durante los
trece años que siguieron, mi vida transcurrió apacible y feliz. En 1896, me
casé con Alicia Keezer, natural de Haverhill, y mis tres hijos, Robert, Wingate
y Hannah, nacieron en 1898, 1900 y 1903, respectivamente. En 1898 fui ascendido
a profesor adjunto y, en 1902, a catedrático. En ninguna ocasión sentí el menor
interés por el ocultismo o la psicología patológica.
La extraña
crisis de amnesia me sobrevino un jueves, el 14 de mayo de 1908. Su comienzo
fue completamente repentino, aunque más tarde recordé ciertas visiones breves y
caóticas que me habían turbado en gran manera horas antes, y que sin duda
constituían los síntomas premonitorios. Sentía, además, fuertes dolores de
cabeza, y una extraña sensación, totalmente nueva para mí: era como si alguien
tratara de apoderarse de mis pensamientos.
La cosa me
ocurrió a eso de las diez y veinte de la mañana, mientras dictaba una clase de
historia y tendencias actuales de la economía política ante numerosos alumnos
de tercer año y unos pocos de segundo. Empecé por ver extrañas formas danzantes
y a sentir que me encontraba en una habitación desconocida que no era el aula
de la Universidad.
Mis pensamientos
y discurso se desviaron del tema, y los estudiantes comprendieron que algo
grave me ocurría. Entonces, sentado donde estaba, me sumí en un estupor del que
nadie podría sacarme. Pasaron cinco años, cuatro meses y trece días, antes de
recobrar el uso de mis facultades.
Lo que voy a
relatar a continuación, como es natural, lo he sabido a través de otras personas.
Permanecí en un coma profundo por espacio de dieciséis horas y media, a pesar
de ser trasladado a mi casa, Crane Street 27, y de prestárseme una magnífica
asistencia médica.
A las tres de la
madrugada del día 15 de mayo, abrí los ojos y comencé a hablar; pero el médico
y mi familia no tardaron en alarmarse vivamente por el cambio de mi expresión y
mi lenguaje. Estaba claro que yo no recordaba mi identidad ni mi pasado, aunque
por alguna razón, parecía como si yo pretendiera ocultar esta inmensa laguna de
mi memoria. Mi mirada expresaba extrañeza al contemplar a las personas que me
rodeaban, y mis músculos faciales ejecutaban gestos desconocidos por completo.
Incluso mi habla
parecía torpe y extraña. Empleaba mis órganos vocales de modo torpe y vacilante,
y mi dicción tenía un tono curioso, como si pronunciase trabajosamente un
idioma aprendido en los libros. Mi acento era bárbaro, como el de un
extranjero, y mi lenguaje abundaba en arcaísmos y expresiones gramaticalmente
incomprensibles.
Unos veinte años
después, el más joven de los médicos tuvo ocasión de recordar, impresionado y
hasta con cierto horror, una de aquellas extrañas frases mías. Pues últimamente
la misma frase que entonces pronuncié ha comenzado a ponerse de moda, primero
en Inglaterra y luego en Estados Unidos. A pesar de tratarse de una expresión
rebuscada e indiscutiblemente nueva, reproduce hasta en sus más nimios
pormenores las mismas palabras del extraño paciente que fui en 1908.
Después del
ataque no tardé en recobrar la fuerza física, aunque hube de necesitar
numerosas sesiones de reeducación antes de lograr emplear coordinadamente mis
manos, piernas y aparato locomotor en general. A causa de éste y otros
obstáculos inherentes a mi cuadro amnésico, estuve sometido durante largo tiempo
a rigurosos cuidados médicos.
Cuando observé
que habían fracasado mis intentos por ocultar la falta de memoria, lo admití
abiertamente, y me mostré ansioso de recibir toda clase de información. En
efecto, los médicos pudieron comprobar que yo llegué a perder todo interés por
mi propia persona tan pronto como me di cuenta de que el caso de amnesia era
aceptado como cosa natural.
Observaron que
mi máximo interés se orientaba hacia determinadas cuestiones de la historia, de
la ciencia, del arte, del lenguaje y de las tradiciones populares -algunas
tremendamente oscuras y otras de una simpleza pueril- que, en la mayoría de los
casos, yo desconocía por completo.
Al mismo tiempo
observaron que poseía ciertos conocimientos asombrosos, muchos de ellos casi
ignorados por la ciencia. Pero, al parecer, yo trataba de ocultarlos, en vez de
exhibirlos. En ocasiones aludía, inadvertidamente y con seguridad inusitada, a
acontecimientos ocurridos en edades oscuras, muy anteriores a todos los ciclos
aceptados por la historia. Pero al ver la sorpresa que producían, trataba de
hacer pasar mis alusiones por una broma. Y mi manera de referirme al futuro
causó pavor más de una vez.
Pronto dejé de
manifestar esos misteriosos destellos de asombroso saber. Algunos observadores
los atribuyeron a una hipócrita reserva por mi parte, más que a una disminución
de los excepcionales conocimientos que se vislumbraban tras de mis palabras.
Por otra parte, se mantenía mi desmesurada avidez por asimilar la lengua, las
costumbres y las perspectivas del mundo en el futuro. Era como si yo fuese un
investigador, venido de tierras remotas y extrañas.
En cuanto me lo
autorizaron comencé a frecuentar asiduamente la biblioteca de la Universidad.
Poco después inicié los preparativos de aquellos viajes extraordinarios y
aquellos cursos especiales que di en diversas universidades americanas y
europeas, que tantos comentarios provocaron a continuación.
En ningún
momento perdí contacto con sabios y eruditos, aprovechando que mi caso gozaba
de alguna celebridad entre los psicólogos de aquel tiempo. En varias
conferencias fui presentado como un caso típico de desdoblamiento de la
personalidad, a pesar de que, de vez en cuando, sorprendía a los
conferenciantes con algunos síntomas inexplicables o con cierta sombra de
ironía cuidadosamente velada.
No obstante,
casi nadie me demostró simpatía o afecto. Había algo en mi aspecto y en mi
manera de hablar, que suscitaba temor y aversión en aquellos con quienes me
relacionaba. Era como si yo fuese un ser infinitamente alejado de todo lo
equilibrado y normal. Mi presencia les producía una vaga sensación que les
hacía pensar en abismos incalculables de distancia.
Ni siquiera mi
propia familia constituía una excepción. Desde el momento en que me recobré del
colapso, mi mujer me miró con extremada aversión y horror, jurando que yo era
un desconocido que usurpaba el cuerpo de su marido. En 1910, obtuvo el divorcio
judicial, y no consintió en verme ni aun después de haber vuelto a la
normalidad, en 1913. Estos sentimientos eran compartidos por mi hijo mayor y mi
hija pequeña; desde entonces, no he vuelto a ver a ninguno de ellos.
Sólo mi hijo
segundo, Wingate, fue capaz de vencer el terror y la repugnancia que mi cambio
despertaba. Se daba cuenta, indudablemente, de que yo era un extraño. Pero,
aunque tenía ocho años de edad, mantuvo la firme confianza de que al fin
recobraría mi propia identidad. Cuando esto sucedió, vino a buscarme, y los
tribunales me confiaron su custodia. Durante los años subsiguientes, me ayudó
en los estudios que emprendí, y hoy, con sus treinta y cinco años, es profesor
de psicología de la Universidad de Miskatonic.
Pero, en verdad
, no me sorprende el horror que provocaba a los demás… Efectivamente, el
espíritu, la voz y la expresión del semblante del ser que despertó el 15 de
mayo de 1908, no eran de Nathaniel Wingate Peaslee.
No pretendo
extenderme hablando de mi vida entre 1908 y 1913, ya que los lectores pueden
averiguar los pormenores de mi caso consultando -como he tenido que hacer yo
mismo- las columnas de periódicos y revistas científicas de esa época.
Cuando se me
autorizó a disponer de mis propios recursos económicos, me dediqué a viajar y a
estudiar en diversos centros culturales. Mis viajes, no obstante, eran en
extremo singulares, ya que a menudo suponían prolongadas estancias en parajes
remotos y desolados.
En 1909 pasé un
mes en el Himalaya. En 1911 llamé la atención sobremanera a causa de la
expedición que emprendí, en camello, a los ignorados desiertos de Arabia. Nunca
he conseguido saber qué sucedía en aquellos viajes.
Durante el
verano de 1912 fleté un barco y zarpé con rumbo al Artico, hasta el norte de
archipiélago de Spitzberg. A mi regreso di muestras de decepción.
A finales de ese
mismo año pasé unas semanas solo, adentrándome por el vasto sistema de cavernas
de Virginia occidental, por sus negros laberintos, más allá de donde haya
alcanzado jamás la huella del hombre. Nadie se ha atrevido después a repetir
esta hazaña.
Mis estancias en
las universidades se caracterizaban por una asimilación de conocimientos
anormalmente rápida, como si mi segunda personalidad tuviera una inteligencia
enormemente superior a la mía propia. He descubierto también que mis
capacidades de lectura y de estudio eran extraordinarias. Me bastaba con hojear
un libro para dominarlo a fondo. Mi habilidad para interpretar figuras
complicadas en un instante, era verdaderamente asombrosa.
En ocasiones se
llegó a rumorear que yo poseía el poder de influir sobre el pensamiento y la
voluntad de los demás, aunque por lo visto, procuraba yo disimular esta
facultad.
También se habló
de mis relaciones con los dirigentes de diversas sectas ocultistas y con
eruditos sospechosos de mantener dudosos contactos con los hierofantes de
cultos abominables tan antiguos como el mundo. Estos rumores, cuyo fundamento
no se pudo demostrar entonces, se veían alentados por la conocida temática de
mis lecturas, puesto que en las bibliotecas no se pueden consultar libros raros
sin que trascienda el secreto.
Hay pruebas
palpables -mis anotaciones marginales- de que estudié a conciencia libros tales
como el Cultes de Goules del conde
d'Erlette, De Vermis Mysteriis de
Ludvig Prinn, el Unaussprechlichen Kulten
de von Junzt, los fragmentos que se conservan del enigmático Libro de Eibon, y el terrible Necronomicon del árabe loco Abdul
Alhazred. Y es innegable, además, que durante el tiempo de mi sorprendente
cambio, renació una perversa actividad en numerosos cultos secretos.
En el verano de
1913 comencé a dar muestras de aburrimiento y desinterés, e insinué a varias
personas que cabía esperar en mí un pronto cambio. Les dije que volvían a mí
algunos recuerdos de mi vida anterior, pero me juzgaron insincero, considerando
que todos los detalles que yo mencionaba podían proceder de mis antiguas notas
personales.
Hacia mediados
de agosto regresé a Arkham y abrí mi casa de Crane Street, cerrada durante todo
este tiempo. Instalé allí un artefacto de raro aspecto, cuyas piezas habían
sido construidas por diferentes fabricantes americanos y europeos de aparatos
de precisión, y lo mantuve celosamente oculto de toda persona inteligente que
pudiera comprender de qué se trataba.
Los pocos que
llegaron a verlo -un obrero, una sirvienta y la nueva ama de llaves- decían que
era como un armazón de varillas, ruedas y espejos. Tenía unos sesenta
centímetros de alto, treinta de ancho y otros treinta de espesor. En el centro
tenía instalado un espejo circular convexo. Todo esto ha sido confirmado por
los fabricantes de las distintas piezas.
La noche del
viernes 26 de septiembre despedí al ama de llaves y a la criada hasta el
mediodía del día siguiente. Las luces de la casa permanecieron encendidas hasta
muy tarde. Un hombre flaco, moreno, de aspecto extranjero, llegó en un
automóvil y entró.
Era alrededor de
la una, cuando se apagaron las luces. A las dos y cuarto, un policía que pasaba
por allí observó que reinaba la tranquilidad más completa. El auto del
extranjero seguía estacionado junto a la acera. Pero a eso de las cuatro ya no
estaba allí.
A las seis de la
mañana una voz titubean te y exótica pidió por teléfono al doctor Wilson que
viniese a mi casa para sacarme del extraño estado letárgico en que había caído.
Esta llamada -hecha desde larga distancia- fue localizada más tarde. La
efectuaron desde un teléfono público de la Estación del Norte, de Boston, pero
no lograron descubrir el menor rastro del flaco extranjero.
Cuando el doctor
llegó a casa me encontró inconsciente en el cuarto de estar, sentado en una
butaca, ante la mesa. En su pulimentada superficie había unas arañazos que
indicaban el lugar donde se había colocado un objeto de peso considerable. El
extraño artefacto había desaparecido y no volvió a saberse de él. Es indudable
que se lo había llevado el individuo moreno y flaco que estuvo allí.
En la chimenea
de la biblioteca hallaron gran cantidad de ceniza: era todo cuanto quedaba de
las anotaciones tomadas por mí durante el periodo de mi enfermedad. El doctor
Wilson comprobó que mi respiración era agitada; pero después de una inyección
hipodérmica, volvió a hacerse regular.
A las once y
cuarto de la mañana del día 27 de septiembre experimenté violentas sacudidas, y
mi semblante, hasta entonces rígida coma una máscara, comenzó a dar muestras de
cierta expresividad. El doctor Wilson advirtió que aquella expresión no correspondía
ya a mi segunda personalidad. Más bien parecía como si recobrara mi identidad
primitiva. Alrededor de las once y media murmuré unas cuantas palabras
incomprensibles, sin relación alguna con ningún lenguaje humano. Daba la
sensación de que me revolvía contra algo. Luego, justo después de mediodía,
cuando ya habían regresada el ama de llaves y la criada, empecé a decir en
inglés:
-...De las
economistas ortodoxos de ese periodo, Jevons representa la tendencia
predominante a establecer correlaciones científicas. Su intento de relacionar
el ciclo económico de prosperidad y crisis con el ciclo físico de las manchas
solares constituye, sin embargo, la
cúspide de...
Nathaniel
Wingate Peaslee había regresado; según su tiempo vital todavía se hallaba en
una mañana de 1908, ante sus alumnos de economía política que le escuchaban con
atención.
2
Mi reintegración
a la vida normal fue larga, dolorosa y difícil. Perder cinco años crea más
complicaciones de las que se pueden imaginar, y en mi caso, quedaba además un
sinnúmero de cuestiones por resolver.
Lo que me
contaron sobre mis actividades posteriores a 1908 me dejó anonadado, pero traté
de considerar el asunto lo más filosóficamente posible. Finalmente, una vez
lograda la custodia de mi hijo Wingate, me instalé con él en mi casa de Crane
Street y procuré reanudar mis tareas docentes, ya que la Facultad me había
ofrecido cariñosamente mi antigua cátedra.
Me incorporé a
mi trabajo en febrero de 1914, y a él me dediqué durante un año. En este tiempo
me di cuenta de que, después de aquel largo periodo de amnesia, yo no era el de
antes. Aunque me hallaba mentalmente sano -así lo creía, al menos-, y
conservaba íntegra mi propia personalidad, había perdido el vigor y la energía
de otros tiempos. Continuamente me acosaban sueños vagos y extrañas ideas, y
cuando el estallido de la Guerra Mundial orientó mi interés hacia temas
históricos, me di cuenta de que consideraba las épocas y las acontecimientos de
manera sumamente extraña.
Mi concepción
del tiempo -mi capacidad para
distinguir entre sucesión y simultaneidad- había sufrido una sutil alteración,
de modo que me forjaba quiméricas ideas sobre la posibilidad de vivir en una
época determinada y proyectar mi espíritu por toda la eternidad, para conocer
las edades pasadas y futuras.
La guerra
originó en mí extrañas impresiones: era como si recordarse algunas de sus
últimas consecuencias, como si supiera cuál iba a ser su desenlace, y pudiera
contemplar retrospectivamente los
hechos que se desarrollaban en el presente. Todos estos pseudo-recuerdos venían
acompañados de fuertes dolores de cabeza, y la clara sensación de que entre
ellos y mi conciencia se alzaba alguna barrera psicológica.
Cuando
tímidamente confiaba mis impresiones a los demás, observaba que reaccionaban de
la manera más diversa. Casi todos me miraban can desconfianza. Los matemáticas,
en cambio, me hablaban de los últimos adelantos de la ciencia que cultivaban:
de la teoría de la relatividad, que entonces sólo era conocida en los medios
científicos, pera que más adelante llegaría a ser mundialmente famosa. Según
decían, el doctor Albert Einstein había logrado reducir el tiempo a una simple
dimensión.
Sin embargo, los
sueños y sentimientos turbadores se apoderaron de mí hasta tal extremo que en
1915 me vi obligado a abandonar mis actividades docentes. Algunas de mis
sensaciones anormales fueron tomando un cariz inquietante. En ocasiones, por
ejemplo, me sentía dominado por la convicción de que, en el curso de mi
amnesia, me había sobrevenido un cambio espantoso; que mi segunda personalidad
procedía, sin duda, de regiones ignoradas, como si una fuerza desconocida y
remota se hubiera aposentado en mí, mientras mi verdadera personalidad era
desplazada de mi propio interior.
Este es el
motivo de que entonces me entregase a vagas y espantosas especulaciones sobre
cuál habría sido el paradero de mi auténtica mismidad durante los años en que
el intruso había ocupado mi cuerpo. La singular inteligencia y la extraña
conducta de ese intruso me turbaban cada vez más, a medida que me enteraba de
nuevos detalles, a través de conversaciones, periódicos y revistas.
Las rarezas que
tanto habían desconcertado a los demás parecían armonizar terriblemente con ese
trasfondo de conocimientos impíos que emponzoñaba los abismos de mi subconsciente.
Me dediqué a investigar todos los datos y examiné escrupulosamente los estudios
y los viajes efectuados por el otro durante
mis años de oscuridad.
No todas mis
inquietudes eran de índole especulativa. Los sueños, por ejemplo, eran cada vez
más vívidos y detallados. Como sabía la opinión que merecían a la mayor parte
de la gente, raras veces los mencionaba, excepto a mi hijo o a algún psicólogo
de mi confianza. Pero finalmente comencé un estudio científico de otros casos
de amnesia, con el fin de averiguar hasta qué punto las visiones que yo parecía
eran características de esa afección. Con ayuda de psicólogos, historiadores,
antropólogos y especialistas en enfermedades mentales, realicé un estudio
exhaustivo que comprendía todos los casos de desdoblamiento de la personalidad
recogidos en la literatura médica desde los tiempos de los endemoniados hasta
el momento actual; pero los resultados, más que consolarme, me inquietaron
doblemente.
No tardé mucho
tiempo en comprobar que mis sueños diferían radicalmente de los que solían
darse en los casos auténticos de amnesia. No obstante, descubrimos unos pocos
casos que me tuvieron desconcertado durante años por su semejanza con mi propia
experiencia. Algunos no eran más que relatos fragmentarios de antiguas
historias populares; otros eran casos registrados en los anales de la medicina.
En una o dos ocasiones, se trataba únicamente de confusas referencias
entremezcladas con historias bastante vulgares por lo demás.
De este modo
averiguamos que, pese a la rareza de mi afección, se habían presentado casos
análogos, a largos intervalos, desde los mismos orígenes de la historia. A
veces, en un periodo de varios siglos se presentaban uno, dos y hasta tres
casos; a veces, no se presentaba ninguno. Al menos, ninguno de que quedase
constancia.
En esencia, se
trataba siempre de lo mismo: una persona de alto nivel intelectual se veía
dominada por una segunda naturaleza que le obligaba a llevar, durante un
periodo más o menos largo, una existencia absolutamente extraña, caracterizada
al principio por una torpeza verbal y motora, y más tarde por la adquisición
masiva de conocimientos científicos, históricos, artísticos y antropológicos.
Este aprendizaje se llevaba a cabo con un entusiasmo febril y denotaba una
prodigiosa capacidad de asimilación. Luego, el sujeto regresaba a su propia
personalidad, que, en lo sucesivo, se veía atormentada por unos sueños vagos,
indeterminados, en los que latían recuerdos fragmentarios de algo espantoso que
había sido borrado de su mente.
La enorme
semejanza de aquellas pesadillas con la mía -incluso en algunos detalles
insignificantes- no dejaba lugar a dudas sobre su íntima relación. En dos de
aquellos casos por los menos, se daban ciertas circunstancias que me resultaban
familiares, como si, a través de algún medio cósmico inimaginable, hubiera
tenido noticia de ellos. En otros, se mencionaba claramente un desconocido
artefacto, idéntico al que había estado en mi casa antes de mi regreso a la
normalidad.
Otra cosa que
llegó a preocuparme durante la investigación fue la frecuencia con que ciertas
personas no afectadas por dicha enfermedad sufrían parecida clase de
pesadillas.
Estas últimas
personas eran mayormente de inteligencia mediocre o inferior, y algunas tan
primitivas, que no se las podía considerar como vectores aptos para la
adquisición de una ciencia y unos conocimientos preternaturales. Durante un
segundo, se veían inflamados por una fuerza ajena; pero en seguida volvían a su
estado anterior, quedándoles apenas un recuerdo débil, evanescente, de horrores
inhumanos.
En los últimos
cincuenta años se habían presentado por lo menos tres casos de estos. Uno de
ellos hace tan sólo quince años. ¿Acaso se trataba de una entidad desconocida
que tanteaba a ciegas, a través del tiempo, desde el fondo de algún abismo
insospechado de la naturaleza? En tal caso, ¿no serían estos casos las
manifestaciones de unos experimentos monstruosos, cuyo objetivo era preferible
ignorar para no perder la razón?
Estas eran las
fantásticas divagaciones a las que me entregaba continuamente, excitado por las
diversas creencias míticas que iba descubriendo en el curso de mis
investigaciones. No cabía duda, pues, de que había determinadas historias
-persistentes desde la más remota antigüedad y desconocidas, al parecer, tanto
por las víctimas de amnesia como por los médicos que habían estudiado sus casos
más recientes- que formaban como un plan asombroso y terrible destinado a
raptar la mente de los hombres, como había ocurrido en mi caso. Aún ahora tengo
miedo de referir la naturaleza de esos sueños, y las ideas que me asaltaban con
mayor intensidad cada vez. Era de locura. A veces creía que, de verdad, me
estaba volviendo loco. ¿Acaso era víctima de algún tipo de alucinación que
afectaba a los que habían sufrido una laguna en la memoria? En ese caso no
sería del todo inverosímil que el subconsciente, en un esfuerzo por llenar un
vacío confuso con pseudo-recuerdos, diera lugar a extravagantes aberraciones de
la imaginación.
Aunque yo me
inclinaba más bien por una interpretación basada en los mitos populares, las
teorías basadas en dichos esfuerzos del subconsciente gozaban de mayor
preponderancia entre los alienistas que me ayudaban en mi búsqueda de casos
similares al mío, y que compartieron mi asombro ante el exacto paralelismo que
solíamos descubrir.
Para los
psiquiatras mi estado no podía diagnosticarse como verdadera enfermedad mental,
sino más bien como trastorno neurótico. De acuerdo con las normas psicológicas
más científicas, alentaron todo intento por mi parte de buscar datos que
aportaran alguna luz en este asunto, en vez de pretender inútilmente
soslayarlo, yo tenía en cuenta, especialmente, la opinión de aquellos médicos
que me habían estudiado durante el tiempo que estuve dominado por la otra
personalidad.
Mis primeros
trastornos no fueron de índole visual, sino que se relacionaban con las
cuestiones abstractas que ya he mencionado. Y experimenté, también al
principio, un sentimiento vago y profundo de inexplicable horror: consistía en
una extraña aversión a contemplar mi propia figura, como si temiese que mis
ojos fueran a descubrir algo ajeno e inconcebiblemente repugnante.
Cuando por fin
me atrevía a mirarme, y percibía mi figura humana y familiar, sentía
invariablemente un raro alivio. Pero para lograr ese descanso tenía que vencer
primero un miedo infinito. Evitaba los espejos por sistema, y me afeitaba en la
barbería.
Pasé mucho
tiempo sin relacionar estos sentimientos inquietantes con las visiones fugaces
que pronto comenzaron a asaltarme cada vez más, y la primera vez que lo hice,
fue con motivo de la extraña sensación que tenía de que mi memoria había sido
alterada artificialmente.
Tenía la
convicción de que tales visiones poseían un significado profundo y terrible
para mí, pero era como si una influencia externa y deliberada me impidiese
captar ese significado. Luego, empecé a sentir esas anomalías en la percepción
del tiempo, y me esforcé desesperadamente por situar mis visiones oníricas en
sus correspondientes coordenadas tempoespaciales.
Al principio,
más que horribles, las visiones propiamente dichas eran meramente extrañas. En
ellas, me hallaba en una cámara abovedada cuyas elevadísimas arquivoltas de
piedra casi se perdían entre las sombras de las alturas. Cualquiera que fuese
la época o lugar en que se desarrollaba la escena, era evidente que los
constructores de aquella cámara conocían tanta arquitectura, por lo menos, como
los romanos.
Había ventanales
inmensos y redondos, puertas rematadas en arco y pedestales o altares tan altos
como una habitación ordinaria. Sobre los muros se alineaban vastos estantes de
madera oscura, con enormes volúmenes que mostraban incomprensibles
descripciones jeroglíficas en sus lomos.
En su parte
visible, los muros estaban construidos con bloques en los que había esculpidas
unas figuras curvilíneas, de diseño matemático, e inscripciones análogas a las
que mostraban los enormes libros. La sillería, de granito oscuro, era de
proporciones megalíticas. Los sillares estaban tallados de forma que la cara
superior, convexa, encajaba en la cara cóncava inferior de los que descansaban
encima.
No había sillas,
pero sobre los inmensos pedestales o altares había libros desparramados,
papeles, y ciertos objetos que tal vez fuesen material de escritorio: un
recipiente de metal purpúreo, curiosamente adornado, y unas varas con la punta
manchada. A pesar de la gran altura de dichos pedestales, sin saber cómo, los
veía yo desde arriba. Algunos de
ellos tenían encima grandes globos de cristal luminoso que servían de lámparas,
y artefactos incomprensibles, construidos con tubos de vidrio y varillas de
metal.
Las ventanas,
acristaladas, estaban protegidas por un enrejado de aspecto sólido. Aunque no
me atreví a asomarme por ellas, desde donde me encontraba podía divisar macizos
ondulantes de una singular vegetación parecida a los helechos. El suelo era de
enormes losas octogonales. No había ni cortinajes ni alfombras.
Más adelante
tuve otras visiones. Atravesaba por ciclópeos corredores de piedra, y subía y
bajaba por inmensos planos inclinados, construidos con idéntica y gigantesca
sillería. No había escaleras por parte alguna, ni pasadizo que no tuviera menos
de diez metros de ancho. Algunos de los edificios, en cuyo interior me parecía
flotar, debían de tener una altura prodigiosa.
Bajo tierra
había, también, numerosas plantas superpuestas, y trampas de piedra, selladas
con flejes de metal, que hacían pensar en bóvedas aún más profundas, donde
acaso moraba un peligro mortal.
En tales
visiones tenía la sensación de hallarme prisionero, y en torno a mí flotaba un
horror desconocido. Me daba la impresión de que los burlescos jeroglíficos
curvilíneos de los muros habrían significado la perdición de mi espíritu, de
haberlos sabido interpretar.
Luego, andando
el tiempo, empecé a soñar con grandes espacios abiertos. Desde los ventanales
redondos y desde la gigantesca terraza del edificio, contemplaba extraños
jardines, y una enorme extensión árida, con una alta muralla ondulada, a la que
conducía una rampa más elevada que las demás.
A uno y otro
lado de las vastas avenidas, que medirían unos setenta metros de anchura, se
aglomeraba un sinfín de edificios gigantescos, cada uno de los cuales poseía su
propio jardín. Estos edificios eran de aspecto muy variado, pero casi ninguno
de ellos tenía menos de trescientos metros de alto, ni más de sesenta metros
cuadrados de superficie. Algunos parecían realmente ilimitados; sus fachadas
superaban sin duda los mil metros de altura, perdiéndose en los cielos brumosos
y grises.
Todas las
construcciones eran de piedra o de hormigón, y la mayor parte de ellas
pertenecía al mismo estilo arquitectónico curvilíneo del edificio donde me
encontraba yo. En vez de tejado, tenían terrazas planas cubiertas de jardines y
rodeadas de antepechos ondulados. Algunas veces las terrazas eran escalonadas,
y otras, quedaban grandes espacios abiertos entre los jardines. En las enormes
avenidas me pareció vislumbrar cierto movimiento, pero en mis primeras visiones
me fue imposible precisar de qué se trataba.
En determinados
parajes llegué a descubrir unas torres enormes, oscuras, cilíndricas, que se
elevaban muy por encima de cualquier otro edificio. Su aspecto las distinguía
radicalmente del resto de las construcciones. Se hallaban en ruinas y, a juzgar
por ciertas señales, debían ser prodigiosamente antiguas. Estaban construidas
con bloques rectangulares de basalto, y en su extremo superior eran ligeramente
más estrechas que en la base. Aparte de sus puertas grandiosas, no se veía el
menor rastro de ventana o abertura. Asimismo, observé que había otros edificios
más bajos, todos ellos desmoronados por la acción erosiva de un tiempo
incalculable, que parecían una versión arcaica y rudimentaria de las enormes
torres cilíndricas. En torno a todo este conjunto ciclópeo de edificios de
sillería rectangular, se cernía un inexplicable halo de amenaza, análogo al que
envolvía a las trampas selladas.
Los jardines
eran tan extraños que casi causaban pavor. En ellos crecían desconocidas formas
vegetales que sombreaban amplios senderos flanqueados por monolitos cubiertos
de bajorrelieves. Predominaba una vegetación criptógama que recordaba a una
especie de helechos descomunales, unos verdes y otros de un color pálido
enfermizo, como los hongos.
Entre ellos se
alzaban unos árboles inmensos y espectrales que parecían calamites, y cuyos
troncos, semejantes a cañas de bambú, alcanzaban alturas increíbles. También
había otros empenachados, como cicas fabulosas, y arbustos grotescos de color
verde oscuro, y otros mayores que, por su aspecto, podrían tomarse por
coníferas.
Las flores eran
pequeñas y descoloridas, distintas de cualquier especie conocida, y se abrían
entre el verdor de los amplios macizos geométricos.
En unas cuantas
terrazas o jardines colgantes se veían otras especies de flores, mucho más
grandes, de vivos colores y formas mórbidas y complicadas, producto,
seguramente, de sabias hibridaciones artificiales. Y había ciertos hongos de
formas, dimensiones y matices inconcebibles, cuya disposición ornamental ponía
de manifiesto la existencia de una desconocida, pero indiscutible tradición
jardinera. En los grandes parques parecía como si se hubiese procurado
conservar las formas irregulares y caprichosas de la naturaleza. En las
azoteas, en cambio, se hacía patente el arte del podador.
El cielo estaba casi
siempre húmedo y plomizo, y algunas veces presencié lluvias torrenciales. De
cuando en cuando, no obstante, aparecían fugazmente el sol -un sol inmenso- y
la luna, que era distinta de la nuestra, aunque nunca llegué a apreciar en qué
consistía la diferencia. De noche, rara vez se despejaba el cielo lo suficiente
para dejar a la vista las constelaciones, pero cuando esto sucedió, me
resultaron casi totalmente irreconocibles. Sus contornos recordaban a veces los
de las nuestras, pero no eran iguales. A juzgar por la posición de unas pocas
que logré situar, debía hallarme en el hemisferio sur de la tierra, no muy
lejos del Trópico de Capricornio.
El horizonte se
veía siempre brumoso, como envuelto en nieblas fantásticas, pero pude
vislumbrar que, más allá de la ciudad, se extendían selvas de árboles
desconocidos -Calamites, Lepidodendros, Sigillarias-, que, en la lejanía,
parecían temblar engañosamente entre los vapores cambiantes del horizonte. De
cuando en cuando, me parecía ver algún movimiento en el cielo, pero en mis
primeras visiones no llegué nunca a determinar de qué se trataba.
En el otoño de
1914 empecé a soñar que flotaba por encima de la ciudad y sus alrededores. Así
descubrí que los temibles bosques de árboles manchados, rayados o jaspeados
como animales, eran atravesados por larguísimas carreteras que, en ocasiones,
conducían a otras ciudades parecidas a la que me obsesionaba en mis sueños.
Vi también
edificios fantásticos y lúgubres, de piedra negra o iridiscente, situados en
regiones yermas donde reinaba un perpetuo crepúsculo, y volé sobre unas
calzadas ciclópeas que atravesaban pantanos tan oscuros que apenas podía
distinguir medianamente su vegetación húmeda y gigantesca.
Una vez pasé por
una inmensa llanura salpicada de ruinas de basalto, erosionadas por el tiempo,
y cuyo trazado recordaba el de las oscuras torres sin ventanas de la ciudad que
era mi verdadera obsesión.
En otra
oportunidad, al pie de una ciudad inmensa de cúpulas y arcos fabulosos,
batiendo contra un muelle de rocas colosales, contemplé la mar ilimitada y
gris, sobre la cual se movían grandes sombras informes y cuya superficie se
enturbiaba con inquietantes burbujas.
3
Como he dicho,
estas visiones no fueron en un principio de carácter terrorífico. Sin duda,
muchas personas han soñado cosas aún más extrañas, cosas que son el producto de
una mezcla inconexa de detalles de la vida diaria, de cuadros y lecturas,
fundidos fantásticamente por los caprichos de sueño.
Durante un
tiempo, aun cuando nunca había tenido ningún sueño de este género, acepté mis
visiones como cosa natural. Me dije que muchos de los elementos fantásticos de
esas visiones procedían de causas triviales, aunque demasiado numerosas para
poderlas identificar; otros, en cambio, eran probablemente una interpretación
onírica de mis conocimientos elementales sobre la flora y el clima de hace
ciento cincuenta millones de años, es decir, de la Edad Pérmica o Triásica.
En el curso de
algunos meses, no obstante, el elemento terrorífico fue rápidamente en aumento,
a medida que mis sueños iban tomando un aspecto inequívoco de recuerdos, y yo
los relacionaba cada vez más con mis preocupaciones abstractas, con la
sensación de que en mi memoria había sido borrado algo muy importante, con mi
sorprendente concepción del tiempo, con la impresión de que, entre 1908 y 1913,
había morado un intruso en mí, y con la inexplicable aversión que me causaba
posteriormente mi propia persona.
Cuando
comenzaron a aparecer determinados detalles de mis sueños, mi horror se
centuplicó. En octubre de 1915 comprendí al fin que debía hacer algo. Fue
entonces cuando emprendí el estudio intensivo de los casos de amnesia y
visiones. Pensé que así podría objetivar mi estado de confusión y liberarme de
la ansiedad que me oprimía.
Sin embargo,
como he dicho antes, el resultado fue diametralmente opuesto a lo que había
previsto. Mi angustia aumentó al descubrir que otras personas habían tenido
idénticos sueños a los míos, y que algunos casos, además, se remontaban a
épocas en que no cabía admitir ninguna clase de conocimiento geológico, y por
consiguiente, ninguna idea sobre el paisaje de las edades prehistóricas.
Y lo que es más,
en muchos de estos casos se especificaban ciertos pormenores y ciertas
explicaciones que se relacionaban con los inmensos edificios y los selváticos
jardines. Mis propias visiones eran ya bastante terroríficas en sí, pero lo que
daban a entender o afirmaban algunos otros soñadores era pura locura y
blasfemia. Lo peor de todo fue que la lectura de aquellas experiencias que
contaban suscitó en mí nuevos sueños, aún más descabellados, y un presagio de
revelaciones venideras. No obstante, casi todos los médicos me aconsejaron
proseguir mi investigación.
Estudié
psicología sistemáticamente y, por las mismas razones que yo, mi hijo Wingate
me secundó, iniciando entonces los estudios que le llevaron por último a la
cátedra que ocupa actualmente. En 1917 y 1918 me matriculé en varios cursos
especiales de la Universidad del Miskatonic. Entretanto, continué examinando
infatigablemente infinidad de documentos médicos, históricos y antropológicos,
lo que me obligaba también a efectuar diversos viajes a algunas bibliotecas
apartadas para leer los libros sobre artes ocultas y prohibidas, en las cuales
parecía tan febrilmente interesada mi segunda personalidad.
Algunos de estos
volúmenes eran, efectivamente, los mismos que había consultado yo durante mi
periodo amnésico. Lo desconcertante de estos libros eran las anotaciones
marginales y las correcciones en el
texto, escritas en una caligrafía y un lenguaje que, en cierto modo, hacían
pensar en algo ajeno por completo al hombre.
Casi todas estas
anotaciones estaban redactadas en las lenguas respectivas de los diferentes
libros, lenguas que el misterioso glosador parecía conocer sobradamente, aunque
de modo académico. Sin embargo, en el Unaussprechlichen
Kulten de von Junzt figuraba una anotación que difería alarmantemente de
las anteriores. Consistía en unos jeroglíficos curvilíneos, trazados con la
misma tinta que las correcciones en alemán, pero en ellos no se reconocía
ningún alfabeto humano. Y estos jeroglíficos eran asombrosa e inequívocamente
análogos a los caracteres que constantemente se me aparecían en sueños,
caracteres cuyo significado a veces, de manera fugaz, creía conocer o estaba a
punto de recordar.
Para completar
mi total confusión muchos bibliotecarios me aseguraron que, teniendo en cuenta
mis anteriores indagaciones y las fechas en que había consultado los volúmenes
en cuestión, era muy posible que todas estas notas hubiesen sido realizadas por
mí durante mi estado de enajenación. Sin embargo, esto está en contradicción
con el hecho de que yo ignoraba, y todavía ignoro, tres de aquellos idiomas.
Una vez reunidos
los datos dispersos, antiguos y modernos, antropológicos y médicos, me encontré
con una mezcla medianamente coherente de mitos y alucinaciones, cuya índole
demencial me dejó completamente ofuscado. Sólo una cosa me consolaba: el hecho
de que tales mitos existieran desde tiempos remotos. No podía siquiera imaginar
qué ciencia olvidada había sido capaz de introducir tan atinadas descripciones
de los paisajes paleozoicos o mesozoicos en aquellas fábulas primitivas. Pero
el caso es que allí estaban, y, por lo tanto, existía una base real sobre la
que cabía elaborar un modelo fijo de alucinaciones.
La amnesia
creaba sin duda los rasgos generales de los mitos, pero después, los detalles
fantásticos con que los propios enfermos enriquecían sus experiencias morbosas
influían en las víctimas posteriormente, adoptando un extraño matiz de pseudo-recuerdo.
Yo mismo, durante mis años de enajenación, había leído y oído infinidad de
leyendas primitivas, como puso de manifiesto mi ulterior investigación. ¿No era
natural, pues, que mis sueños sufrieran la influencia de los datos asimilados
durante mi estado secundario?
Había mitos que
se relacionaban con ciertas leyendas oscuras sobre la existencia de un mundo
prehumano, y especialmente con las de origen hindú, que hablan de espantosos
abismos de tiempo y forman parte del saber de los actuales teósofos.
El mito
primordial y los modernos casos de amnesia coincidían en suponer que el género
humano es tan sólo una -quizá la más insignificante- de las razas altamente
evolucionadas que han gobernado los misteriosos destinos de nuestro planeta.
Según esto, hubo seres de forma inconcebible que habían levantado torres hasta
el cielo y ahondado en los secretos de la naturaleza, antes que el primer
anfibio, remoto antepasado del hombre, saliese de las cálidas aguas de la mar,
hace trescientos millones de años.
Algunos de
aquellos seres habían bajado de las estrellas; otros eran tan viejos como el
cosmos; otros se desarrollaron vertiginosamente de gérmenes de la tierra, tan
alejados de los primeros orígenes de nuestro ciclo evolutivo, como éstos de
nosotros mismos. En tales mitos se hablaba de miles de millones de años, y de
misteriosas relaciones con otras galaxias y otros universos. En ellos, sin
embargo, no existía el tiempo tal como lo concibe el hombre.
Pero la mayor
parte de esas leyendas y esas visiones se refería a una raza relativamente
tardía, de constitución extraña y complicada, distinta de cualquier forma de
vida conocida por la ciencia actual, que se había extinguido tan sólo cincuenta
millones de años antes de la aparición del hombre. Según los mitos había sido
la raza más poderosa de todas, porque únicamente ella había. conquistado el
secreto del tiempo.
Esta raza
conocía la ciencia de todas las civilizaciones pasadas y futuras de la Tierra,
ya que sus espíritus más poderosos poseían la facultad de proyectarse en el
pasado y en el futuro, salvando incluso abismos de millones de años, con objeto
de estudiar el saber de cada época. De las conquistas de esta raza derivaban
todas las leyendas de profetas, incluidas las pertenecientes a ciclos
mitológicos humanos.
Sus inmensas
bibliotecas conservaban innumerables textos y grabados que resumían toda la
historia de la Tierra. En ellos se describía cada una de las especies que
existieron o llegarían a existir, con especial referencia a sus artes, sus
realizaciones, sus lenguas y su psicología.
Gracias a esta
ciencia incalculable, la Gran Raza tomaba de cada era y de cada forma de vida,
las ideas, las artes y las técnicas que mejor convinieran a sus propias
condiciones y circunstancias. El conocimiento del pasado, logrado mediante una
especie de proyección mental que nada tenía que ver con nuestros cinco
sentidos, era más difícil de conseguir que el del futuro.
El método para
conocer el porvenir era más sencillo y material. Con ayuda de ciertos aparatos,
la mente se proyectaba en el tiempo futuro tanteando su camino por medios
extrasensoriales, hasta que localizaba la época deseada. Luego, después de
varios ensayos preliminares, se apoderaba
de uno de los mejores ejemplares de la forma de vida dominante en dicho periodo.
Para ello, se introducía en el cerebro del organismo escogido y le imponía sus
propias vibraciones, en tanto que la mente así desplazada se hundía en la noche
de los tiempos, hasta la misma época del intruso, en cuyo cuerpo permanecía
hasta que se efectuase el proceso inverso.
Entre tanto, la
mente desplazada, se proyectaba a su vez hacia la época y el cuerpo del
espíritu invasor, era cuidadosamente vigilada. Se impedía que dañase el cuerpo
que ocupaba, y se le extraían todos los conocimientos útiles por medio de
interrogatorios especiales, que a menudo se realizaban en su propia lengua,
cuando la Gran Raza era capaz de expresarse en ella, merced a anteriores
exploraciones del futuro.
Si el espíritu
secuestrado provenía de un cuerpo cuyo idioma no podía reproducir la Gran Raza
por falta de órganos adecuados, se recurría a unas máquinas ingeniosísimas, en
las cuales era posible reproducir cualquier lengua extraña como en un
instrumento musical.
Los miembros de
la Gran Raza eran como enormes conos rugosos de unos cuatro metros de altura y
tenían la cabeza y los demás órganos situados en el extremo de unos tentáculos
retráctiles que les nacían en el mismo vértice del cono. Se comunicaban entre
sí por medio de castañeteos y roces ejecutados con las garras o pinzas en que
terminaban dos de sus cuatro miembros tentaculares, y avanzaban dilatando y
contrayendo una capa muscular viscosa situada en la parte inferior de sus
bases, de unos tres metros de diámetro.
Una vez disipado
el aturdimiento del espíritu cautivo, y -suponiendo que viniese de un cuerpo
totalmente distinto a los de la Gran Raza- perdido ya el horror por la forma
extraña de su nuevo cuerpo provisional, se le permitía estudiar su situación y
adquirir la portentosa sabiduría de esa raza.
Con las debidas
precauciones, y a cambio de determinados servicios, se le permitía recorrer
aquel extraño mundo en gigantescas aeronaves o en inmensos vehículos semejantes
a embarcaciones atómicas que surcaban las grandes carreteras, y penetrar
libremente en las bibliotecas que guardaban documentos sobre el pasado y el
futuro del planeta.
Esto
reconciliaba a muchos espíritus cautivos con su destino. Y no era de extrañar,
puesto que se trataba únicamente de inteligencias muy elevadas, para las cuales
el descubrimiento de los misterios insondables de la Tierra -capítulos
concluidos de un pasado inconcebiblemente remoto y torbellinos vertiginosos del
tiempo por venir- constituye siempre, a pesar de los horrores que puedan salir
a la luz, la suprema experiencia de la vida.
En ocasiones,
algunos eran autorizados a reunirse con otras inteligencias cautivas
procedentes del futuro; de este modo, era posible cambiar impresiones con otros
seres inteligentes de cien mil o un millón de años antes o después de sus
propias épocas. Y a todos se les invitaba a escribir, cada uno en su lengua,
detallados informes de sus respectivos periodos, los cuales pasaban a engrosar
los grandes archivos centrales.
Puede añadirse
que había ciertos cautivos cuyos privilegios eran infinitamente superiores a
los de los demás. Eran los desterrados a perpetuidad, seres del futuro
despojados de sus cuerpos por los espíritus más elevados de la Gran Raza que,
abocados a la muerte, trataban de evitar así la extinción de sus inteligencias.
Tales
desterrados melancólicos no eran tan numerosos como sería de esperar, ya que la
longevidad de la Gran Raza reducía su apego a la vida, especialmente entre sus
individuos superiores, capaces de proyectarse indefinidamente hacia tiempos
remotos. De estos casos de proyección permanente se habían derivado muchos de
aquellos desdoblamientos duraderos de personalidad recogidos en la historia,
incluso en la del género humano.
En cuanto a los
casos ordinarios de exploración, cuando la mente proyectada en el futuro había
aprendido lo que deseaba, construía un aparato como el que le había permitido
su viaje por el tiempo, e invertía el procedimiento de proyección. Así
regresaba a su cuerpo y época, mientras el espíritu cautivo recuperaba su
correspondiente cuerpo orgánico del futuro.
Sólo era
imposible esta restitución cuando uno u otro de los cuerpos fallecía durante el
periodo de intercambio. En tales casos, naturalmente, el espíritu explorador
-como el de los que habían huido de la muerte- se veía obligado a vivir la vida
de un cuerpo extraño del futuro, o bien el alma cautiva -como la de los
desterrados perpetuos- tenía que terminar sus días en el pasado bajo la forma
de la Gran Raza.
Este destino era
menos horrible cuando el espíritu cautivo pertenecía también a la Gran Raza, lo
cual no era raro, ya que, como es natural, dicha raza estaba profundamente
interesada en su propio futuro. El número de desterrados perpetuos de la Gran
Raza era escaso, debido a las tremendas penas con que castigaban a los
moribundos que pretendían usurpar un cuerpo futuro de su propia estirpe.
Por medio de la
proyección, dichas sanciones se infligían a los espíritus transgresores en sus
propios cuerpos futuros recién invadidos. A veces eran obligados incluso a
efectuar la restitución del cuerpo usurpado.
Se habían
descubierto -y corregido- casos muy complejos de desplazamiento de espíritus
exploradores, o mentes ya cautivas, provocados por otros individuos procedentes
de diversas épocas del pasado. Desde el descubrimiento de la proyección mental,
había en todas las épocas un porcentaje pequeño pero reconocible de los
individuos de la Gran Raza, pertenecientes a edades pretéritas, que permanecían
en sus cuerpos prestados durante un tiempo más o menos largo.
Cuando una mente
cautiva de origen extranjero era restituida a su propio cuerpo futuro, se la
purificaba mediante una complicada hipnosis mecánica de todo cuanto hubiera
aprendido en la época de la Gran Raza. Esta purificación se hacía en atención a
ciertas consecuencias catastróficas que podían acarrear con el traslado de esas
enormes cantidades de saber a un mundo futuro.
Siempre que el
saber de la Gran Raza se había filtrado hasta otras edades, se habían producido
-y seguirían produciéndose en ciertos momentos de la historia- grandes
desastres. Según las viejas crónicas, eran precisamente dos de esas
filtraciones, las que habían permitido a la humanidad descubrir lo poco que
sabía acerca de la Gran Raza.
En la
actualidad, de aquel mundo remoto y distante apenas quedaban unas cuantas
ruinas ciclópeas en algún rincón apartado y en los abismos oceánicos, y los
textos fragmentarios de los terribles Manuscritos Pnakóticos.
De esta forma,
la mente liberada regresaba a su propia época con una visión muy vaga de su
estancia en ese otro mundo. Se le extirpaba la mayor cantidad posible de
recuerdos, de manera que en la mayoría de los casos sólo conservaba un vacío de
sueños nebulosos de ese periodo. Algunos espíritus recordaban más que otros, y
el azar, conjuntando a veces los recuerdos brumosos, había permitido en ocasiones
que el futuro vislumbrase fugazmente su propio pasado prohibido.
Indudablemente
en ninguna época de la historia de la Tierra ha dejado de haber sectas místicas
o esotéricas que venerasen en secreto esos vislumbres de otro mundo. En el Necronomicon se menciona a este respecto
que entre los seres humanos ha existido un culto de esta naturaleza, encaminado
a facilitar el regreso de los espíritus procedentes de la época de la Gran
Raza.
Y mientras
tanto, la Gran Raza misma, bordeando los límites de la omnisciencia, se
dedicaba a intercambiar sus espíritus con los moradores de otros planetas, y a
explorar sus pasados y sus futuros. Asimismo, trataba de remontarse, cara al
pasado, hasta el origen de aquel orbe negro, perdido en el espacio y el tiempo,
de donde procedía su propia herencia intelectual, ya que sus espíritus eran más
viejos que sus estructuras orgánicas.
Los habitantes
de un orbe agonizante e incalculablemente antiguo, conocedores de los últimos
secretos, habían buscado en el porvenir un mundo, unas especies nuevas capaces
de garantizarles larga vida. Una vez determinada la raza del futuro que reunía
las condiciones más idóneas para albergarlos, sus espíritus emigraron a ella en masa. Así fue cómo se apoderaron de
los seres cónicos que habían poblado nuestra tierra hace un billón de años.
De este modo
surgió la Gran Raza en la Tierra, en tanto que los espíritus desposeídos fueron
proyectados por millares hacia el pasado, y se vieron condenados a morir en el
horror de unos organismos extraños que pertenecían a un mundo extinguido. Más
tarde, la Gran Raza tendría que enfrentarse nuevamente con la muerte, si bien
lograría sobrevivir, una vez más, lanzando al futuro a sus espíritus más
selectos, que ocuparían los cuerpos de otra especie biológica de mayor
longevidad.
Tal era la
epopeya que parecía desprenderse del conjunto de mitos y alucinaciones
estudiados por mí. Cuando, en 1920, terminé de poner en orden los resultados de
mi investigación, sentí un alivio en la ansiedad que me había dominado al principio.
Después de todo, y a pesar de los desvaríos suscitados por oscuras emociones,
¿no era explicable todo lo que me pasaba?
Una eventualidad
cualquiera pudo haberme inclinado a estudiar las ciencias esotéricas durante mi
estado de amnesia, y de ahí que leyese todas esas horrendas historias y me
relacionara con los miembros de cultos antiguos y maléficos, lo cual me había
proporcionado material suficiente para los sueños y los trastornos emocionales
que llevaba padeciendo desde que recobré la memoria.
Por lo que se
refiere a esas notas marginales, escritas en fantásticos jeroglíficos y lenguas
desconocidas para mí, que los bibliotecarios me atribuían, tampoco eran
decisivas. Podía haber aprendido someramente esas lenguas durante mi amnesia.
En cuanto a los jeroglíficos, sin duda los había forjado mi fantasía a partir
de las descripciones leídas en las viejas leyendas, introduciéndolos después en
mis sueños. Traté de comprobar algunos pormenores dirigiéndome a ciertos
dirigentes de cultos secretos, pero nunca conseguí establecer relaciones
satisfactorias con ellos.
A veces, el
paralelismo existente entre tantos casos de épocas tan distintas me preocupaba
como al principio; pero me tranquilicé, diciéndome que las leyendas
terroríficas estaban indudablemente más extendidas en el pasado que en el
presente.
Era probable que
todas las demás víctimas de crisis análogas a la mía hubiesen sabido a fondo, y
desde mucho tiempo atrás, los relatos que llegaron a mi conocimiento durante mi
amnesia. Al perder la memoria se habían tomado a sí mismos por los personajes
de tales fantasías, por los fabulosos invasores que suplantaban el espíritu de
los hombres, y emprendían la búsqueda de un saber que creían poder conseguir en
un imaginario pasado prehumano.
Después, cuando
recobraban la memoria, invertían el mismo proceso asociativo y ya no se tomaban
a sí mismos por espíritus intrusos, sino por los propios cautivos. De ahí que
los sueños y pseudo-recuerdos se ajustasen al modelo mitológico comúnmente
admitido.
A pesar de que esta
explicación resultaba un tanto rebuscada, me pareció la más verosímil, y a ella
me atuve. Las demás no tenían pies ni cabeza. Por otra parte, había un crecido
número de psicólogos y antropólogos eminentes que coincidía conmigo.
Cuanto más
reflexionaba, más convincente me parecía mi razonamiento. Puede decirse que,
hasta el final, dispuse de un baluarte realmente eficaz contra las visiones y
las sensaciones desagradables que todavía me asaltaban. ¿Que veía cosas
extrañas durante la noche? No eran más que producto de mis lecturas y de lo que
había oído. ¿Que tenía sensaciones desagradables y pseudo-recuerdos? Se trataba
solamente de un reflejo de lo que había asimilado durante mi amnesia. Ninguno
de mis sueños, ninguna de mis sensaciones, podían tener significado real.
Fortalecido por
esta filosofía mi equilibrio nervioso mejoró considerablemente, aun cuando las
visiones se fueron haciendo más frecuentes y circunstanciadas. En 1922 me sentí
capaz de reanudar mis actividades habituales. Aprovechando mis conocimientos
últimamente adquiridos, me hice cargo de una cátedra de Psicología en la
Universidad.
Hacía tiempo que
mi antigua cátedra de Economía Política había sido cubierta. Además, los
métodos de enseñanza de esa disciplina habían variado muchísimo desde mis
tiempos. Por si fuera poco, mi hijo se hallaba a la sazón ampliando estudios,
con vistas a conseguir su actual cátedra, y con frecuencia trabajábamos juntos.
4
No obstante,
continué tomando notas minuciosamente de los sueños extravagantes que me asaltaban,
cada vez más frecuentes y más vívidos. Me dije que tales descripciones eran muy
valiosas desde el punto de vista psicológico. Mis visiones tenían ese horrible
no sé qué de recuerdos dudosos, pero yo hacía lo posible por desechar esta
impresión, y lo conseguía.
Cuando hablaba
de estos fantasmas en mis notas, los trataba como si fueran reales; en cambio,
en cualquier otra circunstancia, los apartaba de mí como caprichosos desvaríos
de la noche. Aunque jamás he mencionado tales asuntos en mis conversaciones, lo
cierto es que -como suele suceder en estos casos- la gente había tenido noticia
de ello y habían corrido ciertas habladurías sobre mi salud mental. Lo gracioso
es que estas habladurías circulaban sólo entre gentes de escasos conocimientos;
jamás en una tertulia de médicos o psicólogos.
Poca cosa diré
aquí sobre mis visiones posteriores a 1914, ya que existen datos e informes a
disposición de los que deseen consultarlos. Es evidente que, con el tiempo, iba
disminuyendo de algún modo la inhibición de mi memoria, puesto que la extensión
de mis visiones fue gradualmente en aumento, aunque seguían siendo fragmentos
incoherentes, inmotivados al parecer.
En mis sueños me
pareció adquirir una mayor libertad de movimientos. Flotaba a través de muchos
y extraños edificios de piedra, yendo de unos a otros por unos pasadizos
subterráneos de inmensas proporciones que parecían constituir su vía de acceso
habitual. A veces, en el piso de los recintos inferiores, me tropezaba con
aquellas gigantescas trampas selladas, de las cuales emergía un aura de
amenaza.
Veía también
unos estanques enormes, pavimentados de mosaico, y unas estancias repletas de
curiosos e inexplicables utensilios de mil clases diferentes. Recorría cavernas
colosales que contenían maquinarias complicadas, cuyos contornos me resultaban
enteramente desconocidos y que producían un ruido que llegué a percibir
solamente después de soñar con ellas durante muchos años. Quiero hacer constar
aquí que la vista y el oído son los dos únicos sentidos que he utilizado en ese
mundo de quimeras.
El verdadero
horror comenzó en mayo de 1915, cuando vi por primera vez un ser vivo. Esto
sucedió antes de que mis estudios pusieran de manifiesto lo que cabía esperar
de aquella mezcla de pura ficción y de historias clínicas. Al disminuir mis
barreras mentales, empecé a distinguir grandes masas vaporosas en distintas
partes del edificio y en las calles.
Las visiones se
hicieron más consistentes y nítidas, hasta que por fin fui capaz de percibir
sus monstruosos perfiles con inquietante facilidad. Eran algo así como unos
conos enormes, iridiscentes, de unos tres o cuatro metros de .altura y otros
tantos de diámetro en sus bases; parecían hechos de alguna sustancia rugosa y
semielástica. De su vértice nacían cuatro tentáculos flexibles, cilíndricos, de
unos treinta centímetros de espesor, y de la misma sustancia rugosa que el
resto.
Estos tentáculos
se retraían a veces hasta casi desaparecer; otras veces, se alargaban hasta
alcanzar cuatro metros de longitud. Dos de ellos terminaban en enormes garras o
pinzas. En el extremo del tercero había cuatro apéndices rojos en forma de
trompetas. El cuarto terminaba en un globo irregular amarillento, de medio
metro de diámetro, provisto de tres grandes ojos oscuros situados horizontalmente
en su mitad.
Esta cabeza
estaba coronada por cuatro pedúnculos delgados y grises, rematados a su vez por
unas excrecencias que parecían flores, y en su parte inferior colgaban ocho
antenas o palpos verdosos. La gran base del cuerpo cónico estaba orlada por una
sustancia gris, elástica y contráctil que constituía el aparato locomotor de
ese organismo.
Sus movimientos,
aunque inofensivos, me horrorizaban aún más que su apariencia. Resultaba
malsano ver unos objetos monstruosos comportándose como seres humanos. Sin
embargo, esas criaturas estaban inequívocamente dotadas de inteligencia: se
movían por las grandes habitaciones, cogían libros de los estantes y los
llevaban a las mesas o viceversa, a veces escribían con presteza valiéndose de
una curiosa varilla que empuñaban con las antenas verdosas de la parte inferior
de la cabeza. Sus enormes pinzas les servían para coger los libros y también
para comunicarse mediante un lenguaje que consistía en una especie de
castañeteo.
Estos seres no
usaban vestidos, pero llevaban unas bolsas o alforjas colgando de la parte
superior del tronco... Normalmente llevaban la cabeza y el miembro que la
soportaba a la altura del vértice del cono, pero la bajaban y subían con
frecuencia.
Los otros tres
grandes tentáculos, cuando se hallaban en estado de reposo, solían colgar a los
lados del cono, retraídos hasta la mitad de su longitud. Por la velocidad con
que leían, escribían y manejaban sus máquinas -en las mesas había varias de
ellas que al parecer se relacionaban de algún modo con el pensamiento-, saqué
la conclusión de que su inteligencia era incomparablemente superior a la del
hombre.
Más tarde llegué
a verlos en todas partes: pululaban en salones y corredores, manejaban sus
máquinas en las criptas abovedadas, recorrían sus vastas carreteras a bordo de
gigantescos vehículos en forma de barcos. Dejé de tenerlos miedo, ya que
resultaban perfectamente naturales en su medio ambiente.
Luego empecé a
ser capaz de percibir diferencias entre distintos individuos. Algunos parecían
sufrir cierta invalidez; físicamente eran idénticos a los demás, pero sus
gestos y costumbres los diferenciaban, no sólo de la mayoría, sino incluso
entre sí.
Escribían sin
cesar; y sin embargo, no utilizaban jamás los jeroglíficos curvilíneos tan
característicos de los demás, sino una gran variedad de alfabetos. Con todo, no
estoy muy seguro de esto porque mis visiones habían perdido mucha nitidez. Me
pareció que algunos empleaban nuestro habitual alfabeto latino. La mayoría de
estos individuos enfermos, eso sí, trabajaba mucho más lentamente que sus
congéneres.
Durante mucho
tiempo yo era en mis sueños como una conciencia incorpórea dotada de un campo
visual más amplio de lo normal, que flotaba libremente en el espacio, aunque
utilizaba para desplazarme los medios de transporte y las vías de acceso
habituales en ese mundo. Hasta agosto de 1915 no me empezó a atormentar el
problema de mi existencia corporal. Y digo atormentar porque, aunque de manera
abstracta al principio, dicho problema se me planteó al reaccionar -¡horrible
asociación!- mi repugnancia a contemplar mi propio cuerpo con el contenido de
mis sueños y visiones.
Durante algún
tiempo mi principal preocupación en sueños había sido evitar la visión de mi
propio cuerpo, y recuerdo cuánto agradecí entonces la total ausencia de espejos
en aquellas extrañas habitaciones. Pero me sentía muy turbado por el hecho de
que siempre veía las enormes mesas -cuya altura no sería inferior a tres metros
y medio- como si mis ojos se encontrasen al mismo nivel, por lo menos, que su
superficie.
Y entonces
comencé a sentir cada vez más la morbosa tentación de mirarme. Una noche, por
fin, no pude resistir. Al primer golpe de vista no vi absolutamente nada. Un
momento después supe por qué: mi cabeza estaba situada al final de un cuello
flexible de una longitud increíble. Encogiendo este cuello y mirando
atentamente hacia abajo, distinguí una forma cónica y rugosa, iridiscente,
cubierta de escamas, de unos cuatro metros de altura y otros tantos de diámetro
en la base. Aquella noche desperté a medio Arkham con mi alarido, al saltar
como loco de los abismos del sueño.
Sólo después de
repetir el mismo sueño, una y otra vez, durante semanas enteras, conseguí
acostumbrarme a esta monstruosa visión de mí mismo. Comprobé desde entonces que,
en mis visiones, me movía corporalmente entre los demás seres desconocidos, que
leía como ellos en los terribles libros de los estantes interminables, y que
pasaba horas enteras escribiendo en las grandes mesas, con un punzón, manejado
gracias a las antenas que me colgaban de la cabeza.
En mi memoria
perduraban retazos de lo que leí y escribí entonces. Estudié las crónicas
horribles de otros mundos y otros universos, y tuve conocimiento de las vidas
sin forma que palpitan más allá de todo universo. Leí las historias de extraños
seres que habían poblado el mundo en tiempos olvidados, y los anales de ciertas
criaturas de prodigiosa inteligencia y cuerpo grotesco, que lo habitarían
millones de años después que muriese el último hombre.
Asimismo leí
capítulos enteros de la historia del hombre, cuyo contenido no sospecharía
jamás un erudito de nuestros días. La mayoría de estos textos estaban escritos
en los caracteres jeroglíficos que estudiaba yo con ayuda de unas máquinas
zumbadoras, y que correspondía a un lenguaje verbal aglutinante de raíz diversa
a la de cualquier idioma humano conocido.
Había otros
volúmenes que estaban redactados en lenguas distintas, igualmente desconocidas,
que, sin embargo, aprendí por el mismo método. De los idiomas utilizados en aquel
mundo, había poquísimos que conociese yo. Las numerosas y muy expresivas
ilustraciones, intercaladas a veces en los textos y, otras, encuadernadas en
volúmenes aparte, constituían para mí una ayuda inapreciable. Y si no recuerdo
mal, durante toda aquella temporada compaginé mis lecturas y estudios con la
redacción, en inglés, de una crónica de mi propia época. Al despertar de tales
sueños, sólo recordaba algunos detalles mínimos e inconexos de los idiomas
desconocidos que había dominado; en cambio, en mi memoria quedaban flotando
frases enteras de la historia que yo escribía en inglés.
Aun antes de que
mi personalidad vigil estudiase los casos similares al mío o los viejos mitos
de donde sin duda procedían los sueños, ya sabía yo que los seres de ese mundo
onírico pertenecían a la raza más grande del mundo, a la raza que había
conquistado el tiempo y había enviado espíritus exploradores a todas las eras
del universo. Sabía también que yo había sido arrancado de mi época, mientras
un intruso ocupaba mi cuerpo, y que algunos de los demás cuerpos cónicos
alojaban mentes capturadas de manera similar. En mis sueños, me comuniqué
-mediante el castañeteo de mis pinzas- con los espíritus exiliados que
procedían de todos los rincones del sistema solar.
Había un espíritu
que viviría, en un futuro incalculablemente lejano, en el planeta que llamamos
Venus, y otro que había vivido en uno de los satélites de Júpiter hace seis
millones de años. Entre los moradores de la Tierra, conocí varios
representantes de cierta raza semivegetal y alada, de cabeza estrellada, que
había dominado la Antártida paleocena; a un espíritu perteneciente al pueblo
reptil de la legendaria Valusia; a tres de los seres peludos que habían adorado
a Tsathoggua en Hiperbórea, antes de la aparición del género humano; a uno de
los abominables Tcho-Tchos; a dos de los arácnidos que poblarán la última edad
de la Tierra; a cinco de la raza de coleópteros que sucederá inmediatamente al
hombre, y a la cual un día, ante una amenaza insoslayable y terrible, la Gran
Raza trasladaría en masa sus espíritus más aventajados. Igualmente, conocí a
varios individuos procedentes de distintas ramas de la humanidad.
Tuve ocasión de
conversar con el espíritu de Yiang-Li, filósofo del cruel imperio del
Tsan-Chan, que florecerá en el año 5000 de nuestra era; con el de un general de
cierto pueblo moreno de cabeza enorme, que gobernó en Africa del Sur 50.000
años antes de Cristo; con el de un monje florentino del siglo XII, llamado
Bartolomeo Corsi; con el de un rey de Lomar, que reinó en aquel terrible país
polar, cien mil años antes de que los amarillos Inutos viniesen de Oriente a
someterlo.
Conversé con el
espíritu de Nug-Soth, mago de los conquistadores negros que invadirán el mundo
en el año 16000 de nuestra era; con el de un romano llamado Titus Sempronius
Blaesus, que había sido cuestor en tiempos de Sila; con el de un egipcio de la
decimocuarta dinastía llamado Khephnés, que me reveló el horrible secreto de
Nyarlathotep; con el de un sacerdote del reino central de Atlantis; con el de
James Woodville, señor de Suffolk en tiempos de Cromwell; con el de un
astrónomo peruano del periodo preincaico; con el de un médico australiano,
Nevel Kingston-Brown, que morirá en el año 2518 d. J.; con el de un archimago
del reino de Yhe, perdido en el Pacífico; con el de Theodotides, oficial
greco-bactriano del año 200 a. J.; con el de un anciano francés del tiempo de
Luis XIII, llamado Pierre-Louis Montagny ; con el de Crom-Ya, caudillo
cimerio del año 15000 antes de Jesucristo; y con tantos otros, que no puedo
retener los sorprendentes secretos y las turbadoras maravillas que me
revelaron.
Todas las
mañanas me despertaba con fiebre. Cuando los datos aprendidos en sueños podían
caer dentro del campo de la ciencia actual, me lanzaba desesperadamente a los
libros para comprobar su veracidad o error. Los hechos tradicionalmente
conocidos adquirían así nuevos y dudosos aspectos, y yo me maravillaba ante
aquellas fantasías oníricas capaces de añadir detalles tan atinados y
sorprendentes a la historia de la ciencia.
Me estremecí
ante los misterios que oculta el pasado, y temblé por las amenazas que el
futuro nos depara. Prefiero no consignar aquí lo que insinuaban los seres
post-humanos sobre el destino final de nuestra especie.
Después del hombre
vendría una poderosa civilización de escarabajos, de cuyos cuerpos se
apoderarían los miembros más selectos de la Gran Raza, cuando se abatiera sobre
su mundo ancestral una terrible catástrofe. Después, al concluir el ciclo de la
Tierra, sus espíritus emigrarían nuevamente a través del tiempo y el espacio, y
se alojarían en los cuerpos de unos seres bulbosos y vegetales que habitan el
planeta Mercurio. Pero aun después de su emigración, nacerían especies nuevas
que se aferrarían patéticamente a nuestro planeta ya frío, y abrirían galerías
hasta su mismo centro, antes del desenlace final.
Entre tanto, en
mis sueños -impulsado en parte por mi propio deseo, y en parte por las promesas
que se me habían hecho de concederme mayor libertad de movimiento y más oportunidades
de estudio-, seguía escribiendo infatigablemente la historia de mi propia
época, que habría de enriquecer la biblioteca central de la Gran Raza. Esta
biblioteca se albergaba en una colosal estructura subterránea, próxima al
centro de la ciudad. La llegué a conocer perfectamente gracias a mis frecuentes
consultas y visitas.
Concebido para
durar tanto como la misma raza que lo construyera, y para resistir las más
violentas convulsiones de la tierra, este titánico archivo sobrepasaba a todos
los demás edificios en tamaño y solidez.
Los documentos,
escritos o impresos en grandes hojas de una especie de celulosa
extraordinariamente resistente, estaban encuadernados en volúmenes que se
abrían por su parte superior y se guardaban en estuches individuales de un
metal grisáceo, inoxidable e increíblemente ligero. Cada estuche estaba
decorado con motivos matemáticos y llevaba el título grabado en los
jeroglíficos curvilíneos de la Gran Raza.
Los volúmenes,
así protegidos, estaban ordenados en hileras de cofres rectangulares,
fabricados con el mismo metal inoxidable, que se cerraban mediante un
complicado sistema de cerrojos, La historia que yo estaba escribiendo tenía ya
asignado un lugar en uno de los cofres de la parte inferior, reservada a los
vertebrados, en la sección dedicada a las civilizaciones de la humanidad y de
las razas reptilianas y peludas que le habían precedido en nuestro planeta.
Ningún sueño me
proporcionó un cuadro completo de la vida cotidiana de ese mundo. Sólo capté
retazos brumosos e inconexos que ni siquiera guardaban orden de sucesión.
Tengo, por ejemplo, una idea muy imprecisa de la forma en que se desarrollaba
mi propia vida en el mundo de los sueños; sin embargo, me parece que tenía una
gran habitación de piedra para mi uso personal. Mis limitaciones como
prisionero fueron desapareciendo gradualmente, de forma que algunas noches soñé
que viajaba por las titánicas calzadas de la selva y que visitaba ciudades
extrañas y exploraba las enormes torres sin ventanas, las torres negras y ruinosas
que tan extraordinario terror inspiraban a la Gran Raza. Hice también largos
viajes por mar en unos buques inmensos de muchas cubiertas e increíble
velocidad, y expediciones por regiones salvajes en cohetes aerodinámicos de
propulsión eléctrica.
Más allá del
vasto y cálido océano se alzaban otras ciudades de la Gran Raza, y en un lejano
continente vi los toscos poblados de unas criaturas aladas de negro hocico, que
evolucionarían como estirpe dominante cuando la Gran Raza hubiese enviado a sus
espíritus más selectos hacia el futuro para huir del horror que amenazaba. Los
paisajes, siempre llanos, se caracterizaban por un verdor fresco y exuberante.
Las pocas colinas que se destacaban eran bajas y, a menudo, de naturaleza
volcánica.
Podría escribir
libros enteros sobre los animales que poblaban aquel mundo. Todos eran
salvajes, puesto que el elevado nivel técnico de la Gran Raza había suprimido
los animales domésticos y permitía una alimentación enteramente vegetal o
sintética. Toscos reptiles de gran tamaño surgían vacilantes de las ciénagas
brumosas, agitaban sus alas en una atmósfera densa y pesada, o surcaban los
lagos y los mares. Entre ellos, me pareció reconocer prototipos arcaicos y
rudimentarios de los pterodáctilos, laberintodontos, plesiosaurios, y demás
dinosaurios conducidos por la paleontología. No descubrí aves ni mamíferos.
En tierra y en
las ciénagas rebullían serpientes, lagartos y cocodrilos, y los insectos
zumbaban incesantemente entre la lujuriante vegetación. Mar afuera unos
monstruos insospechados lanzaban altas columnas de espuma al cielo vaporoso. En
una ocasión descendí al fondo del océano en un submarino gigantesco, provisto
de proyectores que permitían contemplar unas torpes criaturas acuáticas de
pavorosa magnitud, y ruinas de arcaicas ciudades sumergidas. Allá, en los
abismos más oscuros, abundaban también corales, peces, crinoideos, braquiópodos
y un sinfín de formas de vida.
En mis sueños
saqué muy poco en claro sobre la fisiología, psicología, costumbres e historia
de la Gran Raza. Gran parte de las observaciones que aquí hago, han sido
deducidas de mis estudios, más que de mis sueños propiamente dichos.
En efecto, llegó
el momento en que mis lecturas e investigaciones rebasaron mis sueños en muchos
aspectos, de suerte que, en ocasiones, no eran más que una corroboración de lo
que había estudiado.
La época en que
se situaban mis sueños correspondía al final de la Era Paleozoica o principios
del Mesozoico, hace unos ciento cincuenta millones de años. Los cuerpos
ocupados por la Gran Raza no correspondían a ningún estadio evolutivo conocido
por la ciencia; sin duda eran eslabones perdidos que no habían dejado
descendencia en nuestro planeta. Biológicamente poseían una estructura orgánica
homogénea y diferenciada, a mitad de camino entre el vegetal y el animal.
Su actividad
celular y metabólica era de tales características, que apenas sentían fatigas y
no necesitaban dormir. El alimento, ingerido mediante unos apéndices rojos en
forma de trompeta que se alojaban en uno de sus tentáculos retráctiles, era
semilíquido y en nada se parecía al de los animales hoy existentes.
Sólo poseían dos
órganos de los que llamamos nosotros sensoriales: la vista y el oído. Este
último se localizaba en unas excrecencias parecidas a flores que les crecían en
la parte superior de la cabeza. Pero, además, poseían muchos otros sentidos,
incomprensibles para mí, que nunca sabían utilizar correctamente los espíritus
cautivos que habitaban sus cuerpos. Sus tres ojos estaban situados de tal modo
que les proporcionaba un campo visual mucho más amplio que el nuestro. Su
sangre era una especie de licor verde oscuro muy espeso.
Carecían de
sexo. Se reproducían por medio de semillas o esporas que llevaban formando
racimos cerca de la base, y que germinaban solamente bajo el agua. Para el
desarrollo de sus crías utilizaban grandes estanques de escasa profundidad.
Debo señalar a este respecto que, en razón de la longevidad de esa raza -unos
400 Ó 500 años por término medio- sólo permitían la germinación de un número muy
limitado de esporas.
Las crías
defectuosas eran eliminadas tan pronto como se manifestaba su anomalía. Al
carecer de tacto e ignorar el dolor, reconocían la enfermedad y la proximidad
de la muerte mediante síntomas accesibles a la vista o al oído.
El muerto se
incineraba en medio de grandes ceremonias. De cuando en cuando, como he dicho
anteriormente, un espíritu sagaz escapaba de la muerte proyectándose hacia el
futuro; pero tales casos no eran frecuentes. Cuando esto ocurría, el espíritu
desposeído era tratado con suma benevolencia hasta la total desintegración de
su recién adquirida morada.
La Gran Raza
constituía una sola nación, aunque de características muy variadas, según las
regiones. Estaba dividida en cuatro provincias que únicamente tenían de común
las instituciones fundamentales. En todas ellas imperaba un sistema político y
económico que recordaba a nuestro socialismo, aunque con cierto matiz fascista.
La riqueza se distribuía racionalmente. El poder ejecutivo lo detentaba una
pequeña junta de gobierno elegida mediante votación por los ciudadanos capaces
de superar ciertas pruebas psicológicas y culturales. La estructura de la
familia era sumamente laxa, aunque se reconocía la existencia de ciertos
vínculos entre los individuos del mismo linaje y los jóvenes eran educados
generalmente por sus padres.
Sus semejanzas
con las actitudes e instituciones humanas se ponían de relieve en el terreno
del pensamiento abstracto y en lo que tienen de común todas las formas de vida
orgánica. Se parecían igualmente a nosotros en aquello que nos habían copiado,
ya que la Gran Raza sondeaba el futuro para sacar de él lo que le conviniese.
La industria,
mecanizada en alto grado, exigía muy poco tiempo de cada ciudadano; las horas
libres, que eran muchas, se empleaban en actividades intelectuales y estéticas
de todas clases.
Las ciencias
habían alcanzado un nivel increíble, y el arte era un componente esencial de la
vida, aunque en el periodo de mis sueños comenzaba ya a declinar. La tecnología
se veía enormemente estimulada por la constante lucha por la supervivencia, y
por la necesidad de proteger los edificios de las grandes ciudades contra los
prodigiosos cataclismos geológicos de aquellos días primigenios.
El índice de
criminalidad era sorprendentemente bajo; una policía eficaz se encargaba de
mantener el orden. Los castigos oscilaban entre la pérdida de los privilegios y
la pena de muerte, pasando por el encarcelamiento y lo que llamaban
«penalización emocional». La justicia nunca se administraba sin estudiar minuciosamente
los motivos del criminal.
Las guerras eran
poco frecuentes, pero terribles y devastadoras. Durante los últimos milenios,
aparte algunas guerras civiles, llevaron a cabo grandes expediciones bélicas
contra los Primordiales, alados y de cabeza estrellada, que ocupaban las
regiones antárticas. Había un ejército enorme, pertrechado con unas terribles
armas eléctricas parecidas a nuestras actuales cámaras fotográficas, que se
mantenía siempre alerta por si surgiera una amenaza concreta que jamás se mencionaba,
pero relacionada, evidentemente, con las negras ruinas sin ventanas y las
trampas selladas de los subterráneos.
Jamás confesaban
abiertamente el horror que inspiraban aquellas ruinas de basalto y aquellas
trampas. A lo sumo, se referían a esos lugares prohibidos de manera recelosa.
Era igualmente significativo el hecho de que no encontrara ninguna referencia a
este temor en los libros que pude consultar. Creo que era el único tabú de la
Gran Raza, y me dio la impresión de que tenía alguna relación, no sólo con las
luchas pasadas, sino también con ese peligro futuro que un día forzaría a la
Gran Raza a enviar al futuro sus espíritus más elevados.
Todo era confuso
en mis sueños, pero este asunto en particular estaba envuelto en sombras aún
más desorientadoras. Por otra parte, las crónicas lo eludían... o habían
eliminado de ellas, por alguna razón, toda referencia a esta cuestión. En mis
sueños, como en los de los demás, no era posible descubrir pista alguna. Los
miembros de la Gran Raza silenciaban el problema, de manera que lo único que
sabía era lo que me habían contado algunas mentes cautivas de singular
perspicacia.
Según me
dijeron, lo que tanto terror inspiraba a la Gran Raza eran ciertos seres
espantosos y arcaicos, parecidos a los pólipos, que llegaron desde unos
universos inconmensurablemente distantes, y dominaron la Tierra y otros tres
planetas más del sistema solar, hace seiscientos millones de años. Poseían una
constitución sólo parcialmente material -según lo que nosotros entendemos por materia-,
y su tipo de conciencia y medios de percepción diferían muchísimo de los de
cualquier organismo terrestre. Por ejemplo, carecían de vista, por lo que su
mundo perceptible era una extraña mezcla de impresiones no visuales.
Sin embargo,
estas entidades eran lo bastante corpóreas para manejar objetos materiales
cuando se hallaban en aquellas zonas cósmicas donde había materia, y
necesitaban alojamientos de un tipo muy peculiar. Aunque sus sentidos podían
atravesar todas las barreras materiales, su propia sustancia no poseía esta
facultad. Determinados tipos de energía eléctrica podían destruirlas
totalmente. Podían desplazarse por el aire, a pesar de carecer de alas o de
cualquier otro medio de vuelo. Sus mentes eran de tal índole, que la Gran Raza no
había podido efectuar con ellas ningún intercambio.
Cuando estas
criaturas llegaron a la Tierra, construyeron poderosas ciudades de basalto con
grandes torres sin ventanas, y devoraron todos los seres vivos que encontraron.
Entonces fue cuando llegaron los espíritus de la Gran Raza, procedentes de
aquel oscuro mundo transgaláctico que, según las turbadoras y discutibles
Arcillas de Eltdown, recibe el nombre de Yith.
Merced a su
prodigiosa técnica, no les fue difícil a los recién llegados sojuzgar a las voraces
criaturas y recluirlas en las cavernas subterráneas que, comunicadas con sus
torres de basalto, habían comenzado a habitar.
Luego sellaron
las entradas y, abandonando a su suerte a las criaturas ancestrales, ocuparon
la mayoría de sus grandes ciudades y conservaron algunos de sus edificios
principales por temor más que por indiferencia o interés científico o
histórico,
Pero con el
transcurso del tiempo, se comenzaron a percibir ciertos signos ominosos de que
las entidades prisioneras crecían en fortaleza y número, y ensanchaban su mundo
inferior. En algunas ciudades remotas habitadas por la Gran Raza, y en ciertos
pueblos abandonados -lugares en que el mundo subterráneo no había sido sellado
o carecía de una vigilancia eficaz- se llegaron a producir irrupciones
esporádicas que revistieron un carácter especialmente horrible.
Después de
aquellos conatos de invasión adoptaron mayores precauciones y cerraron casi
todos los accesos a las regiones inferiores. En algunas bocas de entrada se
colocaron trampas selladas con objeto de disponer de ciertas ventajas
estratégicas sobre los monstruos, en caso de que consiguieran surgir por algún
lugar inesperado.
Las irrupciones
de estas criaturas debieron de ser espantosas, ya que habían llegado a
modificar de forma permanente la psicología de la Gran Raza, a la que
inspiraban tal horror, que ninguno de sus miembros se atrevía a hacer
comentarios sobre ellos. Por mucho que quise, no pude obtener ni la menor
descripción de su aspecto.
A lo sumo, se
hacían alusiones veladas a su proteica plasticidad, y a que atravesaban
temporadas en que se hacían visibles. En una ocasión, alguien insinuó que eran
capaces de dominar los vientos y utilizarlos con fines bélicos. Parece ser que
con estos seres se asociaban también ciertos ruidos sibilantes y determinadas huellas de pies enormes,
dotados de cinco dedos, que aparecieron en algunos parajes desolados.
Era evidente que
el futuro cataclismo tan desesperadamente temido por la Gran Raza -cataclismo
que un día arrojaría millones de espíritus superiores a los abismos del tiempo
para invadir los cuerpos extraños de una especie aún no existente- se
relacionaba con una última irrupción victoriosa de los seres primordiales
encarcelados.
Mediante sus
proyecciones espirituales en el tiempo, la Gran Raza había pronosticado un
horror tal, que supondría una insensatez todo intento de afrontarlo. Los
saqueos estarían motivados por el deseo de venganza, más que por un intento de
reconquistar el mundo exterior, como demostraba la historia posterior del
planeta: los espíritus sucesores de la Gran Raza vivirían sin que su paz se
viera turbada por las entidades primordiales.
Quizás estos
seres se habituasen a los abismos interiores de la Tierra y, puesto que la luz
nada significaba para ellos, los prefiriesen a la superficie, siempre castigada
por las tempestades. Quizá, también, se fuesen debilitando en el transcurso de
milenios. Pero fuere cual fuese la causa se sabía que, para cuando los
espíritus de la Gran Raza encarnasen en los escarabajos post-humanos, la
terrible amenaza habría desaparecido por completo.
Entre tanto, no
obstante la radical eliminación del tema en conversaciones y documentos, la
Gran Raza mantenía una prudente vigilada armada. Y siempre, en todo momento, la
sombra de terror se cernía en torno a las trampas selladas y las antiquísimas
torres sin ventanas.
5
Ese es el mundo
del que, cada noche, mis sueños me traían un caos de imágenes confusas. No me
creo capaz de dar una idea exacta del horror y el espanto que tales imágenes
despertaban en mí, entre otras cosas porque lo que sentía yo dependía de algo
intangible y puramente subjetivo: la viva apariencia de pseudo-recuerdos.
Como he dicho
mis estudios me fueron protegiendo gradualmente contra esa impresión, puesto
que me suministraban toda clase de explicaciones racionales e interpretaciones
psicológicas. Esta beneficiosa influencia se vio fortalecida por la costumbre
que engendra siempre la repetición. A pesar de todo, el terror vago y solapado
me volvía de cuando en cuando. Pero no me hundía en él como antes, y a partir
de 1922 inicié una vida normal de trabajo y esparcimiento.
Con el paso de
los años empecé a pensar que mi experiencia -junto con los casos clínicos y los
mitos emparentados con el tema- debería ser resumida y publicada en beneficio
de la ciencia. Por esta razón preparé una serie de artículos que referían
brevemente todo el asunto, y los ilustré con bocetos rudimentarios de las
formas, escenas, motivos ornamentales y jeroglíficos que recordaba de mis
sueños.
Estos artículos
aparecieron periódicamente, durante los años 1928 y 1929, en la Revista de la Sociedad Americana de
Psicología, pero no llamaron grandemente la atención. Entretanto seguía
tomando nota de mis sueños con el mismo interés, aun cuando el material que se me
iba amontonando adquiría dimensiones francamente excesivas.
El 10 de julio
de 1934, la Sociedad de Psicología me remitió una carta que vino a ser el
preludio al último acto de esta experiencia enloquecedora. Traía matasellos de
Pilbarra (Australia occidental), y su remitente resultó ser un ingeniero de
minas sumamente acreditado. El sobre contenía unas fotografías muy curiosas y
una carta cuyo texto reproduciré íntegramente con el fin de que todos los
lectores comprendan el tremendo efecto que produjo en mí.
Durante algún
tiempo permanecí en tal estado de perplejidad que no supe qué hacer. Aunque más
de una vez se me había ocurrido que aquellas leyendas debían de tener alguna
base real en que apoyarse, no por ello estaba preparado para enfrentarme, de
repente, nada menos que con una reliquia tangible de ese mundo perdido en la
noche de los tiempos. Allí, en aquellas fotografías, sobre un fondo arenoso, y
con frío e incontrovertible realismo, se veían unos bloques de piedra,
erosionados, roídos por las aguas, desgastados por las tempestades, pero
perfectamente reconocibles: eran los sillares -convexos en la cara superior,
cóncavos por la inferior- de las murallas gigantescas de mis sueños.
Al examinar las
fotografías con una lupa, descubrí en aquellas piedras los restos medio
borrados de motivos ornamentales y jeroglíficos curvilíneos tan horriblemente
significativos para mí. Pero aquí reproduzco la carta, que ya es elocuente por
sí misma:
49 Dampier St.,
Pilbarra
(Australia Occidental)
18
de mayo, 1934.
Prof. N. W. Peaslee
c/o Soc. Americana de Psicología
30 E. 41st St.,
New York City, U.S.A.
Muy señor mío:
Una reciente
conversación con el Dr. E. M. Boyle de Perth, junto con los artículos
publicados por usted, me han decidido a escribirle esta carta para ponerle al
corriente de lo que he visto en el Gran Desierto Arenoso, situado al este de
nuestros distritos auríferos. A juzgar por sus referencias a ciertas leyendas
que hablan de ciudades construidas con sillares ciclópeos ornados con extraños
dibujos y jeroglíficos, debo haber realizado un descubrimiento muy importante.
Los obreros
indígenas siempre han hablado mucho de unas «grandes piedras marcadas»; parece
que sienten gran temor hacia ellas y las relacionan de algún modo con sus
antiguas tradiciones sobre Buddai, gigantesco anciano que, según ellos, duerme
desde hace siglos bajo tierra, con la cabeza apoyada sobre uno de sus brazos, y
que algún día despertará y devorará el mundo.
En algunos
relatos muy antiguos y casi olvidados se mencionan enormes habitáculos
subterráneos, construidos con grandes piedras, de los que nacen unos pasadizos
que conducen a regiones cada vez más profundas, donde han sucedido cosas
horribles. Los obreros indígenas pretenden que, una vez, un grupo de guerreros
fugitivos de una batalla se introdujo por uno de esos pasadizos, y no volvió a
salir. Poco después de su desaparición surgió un viento horrible por la boca de
la galería. Pero estos relatos, por lo general, suelen ser muy poco fidedignos.
Lo que tengo que
decirle es mucho más positivo. Hace dos años, con motivo de unas prospecciones
que tuvimos que efectuar a ochocientos kilómetros al este del desierto,
descubrí numerosos bloques de piedra labrada, muy erosionados, cuyo volumen
sería, aproximadamente, de 100X60X60 cms.
Al principio no
logré ver ninguna de las señales de que hablaban mis obreros, pero al
examinarlos con más detenimiento, descubrí unas líneas profundamente
cinceladas, todavía visibles a pesar de la erosión. Eran unas curvas singulares
que se ajustaban a lo que los indígenas habían tratado de explicar. En total,
habría unos treinta o cuarenta bloques, en un área de medio kilómetro a la
redonda; algunos de ellos estaban casi totalmente enterrados en la arena.
A continuación
inspeccioné el lugar, haciendo un cuidadoso reconocimiento con mis
instrumentos. De los diez o doce bloques que me parecieron más característicos,
saqué varias fotografías. Las incluyo en la carta para que usted se forme una
idea.
Di cuenta de mi
descubrimiento al Gobierno de Perth, pero no me han contestado. Poco después
conocí al Dr. Boyle, quien había leído sus artículos en la Revista de la Sociedad Americana de Psicología y, en el curso de
una conversación, mencioné las citadas piedras. En seguida se interesó por
aquello, y cuando le enseñé las fotos, me dijo muy excitado que las piedras y
las señales eran exactamente iguales a las que usted describía.
Fue él quien
pensaba haberle escrito a usted, pero lo ha ido dejando. Mientras tanto, me
envió las revistas en donde aparecieron sus artículos. Por sus dibujos y
descripciones, me he dado cuenta de que mis piedras son, sin ninguna duda, de
la misma naturaleza que las citadas por usted, como podrá apreciar en las fotos
que le envío. Más adelante se lo ratificará el Dr. Boyle en persona.
Comprendo lo
importante que todo esto es para usted. No cabe duda de que nos hallamos ante
las ruinas de una civilización desconocida y anterior a cualquier otra, que ha
servido de base a las leyendas que usted cita.
Como ingeniero
de minas tengo conocimientos de geología y puedo asegurarle que estos bloques
son tan incalculablemente antiguos que me llenan de pavor. En su mayor parte
son de arenisca y granito, pero uno de ellos está formado, casi con toda
seguridad, por una especie de cemento u hormigón.
Todos ellos
muestran las huellas profundas de la acción del agua, como si esta parte del
mundo hubiera permanecido sumergida durante muchos siglos, para emerger
nuevamente después. Esto supone cientos de miles de años, o quizá más. No
quiero pensarlo.
En vista del interés
con que usted ha investigado las leyendas y todo lo que con ellas se relaciona,
no dudo que le interesará realizar una expedición al desierto para efectuar
excavaciones. El Dr. Boyle y yo estamos dispuestos a colaborar en este trabajo
si usted o alguna organización pueden aportar los fondos necesarios para esta
empresa.
Podemos
conseguir una docena de mineros para llevar a cabo los trabajos de excavación.
No hay que contar con los indígenas, ya que sienten un temor casi obsesivo
hacia ese lugar. Boyle y yo no hemos revelado nada a nadie porque consideramos
que es a usted, naturalmente, a quien corresponde la prioridad de cualquier
descubrimiento u honor.
Desde Pilbarra,
y en tractor, podremos tardar unos cuatro días en llegar a la zona de las
excavaciones. El tractor es el medio de locomoción que empleamos para
transportar nuestros aparatos. El punto exacto al que debemos dirigirnos está
situado al suroeste de la carretera de Warburton, construida en 1873, y a unos
doscientos kilómetros al sudeste de Joanna Spring. También podríamos embarcar
la impedimenta y remontar el curso del río De Grey, en lugar de partir de
Pilbarra… Pero todo esto puede hablarse más adelante.
Las piedras
están situadas, sobre poco más o menos a 22° 3’ 14’’ latitud Sur, y 125° 0’ 39"
longitud Este. El clima es tropical y las condiciones de vida en el desierto
son muy duras.
Si usted quiere,
podemos mantener correspondencia acerca de este tema. Por mi parte, estoy
verdaderamente deseoso de colaborar en cualquier proyecto que usted decida
emprender. Después de haber leído sus artículos me siento hondamente
impresionado por el alcance de todo este asunto. El Dr. Boyle le escribirá más
adelante. Si desea usted comunicarse rápidamente conmigo puede cablegrafiar a
Perth.
Con la esperanza
de recibir prontas noticias de usted, le saluda atentamente,
Robert B. F. Mackenzie.
Los resultados
inmediatos de esta carta pueden deducirse por la prensa. Tuve la suerte de
conseguir apoyo económico de la Universidad del Miskatonic; por su parte, Mr,
Mackenzie y el Dr. Boyle resolvieron hábilmente todos los problemas que se
plantearon en la lejana Australia. No quisimos dar demasiadas explicaciones a
los periodistas sobre nuestros propósitos, ya que el asunto podía prestarse a
comentarios socarrones por parte de la prensa sensacionalista. Tan sólo se dijo
que partíamos para investigar ciertas ruinas que acababan de descubrirse en
alguna parte de Australia. En otra crónica se dio cuenta de nuestros
preparativos.
Me acompañarían
el profesor William Dyer, del departamento de Geología de la Universidad (que
había sido jefe de la expedición a la Antártida, organizada por nuestra
Universidad en 1930-31), Ferdinand C. Ashley, del departamento de Historia
Antigua, y Tyler M. Freeborn, del departamento de Antropología. Vendría,
además, mi hijo Wingate.
Mr. Mackenzie
vino a Arkham a primeros de 1935, y colaboró en nuestros últimos preparativos.
Resultó ser un hombre de unos cincuenta años, extraordinariamente competente y
afable, muy culto también y, sobre todo, muy acostumbrado a viajar por
Australia.
Había dejado
varios tractores esperándonos en Pilbarra, y fletamos un pequeño vapor para
remontar el río hasta dicha localidad. Ibamos equipados para efectuar una
excavación seria y metódica; pretendíamos examinar hasta la menor partícula de
arena, sin alterar la posición de ninguno de los objetos que descubriésemos.
Zarpamos de
Boston a bordo del Lexington, el 28
de marzo de 1935. Tuvimos un viaje apacible. Atravesamos el Atlántico y el
Mediterráneo, cruzamos el Canal de Suez, y recorrimos el Mar Rojo y el Océano
Indico, hasta llegar a nuestro punto de destino. La costa baja y arenosa de
Australia occidental me deprimió; también me produjo una impresión desagradable
la pequeña localidad minera, lo mismo que la desolada zona aurífera donde
cargamos los tractores.
El Dr. Boyle,
que salió a esperarnos, era un hombre maduro, agradable e inteligente. Sus
conocimientos de psicología le permitieron entablar largas e interesantes
discusiones con mi hijo y conmigo.
Cuando finalmente
se puso en marcha nuestra expedición, compuesta de dieciocho miembros, por las
áridas extensiones de arena y rocas, todos nos sentíamos llenos de esperanza y
ansiedad. El viernes, 31 de mayo, vadeamos un afluente del río De Grey y nos
adentramos en el reino de la absoluta desolación. A medida que avanzábamos por
aquella región que había sido escenario del mundo ancestral de mis leyendas, me
empezó a dominar un auténtico terror. Era como si los sueños turbadores y los
pseudo-recuerdos me acosaran allí con fuerza renovada.
El lunes, 3 de
junio, vimos por primera vez los bloques medio enterrados. No puedo describir
la emoción con que toqué con mis manos un fragmento de aquella sillería
ciclópea, idéntica en todos los conceptos a la de los edificios soñados. En su
superficie había huellas inequívocas del cincel, y me estremecí al reconocer el
diseño curvilíneo que, después de tantos años de atormentadas pesadillas y de
búsquedas penosas, se había convertido en un símbolo de horror.
Al cabo de un
mes de excavaciones habíamos sacado a la luz 1.250 bloques, unos más
desgastados que otros. En su mayoría se trataba de megalitos, convexos por
arriba y cóncavos por abajo. Había otros de menor tamaño, más planos y de
superficie lisa, que tenían forma cuadrada u octogonal, como los de los
pavimentos de mis sueños; por último, también descubrimos unos pocos bloques
curvados, extraordinariamente sólidos, que bien podían proceder de bóvedas o
arquivoltas, o tal vez de arcos que enmascaran unos ventanales redondos.
A medida que
avanzábamos en la excavación, ahondando en dirección noroeste, descubríamos más
bloques sueltos; pero no tropezamos con ningún rastro de construcción. El
profesor Dyer estaba impresionado por la desmesurada edad de aquellas piedras,
en las que Freeborn halló ciertos símbolos que parecían coincidir con algunas
leyendas papúes y polinesias de tiempo inmemorial. El estado en que se hallaban
los bloques y lo enormemente esparcidos que estaban, hacían pensar en abismos
vertiginosos de tiempo y cataclismos geológicos de cósmica violencia.
Disponíamos de
una avioneta y mi hijo Wingate la utilizaba para inspeccionar, desde alturas
diferentes, el inmenso desierto de roca y arena, en busca de contornos o
desniveles de terreno que denotasen la presencia de nuevos bloques o
estructuras arquitectónicas. Sus resultados fueron, sin embargo, negativos,
pues siempre que creía haber observado algún indicio interesante, al día
siguiente se encontraba con que había desaparecido a consecuencia de los
movimientos de la arena arrastrada por el viento.
Una o dos de
estas pistas efímeras, no obstante, me afectaron desagradablemente. Era como si
armonizaran horriblemente con algo que había soñado o había leído, aunque no
lograba recordar qué. Y se me despertó una tremenda sensación de familiaridad,
que me hizo mirar con recelo aquel terreno estéril y abominable.
En la primera
semana de julio empecé a sentir una inexplicable mezcla de emociones, ante los
parajes que se extendían al nordeste del campamento. Era horror y curiosidad… y
algo más: era como una ilusión desconcertante y tenaz de que todo aquello me
era conocido.
Traté de
quitarme esas ideas de la cabeza con toda clase de argumentos psicológicos.
También empecé a padecer de insomnio, pero esto casi me alegró, porque
durmiendo menos, tenía menos tiempo para soñar. Adquirí la costumbre de dar
largos paseos de noche, yo solo por el desierto. Solía dirigirme adonde mis
extraños y nuevos impulsos me empujaban inconscientemente: hacia el norte o el
nordeste.
Durante estos
paseos me tropezaba, a veces, con restos casi sepultados de antiguas sillerías.
Aunque en esta zona se veían menos bloques que en el lugar donde habíamos
empezado nuestros trabajos, estaba seguro de que debían abundar bajo tierra. El
terreno era más accidentado que en nuestro campamento, y soplaban con fuerza
unos vientos que arrastraban las dunas, dejando al descubierto porciones de
rocas antiguas para ocultarlas después.
Yo estaba
ansioso por iniciar las excavaciones en esta zona y, al mismo tiempo, tenía
miedo de lo que pudiéramos descubrir. Bien claro veía que mi nerviosismo
empeoraba inexplicablemente.
Como muestra de
mi pésimo equilibrio mental, citaré la extraña reacción que tuve ante un
singular descubrimiento que hice en uno de mis paseos nocturnos. Fue la noche
del 11 de julio. La luz de la luna inundaba el paisaje con su misteriosa
palidez sobrenatural.
Esa noche me
alejé algo más que de costumbre y descubrí una piedra grande, muy distinta de
los bloques que habíamos desenterrado hasta entonces. Estaba casi totalmente
sepultada. Me agaché y aparté la arena con las manos; luego la examiné
atentamente a la luz de mi linterna.
A diferencia de
los demás sillares éste estaba tallado en ángulos perfectamente rectos, sin
superficies cóncavas ni convexas. Parecía de basalto, no de granito, ni de
arenisca u hormigón, como los otros.
Súbitamente me
incorporé, di la vuelta y eché a correr a toda velocidad hacia el campamento.
Fue una huida completamente inconsciente e irracional, y sólo cuando estuve
cerca de mi tienda comprendí por qué había huido. Entonces descubrí el motivo
de mi horror. Con piedras como aquélla había soñado yo; a ellas se referían
también las leyendas ancestrales, y siempre aparecían vinculadas a los más
espantosos horrores de aquella remota edad legendaria.
La piedra había
formado parte de las ruinas basálticas que inspiraban a la fabulosa Gran Raza
un santo temor; era un vestigio de aquellas altas torres sin ventanas que
construyeron las terribles criaturas semimateriales, las que dominaban los
vientos, que luego fueron confinadas en los abismos inferiores, bajo losas
selladas y vigiladas día y noche.
Permanecí sin
poderme dormir hasta el alba; al clarear el día, comprendí que era necio
dejarme dominar por la sombra de una quimera imposible. En vez de asustarme
debería haber sentido entusiasmo ante un descubrimiento capital.
Al levantarnos
todos conté a los demás mi hallazgo. Dyer, Freeborn, Boyle, mi hijo y yo,
salimos a ver el extraño bloque. Pero sufrimos una decepción. Yo no podía
precisar el lugar exacto de la piedra, y el viento había alterado por completo
el paisaje de dunas arenosas.
6
Llego ahora a la
parte crucial de mi aventura, la más difícil de relatar, puesto que ni siquiera
estoy completamente seguro de que sea cierta. A veces siento la penosa
convicción de que no fue un sueño ni una pesadilla, y es esa duda, precisamente
-habida cuenta de las trascendentales consecuencias que implicaría mi
experiencia, de ser efectivamente real-, la que me impulsa a escribir esta
relación.
Mi hijo -que es
un psicólogo competente, y que además ha estudiado el asunto a fondo y con
cariño- podrá juzgar mejor que nadie lo que voy a decir.
Permítaseme,
antes que nada, contar una serie de hechos que mis compañeros de expedición
pueden corroborar. En la noche del 17 al 18 de julio, después de un día
ventoso, me retiré temprano, pero no pude dormirme. Poco después de las once,
decidí salir a dar un paseo. Como de costumbre, impulsado por mi extraña
desazón, enderecé mis pasos hacia el nordeste. Al abandonar el campamento me
crucé con uno de nuestros mineros -un australiano llamado Tupper-, y nos
saludamos.
La luna, en
cuarto menguante ya, brillaba en el cielo claro e inundaba aquellas arenas
ancestrales con un resplandor lívido, leproso, que para mí tenía cierto matiz
de perversidad. Ya no hacía viento y, hasta unas cinco horas después, no se
volvió a levantar el más ligero soplo, como pueden atestiguar Tupper y los
otros que me vieron caminar por las dunas en dirección nordeste.
A eso de las
tres y media de la madrugada se levantó un furioso vendaval que despertó a todo
el mundo y derribó tres tiendas. El cielo estaba despejado, y el desierto
brillaba aún bajo el resplandor enfermizo de la luna. Cuando mis compañeros de
expedición fueron a reconocer las tiendas notaron mi ausencia; pero conociendo
mi costumbre de pasear no se alarmaron. No obstante, tres de nuestros hombres
-precisamente australianos los tres- dijeron que notaban algo siniestro en el
ambiente.
Mackenzie le
explicó al profesor Freeborn que tales presentimientos se debían a la
influencia de ciertas supersticiones de los nativos relacionadas con los
fuertes vientos que, de tarde en tarde, azotaban las arenas bajo un cielo
claro. Según murmuraban tales vientos surgían de grandes «cabañas» subterráneas
de piedra, donde habían sucedido cosas terribles, y sólo soplaban en las
proximidades de las grandes piedras marcadas. A eso de las cuatro cesó el
viento tan repentinamente como había empezado, dejando unas dunas de formas
insólitas y nuevas.
Eran las cinco
pasadas. La luna, hinchada y fungosa, se hundía ya en occidente cuando me
presenté en el campamento, tambaleante, sin sombrero, sin linterna, con las
ropas desgarradas y el rostro arañado y cubierto de sangre. La mayoría de los
hombres se había vuelto a acostar. Sólo el profesor Dyer estaba fuera, fumando
en pipa delante de su tienda. Al verme en aquel estado, llamó al Dr. Boyle, y
entre los dos me acostaron en mi tienda. Mi hijo se despertó al oír el alboroto
y se unió inmediatamente a ellos. Entre los tres, me obligaron a permanecer
echado hasta que cogiera el sueño.
Pero no me pude
dormir. Me hallaba en un estado de excitación extraordinario. Lo que me había
sucedido en nada se parecía a mis experiencias anteriores. Más tarde insistí en
relatárselo.
Les conté que,
después de caminar un rato, me sentí cansado y decidí tumbarme en la arena y
dormir un poco. Les dije que entonces tuve unos sueños aún más espantosos que
los de otras veces, y al despertarme violentamente el repentino huracán, mis
nervios sobreexcitados estallaron. Huí, preso de pánico, tropezando con las
piedras medio enterradas, cayendo al suelo a cada paso y destrozándome las
ropas de ese modo. Debí quedarme dormido mucho tiempo; de ahí mi larga
ausencia.
Gracias a un
enorme esfuerzo de voluntad conseguí no traicionarme. Así, pues, nada dije que
pudiera hacerles sospechar algo fuera de lo normal. Sí les indiqué, en cambio,
que era necesario cambiar todos los planes de trabajo y no seguir excavando en
dirección nordeste.
Las razones que
aduje eran bien inconsistentes: dije que en esa dirección había muy pocos
bloques, que no convenía contrariar a los mineros supersticiosos, que quizá la
Universidad redujera su subvención, y otros muchos desatinos y mentiras. Como
es natural, nadie prestó la menor atención a tales argumentos; ni siquiera mi
hijo, cuya preocupación por mi salud era evidente.
Al día siguiente
me levanté y estuve vagando por el campamento, pero no tomé parte en las
excavaciones. A causa de mi estado de nervios decidí regresar a casa lo antes
posible, y mi hijo me prometió llevarme en la avioneta hasta Perth -a casi dos
mil kilómetros al sudoeste- en cuanto hubiera inspeccionado la región que yo no
quería de ninguna manera que se inspeccionara.
Se me ocurrió
que, si lo que yo había contemplado estaba todavía a la vista, tal vez aquello
podía servir de advertencia a mis compañeros, aun a costa de hacer yo el
ridículo. Era muy probable que me secundaran los mineros, tan empapados de
supersticiones locales. Accediendo a mis deseos mi hijo sobrevoló esa tarde
todo el terreno por donde había paseado yo la noche anterior. Pero ya no había
nada anormal.
Lo mismo que
había sucedido con el bloque de basalto, sucedió esta vez: la arena había
borrado toda señal de mi descubrimiento. Por un instante casi lamenté haber
perdido cierto objeto espantoso en mi huida…, pero ahora sé que debo dar
gracias a Dios por ello, ya que, así, aún me cabe la posibilidad de explicar mi
terrible aventura como una simple ilusión, sobre todo si, como espero
fervientemente, no consiguen encontrar jamás ese abismo diabólico.
Wingate me llevó
a Perth el 20 de julio; pero no quiso abandonar la expedición, y regresó al
desierto. Estuvimos juntos hasta el 25 de julio, día en que el vapor zarpó con
rumbo a Liverpool. Ahora, en el camarote del Empress, después de mucho meditarlo, he decidido que al menos mi
hijo se entere de todo.
Hasta aquí he
hablado de hechos sabidos, de hechos que se pueden comprobar. He querido
exponerlos de este modo para salir al paso de cualquier eventualidad. Ahora
contaré, lo más brevemente posible, lo que yo viví y sentí aquella noche,
cuando me ausenté del campamento.
Con los nervios
de punta, dominado por esa perversa ansiedad que me impulsaba hacia el
nordeste, caminé bajo el resplandor maléfico de la luna. Por todas partes había
bloques de piedra medio sepultados por la arena, abandonados desde tiempo
inmemorial.
La edad
incalculable del desierto, y la torva amenaza que flotaba sobre él como un
aura, me oprimían más que nunca; sin poderlo evitar, recordé mis sueños
dislocados, las espantosas leyendas en que se basaban, y el terror que el
desierto inspiraba, con sus cavernas de piedra, a los nativos y a los mineros.
Y sin embargo,
seguí caminando como si acudiese a una cita horrible, cada vez más acometido de
turbadoras fantasías y pseudo-recuerdos. Pensé en algunas de las
configuraciones de ciertos montículos que había visto desde la avioneta, y me
pregunté por qué razón me parecían tan siniestras y familiares. Algo horrible
pugnaba por forzar las puertas de mi memoria, mientras otra fuerza desconocida
trataba de cerrarle el paso.
La noche estaba
en calma, sin viento, y la arena pálida ondulaba como las olas de una mar
inmóvil. Yo iba sin rumbo, pero como empujado por la mano del destino. Mis
sueños se derramaban en el mundo vigil, y se me antojaba que cada megalito
clavado en la arena pertenecía a alguno de los infinitos recintos y corredores
prehumanos, cubiertos de bajorrelieves, jeroglíficos y símbolos, que tan bien
conocía yo.
A ratos me
parecía ver incluso aquellos monstruos cónicos, omniscientes, atareados en sus
trabajos cotidianos, y no me atrevía a mirar mi cuerpo por miedo a verlo como
el de ellos. Alucinación y realidad se superponían. Veía los bloques medio
enterrados, y a la vez, los aposentos y corredores; veía el malévolo resplandor
de la luna, y a la vez las lámparas de luminoso cristal; y en el desierto, los
helechos ondulaban bajo las redondas ventanas. Estaba despierto, y al mismo
tiempo, soñaba.
No sé durante
cuánto tiempo, o hasta dónde, ni, verdaderamente, en qué dirección exacta había
caminado, cuando percibí por primera vez el montón de piedras desenterradas por
el viento. Nunca había visto una agrupación tan grande de piedras en el curso
de nuestras excavaciones, y me sentí tan impresionado, que al punto se
desvanecieron todas mis visiones fabulosas.
Ya no vi más que
el desierto, la luna malévola y las ruinas de un pasado insospechado y remoto.
Me acerqué a examinarlas con la luz de mi linterna. El viento había dejado al
descubierto una aglomeración chata y circular de megalitos y rocas algo
menores, de unos quince metros de diámetro y unos dos metros de altura.
Desde el primer
momento me di cuenta de que en estas piedras había algo que las diferenciaba de
todas las demás. Por una parte eran más numerosas; pero además, mostraban unas
figuras grabadas en sus caras que llamaban poderosamente la atención.
Pero los
bajorrelieves eran muy parecidos a los que habíamos estudiado en otros
sillares. La diferencia era mucho más sutil. Cada bloque, aisladamente, no me
decía nada; la impresión me la producía el abarcar el conjunto con una sola
mirada.
Y por fin
comprendí la verdad. Los dibujos curvilíneos de aquellos bloques se
relacionaban entre sí, formando parte de un mismo motivo ornamental. Por
primera vez se me daba el descubrir, en este desierto antiquísimo, un núcleo
arquitectónico que conservara su emplazamiento original. La obra de sillería
estaba derruida y fragmentada, es cierto, pero su unidad era evidente.
Comencé a trepar
penosamente por el montón de piedras. Aparté la arena con las manos. Me esforcé
por interpretar las variaciones de tamaño, forma y estilo de los dibujos, en
busca del nexo que existía entre ellos.
Al cabo de un
rato logré adivinar vagamente la índole de la estructura desaparecida, y
recomponer mentalmente los dibujos que un día cubrieron los muros primitivos.
La perfecta identidad de estos detalles con los de algunos escenarios de mis
sueños me dejó mudo de horror.
Aquellas ruinas
pertenecían a un corredor ciclópeo de diez metros de ancho y otros tantos de
alto, pavimentado con losas octogonales y cubierto por una sólida bóveda. A la
derecha se abrirían sin duda varias estancias y, de su extremo más alejado,
arrancaría uno de aquellos planos inclinados que conducían a otros sótanos más
profundos aún.
Al ocurrírseme
esta idea sufrí un violento sobresalto. La verdad es que no podía haberme
venido a la cabeza por la sola visión de aquellos bloques.
¿Cómo sabía yo
que este corredor correspondía a un sótano? ¿Cómo sabía que la rampa de subida
tenía que haberse hallado detrás de mí? ¿Cómo sabía que el largo pasillo
subterráneo que conducía a la Plaza de los Pilares debería estar situado a mi
izquierda, en el piso inmediatamente superior?
¿Cómo sabía yo
que la sala de máquinas y el túnel que llevaba hasta los archivos centrales
debieron estar situados dos plantas más abajo? ¿Cómo sabía que en el fondo,
cuatro plantas más abajo, habría una de aquellas horribles trampas selladas?
Aturdido por aquella irrupción del mundo de mis sueños, me di cuenta de que
estaba temblando y bañado en un sudor frío.
Luego, como
último detalle intolerable, sentí una débil corriente de aire frío que ascendía
a ras de suelo desde una depresión cercana al centro del montón de rocas. Como
antes, mis visiones desaparecieron repentinamente y me encontré nuevamente bajo
la luz perversa de la luna, en medio del desierto severo, ante el túmulo
arcaico y derruido. Me hallaba, en verdad, en presencia de algo real y
tangible, aunque henchido de misterios infinitos, ya que aquella corriente de
aire sólo podía significar la presencia de un abismo enorme, oculto bajo los
megalitos de la superficie.
Lo primero que
me vino a la cabeza fueron las leyendas locales sobre recintos subterráneos,
ocultos bajo las rocas talladas, en donde suceden cosas horrorosas y nacen los
vendavales. Después, volvieron mis sueños y sentí que los oscuros
pseudo-recuerdos se agolpaban en mi mente. ¿Qué clase de lugar había debajo de
mí? ¿Qué fuente primaria e inconcebible de ciclos mitológicos y de
obsesionantes pesadillas estaba a punto de descubrir?
Sólo vacilé un
instante. Al momento se apoderó de mí una fuerza más acuciante que la
curiosidad, el interés científico y más aun que mi propio terror.
Tuve la
sensación de que me movía casi automáticamente, como impulsado por un destino
inexorable. Me guardé la linterna en el bolsillo y, con una energía que jamás
creí poseer, arranqué un fragmento enorme de roca, y luego otro, y otro, hasta
que brotó de las profundidades una fuerte corriente cuya humedad contrastaba
con el aire seco del desierto. Comenzó a perfilarse una negra hendidura, y al
final, una vez apartadas todas las rocas que pude mover, la leprosa luz de la
luna reveló una abertura lo bastante ancha para darme paso.
Saqué mi
linterna y enfoqué su luz en las tinieblas. El caos de piedras desmoronadas
formaba una abrupta pendiente hacia abajo.
Entre ella y el
nivel del desierto se abría, bostezante, un abismo de impenetrable negrura. En
la parte superior se veía el arranque de una bóveda de enormes proporciones, de
suerte que, en aquel punto, las arenas del desierto se extendían directamente
sobre una de las plantas de un edificio gigantesco, construido en los mismos
albores de la Tierra… Cómo se conservaba después de millones de años, y después
de tantas convulsiones geológicas, es cosa que ni siquiera pretendí entonces
-ni ahora tampoco- adivinar.
Cada vez que lo
pienso, la sola idea de bajar a ese abismo así, de pronto, yo solo, y sin que
nadie conociese mi paradero, se me antoja el colmo de la locura. Quizá lo
fuese, pero aquella noche me aventuré sin vacilar por aquellas tinieblas
subterráneas.
De nuevo se
manifestó el impulso fatal que parecía dirigir mis actos desde el principio.
Encendiendo la linterna a ratos para no gastar pila, emprendí un descenso
disparatado por el tenebroso declive. Cuando encontraba buen punto de sujeción
para los pies y manos, avanzaba de frente; si no, me volvía de cara al montón
de piedras para agarrarme a tientas.
Con ayuda de la
linterna descubrí a ambos lados de la pendiente, oscuros y distantes, los muros
deshechos de la caverna. Frente a mí, en cambio, sólo había oscuridad.
En el curso de
mi bajada perdí la noción del tiempo. Me encontraba tan agitado, tan lleno de
vagos recelos y sospechas, que la realidad objetiva me parecía
incalculablemente alejada. No experimentaba ninguna sensación física; incluso
el miedo se había petrificado como una gárgola inerte, incapaz de despertar mi
terror.
Por último
llegué al suelo sembrado de bloques caídos, pedazos de roca, arena y detritus
de todo género. A ambos lados, y a unos diez metros, se alzaban los muros
macizos que culminaban en inmensas arquivoltas. Aunque con dificultad, se veía
que estaban esculpidas, pero era imposible distinguir la naturaleza de las
esculturas.
Lo que más me
impresionó fue el techo abovedado. La luz de la linterna no conseguía
iluminarlo, pero sí permitía distinguir con claridad el arranque de los
monstruosos arcos. Y tan exacta era su similitud con lo que había soñado, que
me estremecí violentamente, sobrecogido de horror.
Allá arriba, en
la abertura, una débil mancha luminosa delataba el mundo exterior bañado por la
luz de la luna. Una vaga alarma del instinto me aconsejaba no perderla de
vista, ya que era la única referencia para mi regreso.
Avancé hacia el
muro de la izquierda, cuyos motivos ornamentales se conservaban mucho mejor. El
suelo, lleno de escombros, ofrecía casi tantas dificultades como la pendiente
por la que acababa de descender, pero me las arreglé para abrirme paso.
No recuerdo
cuánto había avanzado cuando me detuve, levanté unos bloques, aparté con el pie
los cascotes para ver el pavimento, y me quedé estupefacto al reconocer las
grandes losas octogonales, que aún se mantenían unidas.
Al llegar a una
distancia conveniente del muro, paseé detenidamente la luz de la linterna sobre
las desgastadas cinceladuras. Se notaba que el agua había erosionado la piedra
arenisca, pero en su superficie se distinguían unas incrustaciones muy curiosas
que no me sería posible explicar.
En algunos
sitios las piedras estaban muy sueltas, casi desprendidas. Me preguntaba
durante cuántos miles de años más podría conservar su forma este edificio
primigenio, soportando las sacudidas de la tierra.
Pero fueron los
motivos ornamentales lo que más me impresionó. A pesar de su estado de erosión
podían distinguirse de cerca con relativa facilidad, y fue una oleada de pánico
lo que sentí al ver lo familiares que me resultaban. Pero, en fin de cuentas,
no era extraño que esta venerable obra arquitectónica me resultara tan
familiar.
En efecto, sus
características esenciales debieron impresionar terriblemente a los que
forjaron los mitos, quienes las incorporaron a sus teorías esotéricas. El
estudio de tales teorías, que llevé a cabo durante mi periodo de amnesia, había
impreso imágenes muy vivas en mi subconsciente.
Pero, ¿cómo
explicar la absoluta exactitud con que concordaba cada línea y cada espira de
esos dibujos extraños, con los motivos ornamentales que había soñado yo durante
más de veinte años? ¿Qué oscura y olvidada iconografía era capaz de reproducir,
con todo detalle, los dibujos que tan persistente, puntual e invariablemente
visitaban mis sueños noche tras noche?
No se trataba,
pues, de ninguna casualidad, ni de un semejanza remota. Puedo afirmar, sin la
menor sombra de duda, que el antiquísimo corredor en el que me encontraba, me
era tan familiar como mi propia casa de Crane Street, en Arkham. Es cierto que
mis sueños me habían mostrado el lugar en su estado original, aún no
deteriorado, pero no por eso era menos asombrosa la identidad. En esta reliquia
de un pasado real, me podía orientar con sobrecogedora facilidad.
En una palabra
sabía dónde estaba. Y no sólo conocía la disposición del edificio, sino también
la situación de éste en aquella ciudad soñada. Me daba cuenta con insoslayable
certidumbre de que era capaz de dirigirme a cualquier punto de aquella
construcción o de aquella ciudad escapada al paso de los tiempos. En nombre del
Cielo, ¿qué significaba todo aquello? ¿Cómo había llegado a saber lo que sabía?
¿Qué tremenda realidad se ocultaba tras aquellos relatos antiguos de seres que
habían vivido en este laberinto de rocas primordiales?
Las palabras
sólo pueden expresar un pálido reflejo del tumultuoso horror que me consumía
por dentro. Conocía este lugar. Sabía lo que había debajo de mí, y recordaba
las innumerables plantas que se habían alzado sobre el corredor en el cual me
encontraba, antes de que se desintegraran en polvo, ruinas y desierto. Pensé
con estremecimiento que el débil resplandor lunar que se filtraba por la
abertura ya no me era tan necesario.
Me sentía
desgarrado entre un deseo loco de huir y una curiosidad febril por continuar el
camino que me señalaba mi fatalidad. ¿Qué había sucedido en esta megalópolis
monstruosa durante los millones de años transcurridos desde la época remota en
que se centraban mis sueños? De todos los laberintos subterráneos que habían
minado la ciudad, comunicando entre sí las torres gigantescas, ¿cuántos habían
resistido las conmociones de la corteza terrestre?
¿Había dado con
todo un mundo primigenio, enterrado bajo las arenas? ¿Sería capaz de encontrar
aún la casa del maestro escribano, la torre donde S'gg'ha, cautivo de la raza
de carnívoros vegetales de cabeza estrellada, procedente de la Antártida, había
labrado ciertas ilustraciones en los entrepaños vacíos de los muros?
¿Estaría aún
abierto y transitable, en el segundo sótano, el corredor que daba acceso a la
sala de los espíritus cautivos? En aquella sala, el espíritu de un ser
increíble y semiplástico que habitará en el vacío interior de un desconocido
planeta transplutoniano, dentro de dieciocho millones de años, guardaba una
figurilla de terracota modelada por él mismo.
Cerré los ojos y
puse todo mi empeño en un inútil y supremo esfuerzo por apartar de mi
conciencia estos residuos de sueños quiméricos. Entonces percibí,
inequívocamente, una corriente de aire frío y húmedo que brotaba de abajo. A
mis pies, no muy lejos de donde estaba, se abría, sin duda alguna, una inmensa
sucesión de negros abismos que llevaban miles y miles de años silenciosos y
vacíos.
Pensé en las
cámaras tenebrosas, en los corredores y los planos inclinados, tal como los
había visto en mis sueños. ¿Estaría abierto aún el paso a los archivos
centrales? Al evocar los terribles documentos que una vez estuvieron guardados
en aquellos estuches de metal inoxidable, me sentí de nuevo impulsado por la
fuerza del destino.
Según mis sueños
y las leyendas que conocía, allí había reposado toda la Historia pasada y
futura del continuo tempo-espacial, redactada por espíritus capturados en todo
el orbe y en todas las épocas del sistema solar. Puro delirio, por supuesto;
pero ¿acaso no acababa de sumergirme en un mundo fantasmagórico, tan loco como
yo?
Pensé en los
estantes metálicos y en sus curiosas cerraduras, que sólo se abrían tras
complicados giros de sus manivelas. Incluso me vino a la memoria el mío de
manera muy vívida. ¡Cuántas veces había llevado a cabo aquella complicada
rutina de giros y presiones, en la sección del último sótano, dedicado a los
vertebrados terrestres! Cada detalle me resultaba reciente y familiar.
De encontrar
algún cofre como los de mis sueños, sería capaz de abrirlo en un momento... Y
entonces perdí completamente el juicio. La locura se apoderó de mí, y saltando
por encima de los escombros, tropezando en la oscuridad, me lancé en busca de
la rampa que -bien lo sabía yo- conducía a las profundidades inferiores.
7
A partir de ese
momento mis impresiones son muy poco fidedignas. Realmente aún abrigo la
desesperada esperanza, por así decir, de que todo haya sido un sueño, una
horrenda fantasmagoría provocada por el delirio. Me acometió un furioso ataque
de fiebre; todo lo veía como a través de una especie de neblina y, a veces,
incluso de manera intermitente.
Los rayos de mi
linterna se proyectaban débilmente en el abismo de las tinieblas, revelando
retazos fugaces, horriblemente familiares, de muros y cinceladuras deteriorados
por el paso de los siglos. En un sitio se había derrumbado una enorme porción
de bóveda, de manera que hube de trepar por encima del montón de escombros, que
casi llegaba hasta el destrozado techo.
Avanzaba en un
increíble estado de enajenación empeorado aún más por aquel rapto de furia. Una
cosa me resultaba extraña, y eran mis propias dimensiones en relación con el
tamaño de la construcción. Me sentía oprimido por un inusitado sentimiento de
pequeñez; como si, vistas desde un cuerpo humano, aquellas paredes ciclópeas
tomaran un carácter nuevo y anormal. Una y otra vez me miraba vagamente desasosegado
por mi propia forma humana.
Continué
avanzando en la negrura saltando y sorteando obstáculos de todo género. En
varias ocasiones resbalé y caí, desgarrándome la ropa. Una de las veces a punto
estuve de romper la linterna en pedazos. Cada piedra y cada rincón de aquel
abismo endemoniado me resultaba conocido. A menudo me detenía a pasear el haz
de la linterna por los pasajes abovedados, no por cegados y derruidos menos
familiares.
Algunos recintos
se habían venido abajo por completo; otros estaban desiertos o llenos de
escombros, En unos cuantos vi unas masas de metal -algunas, relativamente
intactas; otras, rotas, y otras machacadas y totalmente destruidas-, en las que
reconocí los ciclópeos pedestales o mesas de mis sueños.
Encontré la
rampa descendente y comencé a bajar... Un momento después me detuve ante una
grieta que tendría algo más de un metro por su parte más estrecha. En aquel
punto el suelo se había hundido, revelando el negro vacío de las profundidades
inferiores.
Yo sabía que aún
había dos plantas subterráneas más en este edificio gigantesco, y me estremecí
con renovado pánico al recordar las trampas selladas del más profundo de los
sótanos, Ya no había guardianes que las vigilaran. Hacía muchísimo tiempo que
las criaturas encerradas bajo aquellas losas de piedra habían cumplido su
espantosa misión, y ahora se hallarían cada vez más hundidas en su larga
decadencia. Para cuando llegase la era de los escarabajos post-humanos, ya
habrían desaparecido por completo. Y sin embargo, al pensar en lo que contaban
los nativos, no pude evitar otro estremecimiento.
Me costó un gran
esfuerzo saltar aquella hendidura. El suelo estaba lleno de escombros y no me
permitía tomar impulso. Pero me seguía incitando la locura. Escogí un punto
cercano al muro de la izquierda, porque allí la grieta era más estrecha y al
otro lado había poco cascote. Tras un instante de ansiedad aterricé felizmente
en la otra parte.
Por último
llegué a la planta inferior y crucé la sala de máquinas, llena de fantásticos
restos metálicos, medio enterrados bajo las bóvedas desplomadas. Todo estaba
donde yo sabía que debía estar y, muy seguro de mí mismo, escalé los escombros
que obstruían la entrada de un gran corredor transversal que debía llevarme,
por debajo de la ciudad, a los archivos centrales.
Mientras
avanzaba, saltando y tropezando por aquel corredor, pareció desplegarse ante mí
el panorama de todas las edades del mundo. A cada paso descubría cinceladuras
en los muros desgastados por el tiempo: unas, familiares; otras, añadidas seguramente
en un periodo posterior a mis sueños. Como se trataba de un pasadizo
subterráneo que comunicaba diversos edificios sólo en las aberturas que daban
acceso a ellos había pórticos laterales.
En algunos de
estos pórticos me asomé a echar una mirada. Conocía los lugares aquellos
demasiado bien. Sólo en dos ocasiones encontré cambios radicales con respecto a
mis sueños, pero en una de ellas pude descubrir los contornos tapiados de la
entrada que recordaba yo.
Al pasar por la
cripta de una de aquellas grandes torres ruinosas, sin ventanas, cuya extraña
construcción de basalto indicaba su espantoso origen, sentí que me invadía una
oleada de horror y eché a correr precipitadamente, para atravesarla cuanto
antes.
Esta cripta
tenía una bóveda de medio punto, de unos setenta y cinco metros de parte a
parte. No vi grabado alguno en sus muros ennegrecidos. El suelo, totalmente
desnudo, aparte el polvo y la arena, me permitió distinguir sendas aberturas,
situadas en el techo y en el suelo. No había escaleras ni rampas,
Verdaderamente, yo sabía por mis sueños que aquellas torres negras no habían
sido habitadas jamás por la fabulosa Gran Raza. Y sin duda quienes las habían
construido no necesitaban de escaleras ni de rampas.
En mis sueños la
abertura del suelo había estado bien sellada y custodiada celosamente. Ahora
estaba abierta como una boca inmensa, bostezante, que exhalaba un aliento frío
y húmedo. No quise imaginar de qué abismos de oscuridad eterna podía brotar
aquel hálito.
Después me abrí
camino por un sector del pasadizo que se hallaba en mal estado, y llegué por
fin a un punto donde la techumbre se había hundido completamente. Los escombros
se elevaban como una montaña; trepé hasta su cima, y me encontré, de pronto,
ante un espacio vacío, en el que la luz de mi linterna no revelaba ni muros ni
bóvedas. Este -pensé- debe de ser un sótano de la casa de los proveedores de
metal. Estaba situada en la tercera plaza, no lejos de los archivos. No pude
adivinar lo que había sucedido allí.
Al otro lado de
la montaña de cascotes y piedras volví a reanudar mi camino por el corredor;
pero, después de un corto trecho, me encontré con que no podía pasar adelante:
los escombros casi tocaban el techo, peligrosamente combado. No sé cómo me las
arreglé para extraer los bloques y apartarlos violentamente hasta abrirme paso.
Tampoco sé cómo me atreví a quitar aquellos fragmentos encajados firmemente,
cuando la menor ruptura del equilibrio podía haber provocado el derrumbe de
muchas toneladas de roca, aplastándome irremediablemente.
Era sin duda la
locura lo que me empujaba y me guiaba... si es que aquella aventura subterránea
no fue -aunque yo así lo espero- una ilusión infernal o el producto de una
pesadilla. Pero fuese sueño o realidad, el caso es que logré abrirme paso y
pude arrastrarme, con la linterna en la boca, por encima del montón de
cascotes. Una vez al otro lado sentí que me arañaban las fantásticas
estalactitas del techo.
Me encontraba
ahora cerca del gran recinto subterráneo de los archivos que, al parecer,
constituía mi objetivo. Me dejé caer por el lado opuesto de la barrera, y
reanudé la marcha por el corredor, encendiendo sólo a ratos la linterna para
ahorrar pila. Por último llegué a una cripta baja, circular, que se hallaba en
un maravilloso estado de conservación, y en cuyos muros se abrían arcos en
todas direcciones.
Los muros, al
menos hasta donde alcanzaba la luz de mi linterna, mostraban gran profusión de
jeroglíficos y ornamentos curvilíneos, algunos de los cuales habían sido
añadidos después del periodo de mis sueños.
Seguí caminando,
empujado por esa fuerza inexorable de mi destino, y torcí inmediatamente a la
izquierda, por un acceso que me era familiar. Estaba seguro de encontrar
despejadas las rampas de todos los pisos. Este edificio subterráneo que albergaba
los anales de todo el sistema solar, había sido construida con suprema
habilidad, dándole una solidez tal que duraría tanto como la Tierra misma.
Los bloques, de
proporciones inmensas, habían sido equilibrados con exactitud matemática y
unidos con cementos de dureza tan grande, que constituían una mole firme como
el núcleo rocoso del propio planeta. Después de incontables milenios esta mole
enterrada conservaba intactos sus contornos; sus vastos pavimentos estaban
cubiertos de polvo, pero no había escombros por parte alguna.
La facilidad con
que podía caminar, a partir de este momento, se me subió a la cabeza. Toda la
frenética ansiedad, contenida hasta aquí por los muchos obstáculos que me
habían impedido la marcha, se desbordó en una especie de prisa febril, y eché a
correr -literalmente- por los pasillos de techo bajo que se extendían más allá
del arco de la entrada.
Ya no sentía
ningún asombro al reconocer todo lo que me rodeaba. A uno y otro lado se
distinguían las grandes puertas de los estantes metálicos, cubiertas de
jeroglíficos. Algunas de ellas seguían en su sitio; otras estaban forzadas, y
otras, dobladas y retorcidas por fuerzas geológicas del pasado que, sin
embargo, no habían conseguido destrozar la titánica construcción.
Aquí y allá, al
pie de los estantes abiertos, se veían montones cubiertos de polvo que
señalaban el lugar donde habían caído los estuches, derribados por las
sacudidas de la tierra. En diversos pilares había grabados símbolos y letras
que indicaban el tipo de volúmenes allí clasificados.
Me detuve ante
uno de los cofres abiertos, en cuyo fondo descubrí algunos de los acostumbrados
estuches de metal, ordenados todavía, pero cubiertos por la omnipresente arena.
Me acerqué, extraje uno de los ejemplares más manejables y lo coloqué en el
suelo para examinarlo. El título estaba escrito, como habitualmente, en
jeroglíficos curvilíneos, aunque en la ordenación de ésos me pareció advertir
un cambio sutil.
Su sencillo
mecanismo de cierre, en forma de gancho, me era perfectamente conocido.
Levanté, pues, la tapa, que no se había oxidado, y saqué el volumen de su
interior. Como esperaba tenía unos cincuenta por treinta y cinco centímetros de
superficie, y como cinco centímetros de grosor. Las cubiertas, de metal
delgado, se abrían por arriba.
Sus páginas, de
celulosa dura, no parecían afectadas por la acción del tiempo, y pude estudiar
los extraños signos garabateados en ellas. No se parecían a los demás
jeroglíficos que había tenido ocasión de ver, ni a ningún alfabeto conocido por
la ciencia humana. Sin embargo, despertaban en mí el eco de un recuerdo que
pugnaba por aflorar a mi conciencia.
Súbitamente tuve
la seguridad de que era el lenguaje de un espíritu cautivo con el que había
tenido cierta relación durante mis sueños: se trataba del habitante de un gran
asteroide en el que había sobrevivido gran parte de la vida y del saber del
planeta original del que era fragmento. Al mismo tiempo recordé que el sótano
en que me hallaba estaba dedicado a los volúmenes relativos a planetas no terrestres.
Cuando terminé
de examinar este documento increíble me di cuenta de que la luz de mi linterna
empezaba a agonizar, de modo que le puse rápidamente la pila de repuesto que
siempre llevo conmigo. Entonces, provisto de una luz más potente, reanudé mi
carrera febril por la interminable maraña de pasadizos y corredores,
reconociendo de una mirada tal o cual estantería, y vagamente molesto por la
resonancia de aquellas catacumbas que repetían mis pasos de modo incongruente.
Las huellas de
mis propios zapatos en el polvo milenario me hicieron temblar. Nunca hasta
ahora, si mis sueños vesánicos contenían un ápice de verdad, habían pisado pies
humanos estos pavimentos inmemoriales.
Conscientemente
no tenía la menor sospecha de cuál era la meta de mi descabellada carrera. Mi
voluntad ofuscada y mi subconsciente eran empujados por una fuerza demoníaca,
de forma que presentía vagamente que no corría al azar.
Me dirigí a una
rampa y continué mi descenso hacia las profundidades, corriendo ahora
vertiginosamente. En mi aturdido cerebro había empezado a latir un pulso
rítmico que se propagó a mi mano derecha. Quería abrir cierta cerradura y mi
mano conocía todas las complicadas vueltas y presiones necesarias para ello,
Era como una moderna caja fuerte con cerradura de combinación.
Sueño o no yo
había sabido esa combinación, y la sabía aún. Preferí no plantearme la cuestión
de cómo era posible aprender un detalle tan fino, tan intrincado y complejo, en
un sueño. Me sentía incapaz de pensar con la menor incoherencia. Porque, ¿acaso
no rebasaban los límites de la razón todas estas coincidencias entre lo que
veía y lo que sólo podía conocer por sueños o mitos fragmentarios?
Probablemente,
incluso entonces -como ahora, en mis momentos de cordura-, estaba persuadido de
que todo era un sueño, y de que la ciudad enterrada era una mera alucinación
febril.
Finalmente
llegué a la planta inferior y torcí a la izquierda de la rampa. Por alguna
oscura razón traté de caminar con pasos silenciosos, aun cuando esto me
obligaba a avanzar más despacio. En esta última planta subterránea había una
zona que temía cruzar.
A medida que me
acercaba me daba cuenta de la causa de mi temor. Se trataba de una de aquellas
trampas antaño precintadas, pero ya sin vigilancia alguna. Caminaba de puntillas,
con el corazón encogido, lo mismo que al atravesar las negras bóvedas de
basalto, donde vi abierta una trampa similar.
Como en aquella
ocasión también sentí una corriente de aire frío. Con toda mi alma deseaba que
mi camino me llevase en otra dirección. Pero, ¿por qué, si no quería, tenía que
pasar precisamente por allí?
Al llegar vi la
trampa brutalmente abierta. Después comenzaron nuevamente las hileras de
estanterías. Junto a ellas, en el suelo, cubiertos por una fina capa de polvo,
había varios estuches esparcidos, caídos sin duda recientemente. En ese mismo
instante me invadió una nueva oleada de pánico que, de momento, no me supe
explicar.
Los montones de
estuches caídos no eran raros, pues en el transcurso de las eras, este oscuro
laberinto había sido maltratado por los cataclismos geológicos, y sus paredes
debieron de resonar de manera ensordecedora al derribarse todo aquello. Había
recorrido la mitad del espacio que me separaba de los estantes, cuando descubrí
el detalle que -vagamente vislumbrado- había determinado mi horror.
Tal detalle no
estaba en el montón de estuches, sino en el polvo del suelo. A la luz de la
linterna daba la impresión de que aquella capa de polvo no era tan uniforme
como debiera: en algunos sitios parecía más fina, como si la hubieran pisado en
un tiempo relativamente reciente, quizá unos meses antes. De todos modos había
también bastante polvo, de forma que nada puedo asegurar con certidumbre. Pero
la mera sospecha de que tales señales pudieran guardar cierta regularidad, me
llenó de una angustia indecible.
Acerqué la
linterna para examinarlas mejor, y no me gustó lo que vi: con la luz rasante
aún tomaron más aspecto de pisadas. Se hallaban dispuestas de una forma
relativamente regular, agrupadas de tres en tres. Cada una de dichas huellas
tendría unos treinta y cinco centímetros de diámetro, y constaba de cinco
impresiones casi circulares, de siete u ocho centímetros de anchura, una de las
cuales se hallaba adelantada en relación con las otras cuatro.
Estas supuestas
pisadas se hallaban distribuidas en dos series paralelas, pero en sentido
opuesto, como si algún animal hubiera ido a un lugar determinado y hubiese
regresado después por el mismo camino. Naturalmente eran muy débiles y podía
tratarse de una mera ilusión, o de una casualidad. Pero su doble trayectoria
-si es que de huellas se trataba- sugería un horror insoportable: uno de los
extremos del trayecto terminaba en el montón de estuches, tal vez derrumbados
no hacía mucho, y el otro extremo moría en el borde de la trampa siniestra que
exhalaba su soplo húmedo y frío, desguarnecida, abierta a los abismos
inferiores.
8
Tan fatal e
ineludible era la fuerza que me impulsaba a seguir adelante, que incluso
prevaleció sobre mi pavor. La presencia de aquellas huellas sospechadas
despertaron en mí recuerdos tan palpitantes y terroríficos, que ninguna
consideración de índole racional me habría determinado a proseguir mi camino.
No obstante, aun temblando de miedo, mi mano derecha se me seguía contrayendo
rítmicamente en un ansia por manipular cierta cerradura que esperaba encontrar.
Antes de darme cuenta de lo que hacía crucé el montón de estuches y me lancé de
puntillas por los pasadizos cubiertos de polvo, hacia un punto que parecía
conocer sobradamente bien.
Mi mente planteaba
cuestiones cuya pertinencia comenzaba entonces a vislumbrar. ¿Llegaría a
alcanzar el estante, teniendo en cuenta que mi cuerpo era humano? ¿Podría mi
mano de hombre ejecutar todos los movimientos, perfectamente recordados,
necesarios para abrir la cerradura? ¿Estaría la cerradura en buenas condiciones
de funcionamiento? ¿Qué haría yo, qué me atrevería a hacer con lo que -ahora
empezaba a darme cuenta- a la vez esperaba y temía encontrar? ¿Hallaría la
prueba de que todo era espantosa y enloquecedoramente cierto, de que existía
una realidad que rebasaba los límites de la razón, o por el contrario, me
convencería al fin de que todo era una pesadilla?
Seguidamente me
di cuenta de que había dejado de correr. Estaba de pie, inmóvil, rígido, ante
una fila de estantes cubiertos de los consabidos jeroglíficos. Se hallaban en
un estado de conservación casi perfecto. Solamente había tres puertas forzadas.
El sentimiento
que me inspiraron estos estantes no se puede describir. Me parecía conocerlos
desde siempre. Miré hacia arriba, a una fila próxima al techo, completamente
inalcanzable, y pensé en la manera de trepar hasta allí. Una puerta que había
abierta a cuatro baldas del suelo podría servirme de ayuda. Las cerraduras de
las puertas cerradas proporcionarían puntos de apoyo para mis manos y mis pies.
Cogería la linterna con los dientes, como había hecho ya en otras ocasiones,
cuando necesitara ambas manos. Sobre todo no debía hacer ruido.
Lo más difícil
sería bajar el objeto que quería coger. Quizá pudiera engancharlo por el cierre
al cuello de mi chaqueta, y echármelo a la espalda a modo de mochila. Una vez
más me pregunté si funcionaría la cerradura. Estaba seguro de recordar cada uno
de los movimientos necesarios, pero me daba miedo que chirriara. Asimismo temía
no poder hacer los movimientos adecuadamente con la mano.
Mientras pensaba
en todo esto tomé la linterna con la boca y empecé a trepar. Las cerraduras no
me ofrecieron buenos puntos de apoyo, pero como esperaba, el estante abierto me
sirvió de muchísima ayuda. Me agarré a la hoja y al marco de la puerta, y me
las arreglé para no hacer demasiado ruido. Empinándome sobre el borde superior
de la puerta, e inclinándome lo más posible a la derecha, conseguí alcanzar la
cerradura que buscaba. Mis dedos, medio entumecidos por el ascenso, estuvieron
muy torpes al principio. Pero al momento me di cuenta de que obedecían. El
ritmo del recuerdo se hizo intenso en ellos.
Salvando
inconmensurablemente abismos de tiempo, los movimientos complicados y secretos
llegaron hasta mi cerebro con todos sus detalles, ya que en menos de cinco
minutos sonó un chasquido cuya familiaridad me resultó tanto más impresionante,
cuanto que no tenía conciencia previa de él. Un instante después la puerta de
metal se abría lentamente con un roce apenas perceptible.
Miré deslumbrado
la fila grisácea de estuches puestos de canto, y sentí la tremenda oleada de
una emoción totalmente imposible de explicar. Justo al alcance de mi mano
derecha había un estuche cuyos jeroglíficos me hicieron temblar con una
angustia infinitamente más compleja que el mero terror. Temblando aún me las
compuse para sacarlo de entre el polvo y la arena del estante, y arrastrarlo en
silencio hacia mí.
Igual que el
otro estuche que había manejado, éste medía unos cincuenta centímetros de alto
por treinta y cinco de ancho, y estaba cubierto de curvos dibujos matemáticos
en bajorrelieve. En grosor excedía los ocho centímetros.
Lo encajé como
pude entre mi pecho y la pared por la que me había encaramado. Palpé el pasador
y solté, por fin, el gancho. Quité la tapa, me eché el pesado objeto a la
espalda y sujeté el gancho al cuello de mi chaqueta. Una vez las manos libres,
fui bajando penosamente hasta el suelo y me dispuse a examinar mi botín.
Me arrodillé en
el polvo y coloqué el estuche ante mí. Me temblaban las manos; temía sacar el
libro de dentro y, a la vez, deseaba hacerlo en seguida. Muy gradualmente
empezaba a darme cuenta de que sabía lo que iba a encontrar, y esta
certidumbre, casi paralizaba mis facultades.
Si lo encontraba
allí -si no estaba soñando-, las consecuencias de mi descubrimiento rebasarían
por completo todo lo que el espíritu humano puede soportar. Lo que más me
atormentaba era que, de momento, me resultaba imposible convencerme de que
estaba soñando. Todo lo que me rodeaba me parecía real… y me lo sigue
pareciendo ahora al evocar la escena.
Por último,
saqué, temblando, el libro de su receptáculo y contemplé con fascinación los
jeroglíficos de la cubierta. Estaba en excelente estado. Las letras curvilíneas
del título me mantenían hipnotizado, como si fuera casi capaz de leerlas. En
verdad no puedo jurar que no llegué a leerlas efectivamente en un pasajero y
terrible acceso de memoria anormal.
No sé el tiempo
que pasó antes de atreverme a quitar aquella delgada cubierta de metal. Busqué
mil pretextos para demorar o eludir el momento fatal. Me quité la linterna de
la boca y la apagué para no gastar pila. Luego, en la más completa oscuridad,
hice acopio de ánimo... y abrí el libro. Por último enfoqué la luz sobre la
página en que quedó abierto, y traté de antemano de esforzarme por sofocar
cualquier exclamación involuntaria.
Miré allí.
Luego, sintiéndome desfallecer, me dejé caer en el suelo. Apreté los dientes,
no obstante, y contuve el grito. Tumbado en el suelo me pasé una mano por la
frente. Lo que temía y esperaba estaba allí. Quizá estaba soñando; de otro
modo, el tiempo y el espacio se habían convertido en una sombra burlesca.
Debía estar
soñando. Pero, para poner a prueba la verdad de mi aventura me llevaría ese
libro para mostrárselo a mi hijo si, efectivamente, era real. La cabeza me daba
vueltas, aun cuando nada veía en la oscuridad reinante. Y toda suerte de ideas
e imágenes aterradoras -suscitadas por las posibilidades que mi descubrimiento
acababa de abrir- comenzaron a danzar en mi mente nublando mis sentidos.
Recordé las
hipotéticas huellas impresas en el polvo, y sentí miedo de mi propia
respiración. Una vez más encendí la luz y miré la página del libro, como la
víctima de una serpiente mira los ojos y los colmillos de su destructor.
Después, en la
oscuridad, cerré el libro con manos torpes, lo metí en su estuche y cerré la
tapa con el pasador en forma de gancho. A toda costa debía sacarlo al mundo
exterior, si es que el tal libro existía realmente... si el abismo entero
existía realmente... si yo, y el mundo mismo, existíamos en realidad.
No recuerdo
exactamente cuándo me puse en pie y comencé mi regreso. Me sentía tan alejado
de mi universo normal que, durante aquellas horas espantosas que pasé en el subterráneo,
no se me ocurrió consultar el reloj ni una sola vez.
Linterna en
mano, y con el siniestro estuche bajo el brazo, reanudé finalmente mi marcha
cautelosa. De puntillas, preso de un mudo terror, pasé de nuevo junto a la
trampa abierta y junto a aquellas señales sospechosas, impresas en el polvo.
Disminuí mis precauciones al subir por las interminables rampas, pero ni aun
entonces pude desechar cierto recelo que no había sentido al bajar.
Me horrorizaba
tener que atravesar de nuevo aquella cripta de basalto negro, más vieja aún que
la misma ciudad, en donde soplaba un viento helado procedente de las
profundidades insondables. Pensé en el terror de la Gran Raza, y en la causa de
ese terror que, aunque débil y agonizante, acaso palpitaba aún en el fondo de
aquellas tinieblas. Igualmente pensé en las cinco huellas circulares que
acababa de ver, y en lo que mis sueños me habían revelado sobre ellas. Y en los
extraños vientos y los silbos ululantes que lo acompañaban. Y recordé asimismo
los relatos de los indígenas, que expresaban constantemente un horror sin
límites a los grandes vientos y a las ruinas sin nombre.
Cierto signo
grabado en el muro de la caverna me indicó el camino correcto y -después de
pasar junto al otro libro que había examinado anteriormente- llegué al gran
espacio circular rodeado de arcos que daban acceso a distintos corredores.
Inmediatamente reconocí, a mi derecha, el arco por donde había penetrado en el
edificio de los archivos. Me metí por allí sabiendo que, al salir de dicho edificio,
mi camino sería más penoso debido a los derrumbamientos. Mi carga metálica me
pesaba, y cada vez me resultaba más difícil no hacer ruido al caminar a
tropezones entre escombros de todo género.
Después llegué
al montón de piedras que alcanzaba hasta el techo a través del cual había
practicado un paso angosto. Al encontrarme de nuevo ante él sentí pavor. La
primera vez había hecho algo de ruido. Y ahora -vistas aquellas posibles
huellas-, lo que más me asustaba era hacer ruido. Además, el estuche dificultaba
mi paso por la estrecha abertura.
No obstante,
trepé lo mejor que pude a lo alto del obstáculo, y empujé la caja por la
abertura. Luego, con la linterna en la mano, me metí gateando destrozándome la
espalda con las estalactitas, como me había ocurrido antes.
Al intentar asir
la caja de nuevo se me cayó por la pendiente con un estrépito que llenó el
recinto de ecos y resonancias, lo cual me cubrió de un sudor frío. Me precipité
inmediatamente tras ella y logré recuperarla; pero unos momentos después algunos
bloques resbalaron bajo mis pies, produciendo un repentino y estrepitoso
desmoronamiento.
Todo este ruido
fue mi perdición. Porque, erróneamente o no, me pareció oír, como respuesta, y
procedente de alguna lejana galería, un silbido agudo, ululante, distinto de
cualquier otro sonido terrestre, que rebasa con mucho mi posibilidad de
describirlo. Si oí bien entonces, lo que ocurrió a continuación fue como un
sarcasmo del destino, ya que, de no haber sido por el pánico que aquel fenómeno
me produjo, el segundo hecho no habría sucedido jamás.
El caso es, que
enloquecí de terror. Cogí la linterna con la mano, agarré la caja casi sin
fuerzas, y salté salvajemente, sin más idea que un loco deseo de correr, de
alejarme de aquellas ruinas de pesadilla, de salir al mundo exterior -el
desierto bajo la luna- que ahora se hallaba tan lejos.
Sin saber cómo,
llegué ante el segundo montón de escombros, que se elevaba en la negrura bajo
el techo desplomado. Tropecé y me lastimé una y otra vez al gatear por la
pendiente de bloques y rocas cortantes.
Y entonces
sobrevino el gran desastre. Al cruzar a ciegas la cumbre del montículo,
ignorando que al otro lado la pendiente caía bruscamente, perdí pie y resbalé,
envuelto en un alud de piedras y cascotes que se desmoronaban en medio de un
estruendo ensordecedor, cuyos ecos retumbaron por todos los rincones.
No tengo idea de
cómo salí de ese caos; sin embargo, tengo un recuerdo vago de que, a
continuación, me lancé a correr por el corredor, sin esperar a que se apagaran
los ecos. Llevaba la caja y la linterna conmigo.
Luego, al
acercarme a aquella cripta de basalto que tanto temía, la locura completa se
apoderó de mí, Al apagarse ya todos los ruidos, nuevamente se hizo audible
aquel silbido espantoso que me había aparecido oír antes. Esta vez no cabía
duda. Y, lo que era peor, no provenía de atrás, sino de delante de mí.
Me parece que
grité con todas mis fuerzas. Tengo la vaga idea de que atravesé a todo correr
aquella bóveda de basalto construida por criaturas anteriores a la Gran Raza.
De la trampa abierta seguía brotando el silbido ultraterreno. Y también se
levantó viento. No una mera corriente de aire frío y húmedo, sino una ráfaga
violenta, casi deliberada, que procedía de la misma boca negra que el horrible
silbido.
Recuerdo vagamente
haber saltado y sorteado obstáculos de todo género, perseguido por aquella
ráfaga helada y aquel estridente silbido que crecía por momentos y parecía
enroscarse y retorcerse en torno mío.
A pesar de que
soplaba a mis espaldas, el viento, en vez de empujarme, me impedía avanzar,
igual que si me hubieran trabado con un lazo sutil desde las tinieblas. Sin
preocuparme ya de no hacer ruido, salté una gran barrera de bloques y me
encontré de nuevo en la bóveda que me conducía a la superficie.
Recuerdo que
eché una mirada a la sala de máquinas, y a punto estuve de gritar al ver el
plano inclinado que conducía a una sala, dos pisos más abajo, donde había otra
de esas trampas abominables, probablemente abierta. Pero en vez de gritar
comencé a repetirme entre dientes, una y otra vez, que todo era un sueño del
que pronto despertaría. Quizá me hallaba en el campamento, tal vez, incluso, en
Arkham. Este razonamiento me tranquilizó un tanto, y empecé a subir por la
rampa que conducía al mundo exterior.
Sabía, naturalmente,
que aún me quedaba por salvar una grieta de más de un metro de anchura; pero
iba demasiado preocupado por otros temores para darme cuenta del horror que
suponía aquel obstáculo antes de enfrentarme con él. En efecto, a la ida,
cuesta abajo, el salto me había resultado relativamente sencillo. Pero ahora,
¿podría saltarlo cuesta arriba, lastrado por el terror, el agotamiento y el
peso de la caja, retenido por el viento embrujado que tiraba de mí hacia atrás?
Todo esto se me ocurrió en el último momento, y también pensé en aquellos seres
sin nombre que acaso acechasen, vivos aún, en los abismos tenebrosos que se
abrían bajo la grieta del suelo.
La luz de mi
linterna se iba debilitando, pero un vago recuerdo me advirtió de que me
encontraba en el borde de la grieta. Las ráfagas de viento frío y los silbidos
ululantes que sonaban atrás actuaron en mí como una droga bienhechora que tuvo
la virtud de apartar de mi imaginación el horror de aquel abismo abierto a mis
pies. Pero, en el mismo instante, percibí una nueva ráfaga y un nuevo silbido,
que brotó ante mí a través de aquella misma grieta.
Entonces fue
cuando realmente llegó lo más alucinante de mi pesadilla. Perdido el juicio,
olvidado de todo, excepto del deseo animal de huir, me lancé a trepar por la
pendiente de cascotes, como si ninguna sima hubiera existido detrás. De pronto,
vi el borde de la grieta, salté frenéticamente, con todas las fuerzas de mi
ser, y en el acto, me sumí en un torbellino infernal de ruidos inmundos y de
negrura materialmente tangible.
Que yo recuerde
éste es el final de mi aventura. Todas mis impresiones posteriores caen de
lleno en el dominio del delirio y la fantasmagoría. Los sueños, la locura y los
recuerdos se fundieron en un caos de alucinaciones fantásticas y visiones fragmentarias
que no pueden tener relación alguna con la realidad.
En primer lugar
sentí que caía por un abismo sin fondo; por un abismo de tinieblas vivas y
viscosas, de ruidos absolutamente ajenos a toda naturaleza terrena.
En mí
despertaron sentidos hasta entonces dormidos, que me revelaron precipicios y
vacíos poblados de horrores flotantes, abismos que conducían a simas
insondables, a océanos tenebrosos y a negras ciudades de torres basálticas
donde nunca brilló luz alguna.
Los misterios de
los orígenes de nuestro planeta y sus ciclos inmemoriales cruzaron por mi mente
sin ayuda de la vista ni el oído, y comprendí cosas que ni siquiera el más
disparatado de mis sueños anteriores había llegado a sugerir. Durante todo ese
tiempo me sentí atrapado por los dedos fríos de un vapor húmedo, mientras el
silbido enloquecedor y monótono seguía taladrando la vorágine de tinieblas.
Después tuve
visiones de la ciudad ciclópea de mis sueños, pero no en ruinas, sino tal como
la había soñado. Me vi nuevamente en mi cuerpo cónico, inhumano, rodeado de
numerosos miembros de la Gran Raza y de espíritus cautivos que llevaban libros
de un lado a otro por los interminables corredores y las rampas inmensas.
Superponiéndose
a estas visiones, tuve fugaces destellos de percepciones no visuales, de las
que sólo recuerdo mis esfuerzos desesperados y mis violentas contorsiones para
zafarme de los tentáculos del viento ululante. Me parece recordar, también,
como un vuelo de murciélago a través de una atmósfera densa, y un forcejeo febril
por abrirme paso en la oscuridad azotada por el huracán; por fin, me sentí
correr frenéticamente entre muros derruidos y derrumbados pilares de piedra.
Hubo un momento
en que me pareció vislumbrar algo, en aquel mundo de noche eterna; un leve
resplandor azulado en las alturas. Luego soñé que, perseguido por el viento,
trepaba y me arrastraba hasta salir a un espacio bañado por la luna, entre
ruinas y escombros que se desmoronaban tras de mí bajo los embates furiosos del
huracán. Fueron las oleadas monótonas de aquella luz lunar las que me indicaron
que, al fin, había regresado a mi antiguo mundo objetivo y vigil.
Me hallaba boca
abajo, con las manos clavadas como garras en la arena del desierto australiano,
Alrededor de mí aullaba un viento huracanado, mucho más violento que cualquier
vendaval. Mi ropa estaba hecha jirones; mi cuerpo entero era un amasijo de
arañazos y magulladuras.
La plena lucidez
me fue volviendo tan paulatinamente, que no sé decir en qué momento terminó mi
sueño delirante y empezaron mis verdaderos recuerdos. Sé que mi aventura ha
tenido relación con un montón informe de ruinas de piedra, con abismos
subterráneos, con una monstruosa revelación del pasado, y sé que mi pesadilla
terminaba con horror. Pero, ¿cuánto hay en ella de verdad?
Había perdido la
linterna, y la caja de metal que podía haber aducido como prueba. ¿Pero había
existido en realidad tal caja? ¿Y el abismo? ¿Y las ruinas de piedra? Levanté
la cabeza y miré hacia atrás. No se veía más que la estéril, la ondulante arena
del desierto.
El viento
demoníaco se había calmado, y la luna, hinchada y fungosa, se fundía roja en el
oeste. Me puse en pie con dificultad y comencé a caminar, tambaleante, en
dirección al campamento. ¿Qué me había sucedido en realidad? Tal vez había
sufrido un mareo en el desierto, y había arrastrado, a lo largo de kilómetros y
kilómetros de arena y bloques enterrados, mi cuerpo torturado por las
pesadillas. Y si no era así, ¿cómo podría soportar el resto de mi vida?
En efecto, ante
esta nueva incertidumbre, toda mi anterior confianza basada en el origen
mitológico de mis visiones, se disolvió una vez más en las dudas que ya otras
veces me habían asaltado. Si aquel abismo era real, la Gran Raza también lo
era, y las proyecciones y secuestros efectuados en cualquier momento y lugar
del cosmos no eran tampoco un mito ni una pesadilla, sino una terrible
realidad.
¿Había sido,
pues, arrastrado efectivamente durante mi amnesia hacia un mundo prehumano que
existió hace ciento cincuenta millones de años? ¿Había sido mi cuerpo vehículo
de una conciencia espantosamente extraña, surgida del origen de los tiempos?
¿Había conocido
realmente, en mi calidad de espíritu cautivo, los días de esplendor de aquella
ciudad de piedra, y era cierto que me había deslizado por aquellos corredores,
en el repugnante cuerpo de mi propio raptor? ¿Acaso aquellos sueños que me
habían atormentado durante más de veinticinco años no eran sino consecuencias
de mis horribles ,recuerdos?
¿Era cierto que
había conversado realmente con espíritus procedentes de los rincones más
remotos del tiempo y el espacio? ¿Llegué a conocer de verdad los secretos
pasados y futuros del universo, y a redactar los anales de mi propio mundo para
enriquecer aún más aquellos archivos infinitos? Y aquellas criaturas inmundas
-vientos helados y silbos demoníacos- que moraban en las entrañas de la tierra,
¿seguían constituyendo una amenaza real, a pesar de su lenta agonía, mientras
las distintas formas de vida proseguían su evolución en la superficie del
planeta?
No lo sé. Si ese
abismo -y lo que contenía- era real, no hay esperanza. Entonces,
verdaderamente, se cierne sobre la humanidad una increíble y sarcástica sombra,
procedente de más allá del tiempo.
Pero felizmente
no hay prueba alguna de que mi última aventura no haya sido más que el postrer
episodio de una serie de sueños basados en remotas leyendas: perdí el estuche
de metal, y hasta ahora, nadie ha descubierto los corredores subterráneos.
Si las leyes del
universo son misericordiosas nadie los descubrirá. Pero debo contar a mi hijo
lo que vi -o creí ver- y dejarle que, como psicólogo, juzgue cuanto hay de
objetivo en mis vivencias, y si se debe dar publicidad a este documento.
Ya he dicho que
el tema de mis sueños encajaba perfectamente con lo que creí descubrir en aquellas
ciclópeas ruinas enterradas. Me ha costado un gran esfuerzo consignar esta
revelación final que, como el lector habrá sospechado ya, se refiere al libro,
guardado en un estuche de metal, que yo extraje de entre el polvo de millones
de siglos.
Ningún ojo ha
contemplado ese libro, ninguna mano lo ha tocado, desde el advenimiento del
hombre a este planeta. Y no obstante, cuando en el fondo de aquel abismo
enfoqué la linterna sobre él, vi que las letras trazadas con extraños colores
sobre las quebradizas páginas de celulosa tostadas por el tiempo, no eran
desconocidos jeroglíficos de épocas remotas. Eran, al contrario, letras de
nuestro alfabeto corriente, que formaban vocablos en lengua inglesa, escritas
por mi propia mano.
Fin








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