La Lámpara de
Alhazred
H. P. Lovecraft
& August Derleth
(Relato de Howard Phillips Lovecraft, escrito en colaboración con August Derleth)
Siete años
habían transcurrido desde la desaparición de su abuelo Whipple cuando Ward
Phillips recibió la lámpara. Esta, así como la casa de la calle Angell, donde
vivía Ward, habían pertenecido a su abuelo. Phillips había estado habitando en
la casa desde la desaparición de su abuelo, pero la lámpara había quedado en
manos del abogado hasta pasados los siete años que deberían transcurrir hasta
darle definitivamente por muerto. Había sido deseo de su abuelo que la lámpara
estuviese bien guardada durante esos años, en manos del ahogado, por si
acaeciese algo imprevisto, la muerte o cualquier otro accidente. El caso era
que Phillips dispusiese del tiempo necesario para familiarizarse con la
imponente biblioteca de Whipple, en la que le esperaba una gran cantidad de
sabiduría. El viejo Whipple había decidido que, cuando Phillips hubiese acabado
de leer los enormes volúmenes que llenaban las estanterías, habría alcanzado un
grado de madurez suficiente para poder heredar el «tesoro más valioso» de su
abuelo, según declaración del propio Whipple.
Phillips tenía
entonces treinta años y una salud delicada, lo cual era normal, pues desde
niño, siempre había sido un poco enfermizo. Había nacido en el seno de una
familia medianamente rica, pero los ahorros de su abuelo volaron en unas
inversiones desacertadas, de modo que a Phillips lo único que le quedaba era la
casa de la calle Angell y lo que ésta encerraba. Phillips trabajaba como
redactor en unas revistas de escándalo, y luego, para redondear las pocas
ganancias que le producía el oficio, se dedicaba a revisar y corregir los
innumerables y poco prometedores manuscritos de prosa o de poesía que otros
escritores, más inexpertos que él, le enviaban con la esperanza de llegar a ver
su obra publicada, una vez que la pluma de Phillips hubiese obrado un milagro.
La vida sedentaria que llevaba no había mejorado su resistencia a la
enfermedad; era alto, delgado, llevaba gafas, tenía frecuentes catarros y, una
vez, para gran vergüenza suya, enfermó del sarampión.
Cuando los días
eran cálidos, le gustaba mucho pasear por los campos donde había jugado de
pequeño. En esas ocasiones, solía llevar sus papeles debajo del brazo y
trabajar al aire libre, sentado en la encantadora y frondosa ribera del río
que, durante su infancia, había sido su escondite predilecto. Esta orilla del
río Seekonk no había cambiado en todos esos años, y Phillips, que vivía mucho
del pasado, creía que una forma de desafiar el tiempo era permanecer cerca de
los lugares que no cambiaban. En una carta a un corresponsal, había descrito
esta forma de sentir suya: «Entre esos caminos del bosque que tan bien conozco,
el salto entre el presente y los años 1899 ó 1900 desaparece totalmente, de
modo que muchas veces me sorprende, al encontrarme nuevamente en la ciudad,
constatar que ésta ha perdido su apariencia de fin de siècle». Además de la ribera del Seekonk, otro de los
lugares que elegía para sus paseos era la colina de Nentaconhaunt. Le gustaba
poder contemplar, desde allí, su ciudad natal a la puesta del sol, y esperar el
plácido panorama de la población al recogerse en su vida nocturna, con los
campanarios y los tejados de estilo holandés que, progresivamente, iban oscureciéndose
sobre el fondo anaranjado y carmín del atardecer. Le emocionaba el brillo
esmeralda o perlado en que se fundía el horizonte, y finalmente las luces
centelleantes que transformaban la vasta y desigual ciudad en una tierra mágica
que ejercía para Phillips una mayor atracción que durante el día.
Hacía mucho
tiempo que Phillips había renunciado a alumbrarse con luz eléctrica, pues ésta
resultaba excesivamente cara para sus modestos ingresos. Pero como sus largas
excursiones diurnas le obligaban a trabajar hasta muy avanzada la noche, la
famosa lámpara de su abuelo Whipple, por muy extraña y vieja que fuera, le iba
a ser de una gran utilidad. La carta que acompañaba el último regalo del viejo,
cuya relación con su nieto había sido muy profunda desde la muerte de los
padres del niño, le explicaba que la lámpara provenía de una tumba de Arabia,
en los comienzos de la historia. Decía que había pertenecido a un árabe medio
loco, llamado Abdul Alhazred. Era obra de la fabulosa tribu de Ad, una de las
cuatro misteriosas y poco conocidas de Arabia -Ad estaba en el sur, Thamood en
el norte, y el centro de la península estaba ocupado por Tasm y Jadis-. Había
sido hallada hace mucho tiempo en una ciudad oculta llamada Irem. Edificada por
Shedad, el último de los déspotas de Ad, era la Ciudad de las Columnas,
conocida por algunos como la Ciudad Sin Nombre. Decían que se encontraba cerca
de Hadramant; según otros, debía estar enterrada bajo las antiquísimas y
siempre movedizas arenas de Arabia. De todas maneras, salvo los favoritos del
profeta que habían logrado encontrarla, nunca nadie había conseguido verla.
Para terminar su larga carta, el viejo Whipple había escrito: «Puede
proporcionar tanto placer encendida como apagada. Igualmente puede traer dolor.
Es la fuente del éxtasis o del terror.»
El aspecto de la
lámpara de Alhazred era poco corriente. Funcionaba con aceite, y parecía ser de
oro. Por su forma, se asemejaba a una marmita oblonga, con un asa curvada a un
lado y una espita para la llama al otro. Su decoración consistía en unos
extraños dibujos, mezclados con letras y colocados de tal manera que parecían
formar unas palabras. Pero aquel lenguaje era desconocido para Phillips, que
conocía varios dialectos árabes y, sin embargo, no lograba descifrar la inscripción
de la lámpara. No era sánscrito. Indudablemente se trataba de un idioma más
antiguo; su escritura se componía de letras y jeroglíficos, algunos de los
cuales eran pictografías. Phillips dedicó una tarde entera a limpiarla por
dentro, por fuera y , después de haberle sacado brillo, la llenó de aceite.
Esa misma noche,
Phillips retiró las velas y la lámpara de petróleo, que le habían alumbrado
durante tantas y tantas noches de trabajo, y encendió la lámpara de Alhazred.
Le sorprendió un poco lo cálido de su brillo, la estabilidad de su llama, y la
calidad de su luz. Pero la cantidad de trabajo que le esperaba era tal que no
podía seguir entreteniéndose con la lámpara. Sin perder más tiempo, se puso a
revisar una obra en verso, que empezaba de la siguiente manera:
En la brillante
y temprana alborada
De un año, mucho
antes de nacer yo,
Cuando la tierra
era aún el caos,
Mucho antes de
cubrirse de luchas...
y continuaba así, en ese mismo estilo
arcaico caído completamente en desuso. Sin embargo, era un estilo que a
Phillips le gustaba. Vivía tanto en el pasado que sus puntos de vista y su
filosofía acerca de la influencia del pasado desbordaban toda fantasía. Su
noción del tiempo y del espacio estaba, desde sus primeros recuerdos, tan
inextricablemente ligada a sus más profundos pensamientos y sentimientos, que
cualquier intento de describir con palabras sus estados de ánimo parecería
artificial, exótico o convencional. Durante décadas enteras, los sueños de
Phillips estuvieron compuestos por una extraña mezcla de inquietud aventurera
unida a paisajes, perspectivas arquitectónicas y efectos de la bóveda celeste.
En su mente conservaba cierta imagen de sí mismo a los tres años: se encontraba
sobre un puente ferroviario. A través de los huecos de la barandilla, su vista
penetraba en la parte más densa de la ciudad. Y entonces sintió la inminencia
de algún prodigio, que no podía describir ni llegar a comprender en su
totalidad; era la intuición de algo maravilloso, de una liberación escondida en
oscuras dimensiones. Presentía que, aunque raras veces y con muchas
dificultades, aquellas dimensiones podían alcanzarse mediante ciertas
perspectivas visuales, tales como la de una vieja calle vista a través de
leguas de campo montañoso; o la de las balaustradas de unas terrazas enfocadas
desde abajo, desde el mismo pie de la interminable escalera de mármol que
conduce a ellas. Es cierto que Phillips soñaba con vivir en el siglo dieciocho,
o incluso antes, cuando todavía había tiempo para el arte de la conversación y
cuando el hombre podía vestirse con cierta elegancia sin ser observado con
extrañeza por sus vecinos. Pero por muy intenso que fuera su deseo de volver a
un tiempo en que el mundo era más joven y menos apurado, la falta de
imaginación y las pocas ideas que reflejaban las líneas sobre las cuales estaba
trabajando, sumadas a su propio cansancio, le hicieron sentirse incapaz de
seguir con su tarea. Reconoció que no podía interesarse por estas líneas tan
poco inspiradas; apartó el manuscrito y se inclinó hacia atrás para descansar.
Fue entonces
cuando observó el súbito cambio que se había operado a su alrededor.
Las familiares
paredes tapizadas de libros, salvo en los huecos de las ventanas -Phillips
tenía la manía de taparlas con cortinas para que ninguna luz exterior, ya fuera
la del sol, la de la luna, o la de las estrellas, invadiese su santuario-
estaban extrañamente cambiadas. No era sólo la claridad difundida sobre ellas
por la lámpara de Arabia lo que las había modificado, sino que la misma luz
proyectaba contra las paredes objetos desconocidos para Phillips. Dondequiera
que iluminara la lámpara, contra las paredes, sobre los tomos de los libros
alineados en sus estantes, Phillips contemplaba unas escenas que ni los fondos
más misteriosos de su imaginación hubiesen podido crear. En cambio, en todas
las zonas oscuras, tales como la gran mancha de sombra que el respaldo de la
silla de Phillips proyectaba sobre una parte de los estantes, no veía nada,
nada más que la oscuridad de las sombras y en ellas la monotonía de los libros
alineados.
Phillips
permaneció sentado y, maravillado, contempló las escenas que se desarrollaban
ante él. Luego quiso reaccionar y pensó que era víctima de una ilusión óptica.
Pero tal explicación a ese fenómeno no le satisfacía, y la rechazó. Por otra
parte, tenía el curioso convencimiento de que no deseaba hallar explicación
alguna, de que no la necesitaba: algo maravilloso había ocurrido, sabía que
tenía que ser pasajero y no quería conocer o sentir más que la admiración por
lo que sus ojos presenciaban. El mundo que veía a la luz de la lámpara era de
una rareza suprema. Era un mundo al que nunca había tenido acceso, ni por la
vista, ni por la lectura, ni siquiera por la vía de sus sueños.
La escena
parecía representar la tierra en sus principios, cuando aún estaba en período
de formación. Unos chorros de vapor salían de las fisuras de sus rocas. Las
huellas dejadas por unos reptiles se veían claramente dibujadas en el barro.
Arriba, volando en el aire, unas bestias gigantescas peleaban y se destrozaban
entre sí. Entre las rocas de una playa, el tentáculo de algún animal monstruoso
se desenroscaba sinuosa y amenazadoramente en la luz roja del día, como una
criatura extraída de alguna ficción fantástica.
Entonces,
suavemente, la escena cambió. Las rocas fueron sustituidas por un desierto
arrasado por el viento, y, como un espejismo, surgió la oculta y desierta
Ciudad de las Columnas, conocida también como Irem. Phillips sabía que ahora,
cuando ningún pie humano pisaba ya las calles de esa ciudad, unos seres
terribles seguían merodeando entre los pilares de piedra de las viviendas, que
no estaban en ruinas, sino que permanecían en el estado en que se encontraban
cuando sus antiguos habitantes fueron aniquilados o echados de la ciudad por
aquellos entes venidos del cielo para asediar Irem y apoderarse de ella. De
aquellos seres no se veía nada, tan sólo se adivinaba el angustioso movimiento
merodeante, como una sombra fuera del tiempo. Y a lo lejos, detrás de la ciudad
y del desierto, se erguían las montañas cuyas cimas estaban cubiertas de nieve;
cuando aún las estaba contemplando, Phillips tuvo conocimiento do sus nombres,
porque en ese mismo momento se revelaron a su mente. La ciudad en el desierto
era la Ciudad Sin Nombre, y las cumbres nevadas eran las Montañas de la Locura,
o quizá Kadath en el Páramo Frío. A Phillips le divertía dar sus nombres a
estos lugares del paisaje, pues se le ocurrían con facilidad; le venían a la
mente como si hubiesen estado rondando el perímetro de sus pensamientos, en
espera de la oportunidad que les permitiera encarnar en una vivencia real.
Permaneció
sentado durante mucho tiempo, fascinado, hasta que una leve sensación de alarma
le removió. Los paisajes que desfilaban ante sus ojos eran similares a los que
podrían aparecer en un sueño, y sin embargo, Phillips sentía crecer su
inquietud. Intuía algo parecido a la presencia de lo maligno, a la vez que
tomaba consciencia de ciertos inconfundibles indicios de los horribles seres
que ocupaban estos parajes. Finalmente, no pudo resistir más tiempo a esa
angustia envolvente; apagó la luz y, algo tembloroso, encendió una vela. Se
sintió inmediatamente confortado por su brillo descolorido y familiar.
Estuvo meditando
largo rato sobre todo cuanto había visto. Su abuelo le había dicho de la
lámpara que era su «más valiosa posesión»; con lo cual resultaba evidente que
sus propiedades le eran conocidas. ¿Y qué eran esas propiedades sino el poder
de transmitir el recuerdo ancestral y mágico de una revelación, de tal modo que
quien se sentara a su luz podía contemplar los lugares de terror y belleza que
sus dueños habían conocido? Phillips estaba convencido de que los paisajes que
había podido ver eran lugares familiares a Alhazred. Pero esta explicación
tenía muy poca lógica. Y cuantas más vueltas le daba, más aumentaba su
perplejidad. Decidió volver al trabajo que había apartado; se volcó en él y
consiguió alejar de sí todas las fantasías y alarmas que empezaban a instalarse
en su mente.
Al día
siguiente, Phillips salió a la declinante luz de octubre para pasearse fuera de
la ciudad. Tomó el coche de línea hasta el final del barrio residencial, y
después caminó en dirección al campo. Llegó a un lugar que no conocía, y que
distaba por lo menos una milla de cualquier lugar por donde hubiera paseado
antes. Siguió una carretera hasta la bifurcación al noroeste de Plainfield Pike
y subió por la falda oeste del Nentaconhaunt. Allí pudo disfrutar de una vista
realmente idílica. Era un panorama de praderas, de viejas paredes de piedra, de
blancas alamedas y de lejanos tejados al oeste y al sur. Phillips se encontraba
a menos de tres millas del corazón de la ciudad y sin embargo, estaba como
sumergido en la primaria Nueva Inglaterra rural de los primeros colonizadores.
Antes de la
puesta del sol, subió hasta arriba de la colina en dirección a uno de sus
escondrijos familiares, que siempre le había atraído. Nunca hasta entonces se
había percatado ante la perspectiva que tenía del extenso campo. Todo era
resplandor de riachuelos, bosques lejanos y cielo naranja místico, con el gran
disco solar rojo hundiéndose entre las franjas de estratos de nubes. Se adentró
en el bosque y pudo contemplar la misma puesta del sol a través de los árboles.
Luego volvió hacia el este para cruzar la colina en dirección a uno de sus
escondrijos familiares y que siempre le había atraído. Nunca hasta entonces se
había percatado de la inmensa extensión de Nentaconhaunt. Más que una simple
colina, era una verdadera planicie en miniatura, con sus valles, sus
cordilleras, y sus cimas propias. Desde alguna de sus praderas ocultas -tan
alejadas de toda señal de vida humana- la vista que se le ofrecía sobre el
remoto cielo urbano le maravilló: era un sueño de picachos encantados y de
cúpulas medio flotando en el
aire y rodeadas de un oscuro aura de
misterio. Las ventanas superiores de algunas de las torres más altas
conservaban la incandescencia que el sol ya había perdido, y ofrecían una
visión de resplandor irreal. Seguidamente, Phillips pudo admirar el gran disco
de la luna de Orión flotando alrededor de los campanarios y alminares, mientras
que al oeste, en el horizonte brillantemente anaranjado, Venus y Júpiter
empezaban a parpadear. Se adentró en la llanura. El camino atravesaba unos
paisajes muy variados: algunas veces serpenteaba por el interior, y otras
penetraba en los bosques y los cruzaba para acercarse a los valles oscuros que
se deslizaban hacia la llanura inferior. Los grandes pedruscos que se
balanceaban en las alturas rocosas producían un efecto espectral, druídico, al
recortarse en el crepúsculo.
Finalmente llegó
a unos parajes que le eran más familiares. Allí, recubierto por la hierba, el
promontorio de un viejo acueducto enterrado le daba la ilusión de pisar los
restos de una carretera romana; y allí estaba la cima de la colina que siempre
habla conocido. Extendida a sus pies, la ciudad se iluminaba rápidamente y se
asemejaba a una constelación yaciendo en el profundo anochecer. La luna
derramaba una inundación de oro pálido, y, al oeste, el resplandor de Venus y de
Júpiter se acrecentaba con intensidad en el horizonte cada vez más difuso. El
camino que le conduciría a su casa estaba ante él; no tenía más que bajar esa
última pendiente para llegar al coche de línea que le llevaría a los prosaicos
lugares frecuentados por el hombre.
Pero durante
todas estas horas apacibles, Phillips no había olvidado un solo instante su
experiencia de la noche anterior, y no podía negar que ansiaba anticipar la
llegada de la noche. La sensación de alarma que se había apoderado de él se
había convertido en la promesa de una nueva experiencia nocturna de naturaleza
desconocida.
Esa noche, tomó
su solitaria cena con más rapidez que de costumbre para poder acudir en seguida
al estudio, donde las hileras de libros, que llegaban al techo, le esperaban
con su saludo permanente. Pero él no miró siquiera el trabajo que había
abandonado sobre la mesa, sino que encendió la lámpara de Alhazred y se sentó a
esperar lo que pudiese ocurrir.
El suave
resplandor amarillento de la lámpara se extendía sobre las paredes cubiertas de
estantes. La llama no se movía; ardía tranquila y establemente, e igual que la
víspera, la primera impresión que Phillips recibió fue la de un calor
confortante y arrullador. Entonces, con suavidad, los libros y los estantes parecieron
difuminarse, desteñirse, y dieron paso a escenas de otro mundo y otros tiempos.
Aunque le fueran completamente desconocidos, los nombres de las escenas y de
los lugares que veía afloraban con
naturalidad a su mente, como si el resplandor de la lámpara de Alhazred
estimulase su imaginación. Vio una casa muy bella, coronada de humo, en un
promontorio como el cercano Gloucester. Vio un antiguo pueblo de estilo
holandés, con un oscuro río que lo atravesaba, un pueblo como Salem, pero más
malvado y misterioso, y llamó al pueblo Arkham, y al río Miskatonic. Vio la
oscura ciudad costera de Innsmouth, y detrás de ella el Arrecife del Diablo.
Vio las profundidades acuáticas de R'lyeh donde el difunto Cthulhu yacía
durmiendo. Contempló la Meseta de Leng, arrasada por el viento, y las oscuras
islas de los Mares del Sur. Pudo apreciar las Tierras del Ensueño, los paisajes
de otros lugares, del espacio, así como las formas de vida que habían existido
en otros tiempos y que, más viejos que la propia tierra, remontaban a los
Primordiales, hasta Hali, e incluso más allá.
Pero presenciaba
estas escenas como a través de una ventana que parecía invitarle a abandonar su
propio mundo para viajar a estos reinos de maravilla y belleza; y en Phillips
la tentación era cada vez más fuerte: temblaba con el deseo de obedecer, de
dejar de ser lo que era, de intentar ser lo que tal vez podría ser. Pero, como
la noche anterior, apagó la luz y agradeció la aparición de las paredes llenas
de libros del estudio de su abuelo Whipple.
Renunció a las
monótonas revisiones que le esperaban, y se pasó el resto de la noche, a la luz
de la vela, escribiendo relatos cortos, inspirándose en las escenas y los seres
que había visto a la luz de la lámpara de Alhazred.
Pasó toda la
noche escribiendo, y todo el día siguiente durmiendo, exhausto.
Y a la noche,
antes de ponerse de nuevo a escribir, estuvo contestando unas cartas. En ellas
hablaba de sus «sueños», como ignorando si había visto realmente las imágenes
que habían pasado ante sus ojos, o si las había soñado. Reconocía que los
mundos de su propia ficción se entretejían con los mundos de la lámpara. Los
deseos y anhelos de su juventud se habían fundido en su mente con las visiones
de sus intentos creativos, que habían absorbido de igual forma los lugares de
la lámpara y los secretos ocultos de su corazón, el cual, como la lámpara de
Alhazred, había alcanzado los lejanos extremos del universo.
Pasaron muchas
noches sin que Phillips volviese a encender la lámpara.
Las noches se
sumaron, llegando a formar meses, y los meses años.
Envejeció, sus
relatos de ficción fueron publicados, y con ellos las mitologías de Cthulhu; de
Hastur el Inefable; de Yog-Sothoth; de Shub-Niggurath, la Cabra Negra de los
Bosques con sus Mil Crías; de Hypnos, el dios del sueño; de los Primigenios
Mayores y de su mensajero, Nyarlathotep; todos esos seres mitológicos, con el
oscuro mundo de sombras que representaban, llegaron a formar parte integrante
de la intimidad de Phillips. Su conocimiento de ellos era tal que pudo traer
Arkham a la realidad. Descubrió la sombra sobre Innsmouth, habló de los
murmullos en la oscuridad y del moho de Yuggoth, y dio a conocer el horror de
Dunwich. Y en toda su prosa, en todos sus versos, la luz de la lámpara de
Alhazred brillaba, aun cuando Phillips ya no la utilizara.
Dieciséis años
transcurrieron de esta forma, hasta que, una noche, Ward Phillips se acercó a
donde había dejado la lámpara, detrás de una fila de libros, sobre uno de los
estantes inferiores de la biblioteca de su abuelo Whipple. La sacó de allí, e
inmediatamente todos los viejos encantos y todas las maravillas se reavivaron
para él. Volvió a limpiarla y la colocó sobre la mesa. En los últimos años, el
estado de salud de Phillips había empeorado mucho. Padecía una enfermedad incurable
y sabía que sus días estaban contados; pero no quería morir sin volver a
contemplar, una última vez, los mundos de belleza y de terror que encerraba la
lámpara de Alhazred.
Encendió la
lámpara otra vez y miró hacia las paredes. Pero sucedió algo extraño. En las
mismas paredes donde antes le habían sido presentados los lugares y seres
relacionados con la vida de Alhazred, surgía ahora la aparición mágica de un
lugar muy conocido por Ward Phillips, pero no del tiempo actual, sino tal como
era en una época pasada, un tiempo querido y perdido, cuando retozaba de
chiquillo en las orillas del Seekonk, ocupado con los juegos que inspiraba a su
imaginación la mitología griega. Allí estaba otra vez la niñez; allí estaban
las ensenadas donde había pasado sus años de juventud; allí estaba la glorieta
que había construido en honor del gran Pan; toda la irresponsabilidad y la
feliz libertad de aquella niñez se reproducían sobre las paredes, porque lo que
la lámpara reflejaba ahora eran sus propios recuerdos.
Anhelante, pensó
que quizá siempre le había proporcionado la lámpara recuerdos ancestrales, pues
¿quién podía negar que su abuelo Whipple, cuando era joven, o los que le
precedieron en la línea de Ward Phillips, habían visto todos aquellos lugares
iluminados por la lámpara?
Y otra vez fue
como si mirase por una puerta abierta. La escena le invitaba. Se levantó
dificultosamente y caminó hacia la pared. No dudó más que un instante; luego
siguió hacia los libros.
La luz del sol
irrumpió repentinamente a su alrededor. Se sintió libre de sus cadenas y empezó
a correr ligeramente a lo largo de la orilla del Seekonk, donde los escenarios
de sus primeros años le esperaban para que rejuveneciese, para que volviera a
empezar una vida en los tiempos apacibles, cuando el mundo era joven...
Se descubrió la
desaparición de Ward Phillips cuando un admirador de sus cuentos, que sentía
curiosidad por conocerle, vino a la ciudad a hacerle una visita. Se llegó a la
conclusión de que se había sentido mal en el bosque y había fallecido allí,
pues sus paseos solitarios eran bien conocidos por los vecinos de la calle
Angell, así como el paulatino agravamiento de su salud.
Organizaron
varias excursiones para explorar los alrededores de Nentaconhaunt y las
orillas, pero no encontraron rastro de Ward Phillips. La policía confiaba en
que algún día se encontrarían sus restos, pero nada descubrió y, con el tiempo,
el misterio sin resolver se perdió en los archivos.
Los años
pasaron. La casa de la calle Angell fue derribada, la biblioteca adquirida por
algunas librerías, y lo que había en la casa se vendió como chatarra,
incluyendo una vieja y antigua lámpara árabe, por la que nadie, en un mundo
tecnológico posterior a la época de Phillips, se interesó y a la que no se
encontró utilidad alguna.
Fin

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