La
Extraña Casa en la Niebla
Howard Phillips Lovecraft
De mañana, la niebla
asciende del mar por los acantilados de mas allá de Kingsport. Sube, blanca y
algodonosa, al encuentro de sus hermanas las nubes, henchidas de sueños de
húmedos pastos y cavernas de leviatanes. Y más tarde, en sosegadas lluvias
estivales que mojan los empinados tejados de los poetas, las nubes esparcen
esos sueños a fin de que los hombres no vivan sin el rumor de los viejos y
extraños secretos y maravillas que los planetas cuentan a los planetas durante
la noche. Cuando los relatos acuden en tropel a las grutas de los tritones, y
las caracolas de las ciudades invadidas por la algas emiten aires insensatos
aprendidos de los Dioses Anteriores, entonces las grandes brumas ansiosas se
espesan en el cielo cargado de saber, y los ojos que miran el océano desde lo
alto de las rocas tan sólo ven una mística blancura, como si el borde del
acantilado fuese el límite de toda la tierra, y las campanas solemnes de las
boyas tañesen libremente en el éter irreal.
Ahora bien, al norte del
arcaico Kingsport, los riscos se elevan con arrogancia, altos y curiosos,
terraza sobre terraza, hasta que el más septentrional de todos se recorta en el
cielo como una nube gris y helada por el viento. Desolada, sobresale una punta
en el espacio ilimitado, ya que la costa tuerce bruscamente allí donde
desemboca el gran Miskatonic, después de dejar atrás Arkham, trayendo leyendas
de los bosques y recuerdos singulares de las colinas de Nueva Inglaterra. Las
gentes marineras de Kingsport miran hacia ese acantilado como miran otros hacia
la estrella polar y computan las guardias de la noche según éste oculta o
permite ver la Osa Mayor, Casiopea y el Dragón. Para ellos, forma parte del
firmamento, y, en verdad, también desaparece cuando la niebla oculta las
estrellas o el sol. Sienten cariño por algunos acantilados, como ese al que
llaman el Padre Neptuno por su grotesco perfil, o ese otro de peldaños
gigantescos al que llaman "La Calzada"; pero éste último les produce
temor, porque está muy próximo al cielo. Los marineros portugueses que llegan
de viaje se santiguan al verlo, y los viejos yanquis creen que escalarlo, en
caso de que fuera posible hacerlo, sería un asunto mucho más grave que la
muerte. Sin embargo, hay una casa antigua en ese acantilado, y por la noche se
ven luces en sus ventanas de cristales pequeños.
Esa antigua casa está allí
desde siempre, y dicen las gentes que habita Uno que habla con las brumas
matinales que suben del mar y que quizá ve cosas singulares en el océano cuando
el borde del acantilado se convierte en el confín de la tierra y las boyas
solemnes tañen libremente en el blanco éter de lo irreal. Eso dicen que han
oído contar, pues jamás han visitado ese despeñadero prohibido, ni les gusta
dirigir hacia allí sus catalejos. Los veraneantes la han examinado con sus
gemelos descarados, pero no han visto otra cosa que el tejado, primordial,
puntiagudo, de ripia, con aleros que llegan casi hasta los grises cimientos, y
la luz amarillenta de sus pequeñas ventanas, cuando asoma por debajo de esos
aleros al oscurecer. Estos visitantes veraniegos no creen que el habitante de
la antigua casa esté en ella desde hace siglos; pero no pueden probar semejante
herejía a ningún auténtico vecino de Kingsport. Hasta el Anciano Terrible que
habla con péndulos de plomo encerrados en botellas, compra comida con viejo oro
español, y guarda ídolos de piedra en el patio de su casa antediluviana de
Water Street, no puede sino decir que ya vivía allí cuando su abuelo era niño,
lo que debió ocurrir hace un montón de años, cuando Belcher o Shirley o Pownall
o Bernard era gobernador de la provincia de Massachusetts-Bay al servicio de Su
Majestad.
Luego, en verano, llegó a
Kingspot un filósofo. Se llamaba Thomas Olney, y enseñaba cosas tediosas en una
facultad cercana a Narragansett. Llegó con una esposa robusta y unos hijos
retozones, y sus ojos estaban cansados de ver las mismas cosas durante muchos
años y de pensar los mismos disciplinados pensamientos. Miró las brumas desde
la diadema del Padre Neptuno, y trató de adentrarse en el mundo blanco y
misterioso por los titánicos escalones de la Calzada. Mañana tras mañana subía
a tumbarse a loa acantilados y contemplar, desde el borde del mundo, el éter
misterioso que se extendía más allá, escuchando las campanas espectrales y los
gritos insensatos de lo que quizá fueran gaviotas. Luego, cuando levantaba la
niebla y el mar recobraba su aire prosaico con el humo de los barcos, suspiraba
y bajaba al pueblo, donde le encantaba recorrer los estrechos y antiguos
callejones que subían y bajaban por la colina y estudiar los ruinosos hastiales
y los portales de extraños pilares que habían cobijado a tantas generaciones de
robustos marineros. Incluso habló con el Viejo Terrible, a quien desagradaban
los forasteros, y éste le invitó a su casa arcaica y temible, cuyos techos
bajos y carcomidos enmaderados escuchan los ecos de inquietantes soliloquios en
la oscuridad de las primeras horas de la madrugada.
Naturalmente, fue inevitable
que Olney reparase en la casa solitaria y gris del cielo, situada en lo alto de
aquel siniestro despeñadero formando un todo común con las brumas y el
firmamento. Siempre se alzó sobre Kingsport, y siempre corrió el rumor de su
misterio por los callejones tortuosos de Kingsport. El Viejo Terrible le contó
a Olney, entre jadeos, una historia que había oído a su padre sobre un rayo que
brotó una noche de aquella casa puntiaguda, y se perdió en las nubes más altas
del cielo; y la abuela Orme, cuya minúscula casa de Ship Street tiene su
techumbre holandesa toda cubierta de musgo y de hiedra, le refirió con voz
chillona algo que su abuela había oído contar sobre unas sombras voladoras que
salían de las brumas orientales y se dirigían a la única puerta de esa
inalcanzable morada, la cual se abre al borde mismo del barranco que desciende hasta
el océano y sólo puede verse desde los barcos que cruzan por el mar.
Finalmente, ávido de
experiencias nuevas y extrañas, y sin que le contuvieran ni el temor de los
vecinos de Kingsport ni la usual indolencia de los veraneantes, tomó Olney una
resolución terrible. A pesar de su formación conservadora - o a causa de ella,
que las vidas rutinarias albergan anhelos ansiosos de lo desconocido - hizo
solemne juramento de escalar aquel acantilado del norte y visitar la casa
anormalmente antigua y gris del cielo. Sin duda, su yo racional debió de
persuadirle de que sus moradores entraban por la parte de tierra, a través de
alguna cresta accesible próxima al estuario del Miskatonic. Probablemente
bajaban a comerciar a Arkham, conscientes de lo poco que les gustaba la casa a
los Kingsport, o incapaces quizá de descender por la parte del acantilado que
daba a Kingsport. Olney recorrió los riscos más accesibles, hasta el pie del
gran precipicio que subía a unirse insolente con las cosas celestes, y comprobó
de manera patente que ningún ser humano podía escalarlo ni descender por la
ladera sur. Al este y al norte se elevaba perpendicularmente también, desde el
agua hasta una altura de miles de pies, de forma que sólo quedaba la vertiente
norte, la cual miraba hacia tierra y hacia Arkham.
Una mañana de agosto salió
Olney en busca de algún sendero que subiera hasta el inaccesible pináculo.
Marchó en dirección noroeste por agradables caminos secundarios, pasó por la
charca de Hooper y el viejo polvorín de ladrillo gris, hasta llegar allá donde
los pastizales coronan la cresta que se asoma sobre el Miskatonic y dominan un
precioso panorama de blancos campanarios georgianos de Arkham que se alzan
leguas más allá, al otro lado del río y de los prados. Aquí encontró un dudoso
camino en dirección a Arkham, aunque no vio ninguno en la del mar, como quería.
Los bosques y los prados se apretujaban en la ribera alta de la desembocadura
del río, donde no se veía signo alguno de presencia humana, ni siquiera una
tapia de piedra, ni una vaca extraviada, sino sólo yerba alta, árboles
gigantescos y marañas de zarzas que quizá vieron los primeros indios. A medida
que subía lentamente por el este, cada vez más alto, por encima del estuario
que quedaba a la izquierda, y cada vez más cerca del mar, el camino se iba
haciendo más difícil; hasta que se preguntó cómo se las arreglaban los
moradores de aquel desagradable lugar para llegar al mundo exterior, y si
bajarían a menudo al mercado de Arkham.
Luego fueron escaseando los
árboles y muy por debajo de él, a su derecha, vio las lejanas colinas y los
antiguos tejados y campanarios de Kingsport. Incluso Central Hill era una
elevación enana vista desde esta altura, y apenas se distinguía el antiguo
cementerio situado junto al Hospital Congregacionalista, bajo el cual se decía
que había terribles cavernas o pasadizos. Ante sí tenía una extensión de yerba
rala y matas de arándanos; más allá estaba la roca pelada del despeñadero y el
delgado pico donde se encaramaba la temible casa gris. La cresta se estrechó
ahora, y Olney sintió vértigo en la soledad del cielo, con el espantoso
precipicio al sur, por encima de Kingsport, y la caída vertical de casi una
milla, hasta la desembocadura del río, al norte. De repente descubrió ante sí
una zanja de unos diez pies de profundidad, de forma que tuvo que colgarse de
las manos en su interior, dejarse caer por su suelo inclinado y después
arrastrarse peligrosamente, pendiente arriba, hacia un desfiladero natural que
había en la pared opuesta. ¡Este era, pues, el camino que los habitantes de la
inusitada casa recorrían entre la tierra y el cielo!
Cuando salió de la zanja se
estaba formando una bruma matinal, pero vio claramente la casa impía y
orgullosa allá adelante; sus paredes eran grises como la roca, y su elevado
pico se alzaba osadamente contra la blancura lechosa de los vapores marinos. Y
descubrió que no había puerta en la fachada que miraba hacia tierra, sino sólo
un par de ventanucos sucios y enrejados, de cristales redondos, según la moda
del siglo XVIII. A todo su alrededor no había más que nubes y caos, y no se
distinguía nada por debajo de la blancura del espacio ilimitado. Estaba solo en
el cielo, con esta casa extraña e inquietante; y al rodearla precavidamente, en
dirección hacia la parte delantera, y ver que no se podía llegar a su única
puerta salvo por el éter vacío, sintió un claro terror que la altura no acababa
de explicar enteramente. Y era muy extraño que todavía existieran tablas
carcomidas que formaban la techumbre, y que los desechos ladrillos formaran aún
la chimenea.
Cuando espesó la niebla,
Olney reptó de una ventana a otra, por las fachadas norte, oeste y sur,
tratando de abrirlas, pero todas estaban cerradas. Se sintió vagamente aliviado
al comprobarlo, porque cuanto más miraba la casa, menos deseos tenía de entrar.
Entonces, un ruido le hizo detenerse. Oyó un chirrido de cerradura, el ruido de
un cerrojo al descorrerse y un gemido largo como si abriesen lentamente una
pesada puerta. Sonó en la parte que daba al océano, la que él no podía ver,
donde la estrecha puerta se abría al vacío, en el cielo brumoso, a miles de
pies por encima de las olas.
A continuación sonaron unas
pisadas graves, pausadas, en el interior de la casa, y Olney oyó que abrían las
ventanas; primero las que daban al norte, que era el lado opuesto adonde estaba
él ahora; después, las del oeste, al otro lado de la esquina. A continuación
abrían las del sur, bajo los grandes aleros del lado donde él se encontraba; y
hay que decir que se sentía más que incómodo, pensando que tenía la detestable
casa a un lado, y al otro el vacío. Cuando le llegó el ruido de las ventanas
más próximas, se deslizó otra vez hacia la fachada de poniente, aplastándose
contra el muro junto a las que ahora estaban abiertas. Era evidente que el propietario
había llegado a casa; pero no había llegado por tierra, ni en globo, ni en
ninguna aeronave imaginable. Volvieron a sonar pasos, y Olney se escurrió a la
cara norte; pero antes de haber conseguido ocultarse una voz le llamó
suavemente, y comprendió que debía enfrentarse con su anfitrión.
Asomado a la ventana oeste
vio un rostro con una gran barba negra y ojos fosforescentes que reflejaban la
huella de visiones inauditas. Pero su voz era afable y tenía una calidad
singularmente antigua, de forma que Olney no sintió temor alguno cuando una
mano morena le ayudó a subir el alféizar y asaltar al interior de la baja
habitación revestida de oscuro roble y con mobiliario estilo tudor. El hombre
vestía ropas antiguas, y le envolvía un halo indefinible de sabiduría marinera
y ensueños sobre altos galeones. Olney no recuerda muchos de los prodigios que
le contó, ni siquiera quién era; pero dice que era extraño y afable, y poseía
la magia de insondables vacíos de tiempo y de espacio. La pequeña habitación
parecía verde, a causa de la luz acuosa que la iluminaba, y Olney vio que las
ventanas distantes que daban al este no estaban abiertas, sino cerradas al
brumoso éter con cristales gruesos como fondos de viejas botellas.
El barbado anfitrión parecía
joven, aunque miraba con ojos impregnados de antiguos misterios; y por los
relatos de hechos antiguos y prodigiosos que contaba, podía inferirse que
tenían razón las gentes del pueblo al decir que comulgaba con las brumas del
mar y las nubes del cielo antes de que hubiese un pueblo que contemplara su
taciturna mirada desde la llanura de abajo. Y transcurrió el día, y Olney
seguía escuchando el rumor de los viejos tiempos y lugares; y oyó cómo los
reyes de la Atlántida lucharon contra viscosas blasfemias que salían retorciéndose
de las grietas del fondo oceánico, y cómo los barcos extraviados podían ver a
medianoche el templo hipóslito de Poseidón, y cómo comprendían al verlo que se
habían extraviado para siempre. El anfitrión rememoró los tiempos de los
Titanes, pero se mostró reservado al hablar de la era oscura y primera, del
caos que precedió a los dioses e incluso al nacimiento de los Anteriores,
cuando los otros dioses iban a danzar a la cima del Hatheg-Kla, situado en el
desierto pedregoso próximo a Ulthar, más allá del río Skai.
Al llegar a este punto
llamaron a la puerta, a aquella antigua puerta de roble tachonada de clavos
frentea la cual sólo existía unh abismo de nube blanca. Olney alzó la mirada
con temor, pero el hombre barabdo le hizo una seña para que permaneciese en
silencio, acudió a la puerta de puntillas y se asomó por una mirilla muy
pequeña. No le agradó lo que vio, de modo que se llevó un dedo a la boca, y
corrió con sigilo a cerrar las ventanas y pasar las fabellas antes de regresar
a su antigua butaca junto a su invitado. Entonces Olney vio recortarse
sucesivamente contra los rectángulos traslúcidos de cada una de las pequeñas
vetanas, conforme el visitante daba vuelta en torno a la casa antes de
marcharse, una silueta negra y extraña, y se alegró de que su anfitrión no
contestara a esas llamadas. Porque hay extraños seres en el gran abismo, y el
buscador de sueños debe tener cuidado de no despertar ni encontrar a los que no
le conviene.
Después empezaron a
congregarse las sombras: primero, unas sombras pequeñas, furtivas, bajo la
mesa; luego, las más atrevidas, por los rincones recubiertos de madera. Y el
hombre barbado hizo enigmáticos gestos de oración, y encendió altas velas
hincadas en extraños candelabros de latón. De cuando en cuando miraba hacia la
puerta como si esperase a alguien; finalmente, unos golpecitos singulares
parecieron contestar a su mirada, sin duda reproduciendo algún código secreto y
antiguo. Esta vez ni siquiera se asomó por la mirilla, sino que quitó el gran
barrote de roble y descorrió el cerroj, abriendo la pesada puerta de par en par
a las estrellas y la niebla.
Y entonces, al son de
oscuras armonías, entraron flotando en la estancia todos los sueños y recuerdos
de los Dioses Poderosos de la tierra. Y unas llamas doradas jugaron con
cabelleras de algas, y Olney les rindió homenaje deslumbrado. Allí estaba
Neptuno con su tridente, y los bulliciosos tritones, y las fantásticas
nereidas, y a lomos de delfines iba una enorme concha dentada en la que viajaba
la figura pavorosa y gris de Nodens, Señor del Gran Abismo. Y las caracolas de
los tritones emitían espectrales mugidos y las nereidas producían extraños
ruidos golpeando grotescas conchas resonantes de desconocidos moradores de las
negras cavernas marinas. A continuación, el venerable Nodens tendió una mano
arrugada y ayudó a Olney y a su anfitrión a subir a su concha gigantesca, al
tiempo que als conchas y los gongos prorrumpían en un clamor tremendo y
espantoso. Y el fabuloso cortejo salió aléter ilimitado, y los gritos y el estrépito
se perdieron en los ecos de los truenos.
Toda la noche estuvieron los
de Kingsport observando el altísimo acantilado, cuando la tormenta y las brumas
se abrían transitoriamente; y cuando, hacia las primeras horas de la madrugada,
se apagaron las luces débiles de las ventanas, hablaron en voz baja de temores
y desastres. Y los hijos y la robusta esposa de Olneyrezaron aldios amable de
los anabaptistas, y confiaron en que el viajero pidiera prestados paraguas y
chanclos, si no cesaba la lluvia por la mañana. Luego surgió goteante el
amanecer envuelto en brumas marinas, y las boyas tañeron solemnes en los
vórtices del blanco éter. Y a mediodía, los cuerpos mágicos de unos duendes
sonaron por encima del océano mientras Olney descendía de los acntilados al
antiguo Kingsport, seco, con los pies ligeros y una expresión lejana en los
ojos. No pudo recordar qué había soñado en la casa del anónimo ermitaño,
encaramada en el cielo, ni explicar cómo había bajado por aquel despeñadero que
no habían podido recorrer otros pies...Ni fue capaz de hablar con nadie de
estas cosas, excepto con el Anciano Terrible, quien después murmuró extrañas
cosas para su larga y blanca barba, y juró que el hombre que había descendido
de aquel despeñadero no era el mismo que había subido, y que en algún lugar,
bajo aquel tejado gris y puntiagudo, o en medio de aquella siniestra niebla
blanca, se había quedado extraviado el espíritu del que fuera Thomas Olney.
Y desde aquel momento, a lo
largo de lentos, oscuros años de monotonía y hastío, el filósofo trabaja y come
y duerme y cumple sin queja sus deberes de ciudadano. Ya no añora la magia de
las lejanas colinas, ni suspira por secretos que asoman como verdes arrecifes
en un mar insondable. Ya no le produce tristeza la monotonía de sus días, y sus
disciplinados pensamientos resultan suficientes para su imaginación. Su buena
esposa es más fuerte cada vez, y sus hijos se hacen mayores, y más prosaicos y
prácticos; pero él no deja de sonreír con orgullo cuando el momento lo
requiere. En su mirada no hay un solo destello de inquietud, y si alguna vez
presta atención, tratando de escuchar solemnes campanas o lejanos cuernos de
duendes, es sólo de noche, cuando vagan libremente los suños antiguos. Jamás ha
vuelto a visitar Kingsport, porque a su familia le desagradan las casas viejas
y raras y dice que tiene un pésimo alcantarillado. Ahora tienen un precioso
chalet en las tierras altas de Bristol, donde no hay elevados riscos y los
vecinos son corteses y modernos.
Pero en Kingsport corren
extraños rumores, y hasta el Viejo Terrible admite algo que su abuelo no contó.
Porque ahora, cuando el viento sopla tumultuoso del norte, azotando la casa
elevada que se funde con el firmamento, se rompe al fin ese silencio siniestro
y ominoso que siempre fue dañino para los campesinos de Kingsport. Y los viejos
hablan de voces agradables que oyen cantar allá arriba, y de risas henchidas de
una alegría más grande que la alegría de la tierra; y cuentan que al atardecer
las pequeñas ventanas se ven más iluminadas que antes. Dicen también que la
fiera aurora llega más a menudo al lugar, vistiendo al norte de brillante azul
con visiones de helados mundos, mientras el despeñadero y la casa se recortan
negros y fantásticos contra singulares centelleos. Y que las brumas del
amanecer son más espesas, y que los marineros no están tan seguros de que todos
los tañidos que suenan amortiguados en el mar se deban a las boyas solemnes.
Lo peor, sin embargo, es que
se han secado los viejostemores en los corazones de los jóvenes de Kingsport,
más inclinados cada vez a escuchar por la noche los rumores distantes que les
trae el viento del norte. Juran que ningún daño ni dolor puede habitar en esa
casa elevada, ya que las nuevas voces llevan alegría y, con ella, un tintineo
de risas y música. No saben qué relatos pueden traer las brumas marinas a ese
pináculo encantado del norte, pero ansían conocer a alguno de los prodigios que
llaman a la puerta que da al vacío, cuando las luces aumentan de espesor. Los
patriarcas temen que algún día suban uno a uno a ese pico inaccesible, y
averiguen los secretos seculares que se ocultan bajo el puntiagudo tejado que
forma parte de las rocas, las estrellas y los antiguos temores de Kingsport.
Están convencidos de que esos jóvenes atrevidos podrán regresar; pero piensan
que quizá se apague alguna luz en sus ojos, y algún deseo en sus corazones. Yno
desean que un Kingsport extraño, con sus empinados callejones y sus hastiales
arcaicos, contemple indiferente el paso de los años, mientras crece el coro de
risas, voz tras voz, y se haga más fuerte y desenfrenado en ese desconocido y
terrible nido de águilas donde las brumas y los sueños de las brumas se demoran
en su trayecto del mar a los cielos.
No quieren que las almas de
sus jóvenes abandonen los plácidos hogares y las tabernas de techumbre
holandesa del viejo Kingsport, ni desean que suenen con fuerza las risas y
canciones del elevado y rocoso lugar. Porque así como la voz recién llegada ha
traído nuevas brumas del mar y nuevas luces del norte, así, dicen, otras voces
traerán más brumas y luces, hasta que tal vez los viejos dioses (cuya
existencia insinúan sólo en susurros por temor a que les oiga el sacerdote
congregacionalista) salgan de abajo, abandonen la desconocida Kadath del
desierto frío, y vengan a morar en ese despeñadero perversamente apropiado, tan
próximo a las suaves colinas y valles de las sencillas y apacibles gentes
marineras. No quieren que esto suceda, pues la gente sencill, las cosas que no
son de esta tierra son mal recibidas; y además, el Viejo Terrible recuerda a
menudo lo que Olney contó sobre la llamada que el morador solitario temía, y la
forma negra e inquisitiva que ambos vieron recortarse en la bruma, a través de
esas extrañas ventanas traslúcidas en forma de ojo de buey.
Todas estas cosas, sin
embargo, sólo las pueden decidir los Dioses anteriores; entretanto, las brumas
matinales suben por ese pico vertiginoso y solitario de la vieja casa
puntiaguda, esa casa gris de aleros bajos en la que no se ve a nadie, pero a la
que la noche trae furtivas luces mientras el viento del norte habla de extrañas
fiestas. Suben desde las profundidades, blancas y algodonosas, a reunirse con
sus hermanas las nubes, llenas de ensueños sobre húmedos pastos y cavernas de
leviatanes. Y cuando los cuentos vuelan densos en las grutas de los tritones, y
las caracolas de las ciudades cubiertas de algas elevan sones salvajes
aprendidos de los Dioses Anteriores, entonces los grandes vapores de las brumas
suben ansiosos en tropel hacia el cielo cargado de saber; y Kingsport,
refugiándose inquieto en los acntilados menores, bajo el vaporoso centinela de
la roca, ven tan sólo, hacia el océano, una mística blancura, como si el borde
del acantilado fuese el confín de la tierra, y las solemnes campanas de boyas
tañesen libremente en el éter irreal.
Fin

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