H.P. Lovecraft
& J. Chapman Miske
(Se rumorea que Lovecraft tuvo un sueño, una visión de imágenes y terrores intraducibles como de costumbre. En noviembre de 1927, le envió a un amigo la historia de su sueño, y con el tiempo, J. Chapman Miske publicacó aquella carta como un relato. Los detalles del sueño y el corto relato son idénticos)
(Se rumorea que Lovecraft tuvo un sueño, una visión de imágenes y terrores intraducibles como de costumbre. En noviembre de 1927, le envió a un amigo la historia de su sueño, y con el tiempo, J. Chapman Miske publicacó aquella carta como un relato. Los detalles del sueño y el corto relato son idénticos)
Morgan no es hombre letrado;
de hecho, su inglés carece del más mínimo atisbo de coherencia. Por eso me
tienen fascinado las palabras que escribió, aunque otros las han encontrado ridículas.
Estaba sólo aquella noche,
cuando ocurrió. Súbitamente lo asaltaron unos deseos incontenibles de escribir,
y tomando la pluma redactó lo siguiente:
Mi nombre es Howard
Phillips. Vivo en la Calle College, 66, Providence, Rhode Island. El 24 de noviembre
de 1927 (no sé siquiera en qué año estamos) me dormí y tuve un sueño. Desde
entonces me ha sido imposible despertar.
Mi sueño comienza en un
páramo húmedo, pantanoso y cubierto de cañas, bajo un cielo gris y otoñal, con
un abrupto acantilado de roca cubierta de musgo. Estimulado por una vaga
curiosidad, subí por una grieta o hendidura de dicho precipicio, contemplando
entonces que a uno y otro lado de las paredes se abrían las negras bocas de
numerosas madrigueras que se adentraban en las profundidades de la roca.
En varios sitios, el paso
estaba cerrado por la estrechez de la bóveda superior de la fisura; en dichos
lugares, la oscuridad era notable, y no se distinguían las madrigueras que
pudiesen haber allí. En uno de aquellos tramos umbrosos me asaltó un miedo
atenazante, como si una emanación incorpórea y sutil de los abismos tomara
posesión de mi espíritu; pero la negrura era demasiado densa para descubrir la
fuente de mi alarma.
Por último, salí a una
meseta cubierta de roca húmeda, alumbrada por una débil luna que había
sustituído al moribundo astro del día. Miré en torno y no vi a ningún ser
viviente; sin embargo, percibí una agitación extraña por debajo, allí entre los
suspirantes juncos de la ciénaga pestilente que hacía poco había abandonado.
Después de avanzar unos
metros, me topé con unas vías herrumbrosas de tranvía, y con postes carcomidos
que aún sostenían el cable fláccido y combado del trole. Siguiendo por estas
vías, llegué rápidamente a un coche amarillo que ostentaba el número 1852, con
fuelle de acoplamiento, del tipo de doble vagón, en boga entre 1900 y 1910.
Estaba vacío, aunque evidentemente a punto de arrancar; tenía el trole pegado
al cable y el freno de aire resoplaba de cuando en cuando bajo el piso del
vagón. Me subí a él, y miré inútilmente a mi alrededor intentando de descubrir
un interruptor de la luz... entonces noté la ausencia de la palanca de mando,
lo que indicaba que no estaba el conductor. Me senté en uno de los asientos
transversales. A continuación oí crujir la hierba escasa a la izquierda, y vi
las siluetas oscuras de dos hombres que se recortaban a la luz de la luna.
Llevaban las gorras reglamentarias de la compañía, y comprendí que eran el
cobrador y el conductor. Entonces, uno de ellos olfateó el aire aspirando con
fuerza, y levantó el rostro para aullar a la luna. El otro se echó a cuatro
patas dispuesto a correr hacia el coche.
Me incorporé de un salto,
salí frenéticamente del coche y corrí leguas y leguas por la meseta, hasta que
el agotamiento me forzó a detenerme... Huí, no porque el cobrador se echara a
cuatro patas, sino porque el rostro del conductor era un mero cono blanco que
se estrechaba formando un tentáculo rojo como la sangre.
Percibí de que había sido
sólo un sueño; sin embargo, no por ello me tranquilicé.
Desde esa noche espantosa lo
único que deseo es despertar..., ¡pero aún no he podido!
¡Al contrario, se me ha
revelado que soy un habitante de este terrible mundo onírico! Aquella primera
noche dejó paso al alba, y vagué sin rumbo por las solitarias tierras
pantanosas. Cuando llegó la noche aún seguía vagando, esperando despertar. Pero
de repente aparté la maleza y vi ante mí el viejo tranvía... ¡A su lado había
un ser de rostro cónico que alzaba la cabeza y aullaba extrañamente a la luz de
la luna!
Todos los días sucede lo
mismo. La noche me atrapa siempre en ese lugar de horror. He intentado no
moverme cuando sale la luna, pero debo caminar en mis sueños, porque despierto
con el ser aterrador aullando ante mí a la pálida luna; entonces doy media
vuelta, y echo a correr desenfrenadamente.
¡Dios mío! ¿Cuándo
despertaré?
Eso es lo que Morgan
escribió. Quisiera ir al 66 de la Calle College de Providence; pero tengo miedo
de lo que pueda encontrar allí.
Fin

No hay comentarios:
Publicar un comentario