La Música de
Erich Zann
Howard Phillips
Lovecraft
He examinado varios planos de la ciudad
con suma atención, pero no he vuelto a encontrar la Rue d´Auseil. No me he
limitado a manejar mapas modernos, pues sé que los nombres cambian con el paso
del tiempo. Muy al contrario, me he sumergido a fondo en todas las antigüedades
del lugar y he explorado en persona todos los rincones de la ciudad, cualquiera
que fuese su nombre, que pudiera responder a la calle que en otro tiempo conocí
como Rue d´Auseil. Pero a pesar de todos mis esfuerzos , no deja de ser una
frustración que no haya podido dar con la casa, la calle o siquiera el distrito
en donde, durante mis últimos meses de mi depauperada vida como estudiante de
metafísica en la universidad, oí la música de Erich Zann.
Que me falle la memoria no me sorprende
lo más mínimo, pues mi salud, tanto física como mental, se vio gravemente
trastornada durante el período de mi estancia en la Rue d´Auseil y no recuerdo
haber llevado allí a ninguna de mis escasas amistades. Pero que no pueda volver
a encontrar el lugar resulta extraño a la vez que me deja perplejo, pues estaba
a menos de media hora andando de la universidad y se distinguía por unos rasgos
característicos que difícilmente podría olvidar quien hubiese pasado por allí.
Lo cierto es que jamás he encontrado a nadie que haya estado en la Rue
d´Auseil.
La Rue d´Auseil quedaba al otro lado de
un oscuro río bordeado de empinados almacenes de ladrillo con los cristales de
las ventanas empañados, y se accedía a ella por un macizo puente de piedra
ennegrecida. Estaba siempre lóbrego el curso de aquel río, como si el humo
procedente de las fábricas vecinas impidiera el paso de los rayos del sol a
perpetuidad. Las aguas despedían, asimismo, un hedor que no he vuelto a
percibir en ninguna otra parte y que quizás algún día me ayude a dar con el
lugar que busco, pues estoy seguro de que reconocería ese olor al instante. Al
otro lado del puente podían verse una serie de calles adoquinadas y con raíles;
luego venía la subida, gradual al principio, pero de una pendiente increíble a
la altura de la Rue d´Auseil.
Jamás he visto una calle más angosta y
empinada como la Rue d´Auseil. Cerrada a la circulación rodada, casi era un
precipicio consistente en algunos lugares en tramos de escaleras que culminaban
en la cresta en un impresionante muro cubierto de hiedra. El pavimento era
irregular: unas veces losas de piedra, otras adoquines y a veces pura y simple
tierra con incrustaciones de vegetación de un color verdoso y grisáceo. Las
casas altas, con los tejados rematados en pico, increíblemente antiguas y
estaban inclinadas a la buena de Dios hacia delante o hacia un lado. De vez en
cuando podían verse dos casas con las fachadas frente por frente e inclinadas
hacia delante, hasta el punto de formar casi un arco en medio de la calle;
lógicamente, apenas luz alguna llegaba al suelo que había debajo de ellas.
Entre las casas de uno y otro lado de la calle había unos cuantos puentes
elevados.
Los vecinos de aquella calle me
producían una extraña impresión. Al principio pensé que era debido a su natural
silencioso y taciturno, pero luego lo atribuí al hecho de que todos allí eran
ancianos. No sé cómo pude ir a parar a semejante calle, pero no fui yo ni mucho
menos el único que se mudó a vivir a aquel lugar. Había vivido en muchos sitios
destartalados, de los que siempre me había visto desalojado por no poder pagar
la renta, hasta que finalmente un día me di de bruces con aquella casa medio en
ruinas de la Rue d´Auseil que guardaba un paralítico llamado Blandot. Era la
tercera casa según se miraba desde la parte superior de la calle, y la más alta
de todas con diferencia.
Mi habitación estaba en el quinto piso.
Era la única habitada en aquella planta, pues la casa estaba prácticamente
vacía. La noche de mi llegada oí una música extraña procedente de la buhardilla
que tenía justo encima, y al día siguiente inquirí al viejo Blandot por el
intérprete de aquella música. Me dijo que la persona en cuestión era un anciano
violinista de origen alemán, un hombre mudo y un tanto extraño, que firmaba con
le nombre de Erich Zann y que por las noches tocaba en una orquestilla teatral.
Y añadió que la afición de Zann a tocar por la noches a la vuelta del teatro
era el motivo que le había llevado a instalarse en aquella alta y solitaria
habitación abuhardillada, cuya ventana de gablete era el único punto de la
calle desde el que podía divisarse el final del muro en declive y la panorámica
que se ofrecía del otro lado del mismo.
En adelante no hubo noche que no oyera a
Zann, y, aunque su música me mantenía despierto, había algo extraño en ella que
me turbaba. No obstante ser yo escasamente conocedor de aquel arte, estaba
convencido de que ninguna de sus armonías tenía nada que ver con la música que
había oído hasta entonces, de lo que deduje que tenía que tratarse de un
compositor de singular talento. Cuanto más la escuchaba más me atraía aquella
música, hasta que al cabo de una semana decidí darme a conocer a aquel anciano.
Una noche, cuando Zann regresaba del
trabajo, le salí al paso del rellano de la escalera y le dije que me gustaría
conocerle y acompañarle mientras tocaba. Era pequeño de estatura, delgado y
andaba algo encorvado, con la ropa desgastada, ojos azules, una expresión entre
grotesca y satírica y prácticamente calvo. Su reacción ante mis primeras
palabras fue violenta a la vez que temerosa. Con todo, el talante amistoso de
mis maneras acabó por aplacarle, y a regañadientes me hizo señas para que le
siguiera por la oscura, agrietada y desvencijada escalera que llevaba a la
buhardilla. Su habitación, una de las dos que había en aquella buhardilla de
techo inclinado, estaba orientada al oeste, hacia el muro que formaba el
extremo superior de la calle. Era de grandes dimensiones, y aun parecía mayor
por la total desnudez y abandono en que
se encontraba. Por todo mobiliario, había una delgada armadura metálica de
cama, un deslustrado lavamanos, una mesita, una gran estantería, un atril y
tres anticuadas sillas. Apiladas en desorden por el suelo se veían multitud de
partituras. Las paredes eran de tableros desnudos, y lo más probable es que no
hubieran sido revocadas en la vida; por otro lado, la abundancia de polvo y
telarañas por doquier hacían que el lugar pareciese más abandonado que
habitado. En suma, el bello mundo de Erich Zann debía sin duda encontrarse en
algún remoto cosmos de su imaginación.
Indicándome por señas que me sentara, mi
anciano y mudo vecino cerró la puerta, echó el gran cerrojo de madera y
encendió una vela para aumentar la luz de la que ya portaba consigo. A
continuación, sacó el violín de la apolillada funda y, cogiéndolo entre las
manos, se sentó en la menos incómoda de las sillas. No utilizó para nada el
atril, pero, sin darme opción y tocando de memoria, me deleitó por espacio de
más de una hora con melodías que sin duda debían ser creación suya. Tratar de
describir su exacta naturaleza es prácticamente imposible para alguien no
versado en música. Era una especie de fuga, con pasajes reiterados verdaderamente
embriagadores, pero en especial para mí por la ausencia de las extrañas notas
que había oído en anteriores ocasiones desde mi habitación.
No se me iban de la cabeza aquellas
obsesivas notas, e incluso a menudo las tarareaba y silbaba para mis adentros
aun sin gran precisión, así que cuando el solista depuso finalmente el arco le
rogué que me las interpretara. Nada más oír mis primeras palabras aquella
arrugada y grotesca faz perdió la expresión benigna y ausente que había tenido
durante toda al interpretación, y pareció mostrar la misma curiosa mezcolanza
de ira y temor que cuando le abordé por vez primera. Por un momento intenté
recurrir a la persuación, disculpando los caprichos propios de la senilidad;
hasta traté de despertar los exaltados ánimos de mi anfitrión silbando unos
acordes de la melodía escuchada la noche precedente. Pero al instante hube de
interrumpir mis silbidos, pues cuando el músico mudo reconoció la tonada su
rostro se contorsionó de repente adquiriendo una expresión imposible de
describir, al tiempo que alzaba su larga, fría y huesuda mano instándome a
callar y no seguir la burda imitación. Y al hacerlo demostró una vez más su
rareza, pues echó una mirada expectante hacia la única ventana con cortinas,
como si temiera la presencia de algún intruso; una mirada doblemente absurda
pues la buhardilla estaba muy por encima del resto de los tejados adyacentes,
lo que la hacía prácticamente inaccesible, y además, por lo que había dicho el
portero, la ventana era el único punto de la empinada calle desde el que podía
verse la cumbre por encima del muro.
La mirada del anciano me hizo recordar
la observación de Blandot, y de repente se me antojó satisfacer mi deseo de
contemplar la amplia y vertiginosa panorámica de los tejados a la luz de la
luna y las luces de la ciudad que se extendían más allá de la cumbre, algo que
de entre todos los moradores de la Rue d´Auseil sólo le era dado ver a aquel
músico de avinagrado carácter. Me acerqué a la ventana y estaba ya a punto de
correr las indescriptibles cortinas cuando, con una violencia y terror aún
mayores que los de hasta entonces había hecho gala, mi mudo vecino se abalanzó
de nuevo sobre mí, esta vez, indicándome con gestos de la cabeza la dirección
de la puerta y esforzándose agitadamente por alejarme de allí con ambas manos.
Ahora, decididamente enfadado con mi vecino, le ordené que me soltara, que no
pensaba permanecer allí ni un momento más. Viendo lo agraviado y disgustado que
estaba, me soltó a la vez que su ira remitía. Al momento, volvió a agarrarme
con fuerza, pero esta vez en tono amistoso, y me hizo sentarme en una silla,
luego, con aire meditabundo, se acercó a la desordenada mesa, cogió un lápiz y
se puso a escribir en le francés forzado propio de un extranjero.
La nota que finalmente me extendió era
una súplica en la que reclamaba tolerancia y perdón. En ella, Zann decía ser un
solitario anciano afligido por extraños temores y trastornos nerviosos
relacionados con su música, amén de otros problemas. Le encantaba que escuchara
su música, y deseaba que volviera más noches y no le tomara en cuenta sus
rarezas. Pero no podía tocar para otros sus extraños acordes ni tampoco
soportar que los oyeran; asimismo, tampoco podía aguantar que otros tocaran en
su habitación. No había sabido, hasta nuestra conversación en el rellano de la
escalera, que desde mi habitación podía oír su música, y me rogaba
encarecidamente que hablase con Blandot para que me diera una habitación en un
piso más bajo donde no pudiera oírle por la noche. Cualquier diferencia en el
precio del alquiler correría de su cuenta.
Mientras trataba de descifrar el
execrable francés de aquella nota, mi compasión hacia aquel pobre hombre fue en
aumento. Era, al igual que yo, víctima de trastornos físicos y nerviosos, y mis
estudios de metafísica ma habían enseñado que en tales casos se requería
compresión más que nada. En medio de aquel silencio se oyó un ligero ruido
procedente de la ventana; el viento nocturno debió hacer resonar la persiana, y
por alguna razón que se me escapaba di un respingo casi tan brusco como el de
Erich Zann. Cuando terminé de leer la nota, le di la mano a mi vecino y salí de
allí en calidad de amigo suyo.
Al día siguiente Blandot me dio una
habitación algo más cara en el tercer piso, situado entre la pieza de un
anciano prestamista y la de un honrado tapicero. En el cuarto piso no vivía
nadie.
No tardé en darme cuenta de que el
interés mostrado por Zann en que le hiciera compañía no era lo que creí
entender cuando me persuadió a mudarme del quinto piso. Nunca me llamó para que
fuera a verle, y cuando lo hacía parecía encontrarse a disgusto y tocaba con
desgana. Las veladas siempre tenían lugar de noche, pues durante el día dormía
y no admitía visitas. Mi afecto hacia él no aumentó, aunque parecía como si aquella
buhardilla y la extraña música que tocaba mi vecino ejercieran una extraña
fascinación sobre mí. No se me había ido de la cabeza el indiscreto deseo de
mirar por aquella ventana y ver qué había por encima del muro y abajo, en la
invisible pendiente con los rutilantes tejados y chapiteles que debían
divisarse desde allí. En cierta ocasión subí a la buhardilla en horas de
teatro, mientras Zann estaba fuera, pero la puerta tenía echado el cerrojo.
Para lo que sí me las arreglé, en cambio, fue para oír las interpretaciones
nocturnas de aquel anciano mudo. Al principio, iba de puntillas hasta mi
antiguo quinto piso, y con el tiempo me atreví incluso a subir el último y
chirriante tramo de la escalera que llevaba hasta la buhardilla. Allí, en el
angosto rellano, al otro lado de la atrancada puerta que tenía el agujero de la
cerradura tapado, pude oír con relativa frecuencia sonidos que me embargaron
con un indefinible temor, ese temor a algo impreciso y misterioso que se cierne
sobre uno. No es que los sonidos fuesen espantosos, pues ciertamente no lo
eran, sino que sus vibraciones no guardaban parangón alguno con nada de este
mundo, y a intervalos adquirían una calidad sinfónica que difícilmente podría
imaginarme proviniese de un solo músico. No había duda, Erich Zann era un genio
de irresistible talento. A medida que pasaban las semanas las interpretaciones
fueron adquiriendo un ritmo más frenético, y el semblante del anciano músico
fue tomando un aspecto cada vez más demacrado y huraño digno de la mayor compasión.
Ya no me dejaba pasar a verle, fuese cual fuese la hora a que llamara, y me
rehuía siempre que nos encontrábamos en la escalera.
Una noche, mientras escuchaba desde la
puerta, oí al chirriante violín dilatarse hasta producir una caótica babel de
sonidos, un pandemonium que me habría hecho dudar de mi propio juicio si desde
el otro lado de la atrancada puerta no me hubiera llegado una lastimera prueba
de que el horror era auténtico: el espantoso e inarticulado grito que sólo la
garganta de un mudo puede emitir, y que sólo se alza en los momentos en que la
angustia y el miedo son más irresistibles. Golpeé repetidas veces en la puerta,
pero no percibí respuesta. Luego, aguardé en el oscuro rellano, temblando de
frío y miedo, hasta que oí los débiles esfuerzos del desventurado músico por
incorporarse del suelo con ayuda de una silla. Creyendo que recuperaba el
sentido tras haber sufrido un desmayo, renové mis golpes al tiempo que profería
en voz alta mi nombre con objeto de tranquilizarle. Oí a Zann tambaleándose
hasta llegar a la ventana y cerrar las cortinas y el bastidor, y luego
dirigirse dando traspiés hacia la puerta, que abrió de forma vacilante para
dejarme paso. Esta vez saltaba a la vista que estaba encantado de tenerme a su
lado, pues su descompuesta cara resplandecía de alivio mientras me agarraba del
abrigo, como haría un niño de las faldas de su madre.
Presa de patéticos temblores, el anciano
me hizo sentarme en una silla mientras él se dejaba caer en otra, junto a la
que se encontraban tirados por el suelo el violín y el arco. Durante algún
tiempo permaneció inactivo, haciendo extrañas inclinaciones de cabeza, pero
dando la paradójica impresión de escuchar intensa y temerosamente. A
continuación, pareció recobrar el ánimo, y sentándose en una silla junto a la
mesa escribió una breve nota, me la entregó y volvió a la mesa, poniéndose a
escribir frenética e incesantemente. En la nota me imploraba que, por compasión
hacia él y si quería satisfacer mi curiosidad, no me levantara de donde estaba
hasta que él acabase de redactar un exhaustivo informe en alemán sobre los
prodigios y temores que le asediaban. En vista de ello, permanecí allí sentado
mientras el lápiz del anciano mudo corría sobre el papel.
Habría transcurrido ya una hora, y yo
seguía allí esperando mientras el anciano músico proseguía escribiendo
febrilmente y las hojas se apilaban unas sobre otras, cuando, de repente, Zann
dio un respingo como si hubiera recibido una fuerte sacudida. No cabía error;
sus ojos miraban a la ventana con la cortina echada y escuchaba en medio de
grandes temblores. Luego, creí oír un sonido, esta vez no era horrible sino
que, muy al contrario, se asemejaba a una nota musical extraordinariamente baje
e infinitamente lejana, como si procediera de algún músico que habitase en
alguna de las casas próximas o en una vivienda allende el imponente muro por
encima del cual nunca conseguí mirar. El efecto que le produjo a Zann fue
terrible, pues, soltando el lápiz, se levantó al instante, cogió el violín
entre las manos y se puso a desgarrar la noche con la más frenética
interpretación que había oído salir de su arco, a excepción de cuando le
escuchaba del otro lado de la atrancada puerta.
Sería inútil intentar describir lo que
tocó Erich Zann aquella espantosa noche. Era infinitamente más horrible que
todo lo que había oído hasta entonces, pues ahora podía ver la expresión
dibujada en su rostro y podía advertir que en esta ocasión el motivo era el
temor llevado a su máxima expresión. Trataba de emitir un ruido con el fin de
alejar, o acallar algo, qué exactamente no sabría decir, pero en cualquier caso
debía tratarse de algo pavoroso. La interpretación alcanzó caracteres
fantásticos, histéricos, de auténtico delirio, pero sin perder ni una sola de
aquellas cualidades de magistral genio de que estaba dotado aquel singular
anciano. Reconocí la melodía - una frenética danza húngara que se había hecho
popular en los medios teatrales -, y durante unos segundos reflexioné que
aquélla era la primera vez que oía a Zann interpretar una composición de otro
autor.
Cada vez más alto, cada vez más
frenéticamente, ascendía el chirriante y lastimero alarido de aquel desesperado
violín. El solista emitía unos ruidos extraños al respirar y se contorsionaba
cual si fuese un mono, sin dejar de mirar temerosamente a la ventana con la
cortina echada. En aquellos frenéticos acordes creía ver sombríos faunos y
bacantes que bailaban y giraban como posesos en abismos desbordantes de nubes,
humo y relámpagos. Y luego me pareció oír una nota más estridente y prolongada
que no procedía del violín; una nota pausada, deliberada, intencional y burlona
que venía de algún lejano lugar en dirección oeste.
En este trance, la persiana comenzó a
batir con fuerza debido a un viento nocturno que se había levantado en el
exterior, como si fuese en respuesta a la furiosa música que se oía dentro. El
chirriante violín de Zann se superó a sí mismo y se lanzó a emitir sonidos que
jamás pensé que pudieran salir de las cuerdas de un violín. La persiana trepidó
con más fuerza, se soltó y comenzó a golpear con estrépito la ventana. Como
consecuencia de los persistentes impactos en su superficie el cristal se hizo
añicos, dejando entrar una bocanada de aire frío que hizo chisporrotear la
llama de las velas y crujir las hojas de papel que había sobre la mesa en que
Zann intentaba poner por escrito su abominable secreto. Eché una mirada a Zann
y comprobé que estaba totalmente absorto en su tarea. Sus ojos estaban
inflamados, vidriosos y ausentes, y la frenética música había acabado
transformándose en una orgía desenfrenada e irreconociblemente automática que
ninguna pluma podría siquiera intentar describir.
Una repentina bocanada, más fuerte que
las anteriores, arrebató el manuscrito y se lo llevó hacia la ventana. Preso de
la desesperación, me lancé tras las cuartillas que volaban por la habitación,
pero ya se las había llevado el viento antes de conseguir llegar yo a als
abatidas hojas de la ventana. En aquel momento recordé mi deseo aún
insatisfecho de mirar desde aquella ventana, la única de la Rue d´Auseil desde
la que podía verse la ladera que había al otro lado del muro y la urbe
extendida a sus pies. La oscuridad era total, pero las luces de la ciudad
estaban continuamente encendidas de noche por lo que esperaba poder verlas por
entre la cortina de lluvia y viento. Pero cuando miré desde la ventana más alta
de la buhardilla, mientras las velas seguían chisporroteando y el enajenado
violín competía con los aullidos del nocturnal viento, no vi ciudad alguna
debajo de mí ni percibí el resplandor de ninguna luz cordial procedente de
calles conocidas, sino únicamente la oscuridad del espacio sin límites, un
espacio lleno de música y movimiento, sin parecido alguno con ningún otro
rincón de la tierra. Y mientras permanecía allí de pie contemplando con espanto
aquel inimaginable espectáculo, el viento apagó las dos velas que iluminaban
aquella vieja buhardilla, sumiéndolo todo en la más brutal e impenetrable
oscuridad. Ante mí no tenía sino el caos y el pandemonium más absoluto; a mi espalda,
la endiablada enajenación de aquellos nocturnales desgarros de las cuerdas de
violín.
Tambaleándome, volví al oscuro interior
de la habitación. Sin poder encender una cerilla, derribé una silla y,
finalmente, me abrí paso a tientas hasta el lugar de donde provenían los gritos
y aquella increíble música. Debía tratar de escapar de aquel lugar en compañía
de Erich Zann, cualesquiera que fuesen las fuerzas que hubiera de vencer. En
cierto momento me pareció como si algo frío me rozara y lancé un grito de
espanto, pero éste fue sofocado por la música que salía de aquel horrible
violín. De repente, en medio de aquella oscuridad total me rozó el arco que no
cesaba de rasgar violentamente las cuerdas, con lo que pude advertir que me
encontraba cerca del músico. Tanteé con las manos hasta tocar el respaldo de la
silla de Zann, seguidamente, palpé y agité su hombro en un intento de hacerle
volver a sus cabales.
Pero Zann no respondió, y, mientras, el
violín seguía chirriando sin mostrar la menor intención de parar. Puse la mano
sobre su cabeza, logrando detener su mecánica inclinación y le grité al oído
que debíamos escaparnos los dos de aquellos ignotos misterios que acechaban en
la noche. Pero ni percibí respuesta ni Zann redujo el frenesí de su indescriptible
música. Entre tanto, extrañas corrientes de aire parecían correr de un extremo
a otro de la buhardilla en medio de la oscuridad y el desorden reinantes. Un
escalofrío me recorrió el cuerpo cuando le pasé la mano por el oído, aunque no
sabría bien decir por qué... no lo supe hasta que no palpé su cara inmóvil,
aquella cara helada, tersa, sin la menor señal de respiración, cuyos vidriosos
ojos sobresalían inútilmente en el vacío. Y
a renglón seguido, tras encontrar milagrosamente la puerta y el gran
cerrojo de madera, me alejé a toda prisa de aquel ser de vidriosos ojos que
habitaba en la oscuridad y de los horribles acordes de aquel maldito violín
cuya furia incluso aumentó tras mi precipitada salida de aquella estancia.
Salté, conservé el equilibrio, descendí
volando las interminables escaleras de aquella tenebrosa casa; me lancé a
correr sin rumbo fijo por la angosta, empinada y antigua calle de escalones y
desvencijadas casas. Como una exhalación descendí las escaleras y salté por
encima del adoquinado pavimento, hasta llegar a las calles de la parte baja y
al hediondo y encajonado río; resollando, crucé el gran puente oscuro que
conduce a las amplias y saludables calles y bulevares que todos conocemos...
todas ellas son terribles impresiones que me acompañarán donde quiera que vaya.
Aquella noche recuerdo, no había viento ni brillaba la luna, y todas las luces
de la ciudad resplandecían.
A pesar de mis afanosas pesquisas e
indagaciones, no he vuelto a localizar la Rue d´Auseil. Pero no puedo decir que
lo sienta demasiado, ya sea por todo esto o por la pérdida en insondables
abismos de aquellas hojas con apretada letra que únicamente la música de Erich
Zann podría haber explicado.
Fin

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