El
Lazo de Medusa
Zealia
Bishop y H.P. Lovecraft
(Este es un relato de la escritora Zealia Bishop, escrito en colaboración con H.P. Lovecraft, girando entorno a los Mitos de Cthulhu)
La ruta hacia Cape Girardeau
discurría a través de un país desconocido, y mientras la luz del último
atardecer se volvía dorada y casi de ensueño, comprendí que debía informarme si
deseaba alcanzar la ciudad antes que cayera la noche. No me gustaba deambular
por aquellas tierras bajas y desiertas del sur de Missouri tras el ocaso, ya
que las carreteras eran malas y el frío de noviembre bastante formidable para
un coche descubierto. Además, las nubes negras estaban acumulándose sobre el
horizonte; por eso, oteé las largas sombras azules y grises que entrevelaban
los campos pardos y llanos, ansiando vislumbrar alguna casa donde conseguir la
información deseada.
Era una región solitaria y
despoblada, pero por fin descubrí un tejado entre una masa de árboles cerca del
riachuelo a mi derecha, como a menos de un kilómetro de la carretera, y
probablemente accesible mediante algún camino o carretera que yo pudiera
utilizar. En ausencia de cualquier casa más cercana, decidí probar fortuna allí
y me congratulé cuando los matorrales de las cunetas mostraron las ruinas de un
portal esculpido de piedra cubierto de enredaderas secas y muertas, y sepultado
en maleza que explican por qué no pude descubrir ningún camino en mi primera
ojeada desde lejos. Vi que no podía llevar el coche por allí y aparqué
cuidadosamente cerca de la puerta donde grandes árboles de hoja perenne
pudieran protegerlo en caso de lluvia y emprendí el largo camino hacia la casa.
Cruzando la senda invadida
de maleza bajo los contraluces del ocaso, tuve una fuerte corazonada,
probablemente inducida por el aire de siniestra decadencia que aureolaba la
puerta y el antiguo camino. De las tallas en los viejos pilares de piedra
deduje que este lugar tuvo alguna vez una dignidad señorial y pude ver
claramente que la carretera había originalmente gozado de la sombra de árboles
linderos, algunos de los cuales estaban muertos, mientras que otros habían
perdido su particular identidad entre la salvaje maleza parásita de la región.
Mientras avanzaba, cardos y ortigas se pegaban a mis pantalones y comencé a
preguntarme si el lugar estaría habitado después de todo. ¿Estaba paseando para
nada? Durante un instante estuve tentado de retroceder y buscar alguna granja
camino adelante, pero un vistazo a la casa despertó mi curiosidad y estimuló mi
espíritu aventurero.
Había algo provocativamente
fascinante en la decrépita construcción rodeada de árboles que se alzaban
frente a mí, ya que hablaba del donaire sureño aún más pretérito. Era la típica
casa de plantación construida con madera, en el estilo clásico del temprano
XIX, con dos plantas y media, y un gran pórtico jónico cuyos pilares llegaban
hasta el ático y sujetaban un frontal triangular. Su ruina era acusada y
patente, y una de las grandes columnas se había podrido, desplomándose al
suelo, mientras que la galería superior o balconada se combaba peligrosamente.
Llegué a la conclusión que, antaño, había habido otras construcciones cerca de
la casa. Mientras ascendía los anchos escalones de piedra hacia el porche bajo
y el tallado portal con linternas, me sentí perceptiblemente nervioso y comencé
a encender un cigarrillo, desistiendo al ver cuán seco e inflamable era todo
cuanto me rodeaba. Aunque convencido ahora que la casa estaba abandonada, dudé en
violar su intimidad entrando sin llamar, por lo que tiré del oxidado aldabón de
hierro hasta conseguir moverlo, y finalmente hice una cautelosa llamada que
pareció hacer estremecerse y resonar a la casa entera.
No hubo respuesta, aunque
agité de nuevo el incomodo y crujiente artefacto… más para disipar el
sentimiento de impío silencio y soledad que para avisar a cualquier posible
ocupante. En algún lugar cerca del río escuché la lastimera nota de un palomo,
e imaginé que el rumor del agua corriente era débilmente audible. Como en
sueños, así y agité el antiguo picaporte, y finalmente empujé la gran puerta de
6 paneles en un abierto intento de entrar. No estaba cerrada, como pude ver al
momento, y, aunque chirrió y crujió sobre sus goznes, acabé abriéndola,
encontrándome en un vestíbulo inmenso y oscuro al cruzar su umbral. Pero, en el
momento de dar este paso, lo lamenté. No era que una legión de espectros me
enfrentara en aquel vestíbulo penumbroso y polvoriento con fantasmales muebles
de estilo imperio, sino que descubrí que, después de todo, este lugar no estaba
totalmente deshabitado. Se escuchaba un crujido en la gran escalinata curva,
así como el sonido de vacilantes pasos descendiendo lentamente. Luego vi una
alta y encorvada figura perfilada durante un instante contra la gran ventana
palatina del frontal.
Mi primer sobresalto de
terror pasó pronto, y, mientras la figura descendía el tramo final, me dispuse
a saludar al propietario de la casa cuya intimidad acababa de invadir. En la
semioscuridad, pude verle buscar un fósforo en su bolsillo. Luego surgió un
fulgor, mientras encendía una lámpara de queroseno que estaba en una
desvencijada mesa consola, cerca del pie de las escaleras. El débil resplandor
reveló la figura de un demacrado anciano de gran estatura, con ropas
descuidadas y rostro mal afeitado, aunque a pesar de todo, tenía el porte y la
expresión de un caballero.
-No esperé a que hablara,
sino que comencé a explicar mi presencia al instante.
-Usted disculpará que haya
entrado así, pero cuando mis llamadas no tuvieron respuesta creí que nadie
vivía aquí. Sólo quería saber cómo coger la carretera a Cape Giraudeau… es
decir, la carretera más corta. Quería estar allí antes de la noche, pero ahora,
por supuesto… Al hacer una pausa, el hombre habló; era exactamente el cultivado
tono que había esperado, con un suave acento tan inconfundiblemente sureño como
la casa que habitaba.
-Más bien debe usted
disculparme a mí por no responder a sus llamadas con mayor rapidez. Vivo de
forma retirada y no suelo esperar visitantes. Al principio pensé que era un
simple curioso. Luego, cuando se repitió la llamada, vine a responder, pero no
estoy bien de salud y tengo que moverme con lentitud. Neuritis espinal… un caso
muy problemático.
En cuanto a llegar al pueblo
antes de la noche… es evidente que no podrá hacerlo. La carretera en donde
está, porque supongo que ha venido por la de la puerta, no es ni el mejor ni el
más rápido de los caminos. Tiene que tomar la izquierda al salir de la puerta…
es decir, la primera carretera verdadera que encuentre a la izquierda. Hay tres
o cuatro caminos de carro que debe ignorar, pero no puede confundirse respecto
de la verdadera porque hay un inmenso sauce justo en el lado opuesto. Cuando
haya dado la vuelta, pase dos carreteras y gire a la derecha en la tercera.
Después… Perplejo ante estas elaboradas indicaciones -datos confusos para un
forasterono puede evitar interrumpirle.
-¡Aguarde un instante! ¿Cómo
voy a seguir esas indicaciones en plena oscuridad, sin haber estado nunca por
aquí y con solo un par de faros para ver qué es y qué no es una carretera?
Además, creo que hay una tormenta a punto de desencadenarse y mi coche es uno
de los abiertos. Creo que me vería en serios aprietos si tratara de llegar a
Cape Girardeau esta noche. El hecho es que no sé que hacer. No me gusta
molestar ni nada parecido… pero en vista de las circunstancias ¿no me podría
albergar por esta noche? No le daré ningún problema… nada de comida o algo
parecido. Sólo déjeme una esquina donde dormir hasta la mañana y estaré
contento. Puedo dejar el coche en la carretera donde está… Un poco de mal
tiempo no le dañará si esto empeora.
Mientras hacía mi repentina
petición pude ver cómo el rostro del anciano perdía su primitiva expresión de
tranquila resignación para tomar un extraño aspecto de sorpresa.
-Dormir… ¿Aquí?
Pareció tan aturdido por mi
petición que la repetí.
-Sí, ¿por que no? Le aseguro
que no le daré ningún problema. ¿Qué otra cosa puedo hacer? Soy forastero por
aquí, estas carreteras son un laberinto en la oscuridad y juraría que lloverá a
mares antes de una hora…
En este momento fue mi
anfitrión quien me interrumpió, y mientras lo hacía pude sentir una peculiar
cualidad en su voz profunda y musical.
-Un forastero… por supuesto
que debe serlo, de otra forma no pensaría en dormir aquí, no puedo pensar que
nadie venga aquí para nada. La gente no viene ahora aquí.
Se detuvo, y mi deseo de
permanecer se multiplicó ante la sensación de misterio que sus lacónicas
palabras parecían evocar. Había seguramente algún seductor enigma en ese lugar,
y el omnipresente olor a moho parecía arropar un millar de secretos. De nuevo
percibí la total decrepitud de todo, perceptible aún bajo los tenues rayos de
la sencilla y pequeña lámpara. Sentí un escalofrío dolorido, y vi con pesar que
no parecía haber estufas; pero tan grande era mi curiosidad que deseé aún más
ardientemente permanecer allí y saber algo sobre el recluso y su lúgubre
residencia.
-Permita que me quede
-contesté-. No puedo recurrir a nadie más. Pero seguramente pueda hacerme un
hueco hasta que amanezca. Además… si la gente no visita este lugar, ¿no será
porque está medio en ruinas? Por supuesto, supongo que debe valer una fortuna
mantenerla en buen estado, pero si los costes son tan grandes, ¿por qué no
busca un sitio más pequeño? ¿Por qué permanecer en esta forma… con todos los
inconvenientes e incomodidades?
El hombre no pareció
ofenderse, pero me respondió con gravedad.
-Desde luego, puede quedarse
si realmente lo desea… a usted no puede perjudicarle lo que yo sé. Pero otros
dicen que existen influencias peculiares e indeseables aquí. Respecto a mí…
estoy aquí porque debo hacerlo. Esta casa es algo que considero como un deber
el guardar… algo que me liga. Quisiera tener el dinero, la salud y la ambición
necesarias para adecentar la casa y los terrenos.
Con mi curiosidad en
aumento, me dispuse a tomar la palabra a mi anfitrión y le seguí lentamente
escaleras arriba cuando me lo indico. Estaba muy oscuro ahora, y un débil
sonido del exterior me indicó que la tan temida lluvia había llegado. Hubiera
agradecido cualquier refugio, pero éste era doblemente bienvenido por los
indicios de misterio sobre el lugar y su dueño. Para un incurable amante de lo
grotesco, nada podía ser mejor.
Había una habitación en la
esquina del segundo piso, en estado menos descuidado que el resto de la casa, y
hacia allí me guío mi anfitrión, dejando su pequeña lámpara y encendiendo una
más grande. Por la limpieza y contenido de la estancia, así como por los libros
alineados en las paredes, pude ver que no había errado al considerar a aquel
hombre un caballero en cuerpo y alma. Era un eremita y un excéntrico, sin duda,
pero aún mantenía niveles e inclinaciones intelectuales. Mientras él hacía un
ademán, invitándome a sentarme, comencé una conversación sobre tópicos
generales y me congratulé viendo que no era, después de todo, un hombre
taciturno. En todo caso, parecía contento de poder conversar, y no tardó en
desviarse hacia temas personales. Según supe, era Antoine de Russy, miembro de
una antigua, poderosa y culta familia de plantaciones de Louisiana. Hacía más
de un siglo que su abuelo, un muchacho entonces, había emigrado al sur de
Missouri y fundado unas nuevas posesiones a la prodiga manera ancestral,
construyendo su mansión de pilares y dotándola de todos los accesorios de una
gran plantación. Había habido, en un tiempo, tanto como 200 negros en las
chozas que estaban en el llano de la parte trasera – un solar ahora invadido
por el río-, y escucharles cantar, reír y tocar el banjo durante la noche era
saber lo que era la cumbre de un orden social y una cultura ahora
desgraciadamente extinta. Frente a la casa, donde los grandes robles y sauces
montaban guardia, había habido un césped como una gran alfombra verde siempre regada
y nivelada, y caminos empedrados bordeados de arriates curvándose a su
alrededor. “Riverside” -que así era llamado el lugar- había sido un amable e
idílico hogar en aquellos días, y mi anfitrión podía recordar cuando muchos
restos de su mejor periodo aún perduraban.
En el exterior llovía ahora
copiosamente, con densas cortinas de agua golpeando contra el inseguro techo,
muros y ventanas, lanzando gotas a través de un centenar de grietas y goteras.
La humedad goteaba hasta el suelo desde lugares inesperados, y el viento en
aumento agitaba los podridos e inseguros batientes del exterior. Pero no pensé
en nada de esto, ni tampoco en mi coche aparcado fuera, bajo los árboles, ya
que veía que estaba comenzando una historia. Incitado a recordar, mi anfitrión
hizo un gestó recordando otros días mejores. Pronto, según vi, tendrían
indicios de por qué vivía solo en este antiguo lugar y por qué sus vecinos lo
creían lleno de influencias indeseables. Su voz era muy musical según hablaba,
y su relato pronto adoptó un giro que no me dio oportunidad de adormecerme.
-Si Riverside fue construida
en 1816, y mi padre nació aquí en 1828. Tendría cerca de cien años si aún
viviera, pero murió joven… tan joven que apenas puedo recordarle. Fue en el 64…
lo mataron en la guerra, en el Séptimo de Infantería de Louisiana de los
C.S.A.*, porque volvió al hogar ancestral para alistarse. Mi abuelo era muy
viejo para luchar, pero vivió hasta los noventa y ayudo a mi madre a criarme.
Una buena crianza por cierto, puedo afirmarlo. Nosotros siempre hemos tenido
fuertes tradiciones -altos conceptos de honor-, y mi abuelo supo que yo
continuaría el camino que los de Russy habían seguido generación tras
generación, desde las Cruzadas. Estábamos bastante apurados de dinero, pero nos
las arreglamos para vivir bien después de la guerra. Fui a una buena escuela de
Louisiana y más tarde a Princeton. Luego fui capaz de hacer prosperar la
plantación… aunque ya ve cómo está ahora.
Mi madre murió cuando yo
tenía veinte años, y mi abuelo dos años más tarde. Me quede bastante sólo
después de eso, y en el 1885 me casé con una prima lejana de Nueva Orleáns. Las
cosas podrían haber sido diferentes de haber vivido, pero murió al nacer mi
hijo Denis. Entonces sólo tuve a Denis. No intenté volver a casarme, pues
dediqué todo mi tiempo al chico. Era como yo como todos los Russy – cetrino,
alto y delgado, y con un temperamento endemoniado. Le eduqué como mi abuelo
había hecho conmigo, pero él no necesitaba ser aleccionado en lo tocante al
honor. Estaba en él, hay que admitirlo. Nadie tenía un espíritu más elevado…
¡Todo lo que pude hacer fue impedirle marchar a la guerra de Cuba cuando tenía
once años! Romántico diablo, demasiado… lleno de románticas ideas… puede
llamarnos victorianos si quiere… el único problema, si acaso, estaba en
apartarle de las mozas negras. Le envié a la misma escuela que fui yo, y
también a Princeton. Se graduó en 1909.
Por fin, decidió ser médico,
y acudió un año a la Harvard Medical School. Entonces se empecinó en la idea de
guardar la vieja tradición francesa de la familia y me instó para que lo
enviara a la Sorbona. Lo hice, bastante orgulloso, aunque sabía cuán solo me
quedaría estando él tan lejos. ¡Quisiera Dios que no lo hubiera hecho! Pienso
que era la clase más sensata de chico que se puede enviar a París. Tomó una
habitación en Rue St. Jacques, cerca de la Universidad en el Barrio Latino,
pero según sus cartas y sus amigos acudía todo lo más a las peleas de perros.
La gente que frecuentaba eran en su mayoría jóvenes de aquí… estudiantes serios
y artistas que pensaban más en su trabajo que en actitudes estrafalarias o en
pintar la ciudad de rojo.
Pero, por supuesto, había
grupos de compañeros que estaban en una especie de línea divisoria entre los
estudiantes serios y el diablo. Los estetas… los decadentes, ya sabe.
Experimentadores de la vida y los sentidos… la clase de compinches de
Baudelaire. Naturalmente, Denis frecuentaba a muchos de éstos y apreciaba su
forma de vida. Pero había toda clase de círculos y cultos… imitaciones de la
adoración al diablo, Misas Negras y cosas por el estilo. Es dudoso que pudieran
hacer mucho daño… la mayoría probablemente lo olvidaba en un año o dos. Uno de
los metidos en este extraño asunto era un compañero que Denis había conocido en
la escuela… ya que viene a cuento, yo conocí a su padre. Frank Marsh, de Nueva
Orleáns. Discípulo de Lafcadio Hearn y Gauguin y Van Gogh… un epítome regular
de los amarillos noventa. El pobre diablo… se daba aires de gran artista,
después de todo. Marsh era el amigo más antiguo de Denis en París porque, por
una especie de maldición, se tenían un mutuo aprecio… hablar sobre los viejos
tiempos en la St. Clair Academy y todo eso. El chico me escribió una buena
carta sobre él y no vi ningún mal en sus comentarios sobre el grupo de místicos
de Marsh.
Parecía algún culto de magia
prehistórica egipcia y cartaginesa mezclados con elementos bohemios por el otro
lado… alguna insensatez que pretendía beber en olvidadas fuentes ocultas
verdades de las perdidas civilizaciones africanas – la gran Zimbabwe, las
muertas ciudades atlantes en la región de Hoggar, en el Sáhara, y contenía un
galimatías conectado con serpientes y cabello humano. Galimatías o, al menos,
así lo llamé entonces. Denis solía citarme que Marsh contaba extrañas cosas
sobre velados hechos ocultos bajo la leyenda de la cabellera de serpiente de
Medusa y bajo el posterior mito ptolemaico de Berenice, que ofreció su pelo
para salvar a su hermano-esposo, y que está en el cielo como la constelación
Cabellera de Berenice.
No creo que todo eso
impresionara demasiado a Denis, hasta la noche en que durante el extraño ritual
en el cuarto de Marsh encontró a la sacerdotisa. La mayoría de los devotos de
este culto eran jovenzuelos, pero el líder era una chica que se llamaba a sí
misma “Tania-Isis”, dejando que se supiera que su nombre real – su nombre en
está última encarnación, según ella era Marceline Bedard. Se autoproclamaba
hija natural del marqués de Chameaux, y parecía haber sido mediocre artista y
modelo antes de adoptar esta posee, más lucrativa. Alguien dijo que había
vivido durante algún tiempo en las Indias Occidentales – Martinica, supongo,
pero ella es muy reservada sobre ese tema. Parte de su pose era un gran
despliegue de austeridad y alegría, pero no pienso que los estudiantes más
experimentados la tomaran muy en serio. Denis, sin embargo, era poco avezado, y
me escribió sus buenas diez páginas de melaza sobre la diosa que había
descubierto. Tan sólo pensé que yo tenía parte de la culpa por su simplicidad,
pero nunca creí que una infatuación de cachorro como esa pudiera durar mucho.
Estaba absurdamente seguro que, en lo tocante al honor personal y orgullo
familiar, Denis siempre se guardaría de graves complicaciones.
Al pasar el tiempo, empero,
sus cartas comenzaron a ponerme nervioso. Mencionaba a esa Marceline más y más,
y a sus amigos menos y menos, y empezó a presentarla a sus padres y hermanos.
No parecía haberse informado sobre ella y no dudé que le había llenado de
románticas historias sobre su origen y divinas revelaciones, así como sobre la
forma en que la gente la desdeñaba. Al final, pude ver que Denis estaba
separándose totalmente de sus íntimos, malgastando la mayor parte de su tiempo
con aquella fascinante sacerdotisa. Por especial petición suya, él nunca
hablaba a sus amigos de sus continuos encuentros, así que nadie trató de romper
la relación. Supongo que ella lo consideraba fabulosamente rico, ya que tenía
el aire de un patricio, y la gente de cierta clase piensa que todos los
aristócratas americanos son adinerados. En cualquier caso, probablemente pensó
en la rara fortuna de desposarse con un joven verdaderamente apetecible. Cuando
mi nerviosismo se convirtió en franco temor, ya era demasiado tarde. El chico
se había casado con ella, escribiendo que abandonaba sus estudios y traía a su
mujer a Riverside. Dijo que ella había hecho un gran sacrificio y abandonado su
liderazgo del culto mágico, y que de ahí en adelante sería simplemente una dama
privada… la futura ama de Riverside y madre de los vástagos de los de Russy.
Bien señor, lo tomé lo mejor
que pude. Sé que esos sofisticados continentales tienen diferentes parámetros
de los de nuestra vieja América… y, de todas formas, no tenía en el fondo nada
contra la mujer. Una farsante, quizás, ¿pero necesariamente una arpía? Creo que
traté de guardar aquello en secreto como fue posible en aquellos días, por bien
del chico. Evidentemente, no había nada que un hombre sensato pudiera hacer,
excepto dar a Denis tanto tiempo como su nueva esposa necesitara para adaptarse
a los modos de los de Russy. Dejarla probarse por sí misma quizás no dañaría a
la familia tanto como podía temer. Por eso, no puse objeciones ni hablé de
castigos. Estaba hecho, y me dispuse a dar la bienvenida al regreso del chico,
fuera lo que fuese que trajera consigo. Llegaron tres semanas después desde que
el telegrama me notificara su matrimonio. Marceline era hermosa- eso no puede
negarse y pude ver que el chico estaba completamente loco por ella. Ella tenía
aire de raza, y pienso que debía tener buena sangre en las venas.
Aparentemente, tenía poco más de veinte años; era de mediana estatura, esbelta,
y sus posturas y movimientos tenían la gracia de una tigresa. Su tez era
profundamente olivácea- como el marfil añejo, y sus ojos eran grandes y muy
oscuros. Tenía facciones delicadas de regularidad clásica aunque no lo bastante
claras para mi gusto y más singular cabellera de pelo negro azabache que jamás
haya visto.
No me asombré que usara el
señuelo del pelo en su mágico culto, ya que con aquella espesa profusión la
idea debía habérsele ocurrido de forma espontánea. Peinada, parecía como una
princesa oriental de una pintura de Aubrey Beardsley. Su cabello suelto podía
llegar bajo las rodillas y brillaba a la luz como si poseyera una atroz vida
propia, distinta de la de ella. Yo mismo podría haber pensado en Medusa o
Berenice sin que nadie me lo sugiriera nada más ver y estudiar aquel cabello. A
veces creía que se apartaba ligeramente de ella y tendía a disponerse a
distintas cuerdas o grupos, pero esto debió ser mera ilusión. Lo cepillaba
incesantemente y parecía utilizar algún preparado. Tuve la sensación una vez
una curiosa y extravagante sensación que era un ser vivo que ella alimentaba de
alguna extraña manera. Todo insensateces… pero que se añadían a mi disgusto
hacia ella y su pelo. Porque no puedo negar que fui totalmente incapaz de
apreciarla, no importa lo que me empeñase. No puedo decir cuál era el problema,
pero allí estaba. Algo en ella me repelía muy profundamente y no podía evitar
sentir asociaciones enfermizas y macabras conectadas con algo en ella. Su
complexión evocaba pensamientos de Babilonia, Atlántida, Lemuria, y los
terribles y olvidados países de un mundo pretérito. Sus ojos me atenazaban como
los ojos de alguna impía bestia de la selva o alguna diosa-animal un
inconmensurablemente antigua que no podía ser completamente humana; y su pelo
esa densa, exótica y nutrida mata de lustroso negrura le hacían a uno
estremecerse como si fuera una gran pitón negra. No había duda que ella se
percataba de mi involuntaria actitud… aunque traté de esconderlo y ella trato
de ocultar que lo sabía.
Pero la adoración del chico
persistía. La adulaba a todas horas y exageraba todas las pequeñas galanterías
de la vida diaria hasta un grado nauseabundo. Ella parecía devolverle los
sentimientos, aunque yo podía ver que se esforzaba en corresponder su
entusiasmo y extravagancias. Pero algún detalle, pensé que ella estaba
defraudada al descubrir que no era tan rico como había esperado. Era un mal
asunto. Yo podía ver que las corrientes sumergidas iban saliendo a la luz.
Denis estaba medio hipnotizado por su amor de colegial y comenzó a alejarse de
mí, percibiendo mi aborrecimiento hacia su esposa. La cosa fue agravándose
durante meses, y me di cuenta que estaba perdiendo a mi único hijo… el chico
que fuera el centro de mis pensamientos y actos durante un cuarto de siglo. Me
sentía amargado al respecto, ¿y qué padre no lo estaría? Y, además, no podía
hacer nada. Marceline pareció ser en aquellos primeros meses bastante buena
esposa y nuestros amigos la recibieron sin tapujos ni reservas. Yo estaba
siempre nervioso, empero, por lo que los jóvenes de París podían escribir a
casa a sus parientes cuando circulara la historia de la boda. A pesar del interés
de la mujer por ocultarlo, no se pueden guardar siempre los secretos… de hecho,
Denis había escrito a algunos de sus amigos íntimos, en estricta confidencia,
tan pronto como se estableció con ella en Riverside.
Comencé a permanecer más y
más tiempo a solas en mi alcoba, con mi débil salud como excusa. Fue por esa
época cuando mi actual neuritis espinal comenzó a desarrollarse, lo que hacía
la excusa muy creíble. Denis no parecía percatarse del problema, ni tomarse
ningún interés hacia hábitos o asuntos, y me dolía ver cuán indiferente se
estaba volviendo. Comencé a padecer de insomnio, y solía devanarme los sesos
durante la noche, intentando saber cuál era realmente el problema, que era lo
que realmente hacía a mi nuera tan repulsiva, e incluso horrible, para mí.
Seguramente no eran sus monsergas místicas, ya que había abandonado el pasado y
no lo mencionaba nunca. Jamás realizó tampoco ninguna pintura, aunque yo sabía
que había sido una diletante en tal arte. Extrañamente, los únicos que parecían
participar de mi desazón eran los criados. Los negros de la casa parecían
sumamente hoscos en su actitud hacia ella, y en pocas semanas todos, excepto
aquellos con fuertes vínculos con mi familia, se habían marchado. Esos pocos –
el viejo Scipio y su esposa Sara, la cocinera Delilah y Mary, la hija de Scipio
– eran tan educados como podían; pero de hecho mostraban que obedecían a su
nueva ama por deber más que por devoción. Permanecían en su parte remota de la
casa tanto como les era posible. McCabe, nuestro chofer blanco, era
insolentemente admirativo a la par que hostil; otra excepción era una zulú muy
anciana que decía haber llegado de África cien años atrás y que era una especie
de líder desde su pequeña cabaña, a la vez que una especie de pensionista de la
familia. La vieja Sophonisba mostraba reverencia hacia dondequiera que
Marceline estuviera cerca de ella, y una vez la vi besar el suelo que había
pisado el ama. Los negros eran animales supersticiosos, y me pregunté si
Marceline no habría estado soltando algunas de sus insensateces místicas a
nuestros criados para superar su evidente rechazo.
Bueno, así fueron las cosas
durante cerca de medio año. Luego, en el verano de 1916, las cosas comenzaron a
precipitarse. A mediados de junio, Denis recibió una nota de su viejo amigo
Frank Marsh, hablando de una especie de dolencia nerviosa que el hacía desear
el tomarse unas vacaciones en el país. Estaba matasellada en Nueva Orleáns – ya
Marsh había vuelto desde París al sentir llegar el colapso y parecía una llana,
aunque cortés, orden para ser invitado. Marsh, por supuesto, sabía que
Marceline estaba aquí y preguntó muy educadamente por ella. Denis quedó muy
afectado al conocer su problema y le invitó a venir por tiempo indefinido.
Marsh vino… y yo me quedé impresionado al percatarme cómo había cambiado desde
que lo viera en su mocedad. Era un hombre pequeño y rubio, de ojos azules y
mentón débil, y pude ver los efectos de la bebida, y no sé qué más, en sus
párpados hinchados, dilatados poros de la nariz y marcadas comisuras de los
labios. Supongo que había adoptado su pose de decadencia muy en serio y se
empeñaba en posar como Rimbaud, Baudelaire o Lautramont tanto como podía. Pero,
aun así, era delicioso hablar con él, ya que como todos los decadentes era
exquisitamente sensible al color, atmósfera y nombre de las cosas; alguien
admirable, vital y con conocimientos personal en experiencias conscientes sobre
oscuros y sombríos campos de la vida, y el sentimiento acerca de los que la
mayoría de nosotros pasamos sin saber que existen. Pobre jovenzuelo, ¡si su
padre hubiera vivido tan sólo algo más y le hubiera refrenado! ¡Había buena
madera en aquel chico!
Yo estaba contento de la
visita, ya que sentí que podía restaurar una atmósfera normal en la casa. Esto
es lo que realmente pareció ser al principio; porque, como he dicho, Marsh era
una compañía encantadora. Era el artista más profundo y sincero que haya visto
en mi vida, y verdaderamente creo que, excepto la percepción y expresión de la
belleza, nada terrenal le importaba. Cuando veía algo exquisito, o cuando
estaba creándolo, sus ojos parecían dilatarse hasta que los claros irises casi
desaparecían… dejando sólo dos místicos pozos negros en aquel débil y delicado
rostro de color de la tiza: pozos negros abiertos a extraños mundos que ninguno
de nosotros podía siquiera conjeturar. Cuando vino, empero, no tuvo demasiadas
oportunidades de mostrar tal tendencia; ya que había, según comentó Denis,
llegando bastante malparado. Parecía haber sido muy afortunado como artista de
extravagante factura – como Fuseli, Goya, Sime o Clark Ashton Smith, pero
súbitamente se había agotado. El mundo alrededor suyo había cesado de albergar
nada que él pudiera reconocer como belleza… es decir, lo bastante fuerte y
punzante para despertar sus facultades creativas. Ya había experimentado todo
esto antes todos los decadentes lo hacen pero en aquella época no podía
inventar ninguna sensación o experiencia nueva, extraña u “outré” que pudiera
suplir la necesitada ilusión de nueva belleza o expectación estimulantemente
sugestiva. Está como un Durtal o un Des Esseintes en el punto más lastimero de
su curiosas trayectorias.
Marceline no estaba cuando
llegó Marsh. No le había entusiasmado su llegada, y había rehusado declinar una
invitación de alguno de nuestros amigos de San Luis, cursada para Denis y ella.
Denis, por supuesto, permaneció para recibir a su invitado, pero Marceline se
marchó sola. Era la primera vez que lo veía separarse, y deseé que el intervalo
sirviera para disipar la especie de ofuscación que estaba convirtiendo en un
necio al chico. Marceline no mostró ninguna prisa en volver, sino que pareció
prolongar su ausencia tanto como pudo. Denis parecía mucho mejor de lo que uno
esperaría en un marido embobado, y asumía su antiguo talante cuando hablaba de
otros días con Marsh, tratando de animar al apático esteta. Era Marsh quien
parecía más impaciente por ver a la mujer, quizás porque pensaba que su extraña
belleza, o alguna fase del misticismo que le había llevado a su antiguo culto,
podía reanimar su interés hacia las cosas y darle otro empujón hacia la
creación artística. Yo estaba absolutamente convencido que no había otras
razones, basándome en mi conocimiento sobre el carácter de Marsh. Con todas sus
debilidades, era un caballero… y, de hecho, esto había quedado de manifiesto
cuando supe que deseaba venir, porque su complacencia en aceptar la
hospitalidad de Denis probaba que no había razones en contra.
Cuando, al fin, Marceline
volvió, pude ver que Marsh estaba tremendamente afectado. No intentó hablar de
las cosas extravagantes que ella había abandonado definitivamente, pero fue
incapaz de esconder una poderosa admiración que hizo a sus ojos de nuevo
dilatados en esa curiosa forma por primera vez en el transcurso de su visita
clavarse sobre ella cada momento que estuvo en la habitación. Ella, no
obstante, pareció más desazonada que complacida por su agudo escrutinio… es
decir, lo pareció al principio, aunque sus sentimientos mudaron en pocos días,
sentado entre ambos las bases de la mayor cordialidad y frívola compañía. Yo
podía ver a Marsh estudiándola constantemente cuando pensaba que nadie le
observaba, y me pregunté cuánto tiempo podría ser solamente el artista, antes
que el hombre primitivo se despertara ante sus misteriosos encantos. Denis,
naturalmente, sentía ciertamente irritación ante este giro de los
acontecimientos, aunque comprendía que su invitado era un hombre de honor y
que, estética y místicamente, Marceline y Marsh naturalmente tenían cosas e
intereses que discutir, y en las que una persona más o menos convencional no
tenía cabida. No albergada resquemor contra nadie, sino que simplemente
lamentaba que su propia imaginación fuera demasiado tradicional y limitada para
ponerse a la altura de lo que Marceline y Marsh hablaban. Así estaban las cosas
y comencé a tratar más al chico. Con su esposa ocupada en otros quehaceres,
tuvo tiempo para recordar que tenía un padre, y un padre que estaba listo para
auxiliarle en cualquier clase de perplejidad o dificultad.
Solíamos sentarnos en la
galería a observar a Marsh y Marceline mientras recorrían el camino arriba y
abajo a caballo, o jugaban al tenis en el patio que había al sur de la casa.
Hablaban preferentemente en francés, que Marsh, aunque no tenía más que una
cuarta parte de sangre francesa, manejaba con mayor soltura Denis o yo. El
inglés de Marceline, siempre académicamente correcto, estaba tiñéndose
rápidamente de acento, pero estaba claro que ella gustaba de volver a hablar su
lengua materna. Mientras mirábamos la buena pareja que hacían, pude ver cómo
los músculos del pecho y garganta del chico se tensaban… aunque no por eso
fuera menos un anfitrión ideal para Marsh o menos considerado como esposo hacia
Marceline. Todo esto sucedía generalmente durante la tarde, ya que Marceline se
levantaba muy tarde, desayunaba en la cama y gastaba una inmensidad de tiempo
preparándose para bajar las escaleras. Nunca conocí a nadie tan sumido en
cosméticos, ejercicios de belleza, aceites de pelo, ungüentos y parafernalia de
ese estilo. Era en aquellas horas matutinas cuando Denis y Marsh entablaban
contacto e intercambiaban confidencias que mantenían su amistad a pesar de la
tensión impuesta por los celos. Bueno, fue en una de aquellas charlas matutinas
en la terraza cuando Marsh hizo la proposición que precipitó el desenlace. Yo
estaba postrado por culpa de mi neuritis, pero me las había arreglado para
bajar las escaleras y tenderme en el diván del recibidor, cerca del ventanal.
Denis y Marsh estaba casi al otro lado, así que no pude evitar escuchar todo.
Cuanto dijeron. Habían estado hablando de arte, y los curiosos y caprichosos
elementos ambientales necesarios para abocar a un artista en la producción de
su obra, cuando Marsh bruscamente pasó de abstracciones a las aplicaciones
personales; algo que debía tener en la cabeza desde el principio.
-Supongo estaba diciendo que
nadie puede decir exactamente qué escenas y objetos producen tales estímulos
estéticos por algunos individuos.
Básicamente, por supuesto,
debe haber una referencia para cada patrón humano y asociaciones mentales
almacenadas, ya que no hay dos personas que tengan la misma escala de
sensibilidad y respuesta. Nosotros los decadentes somos artistas para quienes
todas las cosas ordinarias han dejado de tener cualquier significado emocional
o imaginativo, pero ninguno de nosotros responde de igual manera al mismo
objeto extraordinario. Ahora tómame a mí, por ejemplo…
Hizo una pausa y luego
prosiguió. Sé, Denny, que puedo decirte tales cosas a ti porque tienes una
mente preternaturalmente intacta: limpia, elegante, directa, objetiva y todo
eso. No se te puede equivocar o engañar, tal como no puede hacerse con ningún
decadente del mundo. Se detuvo una vez más.
-El hecho es que creo saber
lo que necesito para relanzar mi imaginación a trabajar de nuevo. He tenido una
leve idea de esto desde que estábamos en París, pero ahora estoy seguro. Es
Marceline, viejo amigo: ese rostro y ese pelo, y el tren de sombrías imágenes
que provoca. No es simplemente belleza visible aunque Dios sabe que tiene
bastante de eso, sino algo peculiar e individualizado que no puedo explicar
exactamente. Sabes en los últimos días he sentido la existencia de tal
estímulo, tan afinado que honradamente creo que puedo superarme… lograr la obra
maestra si puedo conseguir pinturas y lienzos, tal y como cuando su rostro y
pelo hacían conmocionarse y flamear mi fantasía. Hay algo extraño y de otro
mundo en ella… algo unido a la tenue antigüedad que Marceline representa. No sé
cuánto te ha hablado de ese lado suyo, pero puedo asegurarte que rebosa de él.
Posee maravillosos lazos con el exterior…
Algún cambio en la expresión
de Denis debió detener al orador en aquel momento, porque hubo un considerable
lapso de silencio antes de que volvieran las palabras. Yo estaba completamente
desconcertado, ya que no había esperado un desarrollo tan abierto como éste y
me pregunté que estaría pensando mi hijo. Mi corazón se desbocó y agucé los
oídos con la más sincera intención de seguir escuchando. Luego Marsh prosiguió.
-Por supuesto, estás celoso;
reconozco que una conversación como la mía puede sonar… pero te juro que es
innecesario.
Denis respondió, y Marsh
continuó.
-Para decirte la verdad,
nunca podría enamorarme de Marceline, sólo puedo ser un cordial amigo en el
mejor de los sentidos. ¿Por qué, maldita sea, me siento como un hipócrita
hablando con ella estos días, tal y como he hecho?
-Someramente, una faceta
suya medio me hipnotiza de alguna forma – en una forma extraña, fantástica y
oscuramente terrible- casi como otra faceta te medio hipnotiza a ti de una
forma mucho más normal. Veo algo en ella o para ser psicológicamente exacto,
algo a través o más allá de ella que no acabas de ver. Algo que insinúa un
inmenso despliegue de formas surgidas de abismos olvidados y que me hace desear
pintar increíblemente cosas cuyos perfiles se desvanecen en el instante en que
trato de delimitarlos claramente. No te equivoques, Denny, tu mujer es una
magnifica persona, un espléndido foco de fuerzas cósmicas ¡por las que tienes
derecho a ser llamada divina como nadie en la tierra!
En ese momento, sentí
aflojarse la tensión, ya que la abstracta extravagancia de la declaración de
Marsh, más las lisonjas que ahora acumulaba sobre Marceline, no pudo por menos
que desarmar y ablandar a alguien tan profundamente tan orgulloso de su
consorte como era Denis. Evidentemente, Marsh también captó el cambio, ya que
hubo una mayor confidencia en su tono al continuar. –Debo pintarla, Denny, debo
pintar ese pelo, y no debes negarte. Hay algo más que mortal en ese pelo, algo
más que hermosura…
Se detuvo, y yo me pregunte
cuál sería la respuesta de Denis. Me pregunté, de hecho, qué estaba realmente
pensando yo mismo. ¿Era el presente interés de Marsh el de un artista o estaba
tan infatuado como Denis lo que estuviera? Había pensado, en sus días de
escuela, que él había envidiado a mi chico; y ahora sentía tenuemente que podía
suceder lo mismo. Por otra parte, algo en aquel cúmulo de excusas artísticas
había sonado portentosamente sincero, por lo que, cuanto más lo sopesaba, más
inclinado me sentía a aceptar aquellas afirmaciones. Denis parecía hacerlo
también, ya que, aunque no pude escuchar su respuesta en voz baja, por los
efectos que produjo colegí que ésta debió haber sido afirmativa. Escuché el
ruido de un manotazo en la espalda y tal torrente de agradecimientos por parte
de Marsh como nunca pudiera yo recordar. -Esto es maravilloso, Denny, y te digo
que nunca lo lamentarás. En cierto sentido, medio lo hago por ti. Serás un
hombre diferente cuando lo veas. Te hará volver a ser lo que eras- abriéndote
los ojos y dándote una especie de salvación, pero no puedes comprender aún lo
que significa. Sólo recuerda nuestra antigua amistad, ¡y no te hagas a la idea
que no soy el mismo viejo pájaro!
Me levanté aturdido cuando
vi a los dos deambular por el césped, cogidos del brazo fumando al unísono.
¿Cuál era el significado de la extraña y casi ominosa afirmación de Marsh?
Cuanto más se aplacaban mis temores en un sentido, más crecían en otro. Lo
mirara como lo mirase, parecía ser bastante mal negocio. Pero, los asuntos
siguieron igual. Denis acondicionó un ático con luz natural, y Marsh compró
toda clase de útiles de pintura. Todos estaban bastante excitados con el nuevo
asunto, y al final me alegré que algo estuviera a punto de romper la latente
tensión. Pronto comenzaron las sesiones y todos tomamos con bastante seriedad,
ya que podíamos ver que Marsh lo veía como un importante evento artístico.
Denny y yo solíamos pasear sigilosamente por la casa, pensando que algo sagrado
estaba ocurriendo, y sabiendo que así era en lo que a Marsh tocaba. Con
Marceline, sin embargo, era un asunto diferente, como pronto descubrí.
Cualquiera que fuese la reacción de Marsh ante las sesiones, ella estaba
obviamente a disgusto. Buscó cualquier forma posible de revelar un abierto y
vulgar enamoramiento por parte del artista, así como lograr muestras de
repulsión por parte de Denis. Extrañamente, me percaté de esto mejor que Denis
y traté de idear algún plan para mantener feliz al chico hasta que el asunto
hubiera concluido. No tenía sentido excitarle con eso, si podía ayudársele.
Por fin, decidí que Denis
haría mejor en marcharse mientras se mantuviera la desagradable situación. Yo
podría representar bastante bien sus intereses en ese tiempo y, antes o
después, Marsh acabaría su pintura y se iría. Mi concepto sobre el honor de
Marsh era tal que no pensé en malos desarrollos. Cuando todo hubiera acabado, y
Marceline hubiera perdido de vista a su nuevo enamorado, sería tiempo que Denis
volviera. Así pues, escribí a mi agente comercial y financiero en Nueva York, e
ideé un plan que alejaría al chico por tiempo indefinido. Había pedido al
agente que escribiera informando que nuestros asuntos requerían perentoriamente
la presencia de uno de nosotros en el este y, por supuesto, mi mala salud
dejaba bien claro que yo no podía ser. Se arregló que, cuando Denis llegara a
Nueva York, encontrara plausibles asuntos para tenerle ocupado tanto tiempo
como yo pudiera desear tenerle alejado. “El plan funcionó a la perfección, y
Denis partió hacia Nueva York sin la más minima sospecha; Marceline y Marsh le
acompañaron en el coche hasta Cape Girardeau, donde tomó el tren nocturno para
San Luis. Volvieron por la noche, y mientras McCabe conducía el coche a los
establos pude oírles hablar en la terraza… en esas mismas sillas cerca del
ventanal del recibidor donde Marsh y Denis se habían sentado cuando les escuché
hablar sobre el retrato. En ese momento decidí espiarlos intencionalmente, por
lo que fui al frontal del recibidor sigilosamente y me tendí en el sofá cerca
de la ventana.
Al principio no pude
escuchar nada, pero pronto llegó el sonido de una silla siendo cambiada de
sitio, seguido de un corto y brusco suspiro, y una exclamación lastimera de
Marceline. Luego escuché a Marsh hablando con voz distendida y casi formal. –
Me gustaría trabajar esta noche, si no estás demasiado cansada. La respuesta de
Marceline tenía el mismo tono dolido que había marcado su exclamación. Empleó
el inglés al hacerlo. -Oh Frank, ¿de verdad es todo cuanto te preocupa?
¡Siempre trabajando! ¿No podemos quedarnos sentados aquí con esta gloriosa luz
de luna?
Él respondió
impacientemente, y su voz mostraba cierto desprecio bajo la dominante cualidad
de entusiasmo artístico.
-¡Luz de luna! ¡Bien Dios,
vaya sentimentalismo barato! ¡Siendo una persona supuestamente sofisticada, te
queda sin duda algo de los peores tópicos de las malas novelas! Con el arte
ante ti, tienes que pensar en la luna… ¡Barato como una actuación de
variedades! O quizás te hace pensar en la Danza Sacra alrededor de los pilares
de piedra de Auteuil. Infierno, ¡cómo solías hacer brindar a los ojos
embobados! Pero no… supongo que has olvidado todo eso. ¡No más magia atlante,
ni los ritos de serpientes de pelo de Madame de Russy! Soy él único que
recuerdo las viejas cosas… los seres que recorrían los templos de Tanit y
hacían resonar sus pasos en los terraplenes de Zimbabwe. Pero no quiero ser
tramposo con tales recuerdos… todo eso quedará en mi lienzo… la obra que va a
capturar la maravilla y cristalizar los secretos de 75,000 años.
Marceline le interrumpió con
una voz llena de mezcladas emociones. – ¡Tú eres el que ahora es
sentimentalmente barato! Sabes muy bien que es mejor dejar tranquilas las cosas
antiguas. Harías mejor en no espiar si yo entono aún los viejos ritos o tratar
de despertar a los que yacen ocultos en Yuggoth, Zimbabwe y R’lyeh. ¡Creí que
eras más sensato!
Careces de lógica. Quieres
que me interese en esa preciosa pintura tuya, pero nunca me dejas ver qué estás
haciendo. ¡Siempre cubierta por ese paño negro!
Es mía… no sé qué puede
importar si veo…
Marsh interrumpió en este
momento con voz curiosamente dura y tensa.
-No. Ahora no. La verás en
su debido momento. Sabes que eres tú… sí tú y algo más. Si lo supieras, no
estarías tan impaciente. ¡Pobre Denis! ¡Dios mío, es una vergüenza!
Mi garganta se secó
bruscamente mientras las palabras subían hasta un grado casi febril. ¿Qué
quería decir Marsh? Repentinamente, vi que se había detenido y entraba solo en
la casa. Escuché la puerta frontal cerrarse de golpe y oí sus pisadas subir por
las escaleras. Fuera, en la terraza, puede aún escuchar la pesada y furiosa
respiración de Marceline. Me deslicé con el corazón dolorido, sintiendo que
había graves asuntos por dilucidar antes que pudiera dejar volver a Denis con
seguridad. Tras aquella tarde la tensión en la casa fue aún peor que antes.
Marceline había siempre vivido mimada y adulada, y el golpe de aquellas pocas
rudas palabras de Marsh fueron demasiado para su temperamento. Nadie en la casa
la trataba y, con Denis fuera, volvió su irritabilidad sobre todos. Cuando no
podía encontrar a nadie dentro con quien pelearse, iba a la cabaña de la vieja
Sophonisba y gastaba horas hablando con la extraña anciana zulú. Tía Sophy era
la única persona que la adulaba lo bastante para contentarla, y cuando yo
intenté escuchar su conversación, descubrí a Marceline susurrando sobre
“Antiguos Secretos” y “Desconocida Kadath”, mientras la negra se mecía en su
silla, haciendo inarticulados sonidos de reverencia y admiración a cada
instante.
“Pero nada pudo romper su
perruna fascinación hacia Marsh. Podía hablarle áspera y secamente, pero se
volvía más y más obediente a sus deseos. Era muy conveniente para él, ya que
era capaz de hacerla posar siempre que él se sentía en disposición de pintar.
Él trataba de mostrar gratitud por su buena disposición, pero yo creía detectar
una especie de desprecio o incluso repugnancia bajo su cuidadosa educación. Por
mi parte, ¡odiaba abiertamente a Marceline! Lo que mi actitud no mostraba, más
allá de un simple desdén, en aquellos días. Verdaderamente, me alegraba que
Denis estuviera fuera. Sus cartas, no tan frecuentes como desearía, mostraban
signos de tensión y preocupación.
A mediados de agosto supe,
por las afirmaciones de Marsh, que el retrato estaba casi acabado. Su humor
parecía volverse más sardónico, mientras que el temperamento de Marceline
mejoró, ya que la posibilidad de verlo acariciaba su vanidad. Aún puedo
recordar el día en que Marsh dijo que terminaría todo en el plazo de una
semana. Marceline se excitó claramente, aunque no sin lanzarme una mirada
venenosa. Creí ver que su pelo recogido estaba estrechamente apretado alrededor
de su cabeza.
-¡Quiero ser la primera en
verlo! -Chaqueó. Luego, sonriendo a Marsh, dijo: Y si no me gusta, ¡lo haré
pedazos!
La cara de Marsh mostró la
más curiosa expresión que jamás le viera cuando respondió.
-No puedo afirmar que te
guste, Marceline ¡pero te juró que será magnifico! No deseo otorgarte todo el
crédito, el arte se crea a si mismo, y tenía que ser hecho. ¡Tendrás que
esperar! “Durante los siguientes días sentí un extrañó presagio, como si el fin
de la pintura augurara alguna catástrofe en vez de alivio. Denis no me había
escrito, y mi agente de Nueva York dijo que estaba planeando algún viaje al
país. Me pregunté qué resultado tendría todo aquello. ¡Vaya una extraña mezcla
de elementos!… ¡Marsh y Marceline, Denis y Yo!
¿Cómo reaccionaríamos al
final unos respecto a otros? Mientras mis miedos se acrecentaban, traté de
achacarlo todo a mi enfermedad, aunque la explicación nunca me satisfizo del
todo.
Bueno, todo explotó en un
martes, el 26 agosto. Me había levantado a la hora habitual para desayunar,
pero no me sentía bien por culpa de los dolores en mi espalda. Me había estado
molestando más que de ordinario en los últimos días, forzándome a consumir
opiáceos cuando se hacía insoportable; nadie estaba abajo, excepto los criados,
aunque oí a Marceline trajinando en su habitación. Marsh dormía en el ático
anejo a su estudio y había comenzado a trabajar hasta altas horas, por lo que
raramente aparecía antes del mediodía. Sobre las diez, los dolores se
agudizaron, por lo que tomé una dosis doble de mi opiáceo y me tumbé en el
diván del recibidor. Lo último que oí fue los pasos de Marceline sobre mi
cabeza. Pobre criatura… ¡Si yo hubiera sabido! Debía haberse estado paseando
ante el gran espejo, admirándose. Así era ella. Vanidosa de principio a fin…
deleitándose en su propia belleza, tal y como hacia con todas los pequeños
mimos que Denis era capaz de darle.
“No desperté hasta el ocaso,
y supe por la luz dorada y las grandes sombras más allá del ventanal, cuánto
había dormido. No había más nadie por allí, y una especie de antinatural
quietud parecía cernerse sobre todo. A lo lejos, sin embargo, creí oír un débil
aullido, salvaje e intermitente, cuya cualidad tenía una ligera pero
desconcertante familiaridad para mí. No creo mucho en las premoniciones, pero
me sentí espantosamente desazonado al despertar. Había tenido sueños aún peores
que los de semanas previas y en ese momento parecían odiosamente ligados a
alguna negra y supurante realidad. Toda la casa tenía un aspecto malsano.
Después, pensé que ciertos sonidos debían haberse filtrado a través de mi
cerebro inconsciente durante aquellas horas de sueño drogado. Mi mal, sin
embargo, estaba bastante aliviado, y me levante y anduve sin dificultades.
Pronto supe que algo andaba
mal, Marsh y Marceline podían estar cabalgando, pero alguien debiera estar
preparando la cena en la cocina. Sin embargo, sólo había silencio, excepto
aquel débil y distante aullido o lamento, y nadie respondió cuando tiré de la
vieja campanilla para llamar a Scipio. Luego, al mirar arriba, vi la creciente
mancha del techo… la brillante mancha roja que debía haberse filtrado por el
suelo, desde la alcoba de Marceline.
“En un instante, olvidé mi
espalda lisiada y me lancé escaleras arriba preparado para lo peor. Toda clase
de posibilidades pasaban por mi mente mientras embestía contra la puerta
combada por la humedad de aquella silenciosa alcoba, y lo más odioso de todo
era un terrible sentimiento de fatal desenlace cumplido. Yo había sabido, el
conocimiento me golpeaba, del indescriptible horror que se aproximaba, ya que
algo profunda y cósmicamente maligno se había introducido bajo mi techo, y sólo
sangre y tragedia podían ser el resultado.
La puerta se abrió al fin, y
yo di un traspié por la gran habitación contigua, en la penumbra causada por
las ramas de los grandes árboles al otro lado de la ventana. Durante un
instante, no pude hacer sino encogerme ante el débil aroma que inmediatamente
asaltó mi nariz. Después, encendiendo la luz eléctrica y mirando, reparé en una
innombrable blasfemia sobre la alfombra amarilla y azul. Yacía boca abajo, en
un gran charco de sangre oscura y cuajada, y tenía la sangrienta impronta de un
zapato humano en mitad de su espalda desnuda. Había sangre por doquier: en los
muros, los muebles y el suelo. Mis piernas flaquearon ante la vista y tuve que
tambalearme hacia una silla para desplomarme en ella. La cosa había sido
obviamente un ser humano, aunque su identidad no fue fácil de determinar al
principio, ya que carecía de ropas y la mayor parte de su cabello había sido
cortado y arrancado de la forma más cruda. Tenía un color marfil oscuro y
supuse que debía ser Marceline. La huella de zapato en su espalda le daba un
aspecto aún más infernal. No pude concebir qué extraña y espantosa tragedia
debió tener lugar mientras yo dormía en la habitación de abajo. Cuando alcé la
mano para enjugar el sudor de mi frente, advertí que mis dedos estaban
manchados de sangre. Me sobresalté, comprendiendo que debía proceder del pomo
de la puerta., que el desconocido asesino había cerrado tras él al marcharse.
Se había llevado consigo su arma, al parecer, ya que no había ningún
instrumento mortal a la vista.
Mientras estudiaba el suelo,
descubrí una línea de pegajosas pisadas, como la que viera en el cuerpo, yendo
del horror a la puerta. Había otro rastro sangriento, también, y de una clase
menos fácilmente explicable; una línea ancha y continua, como el camino de una
serpiente gigantesca. Al principio pensé que se debía a algo arrastrado por el
asesino. Luego, percatándome de la forma en que las pisadas perecían sobreponerse
a él, me vi formado a pensar que había sido hecho antes de marcharse el
asesino. Pero, ¿qué reptante entidad podía haber estado en la estancia con la
víctima y su asesino, saliendo antes que éste y cuando todo estuvo hecho?
Mientras me hacía esta pregunta, creí oír nuevas manifestaciones de aquel débil
y lejano gemir. Finalmente, sobreponiéndome a aquel letargo de horror, me puse
de nuevo en pie y comencé a seguir las huellas. Quién era el asesino, no podía
ni siquiera conjeturar, ni tampoco explicarme la ausencia de los criados. Sabía
vagamente que debía acudir al cuarto del ático de Marsh, pero antes de haber
aceptado plenamente la idea vi que, de hecho, el rastro sangriento llevaba
hacia allí. ¿Era él el asesino? ¿Se habría vuelto loco bajo la tensión de
morbosa situación y habría perdido súbitamente la razón?
En el pasillo del ático, el
rastro se volvía débil, y las pisadas casi desaparecían al llegar a la oscura
alfombra. Aún pude discernir, no obstante, el extraño rastro de la entidad que
había salido primero y que llevaba directamente a la cerrada puerta del estudio
de Marsh, desapareciendo por debajo en un punto a medio camino entre las
jambas. Evidentemente, había cruzado el umbral en un momento en que la puerta
estaba abierta de par en par. Con el corazón desfallecido, tanteé el pomo,
encontrando la puerta sin cerrar. Abriéndola, me detuve bajo la menguante luz
del norte preguntándome qué nueva pesadilla podía estar aguardando. Había,
ciertamente, algo humano en el suelo, y busqué el interruptor para encender la
luz. Pero mientras la luz relumbraba, mi mirada abandonó el suelo y su horror-
era Marsh, pobre diablo para clavarse frenética e incrédulamente en el ser vivo
que se agazapaba a la alcoba de Marsh. Era un ser desgreñado, de sus ojos enloquecidos
y manchado de sangre seca que llevaba en su mano un cruel machete que fuera uno
de los adornos de los muros del estudio. Pero incluso en aquel terrible momento
le reconocí como alguien que había creído a miles de kilómetros. Era mi propio
chico, Denis… o la ruina enloquecida que una vez fuera Denis.
Mi presencia devolvió un
resto de cordura o al menos memoria al pobre chico. Se enderezó y comenzó a
sacudir la cabeza como si tratara de librarse de alguna influencia envolvente.
No pude articular palabra, pero moví los labios en esfuerzo por recobrar la
voz. Mis ojos fueron durante un instante a la figura del suelo, caído frente al
pesadamente cubierto caballete… la figura hacia la que el extraño rastro de
sangre llevaba y que parecía estar enredado en los anillos de algún oscuro
objeto con forma de cordón. El cambio de mi mirada aparentemente produjo alguna
impresión en la castigada mente del chico, ya que súbitamente comenzó a
murmurar un ronco susurro que rápidamente fui capaz de descifrar. Tenía que
exterminarla… era el diablo… cúspide y alta sacerdotisa de toda maldad… el
desove del agujero… Marsh lo sabía y trató de avisarme. El buen viejo Frank… yo
no lo maté… entonces ese maldito pelo… “Yo escuchaba horrorizado mientras Denis
se sofocaba, hacía una pausa y proseguía. -No lo sabes… sus cartas eran
extrañas y supe que estaba enamorada de Marsh.
Luego dejó de escribirme. Él
nunca la mencionaba… sentí que algo iba mal, y pensé que debía volver y
descubrirlo. No podía contarte… tus ademanes te hubieran traicionado. Quería
sorprenderles. Vine hoy al mediodía… vine en un coche y despedí a los criados…
dejé solos a los del los campos, porque en sus cabañas están fuera del oído. Le
dije a McCabe que fuera a buscarme algunas cosas a Cape Girardeau y no se
molestara en volver hasta mañana. Dije a los negros que cogieran el viejo coche
y dejé que Mary les condujera hasta Bend Village de vacaciones… les dije que
nos íbamos a una especie de excursión y que no los necesitábamos. Les dije que
mejor pasaran la noche con la prima del Tío Scipio, la que tiene esa posada de
negros.
Denis estaba farfullando
incoherencias ahora, y agucé los oídos para captar cada palabra. De nuevo pensé
que oía aquel salvaje y lejano lamento, pero la historia tenía su primer foco
en aquel lugar. -Te vi durmiendo en el diván e intenté que no despertaras.
Luego fui escaleras arriba sigilosamente para sorprender a Marsh y… ¡Esa mujer!
El chico se estremeció como
si eludiera pronunciar el nombre de Marceline. Al tiempo, vi dilatarse sus ojos
en consonancia con un renacer del distante griterío, cuya vaga familiaridad se
había hecho ahora muy grande. -Ella no estaba en su alcoba, por lo que fui al
estudio. La puerta estaba cerrada, y pude oír sus voces dentro. No llamé… sólo
irrumpí y la encontré posando para la pintura. Desnuda, pero con ese infernal
pelo cubriéndola. Y haciendo toda clase de miradas tiernas a Marsh. Tenía el
caballete alejado de la puerta, por lo que no pude ver la pintura. Ambos se
llevaron un buen susto cuando aparecí, y Marsh dejó caer su pincel. Yo hervía
de furia y le conminé a mostrarme el retrato, pero él mantuvo la calma en todo
momento. Me dijo que no estaba acabado, pero que en un día o dos… dijo que lo
podría ver entonces… ella no lo había visto. -Pero eso no iba conmigo. Avancé,
y él dejó caer una cortina púrpura sobre la obra, antes que pudiera verlo. Él
estaba preparado para pelear antes de dejarme verlo, pero eso… eso… ella…
avanzó y se puso de mi parte. Me dijo que debíamos verlo. Frank se alteró de
forma horrible, y me dio un golpe cuando traté de quitar la cortina. Le devolví
el golpe y pareció quedar fuera de combate. Luego estuve a punto de caer yo
también por culpa del grito que…la criatura… lanzó. Había arrancado la cortina
ella misma y tenía la vista clavada en la pintura de Marsh. Me di vuelta por la
habitación y la vi precipitarse como una loca fuera de la estancia… entonces vi
el cuadro.
La locura fulguro en los
ojos del chico al llegar a ese momento, y durante un instante pensé que me iba
a atacar con su machete. Pero tras una pausa se calmó parcialmente.
-¡Oh, Dios… qué cosa! ¡Nunca
la mires! ¡Quémala con sus cortinas puestas y lanza las cenizas al río! Marsh
sabía… y quería avisarme. Sabía lo que eso era… que esa mujer… esa pantera, o
Gorgona, o lamia, o lo que fuera… verdaderamente representa. Trató de
insinuármelo desde que la encontré en su estudio de París, pero no podía ser
dicho con palabras. Pensaba que todos se equivocaban cuando susurraban horrores
sobre ella… me hipnotizó de forma que no pudiera creer en la cruda verdad… pero
esta pintura ha captado todo el secreto… ¡todo el monstruoso fundamento! ¡Dios
Frank es un artista! ¡Eso es la mejor pieza que cualquier alma viviente haya
producido desde Rembrandt! Es un crimen quemarlo… pero sería uno aún mayor
dejarlo existir… como hubiera sido un horrendo pecado dejar… que esa diablesa…
siguiera existiendo. En el momento que vi, entendí lo que… ella… era, y la
parte que jugaba en el terrible secreto que ha pervivido desde los días de
Cthulhu y los Primordiales… el secreto que casi desapareció al hundirse la
Atlántida, pero que fue mantenido vivo en tradiciones ocultas y alegóricos
mitos, y ritos furtivos de la medianoche. Tú sabes que ella era un ser real. No
era ninguna impostora. Podría haber sido misericordioso de haber resultado una
embaucadora. Era la vieja y odiosa sombra que los filósofos nunca osaron
mencionar… el ser insinuado en el Necronomicón y simbolizado en los colosos de
la Isla de Pascua.
Ella pensaba que no sería
descubierta… que su falsa fachada la protegería hasta que hubiéramos malvendido
nuestras almas inmortales. Y casi tenía razón… al final me habría tenido. Ella
sólo… esperaba. Pero Frank… el buen viejo Frank… fue demasiado para ella. El
sabía todo lo que significaba y lo pintó. No me extraña que gritara y huyera al
ver la pintura. No estaba acabada, pero Dios sabe lo que estaba lo bastante.
Entonces supe que tenía que matarla… matarla a ella y a todo cuanto estuviera
conectado con ella. Era una mancha que la sangre humana no podía llevar. Había
otra cosa también… pero nunca lo sabrás si quemas el cuadro el cuadro sin
mirarlo. Fui dando tumbos hasta tu habitación con este machete que cogí del
muro, aquí, dejando a Frank todavía tendido. Respiraba, no obstante, y
agradezco a los cielos no haberle matado. -La encontré frente al espejo,
trenzando su maldito pelo. Se volvió hacia mí como una bestia salvaje y comenzó
a escupir su odio sobre Marsh. El hecho que hubiera estado enamorada de Marsh y
sé que así era sólo lo hacia peor. Durante un minuto no me moví, y estuve muy
cerca de hipnotizarme completamente. Luego pensé en la pintura, y en la
pintura, y el hechizo se rompió. Vio todo eso en mis ojos y pudo percatarse del
machete también. Nunca vi nada más parecido a una bestia salvaje de la jungla.
Saltó sobre mí con las uñas como las de un leopardo, pero yo fui demasiado
rápido. Blandí el machete y todo acabó.
Denis tuvo que volver a
detenerse, y vi que el sudor corría por su frente entre las salpicaduras de
sangre. Pero en un instante la voz ronca prosiguió. –He dicho que todo acabó…
¡Pero Dios! ¡Algo acababa sólo de comenzar! Sentí haber combatido las legiones
de Satanás, y puse mi pie en la cosa que había aniquilado. Luego vi esa
blasfema mata de burdo pelo negro comenzar a revolverse por su cuenta. -Debiera
haberlo sabido. Está todo en los viejos cuentos. Ese maldito pelo tenía una
vida propia que no podía ser aniquilada matando a la criatura. Sabía que debía
quemarlo, por eso comencé a cortarlo con el machete. ¡Dios, fue un trabajo
infernal! Duro como cables de acero… pero conseguí hacerlo. Y era espantosa la
forma en que la gran trenza se retorcía y luchaba bajo mi ataque. -Más o menos
en el momento en que había cortado o arrancado la última hebra escuché el
espantoso aullido tras la casa. Sabes… aún se oye a ratos. No sé lo que es,
pero debe estar conectado con este asunto infernal. Casi parece algo que
debiera conocer, pero no lo bastante como para ubicarlo. Perdí los nervios la
primera vez que lo escuché y solté la cercenada trenza en mi espanto. Entonces,
sufrí un espanto aún peor… ya que, en otro segundo, la trenza se había
enroscado sobre mi cuerpo, comenzando a atacarme venenosamente con uno de sus
extremos que se había anudado en forma de grotesca cabeza. Le golpeé con el machete
y huyó.
Luego, cuando recuperé la
respiración, vi que esa monstruosidad reptaba por el suelo como una gran
serpiente negra. No pude hacer nada durante un momento, pero cuando desapareció
por la puerta me las arreglé para obligarme a dar tumbos en pos de ella. Pude
seguir el ancho y sangriento rastro, y vi que iba escaleras arriba. Fui hacia
allí… y que los cielos me maldigan si no vi, a través del zaguán, atacar al
pobre y aturdido Marsh como una enloquecida serpiente, tal y como había hecho
conmigo, y finalmente se arrolló a su alrededor como una pitón. Había comenzado
a volver en sí, pero esa abominable serpiente no le dejó ponerse en pie. Sabía
que el odio de esa mujer estaba tras todo eso, pero no tuve fuerzas para
impedirlo. Lo intenté, pero sin resultados. Ni siquiera el machete era útil… no
podía descargarlo sin despedazar a Frank. Vi a esos monstruosos anillos
estrecharse… vi al pobre Frank Estrangulado hasta la muerte ante mis ojos… y,
durante todo aquel tiempo, aquel débil aullar llegaba desde algún lugar más
allá de los campos.
-Eso es todo. Puse el lienzo
púrpura sobre la pintura y ruego porque nunca sea quitado. Debe arder. No puede
quitar los anillos del pobre, muerto Frank… se agarran a él como lapas y
parecen haber perdido completamente el movimiento. Es como si esa cuerda
serpentina de pelo tuviera una especie de perverso cariño hacia el hombre al
que mató… estrechándole… abrazándole.
Debes quemar al pobre Frank
con él… pero, por amor de Dios, no olvides convertirlo en cenizas. A eso y a la
pintura. Ambos deben desaparecer. La seguridad del mundo exige que así sea.
Denis podría haber susurrado más, pero un nuevo estallido de distantes gimoteos
le interrumpió. Por primera vez supe qué era, ya que un tornadizo viento de
poniente traía, por fin, palabras articuladas. Debimos haberlo sabido antes, ya
que sonidos muy parecidos habían nacido otras veces de la misma fuente. Era la
arrugada Sophonisba, la anciana bruja zulú que había reverenciado a Marceline,
aullando desde su cabaña en una forma que era el colofón de los horrores de
esta tragedia de pesadilla. Podíamos oír algunas de las cosas que ululaba, y
supimos de los lazos secretos y primordiales que ligaban a esta salvaje bruja
con esa otra depositaria de antiguos secretos que acababa de ser extirpada.
Algunas de las palabras traicionaban su intimidad con tradiciones demoníacas y
paleógenas.
-¡Iä! ¡Iä! ¡Shub-Niggurath!
¡Ya –R’lyeh! ¡N’gagin’bulu bwana n’lolo! Ya, yo pobre Missy Tanit, pobre Missi
Isis! Marse Clooloo, ven sobre las aguas y recoge a tu hija… ¡Ella ha muerto!
El pelo no se moverá más, Marse Clooloo. ¡La vieja Sophy sabe! ¡La vieja Sophy
que ha ido a la piedra negra exterior de la Gran Zimbabwe en la vieja África!
¡Vieja Sophy que ha bailado a la luz de la luna alrededor de la
piedra-cocodrilo, antes que N’bangus la cogiera y la vendiera a la gente de los
grandes barcos! ¡Ninguna otra bruja guardará el fuego en el lugar de gran
piedra! ¡Ya, Yo! ¡N’gagi n’bulu bwana n’lolo! ¡Iä! ¡Shub-Niggurath! ¡Ella
muerta! ¡La vieja Sophy lo sabe!
Esto no fue el fin de los
lamentos, pero fue todo cuanto pudimos entender. La expresión del rostro de mi
chico mostraba que estaba recordando algo espantoso, y la presión de la mano
que empuñaba el machete no presagiaba nada bueno. Supe que estaba desesperado,
y pensé en desarmarle, si era posible, antes que hiciera nada más. Pero era
demasiado tarde. Un viejo con la espalda lesionada no tiene mucha fuerza. Hubo
una terrible lucha, pero se dio muerte en pocos segundos. No estoy seguro ni
siquiera si también trató de matarme. Sus últimas palabras jadeantes eran algo
sobre la necesidad de destruir cuanto hubiera estado conectado con Marceline,
fuera por sangre o por matrimonio.
Me maravillo de no haber
enloquecido aquel día y en aquel instante… o en los momentos y horas
posteriores. Frente a mi estaba el cadáver de mi hijo el único ser humano que
me era querido, y tres metros más allá, frente al tapado caballete, el cuerpo
de su mejor amigo con un indescriptible lazo de horror alrededor suyo. Abajo, estaba
el rapado cadáver del monstruo, sobre el que yo estaba casi dispuesto a creer
todo. Estaba demasiado aturdido para analizar la verosimilitud de la historia
del pelo… y, de no haberlo creído, el triste lamento de la cabaña de tía Sophy
hubiera sido bastante como para aquietar dudas por el momento. De haber sido
sabio, habría hecho cuanto me dijo el pobre Denis… quemar la pintura y el pelo
asido al cuerpo, y todo a la vez y sin mostrar curiosidad. Pero estaba
demasiado afectado para ser sabio. Supongo que musité tonterías sobre mi chico,
y después recordé que la noche caía y que los criados volverían por la mañana.
Estaba claro que un asunto como éste nunca podría ser explicado, y supe que
debía ocultar los hechos e inventar una historia. Ese lazo de pelo alrededor de
Marsh era algo monstruoso. Mientras lo empujaba con una espada que tomé del
muro, casi creí sentir cómo apretaba su abrazo sobre el hombre muerto. No me
atrevía a tocarlo… y cuanto más lo miraba de más cosas horribles me percataba.
Algo me sobresaltó. No quiero mencionarlo, pero explica parcialmente la
nutrición del pelo con extraños aceites que siempre le daba Marceline.
Por fin, decidí enterrar los
tres cuerpos en el sótano, con cal viva que sabía teníamos en el almacén. Fue
una noche de trabajo infernal. Cavé tres tumbas… con mi chico a mayor distancia
que los otros dos, porque no quería que estuviera cerca del cuerpo de la mujer
o su pelo. Lamenté dejar la trenza alrededor del pobre Marsh. Fue algo terrible
bajarlos hasta el sótano. Utilicé mantas para llevar a la mujer y el pobre
diablo con la trenza a su alrededor. Luego saqué dos barriles de cal del
almacén. Dios debió darme fuerzas, ya que no sólo conseguí llevarlos, sino que
rellené las tres tumbas sin dificultades. Parte de la cal la utilicé para
cubrir paredes. Tuve que sacar una escalera de tijera y fijarla sobre el techo
del recibidor, donde la sangre se había filtrado. Y quemé casi todo cuanto
había en la habitación de Marceline, raspando los muros, el suelo y los muebles
pesados. Limpié también el estudio del ático, así como el rastro y las pisadas
que llevaban allí. Y durante todo ese tiempo pude escuchar a la vieja Sophy
lamentándose a lo lejos. Tenía que tener el diablo en el cuerpo para que su voz
sonara así. Pero siempre gritaba extrañas cosas. Eso es por lo que los negros
de los campos no se sobresaltaron o intrigaron aquella noche. Cerré el estudio
y me llevé la llave a mi habitación. Luego quemé mis manchadas ropas en la
chimenea. Al alba, toda la casa parecía bastante normal, al menos a ojos de una
mirada casual. No me atreví a tocar el cubierto caballete, pero pensaba
encargarme de él más tarde.
Bueno, los criados volvieron
al día siguiente, y les dije que los jóvenes se habían ido a San Luis. Ningún
peón de los campos parecía haber visto ni oído nada, y los lamentos de la vieja
Sophonisba se detuvieron al alba. Tras aquello, fue como una esfinge y nunca
soltó una palabra de cuanto hubo en su rumiante cerebro de bruja el día y la
noche anterior. Más tarde simulé que Denis, Marsh y Marceline habían vuelto a
París e hice que una discreta agencia de correos me enviara cartas suyas…
cartas que había encargado fueran escritas con fingida caligrafía suya. Me
costó un buen trabajo engañar y vencer las reticencias al explicar las cosas a
sus diversos amigos, y sé que la gente secretamente sospechaba que ocultaba
algo. Hice que se informara sobre las muertes de Marsh y Denis durante la
guerra, y más tarde dije que Marceline había entrado en un convento.
Afortunadamente, Marsh era un huérfano cuya excentricidad le habían alejado de
los suyos en Louisiana. Las cosas hubieran podido ir por mejor camino si
hubiera tenido el buen de quemar la pintura, vender la plantación y tratar de
tomarme las cosas como el producto de una mente sacudida y fatigada. Cosechas
perdidas… los peones se marcharon uno a uno… el lugar arruinándose… y yo mismo
un ermitaño, el blanco de docenas de extraños cuentos locales. Hoy en día,
nadie se acerca tras caer el sol… ni en otro momento si puede evitarlo. Por eso
supe que usted era un forastero. – ¿Y por qué sigo aquí? Puedo explicárselo del
todo. Está demasiado en contacto con cosas que están justo al borde de la
cordura. No hubiera sido así, quizás, de no haber mirado la pintura. Debí haber
hecho lo que me pedía el pobre Denis. Honradamente, pensaba quemarla cuando
subí al estudio cerrado una semana después del horror, pero la mire primero… y
todo cambió.
No, no tiene sentido hablar
de lo que vi. Usted puede, de alguna manera, verlo por sí mismo, aunque el
tiempo y la humedad han hecho su trabajo. No puedo decir si le afectará por
echarle una mirada, pero fue diferente para mí. Demasiado sé lo que significa.
Denis estaba en lo cierto…
es el más grande triunfo del arte humano desde Rembrandt, aunque esté
inconcluso. Lo comprendí desde el principio y supe por qué el pobre Marsh había
sido totalmente literal cuando insinuó que no estaba pintando tan sólo a
Marceline, sino que veía a través y más allá de ella. Por supuesto, ella estaba
allí era la clave, en cierto sentido, pero su figura sólo era un punto en un
vasto retablo. Estaba desnuda, excepto por esa odiosa mata de pelo alrededor
suyo, medio sentada, medio reclinada en una especie de banco o diván, tallado
con motivos diferentes a cuanto pueda ser parte de cualquier tradición
decorativa conocida. Tenía una copa de monstruoso diseño en una mano, con la
que escanciaba un fluido cuyo color no he sido capaz de determinar o
clasificar… no sé de dónde sacó Marsh los pigmentos. “La figura del diván
estaba en la izquierda, en un primer plano de la más extraña escena que haya
visto en mi vida. Pienso que había una débil insinuación que todos esos seres
son una especie de emanación del cerebro de la mujer, aunque había también una
sugerencia totalmente opuesta… como si fuera sólo una imagen maligna o
alucinación invocada por la escena misma.
No puedo decirle ahora si es
un interior o un exterior… si esas infernales y ciclópeas bóvedas se ven desde
fuera o dentro, o si hay en efecto tallas de piedra y no simplemente enfermizas
arborescencias fungosas. La geometría del conjunto es enloquecida… algo con
ángulos obtusos y agudos, todos entremezclados. Y, ¡Dios! ¡Las figuras de
pesadilla que flotan alrededor en ese contraluz perpetuo y demoniaco! ¡Las
blasfemias que asechan y observan y se entrelazan en un aquelarre que tiene a
la mujer como suma sacerdotisa! Las negras entidades peludas que no son cabras
del todo… la bestia con cabeza de cocodrilo, tres piernas y una fila dorsal de
tentáculos… y los chatos egiptanos bailando en una escena que los sacerdotes de
Egipto… ¡conocieron y maldijeron! Pero la escena no era Egipto… era anterior a
Egipto; incluso anterior a la Atlántida, la fabulosa Mu o Lemuria, la susurrada
por los mitos. Era la fuente primordial de todo el horror en esta tierra, y el
simbolismo mostraba tan sólo demasiado claramente cuán parte de ello era
Marceline. Pienso que debe representar a la innombrable R’lyeh, que no fue
construido por criaturas de este planeta… la cosa sobre la que Marsh y Denis
solían hablar entre las sombras y con voz baja. En la pintura parece como si
toda la escena transcurriera bajo las aguas… aunque todos parecen respirar
libremente.
Bueno… no pude hacer más que
mirar y temblar, y finalmente vi que Marceline me miraba astutamente desde la
tela con sus monstruosos y dilatados ojos. No fue superstición… Marsh había
captado algo de su horrible vitalidad en aquella sinfonía de líneas y colores,
por lo que ella aún rumiaba y asechaba y odiaba, como si la mayor parte de ella
no estuviera en el sótano bajo cal viva. Y lo peor fue cuando algunas de
aquellas serpentinas hebras de cabello, esos retoños de Hécate, comenzaron a
despegarse de la superficie y tantear por la estancia en mi dirección. Entonces
llegó lo que reconocí como el último y supremo horror, y descubrí que era un
guardián y un prisionero por siempre. Ella era el ser de quien manaban las
primeras y turbias leyendas de Medusa y las Gorgonas, y algo de mi estremecida
voluntad había sido capturada y convertida en piedra al fin. Nunca más estaría
a salvo de esos rizos serpentinos… los rizos de una pintura y los que yacían
bajo la cal, cerca de las barricas de vino. Demasiado tarde, recordé los
relatos sobre la virtual indestructibilidad, aún tras siglos de sepultura, del
pelo de los muertos.
Desde entonces, mi vida no
ha sido otra cosa que horror y esclavitud. Siempre me ha acechado el miedo a lo
que aguarda bajo el sótano. En menos de un mes, los negros comenzaron a
murmurar sobre la gran serpiente negra que reptaba entra las cubas de vino tras
ponerse el sol, así como sobre la curiosa forma en que su rastro llevaba a otro
lugar, dos metros más allá. Luego, los peones del campo comenzaron a hablar de
la serpiente negra que visitaba la cabaña de la vieja Sophonisba después de la
medianoche. Uno de ellos me mostró el rastro y, no mucho más tarde, supe que
tía Sophy había comenzado a efectuar extrañas visitas al sótano de la casa,
permaneciendo y murmurando durante horas en el mismo lugar al que ninguno de
los otros negros quería acercarse. ¡Dios, cómo me alegré que cuando esa vieja
bruja murió! Sinceramente, creó que fue sacerdotisa de alguna antigua y
terrible tradición, allá en África. Debió llegar a vivir casi ciento cincuenta
años. A veces, creo escuchar alguna cosa deslizarse alrededor de la casa
durante la noche. Hay un extraño ruido en las escaleras, allá donde los
peldaños están sueltos, y el picaporte de mi alcoba resuena como bajo una
presión que buscará entrar. Siempre tengo la puerta cerrada, por supuesto. Y
hay ciertas mañanas en que creo captar un nauseabundo hedor mohoso en los
corredores, y me percato de un débil rastro continuo sobre el polvo de los
suelos. Sé que debo guardar el pelo de la pintura, ya que, si algo le sucede,
hay entidades en esta casa que tomarían segura y terrible venganza. No me
atrevo ni a morir… ya que la vida y la muerte son una para aquellos que están
en las garras de quienes emanan de R’lyeh. Algo puede estar listo para castigar
mi negligencia.
El lazo de Medusa me ha
atrapado y siempre será así. Nunca te mezcles con el secreto y último horror,
joven si valoras tu alma inmortal.”
Al terminar el anciano su
historia, vi que la lámpara pequeña se había apagado hacía mucho, y que la
grande estaba casi vacía. Sabía que debía estar próxima el alba, y mis oídos me
indicaron que la tormenta había acabado. La historia me había dejado medio
aturdido y casi temía mirar a la puerta, esperando que revelara una presión
hacia el interior, fruto de alguna fuente indescriptible. Era difícil decir
cuál era mi emoción predominante… rígido horror, incredulidad o una especie de
curiosidad fantástica y enfermiza. Estaba completamente sin habla y tuve que
esperar que mi anfitrión rompiera el hechizo. -¿Desea ver… la cosa? Su voz era
muy baja y vacilante, y vi que estaba tremendamente serio. Sobre todas las
emociones, venció la curiosidad y cabeceé silenciosamente.
Se levantó, encendiendo una
vela de una mesa cercana y alzándola ante sí mientras abría la puerta. Venga
conmigo… arriba. Temí afrontar aquellos mohosos pasillos de nuevo, pero la
fascinación se impuso a mis escrúpulos. Los tablones crujían bajo nuestros
pies, y temblé en una ocasión, creyendo ver una débil línea trazada en el polvo
cerca de la escalera. Los escalones que llevaban al ático eran ruidosos y
desvencijados, con multitud de listones perdidos. Me sentía bastante contento
de la necesidad de mirar atentamente donde pisaba, ya que eso me daba una
excusa para no ojear a mi alrededor. El corredor del ático era negro como la
pez y cubierto de telarañas, y por unos tres centímetros de polvo, excepto en
un camino abierto hasta una puerta a la izquierda del final. Al percatarme de
los podridos restos de una gruesa alfombra, pensé en los otros pies que la
habían pisado décadas pasadas… en ellos y en algo que no tenía pies. El anciano
me llevó directamente hasta la puerta al final del abierto camino y peleó un
instante con el oxidado pestillo. Me sentí sumamente asustado al darme cuenta
que la pintura estaba tan cerca, pero no me atreví a retroceder en aquel
instante. En el momento siguiente mi anfitrión me introducía en el desierto
estudio.
La luz de la vela era muy
débil, aunque servía para mostrar la mayoría de los contornos. Me percaté del
techo bajo y sesgado, la inmensa prolongación de la buhardilla, las
curiosidades y trofeos que pendían de las paredes… y sobre todo, del gran
caballete cubierto en el centro de la estancia. Entonces, De Russy se dirigió
hacia aquel caballete, apartando las polvorientas colgaduras púrpuras por el
lado contrario a mí, y me indicó silenciosamente que me aproximara. Me armé de
valor para obedecer, especialmente al ver los ojos de mi guía dilatarse, bajo
la luz oscilante de la vela, mientras miraba el desvelado lienzo. Pero de nuevo
la curiosidad venció a todo lo demás, y me acerqué hasta donde estaba De Russy.
Entonces vi la condenable cosa. No me desmayé… aunque ningún lector puede
quizás entender el esfuerzo que conllevó el no hacerlo. Grité, deteniéndome
bruscamente al ver la espantad mirada en el rostro del anciano. Como esperaba,
el cuadro estaba combado, mohoso y enturbiado por culpa de la humedad y el
abandono; pero, a pesar de todo, pude vislumbrar las monstruosidades
insinuaciones de cósmica maldad exterior que asechaban a través del enfermizo
contenido y la pervertida geometría de la indescriptible escena. Era tal como
dijera el anciano: un infierno abovedado y columnado, de mezcladas Misas Negras
y Aquelarres… y lo que su finalización hubiese añadido estaba más allá de mis
conjeturas. La decadencia sólo había aumentado el total horror de su cruel
simbolismo y aquella sugestión malsana, ya que las partes más afectada por el
tiempo eran justamente aquellas que en Naturaleza o en aquel dominio
extracósmico que se burlaba Naturaleza eran más aptas para degenerar o
desintegrarse.
El supremo horror, por
supuesto era Marceline… y mientras observaba la hinchada y descolorida carne
tuve la extraña fantasía que quizás la figura del lienzo mantenía algún oscuro
y oculto lazo con la figura que yacía en cal viva, bajo el suelo del sótano.
Quizás la cal había preservado el cuerpo en lugar de destruirlo… ¿pero cómo
hubiera podido conservar aquellos ojos negros y malignos que me observaban, y
se burlaban de mí desde el pintado infierno? Y había otra cosa tocante a la
criatura que no pude por menos que percibir… algo que De Russy no había sido
capaz de expresar con palabras, pero que quizás tenía que ver con el intento de
Denis de matar a todos los de su sangre que hubieran morado bajo el mismo techo
que ella. Quizás Marsh lo sabía, o quizás el genio lo retrató
inconscientemente, eso nadie puede decirlo. Lo cierto es que Denis y su padre
no pudieron saberlo hasta ver el retrato. Superando a todo horror, estaba el
serpentino cabello negro, que cubría el podrido cuerpo, y que no mostraba el
más leve rastro de decadencia. Todo cuanto había oído sobre él quedaba
ampliamente verificado. No había oído nada humano en aquel cordón sinuoso, un
semiaceitoso, semiondulado torrente de serpentina oscuridad. Una vil vida
independiente se proclamaba a sí misma en cada rizo y voluta antinatural, y la
sugerencia de innumerables cabezas reptilianas en las rizadas puntas era
demasiado marcada para ser ilusoria o accidental.
La Blasfemia entidad me
apresaba como un imán. Me sentía inerme, y no me pregunté por qué el mito decía
que la mirada de La Gorgona convertía a quienes la contemplaban en piedra.
Luego creí ver cambiar al ser. Las lascivas facciones se movieron
perceptiblemente, ya que las podridas fauces cayeron, permitiendo a los gruesos
y bestiales labios mostrar una fila de puntiagudos colmillos amarillentos. Las
pupilas de la diablesa se dilataron, y los mismos ojos parecieron desorbitarse.
Y el pelo… ¡Ese maldito pelo! ¡Había comenzado a crujir y ondear
perceptiblemente, las cabezas de serpiente volviéndose hacia De Russy y
zumbando como si fueran a picar! La razón me abandonó por completo, y antes de
saber lo que hacía, saqué mi automática y descargué las doce balas de acero
sobre el impresionante lienzo. Todo se hizo pedazos, incluso el marco
aposentado sobre el caballete, y resonó estruendosamente sobre el polvoriento
suelo. Pero mientras este horror se quebraba, otro se alzaba ante mí en forma
del mismo De Russy, cuyos enloquecidos gritos, al ver desaparecer la pintura,
eran casi tan terribles como el cuadro mismo.
Con un semi-articulado grito
de “¡Dios, ahora la ha hecho!”, el frenético anciano me arrebató violentamente
el arma y comenzó a arrastrarme fuera de la habitación por las desvencijadas
escaleras. Había dejado caer la vela preso del pánico, pero el alba estaba
próxima y una débil luz gris se filtraba por las ventanas polvorientas. Di
traspiés y tropecé repetidas veces, pero ni por un instante mi guía aflojo el
paso.
-¡Corra, hombre! -gritaba.
¡Corra, por su vida! ¡No sabe lo que ha hecho! ¡No le había contado todo! Eso
era lo que había que hacer… el cuadro me hablaba y me lo dijo. Tenía que
guardarlo y vigilarlo… ¡y ahora sucederá lo peor! ¡Ella y ese pelo saldrán de
sus tumbas, con sabe qué propósitos! “¡Corra, hombre!
Por amor a Dios, salga de
aquí ahora que aún está a tiempo. Si tiene un coche, lléveme a Cape Girardeau
con usted. Me encontrará de todas formas, pero se lo pondré difícil. ¡Salgamos…
rápido! Mientras llegábamos a la planta baja comencé a percibir un lento y
curioso sonido procedente del fondo de la casa, seguido del ruido de una puerta
cerrándose. De Russy no había oído el golpe, pero el otro ruido sí lo captaron
sus oídos y le arrancó el más terrible grito que pueda emitir una garganta
humana.
-Oh, Dios… buen Dios… eso
era la puerta del sótano…viene…
En Ese momento yo estaba
luchando desesperadamente con el oxidado picaporte y las flojas bisagras de la
gran puerta delantera, casi tan frenético como mi anfitrión ante el sonido del
lento y retumbante pisar que se aproximaba desde desconocidas estancias de la
parte trasera de la maldita mansión. La lluvia nocturna había combado las
planchas de roble y la pesada puerta se atascaba y resistía con mayor fuerza
que cuando forzara la entrada la tarde anterior. En algún lugar, un listón
crujió bajo los pies de lo que llegaba, y el sonido pareció arrancar el último
resto de cordura al pobre anciano. Con un bramido como el de un toro
enloquecido soltó su presa sobre mí y saltó hacia la derecha, a través de la
abierta puerta de una estancia que consideré un recibidor. Un segundo después,
mientras me abalanzaba por el destartalado porche para comenzar una loca
carrera por el largo paseo invadido de hierbas, creí captar el sonido de
muertas y obstinadas pisadas que no me seguían a mí, sino que se encaminaban
hacia la puerta del recibidor cubierto de telarañas. Mientras me precipitaba
entre los espinos y la maleza del abandonado camino, cruzando los moribundos y
grotescos robles enanos a la gris palidez de un nuboso amanecer de noviembre,
miré hacia atrás tan sólo un par de veces. La primera vez fue cuando me asaltó
un olor acre, y pensé en la vela De Russy había dejado caer en el estudio del
ático. Fue cuando estaba confortablemente cerca de la carretera, sobre el alto
lugar desde donde el techo de la distante casa era perfectamente visible sobre
los árboles que lo rodeaban; tal como esperaba, espesas nubes de humo brotaban
de las buhardillas y se rizaban hacia los plomizos cielos. Agradecí a los
poderes de la creación que una inmemorial maldición estuviera a punto de ser
purificada mediante el fuego y extirpada de la tierra.
Pero en ese instante efectué
la segunda mirada atrás y vi otras cosas… cosas que anularon la mayor parte del
alivio y me propinaron el supremo golpe del que jamás me recobraré. He dicho que
estaba en la parte más alta del camino, desde donde es visible la mayor parte
de la plantación a mis espaldas. Esta panorámica incluía no solo la casa y sus
árboles, sino también el abandonado, y en parte sumergido, llano junto al río,
así como algunas curvas del camino sepultado por la maleza que tan
apresuradamente había recorrido. En algunos de estos últimos lugares vi
entonces algo o indicios de algo que desearía devotamente desmentir. Fue un
débil, distante grito lo que me hizo volverme, y, al hacerlo, capté una
sugerencia de movimiento en el plomizo y pantanoso llano tras la casa. Las
distantes figuras humanas eran muy pequeñas, pero aun así supuse que los
movimientos implicaban que una de las figuras era perseguida y la otra
perseguía. También creí ver a la figura vestida de ropas oscuras adelantada y
capturada por la calva y desnuda figura de detrás… alcanzada, apresada y
arrastrada violentamente en dirección a la ahora ardiente casa.
No puede ver el desenlace,
ya que una visión más cercana, en ese momento, se entrometió. Una sugerencia de
movimiento entre los arbustos en un punto a alguna distancia, atrás, a lo largo
del desolado camino. Inconfundiblemente, las malezas y matorrales y espinos se
agitaban sin que fuera obra del viento, ondulando como si alguna veloz y gran
serpiente reptara por el suelo en mi persecución. Esto fue cuanto pude
aguantar. Huí por el portal, enloquecido, indiferente al desgarrar de ropas y a
los rasguños sangrantes, y salté al coche aparcado bajo los grandes árboles de
hoja perenne. Era un espectáculo desastrado y empapado de lluvia, pero el motor
estaba intacto y no tuve problemas para arrancar. Conduje ciegamente en la
dirección hacía donde apuntaba el coche, sin pensar en nada excepto en escapar
de aquella espantosa región de pesadillas y cacodemonios… alejarme tan rápido y
lejos como me lo permitiera la gasolina. Seis o siete kilómetros adelante, un
granjero me saludó… un amable campesino de mediana edad, habla arrastrada y
considerable conocimiento sobre el lugar. Me alegré de detenerme y preguntarle
mi dirección, aunque sabía que debía presentar un aspecto bastante extraño. El
hombre me indicó sin titubear el camino a Cape Girardeau y me preguntó cómo
había llegado a ese estado y en una hora tan temprana. Pensando que era mejor
contar poco, simplemente mencioné que me había sorprendido la lluvia nocturna y
que había buscado refugio en una granja cercana, tras lo que me desorienté
entre la maleza, tratando de encontrar mi coche.
-¿Una granja, eh? Me
pregunto cuál puede ser. No hay ninguna a este lado excepto la de Jim Ferris
cruzando Barrer`s Crack, y eso esta a treinta kilómetros por lo menos.
Me sobresalté, preguntándome
qué nuevo misterio auguraba esto. Luego interrogué a mi informador sobre si
conocía la gran y arruinada casa de labor, cuyo antiguo portal flanqueaba la
carretera no mucho más atrás.
-¡Mejor no hablar de ello,
forastero! Hubo algo allí hace algún tiempo. Pero la casa ya no está. Ardió
hace cinco o seis años… y la gente cuenta extrañas historias sobre ella.
Me estremecí.
-Se refiere a Riverside… la
casa del viejo De Russy. Sucedieron cosas extrañas allí, quince o veinte años
atrás. El hijo del viejo se casó con una moza del extranjero, y algunos piensan
que era de una clase muy rara. No les gustaba su forma de ser. Luego, ella y el
chico se marcharon de repente y, más tarde, el viejo dijo que él murió en la
guerra. Pero algunos negros contaron cosas extrañas. Dicen que el viejo se
enamoró de la chica y que los mató, a ella y al chico. El lugar es, de seguro,
el cazadero de una serpiente negra, sea lo que sea.
Hará unos cinco o seis años,
el viejo desapareció y la casa ardió. Algunos dicen que se quemó dentro. Fue
una mañana después de la lluvia, tal que hoy, cuando un montón de gente escuchó
un espantoso griterío por los campos; era la voz del viejo De Russy. Cuando se
pararon y miraron, vieron la casa llenarse de humo tan rápido como un pestañeo…
el lugar era como la yesca, con lluvia o sin ella. Nadie volvió a ver al viejo,
pero a veces algunos dicen que el fantasma de esa gran serpiente negra ronda
por allí. ¿Qué tiene eso que ver con usted, de todas maneras? Parece haber
conocido el sitio. ¿Ha oído la historia de los De Russy? ¿Cuál piensa que fue
el problema con la chica con la que el joven Denis se caso? Hacía a todos
estremece y sentir odio hacia ella, aunque nadie pudo decir nunca por qué.
Yo estaba tratando de
pensar, pero el proceso casi estaba más allá de mi capacidad. ¿La casa se quemo
años atrás? Entonces, ¿Dónde y bajo qué condiciones había pasado la noche? ¿Y
por qué sabía tales cosas? Mientras sopesaba el asunto, vi en la manga de mi
chaqueta un pelo… el corto y gris cabello de un anciano. Por fin, me fui sin
más preguntas. Pero insinué a aquel charlatán que estaba equivocado sobre aquel
pobre anciano plantador que tanto había sufrido. Le dejé claro como si viniera
de lejanos pero auténticos comentarios de amigos que la única causa del
problema en Riverside fue la mujer Marceline. No estaba acostumbrada a los usos
de Missouri, dije, y fue un error el que Denis la desposara. No profundicé más,
ya que sentía que los De Russy, con su puntilloso y querido honor, y su alto y
sensible espíritu, no hubieran deseado que dijera más. Bastante habían sufrido,
Dios lo sabe, sin necesidad que sus paisanos supusieran que un demonio del
abismo una Gorgona de las arcaicas blasfemias hubiera llegado a ostentar su
antiguo e inmaculado nombre.
No era justo que los vecinos
llegaran a conocer aquel otro horror que mi extraño anfitrión nocturno no se
atrevió a contarme… ese horror que hube de aprender, como lo aprendí, por
detalles de la perdida obra maestra del pobre Frank Marsh. Sería bastante
espantoso que ellos supieran que la una vez ama de Riverside la maldita Gorgona
o lamia cuyo odioso pelo ondulado o pelo de serpiente debía aun rumiar y
enroscarse sobre el esqueleto de un artista, en una tumba llena de cal bajo la
carbonizada mansión era débil y sutilmente, aun a los ojos del genio, el
vástago indiscutible de los primeros pobladores de Zimbabwe. No es de extrañar
que tuviera un lazo con la anciana bruja Sophonisba… ya que, aunque en una
diluida proporción, Marceline era negra.
Fin.
Fin

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