El
Caos Reptante
Howard
Phillip Lovecraft
Mucho es lo que se ha
escrito acerca de los placeres y los sufrimientos del opio. Los éxtasis y
horrores de De Quincey y los paradis artificiels de Baudelaire son conservados
e interpretados con tal arte que los hace inmortales, y el mundo conoce a fondo
la belleza, el terror y el misterio de esos oscuros reinos donde el soñador es
transportado.
Pero aunque mucho se ha
hablado, ningún hombre ha osado todavía detallar la naturaleza de los fantasmas
que entonces se revelan en la mente, o de sugerir la dirección de los inauditos
caminos por cuyo adornado y exótico curso se ve irresistiblemente lanzado el
adicto. De Quincey fue arrastrado a Asia, esa fecunda tierra de sombras
nebulosas cuya temible antigüedad es tan impresionante que "la inmensa
edad de la raza y el nombre se impone sobre el sentido de juventud en el
individuo", pero él mismo no osó ir más lejos. Aquellos que han ido más
allá rara vez volvieron y, cuando lo hicieron, fue siempre guardando silencio o
sumidos en la locura. Yo consumí opio en una ocasión... en el año de la plaga,
cuando los doctores trataban de aliviar los sufrimientos que no podían curar.
Fue una sobredosis (mi médico estaba agotado por el horror y los esfuerzos) y,
verdaderamente, viajé muy lejos. Finalmente regresé y viví, pero mis noches se
colmaron de extraños recuerdos y nunca más he permitido a un doctor volver a
darme opio.
Cuando me administraron la
droga, el sufrimiento y el martilleo en mi cabeza habían sido insufribles. No
me importaba el futuro; huir, bien mediante curación, inconsciencia o muerte,
era cuanto me importaba. Estaba delirando, por eso es difícil ubicar el momento
exacto de la transición, pero pienso que el efecto debió comenzar poco antes de
que las palpitaciones dejaran de ser dolorosas. Como he dicho, fue una
sobredosis; por lo cual, mis reacciones probablemente distaron mucho de ser
normales. La sensación de caída, curiosamente disociada de la idea de gravedad
o dirección, fue suprema, aunque había una impresión secundaria de muchedumbres
invisibles de número incalculable, multitudes de naturaleza infinitamente
diversa, aunque todas más o menos relacionadas conmigo. A veces menguaba la
sensación de caída mientras sentía que el universo o las eras se desplomaban
ante mí.
Mis sufrimientos cesaron
repentinamente y comencé a asociar el latido con una fuerza externa más que con
una interna. También se había detenido la caída, dando paso a una sensación de
descanso, efímero e inquieto, y, cuando escuché con mayor atención, imaginé que
los latidos procedían de un mar inmenso e inescrutable, como si sus siniestras
y colosales rompientes laceraran alguna playa desolada tras una tempestad de
titánica magnitud. Entonces abrí los ojos.
Por un instante, los
contornos parecieron confusos, como una imagen totalmente desenfocada, pero
gradualmente asimilé mi solitaria presencia en una habitación extraña y hermosa
iluminada por multitud de ventanas. No pude hacerme la idea de la exacta
naturaleza de la estancia, porque mis sentidos distaban aún de estar ajustados,
pero advertí alfombras y colgaduras multicolores, mesas, sillas, tumbonas y
divanes de elaborada factura, y delicados jarrones y ornatos que sugerían lo
exótico sin llegar a ser totalmente ajenos. Todo eso percibí, aunque no ocupó
mucho tiempo en mi mente. Lenta, pero inexorablemente, arrastrándose sobre mi
conciencia e imponiéndose a cualquier otra impresión, llegó un temor
vertiginoso a lo desconocido, un miedo tanto mayor cuanto que no podía
analizarlo y que parecía concernir a una furtiva amenaza que se aproximaba...
no la muerte, sino algo sin nombre, un ente inusitado indeciblemente más
espantoso y aborrecible.
Inmediatamente, me percaté
de que el símbolo directo y excitante de mi temor era el odioso martilleo cuyas
incesantes reverberaciones batían enloquecedoramente contra mi exhausto
cerebro. Parecía proceder de un punto fuera y abajo del edificio en el que me
hallaba, y estar asociado con las más terroríficas imágenes mentales. Sentí que
algún horrible paisaje u objeto acechaban más allá de los muros tapizados de
seda, y me sobrecogí ante la idea de mirar por las arqueadas ventanas enrejadas
que se abrían tan insólitamente por todas partes. Descubriendo postigos
adosados a esas ventanas, los cerré todos, evitando dirigir mis ojos al
exterior mientras lo hacía. Entonces, empleando pedernal y acero que encontré
en una de las mesillas, encendí algunas velas dispuestas a lo largo de los
muros en barrocos candelabros.
La añadida sensación de
seguridad que prestaban los postigos cerrados y la luz artificial calmaron algo
mis nervios, pero no fue posible acallar el monótono retumbar. Ahora que estaba
más calmado, el sonido se convirtió en algo tan fascinante como espantoso.
Abriendo una portezuela en el lado de la habitación cercano al martilleo,
descubrí un pequeño y ricamente engalanado corredor que finalizaba en una
tallada puerta y un amplio mirador. Me vi atraído hacia éste, aunque mis
confusas aprehensiones me forzaban igualmente hacia atrás. Mientras me
aproximaba, pude ver un caótico torbellino de aguas en la distancia. Enseguida,
al alcanzarlo y observar el exterior en todas sus direcciones, la portentosa
escena de los alrededores me golpeó con plena y devastadora fuerza.
Contemplé una visión como
nunca antes había observado, y que ninguna persona viviente puede haber visto
salvo en los delirios de la fiebre o en los infiernos del opio. La construcción
se alzaba sobre un angosto punto de tierra (o lo que ahora era un angosto punto
de tierra) remontando unos noventa metros sobre lo que últimamente debió ser un
hirviente torbellino de aguas enloquecidas. A cada lado de la casa se abrían
precipicios de tierra roja recién excavados por las aguas, mientras que
enfrente las temibles olas continuaban batiendo de forma espantosa, devorando
la tierra con terrible monotonía y deliberación. Como a un kilómetro se alzaban
y caían amenazadoras rompientes de no menos de cinco metros de altura y, en el
lejano horizonte, crueles nubes negras de grotescos contornos colgaban y
acechaban como buitres malignos. Las olas eran oscuras y purpúreas, casi
negras, y arañaban el flexible fango rojo de la orilla como toscas manos
voraces. No pude por menos que sentir que alguna nociva entidad marina había
declarado una guerra a muerte contra toda la tierra firme, quizá instigada por
el cielo enfurecido.
Recobrándome al fin del
estupor en que ese espectáculo antinatural me había sumido, descubrí que mi
actual peligro físico era agudo. Aun durante el tiempo en que observaba, la
orilla había perdido muchos metros y no estaba lejos el momento en que la casa
se derrumbaría socavada en el atroz pozo de las olas embravecidas. Por tanto,
me apresuré hacia el lado opuesto del edificio y, encontrando una puerta, la
cerré tras de mí con una curiosa llave que colgaba en el interior. Entonces
contemplé más de la extraña región a mi alrededor y percibí una singular
división que parecía existir entre el océano hostil y el firmamento. A cada
lado del descollante promontorio imperaban distintas condiciones. A mi
izquierda, mirando tierra adentro, había un mar calmo con grandes olas verdes
corriendo apaciblemente bajo un sol resplandeciente. Algo en la naturaleza y
posición del sol me hicieron estremecer, aunque no pude entonces, como no puedo
ahora, decir qué era. A mi derecha también estaba el mar, pero era azul,
calmoso, y sólo ligeramente ondulado, mientras que el cielo sobre él estaba
oscurecido y la ribera era más blanca que enrojecida.
Ahora volví mi atención a
tierra, y tuve ocasión de sorprenderme nuevamente, puesto que la vegetación no
se parecía en nada a cuanto hubiera visto o leído. Aparentemente, era tropical
o al menos subtropical... una conclusión extraída del intenso calor del aire.
Algunas veces pude encontrar una extraña analogía con la flora de mi tierra
natal, fantaseando sobre el supuesto de que las plantas y matorrales familiares
pudieran asumir dichas formas bajo un radical cambio de clima; pero las
gigantescas y omnipresentes palmeras eran totalmente extranjeras. La casa que
acababa de abandonar era muy pequeña (apenas mayor que una cabaña) pero su
material era evidentemente mármol, y su arquitectura extraña y sincrética, en
una exótica amalgama de formas orientales y occidentales.
En las esquinas había
columnas corintias, pero los tejados rojos eran como los de una pagoda china.
De la puerta que daba a tierra nacía un camino de singular arena blanca, de
metro y medio de anchura y bordeado por imponentes palmeras, así como por
plantas y arbustos en flor desconocidos. Corría hacia el lado del promontorio
donde el mar era azul y la ribera casi blanca. Me sentí impelido a huir por
este camino, como perseguido por algún espíritu maligno del océano retumbante.
Al principio remontaba ligeramente la ribera, luego alcancé una suave cresta.
Tras de mí, vi el paisaje que había abandonado: toda la punta con la cabaña y
el agua negra, con el mar verde a un lado y el mar azul al otro, y una
maldición sin nombre e indescriptible cerniéndose sobre todo. No volví a verlo
más y a menudo me pregunto... Tras esta última mirada, me encaminé hacia
delante y escruté el panorama de tierra adentro que se extendía ante mí.
El camino, como he dicho,
corría por la ribera derecha si uno iba hacia el interior. Delante y a la
izquierda vislumbré entonces un magnífico valle, que abarcaba miles de acres,
sepultado bajo un oscilante manto de hierba tropical más alta que mi cabeza.
Casi al límite de la visión había una colosal palmera que parecía fascinarme y
reclamarme. En este momento, el asombro y la huida de la península condenada
habían, con mucho, disipado mi temor, pero cuando me detuve y desplomé fatigado
sobre el sendero, hundiendo ociosamente mis manos en la cálida arena dorada, un
nuevo y agudo sonido de peligro me embargó. Algún terror en la alta hierba
sibilante pareció sumarse a la del diabólico mar retumbante y me alcé gritando
fuerte y desabridamente.
-¿Tigre? ¿Tigre? ¿Es un
tigre? ¿Bestias? ¿Bestias? ¿Es una bestia lo que me atemoriza?
Mi mente retrocedía hasta
una antigua y clásica historia de tigres que había leído; traté de recordar al
autor, pero tuve alguna dificultad. Entonces, en mitad de mi espanto, recordé
que el relato pertenecía a Ruyard Kipling; no se me ocurrió lo ridículo que
resultaba considerarle como un antiguo autor. Anhelé el volumen que contenía
esta historia, y casi había comenzado a desandar el camino hacia la cabaña
condenada cuando el sentido común y el señuelo de la palmera me contuvieron.
Si hubiera o no podido
resistir el deseo de retroceder sin el concurso de la fascinación por la
inmensa palmera, es algo que no sé. Su atracción era ahora predominante, y dejé
el camino para arrastrarme sobre manos y rodillas por la pendiente del valle, a
pesar de mi miedo hacia la hierba y las serpientes que pudiera albergar. Decidí
luchar por mi vida y cordura tanto como fuera posible y contra todas las
amenazas del mar o tierra, aunque a veces temía la derrota mientras el
enloquecido silbido de la misteriosa hierba se unía al todavía audible e
irritante batir de las distantes rompientes. Con frecuencia, debía detenerme y
tapar mis oídos con las manos para aliviarme, pero nunca pude acallar del todo
el detestable sonido. Fue tan sólo tras eras, o así me lo pareció, cuando
finalmente pude arrastrarme hasta la increíble palmera y reposar bajo su sombra
protectora.
Entonces ocurrieron una
serie de incidentes que me transportaron a los opuestos extremos del éxtasis y
el horror; sucesos que temo recordar y sobre los que no me atrevo a buscar
interpretación. Apenas me había arrastrado bajo el colgante follaje de la
palmera, cuando brotó de entre sus ramas un muchacho de una belleza como nunca
antes viera. Aunque sucio y harapiento, poseía las facciones de un fauno o
semidiós, e incluso parecía irradiar en la espesa sombra del árbol. Sonrió
tendiendo sus manos, pero antes de que yo pudiera alzarme y hablar, escuché en
el aire superior la exquisita melodía de un canto; notas altas y bajas tramadas
con etérea y sublime armonía. El sol se había hundido ya bajo el horizonte, y
en el crepúsculo vi una aureola de mansa luz rodeando la cabeza del niño.
Entonces se dirigió a mí con timbre argentino.
-Es el fin. Han bajado de
las estrellas a través del ocaso. Todo está colmado y más allá de las
corrientes arinurianas moraremos felices en Teloe.
Mientras el niño hablaba,
descubrí una suave luminosidad a través de las frondas de las palmeras y vi
alzarse saludando a dos seres que supe debían ser parte de los maestros cantores
que había escuchado. Debían ser un dios y una diosa, porque su belleza no era
la de los mortales, y ellos tomaron mis manos diciendo:
-Ven, niño, has escuchado
las voces y todo está bien. En Teloe, más allá de las Vía Láctea y las
corrientes arinurianas, existen ciudades de ámbar y calcedonia. Y sobre sus
cúpulas de múltiples facetas relumbran los reflejos de extrañas y hermosas
estrellas. Bajo los puentes de marfil de Teloe fluyen los ríos de oro líquido
llevando embarcaciones de placer rumbo a la floreciente Cytarion de los Siete
Soles. Y en Teloe y Cytarion no existe sino juventud, belleza y placer, ni se
escuchan más sonidos que los de las risas, las canciones y el laúd. Sólo los
dioses moran en Teloe la de los ríos dorados, pero entre ellos tú habitarás.
Mientras escuchaba
embelesado, me percaté súbitamente de un cambio en los alrededores. La palmera,
que últimamente había resguardado a mi cuerpo exhausto, estaba ahora a mi
izquierda y considerablemente debajo. Obviamente flotaba en la atmósfera; acompañado
no sólo por el extraño chico y la radiante pareja, sino por una creciente
muchedumbre de jóvenes y doncellas semiluminosos y coronados de vides, con
cabelleras sueltas y semblante feliz. Juntos ascendimos lentamente, como en
alas de una fragante brisa que soplara no desde la tierra sino en dirección a
la nebulosa dorada, y el chico me susurró en el oído que debía mirar siempre a
los senderos de luz y nunca abajo, a la esfera que acababa de abandonar.
Los mozos y muchachas
entonaban ahora dulces acompañamientos con los laúdes y me sentía envuelto en
una paz y felicidad más profunda de lo que hubiera imaginado en toda mi vida,
cuando la intrusión de un simple sonido alteró mi destino destrozando mi alma.
A través de los arrebatados esfuerzos de cantores y tañedores de laúd, como una
armonía burlesca y demoníaca, atronó desde los golfos inferiores el maldito, el
detestable batir del odioso océano. Y cuando aquellas negras rompientes
rugieron su mensaje en mis oídos, olvidé las palabras del niño y miré abajo,
hacia el condenado paisaje del que creía haber escapado.
En las profundidades del
éter vi la estigmatizada tierra girando, siempre girando, con irritados mares
tempestuosos consumiendo las salvajes y arrasadas costas y arrojando espuma
contra las tambaleantes torres de las ciudades desoladas. Bajo una espantosa
luna centelleaban visiones que nunca podré describir, visiones que nunca
olvidaré: desiertos de barro cadavérico y junglas de ruina y decadencia donde
una vez se extendieron las llanuras y poblaciones de mi tierra natal, y
remolinos de océano espumeante donde otrora se alzaran los poderosos templos de
mis antepasados. Los alrededores del polo Norte hervían con ciénagas de
estrepitoso crecimiento y vapores malsanos que silbaban ante la embestida de
las inmensas olas que se encrespaban, lacerando, desde las temibles
profundidades. Entonces, un desgarrado aviso cortó la noche, y a través del
desierto de desiertos apareció una humeante falla. El océano negro aún
espumeaba y devoraba, consumiendo el desierto por los cuatro costados mientras
la brecha del centro se ampliaba y ampliaba.
No había otra tierra salvo
el desierto, y el océano furioso todavía comía y comía. Sólo entonces pensé que
incluso el retumbante mar parecía temeroso de algo, atemorizado de los negros
dioses de la tierra profunda que son más grandes que el malvado dios de las
aguas, pero, incluso si era así, no podía volverse atrás, y el desierto había
sufrido demasiado bajo aquellas olas de pesadilla para apiadarse ahora. Así, el
océano devoró la última tierra y se precipitó en la brecha humeante, cediendo
de este modo todo cuanto había conquistado. Fluyó nuevamente desde las tierras
recién sumergidas, desvelando muerte y decadencia y, desde su viejo e
inmemorial lecho, goteó de forma repugnante, revelando secretos ocultos en los
años en que el Tiempo era joven y los dioses aún no habían nacido. Sobre las
olas se alzaron recordados capiteles sepultados bajo las algas. La luna
arrojaba pálidos lirios de luz sobre la muerta Londres, y París se levantaba
sobre su húmeda tumba para ser santificada con polvo de estrellas. Después,
brotaron capiteles y monolitos que estaban cubiertos de algas pero que no eran
recordados; terribles capiteles y monolitos de tierras acerca de las cuales el
hombre jamás supo.
No había ya retumbar alguno,
sino sólo el ultraterreno bramido y siseo de las aguas precipitándose en la
falla. El humo de esta brecha se había convertido en vapor, ocultando casi el
mundo mientras se hacía más y más denso. Chamuscó mi rostro y manos, y cuando
miré para ver cómo afectaba a mis compañeros descubrí que todos habían
desaparecido. Entonces todo terminó bruscamente y no supe más hasta que
desperté sobre una cama de convalecencia. Cuando la nube de humo procedente del
golfo plutónico veló por fin toda mi vista, el firmamento entero chilló
mientras una repentina agonía de reverberaciones enloquecidas sacudía el
estremecido éter. Sucedió en un relámpago y explosión delirantes; un cegador,
ensordecedor holocausto de fuego, humo y trueno que disolvió la pálida luna
mientras la arrojaba al vacío.
Y cuando el humo clareó y
traté de ver la tierra, tan sólo pude contemplar, contra el telón de frías y
burlonas estrellas, al sol moribundo y a los pálidos y afligidos planetas
buscando a su hermana.
Fin

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