El Clérigo
Malvado
H. P.
Lovecraft
(Otro relato basado en las propias pesadillas de Lovecraft, escrito en 1933, pero recién publicado de manera póstuma en 1939)
Un hombre grave que parecía
inteligente con ropa discreta y barba gris, me hizo pasar a la habitación del
ático, y me habló en estos términos:
—Sí, aquí vivió él..., pero
le aconsejo que no toque nada. Su curiosidad le vuelve irresponsable. Nosotros
jamás subimos aquí de noche; y silo
conservamos todo tal como está, es sólo por su testamento. Ya sabe lo que hizo.
Esa abominable sociedad se hizo cargo de todo al final, y no sabemos dónde está
enterrado. Ni la ley ni nada lograron llegar hasta esa sociedad.
»——Espero que no se quede
aquí hasta el anochecer. Le ruego que no toque lo que hay en la mesa, eso que
parece una caja de fósforos. No sabernos qué es, pero sospechamos que tiene
que ver con lo que hizo. Incluso evitamos mirarlo demasiado fijamente.
Poco después, el hombre me
dejó solo en la habitación del ático. Estaba muy sucia, polvorienta y
primitivamente amueblada, pero tenía una elegancia que indicaba que no era el
tugurio de un plebeyo. Había estantes repletos de libros clásicos y de
teología, y otra librería con tratados de magia: de Paracelso, Alberto Magno,
Tritemius, Ilermes Trismegisto, Boreilus y demás, en extraños caracteres cuyos
títulos no fui capaz de descifrar. Los muebles eran muy sencillos. Había una
puerta, pero daba acceso tan sólo a un armario empotrado. La única salida era
la abertura del suelo, hasta la que llegaba la escalera tosca y empinada. Las
ventanas eran de ojo de buey, y las vigas de negro roble revelaban una increíble
antigüedad. Evidentemente, esta casa pertenecía a la vieja Europa. Me parecía
saber dónde me encontraba, aunque no puedo recordar lo que entonces sabía.
Desde luego, la ciudad no era Londres. Mi impresión es que se trataba de un
pequeño puerto de mar.
El objeto de la mesa me
fascinó totalmente. Creo que sabia manejarlo, porque saqué una linterna
eléctrica —o algo que parecía una linterna— del bolsillo, y comprobé nervioso
sus destellos. La luz no era blanca, sino violeta, y el haz que proyectaba era
menos un rayo de luz que una especie de bombardeo radiactivo. Recuerdo que yo
no la consideraba una linterna corriente: en efecto, llevaba una normal en
otro bolsillo.
Estaba oscureciendo, y los
antiguos tejados y chimeneas, afuera, parecían muy extraños tras los cristales
de las ventanas de ojo de buey. Finalmente, haciendo acopio de valor, apoyé en
mi hbro el pequeño objeto de la mesa y enfoqué hacia él los rayos de la
peculiar luz violeta. La luz pareció asemejarse aún más a una lluvia o granizo
de minúsculas partículas violeta que a un haz continuo de luz. Al chocar dichas
partículas con la vítrea superficie del extraño objeto parecieron producir una
crepitación, corno el chisporroteo de un tubo vacío al ser atravesado por una
lluvia de chispas. La oscura superficie adquirió una incandescencia rojiza, y
una forma vaga y blancuzca pareció tomar forma en su centro. Entonces me di
cuenta de que no estaba solo en la habitación.., y me guardé el proyector de
rayos en el bolsillo.
Pero el recién llegado no
habló, ni oí ningún ruido durante los momentos que siguieron. Todo era una
vaga pantomima como vista desde inmensa distancia> a través de una
neblina... Aunque, por otra parte, el recién llegado y todos los que fueron
viniendo a continuación aparecían grandes y próximos, como si estuviesen a la
vez lejos y cerca, obedeciendo a alguna geometría anormal.
El recién llegado era un
hombre flaco y moreno, de estatura media, vestido con el traje clerical de la
Iglesia anglicana. Aparentaba unos treinta años y tenía la tez cetrina,
olivácea, y un rostro agradable, pero su frente era anormalmente alta. Su
cabello negro estaba bien cortado y pulcramente peinado y su cara afeitada, si
bien le azuleaba el mentón debido al pelo crecido. Usaba gafas sin montura, con
aros de acero. Su figura, y las facciones de la mitad inferior de la cara, eran
como las de los clérigos que yo había visto, pero su frente era asombrosamente
alta, y tenía una expresión más hosca e inteligente, a la vez que más sutil y
secretamente perversa. En ese momento - acababa de encender una débil lámpara
de aceite—-. parecía nervioso; y antes de que yo me diese cuenta había empezado
a arrojar los libros de magia a una chimenea que había junto a una ventana de
la habitación (donde la pared se inclinaba pronunciadamente), en la que no
había reparado yo hasta entonces. Las llamas consumían los volúmenes con
avidez, saltando en extraños colores y despidiendo un olor indeciblemente
nauseabundo mientras las páginas de misteriosos jeroglíficos y las carcomidas
encuadernaciones eran devoradas por el elemento devastador. De repente,
observé que había otras personas en la estancia: hombres con aspecto grave, vestidos
de clérigo, entre los que había uno que llevaba corbatín y calzones de obispo.
Aunque no conseguía oír nada, me di cuenta de que estaban comunicando una decisión
de enorme trascendencia al primero de los llegados. Parecía que le odiaban y
le temían al mismo tiempo, y que tales sentimientos eran recíprocos. Su rostro
mantenía una expresión severa; pero observé que, al tratar de agarrar el
respaldo de una silla, le temblaba la mano derecha. El obispo le señaló la
estantería vacía y la chimenea (donde las flamas se habían apagado en medio de
un montón de residuos carbonizados e informes), preso al parecer de especial
disgusto. El primero de los recién llegados esbozó entonces una sonrisa
forzada, y extendió la mano izquierda hacia el pequeño objeto de la mesa. Todos
parecieron sobresaltarse. El cortejo de clérigos comenzó a desfilar por la empinada
escalera, a través de la trampa del suelo, al tiempo que se volvían y hacían
gestos amenazadores al desaparecer. El obispo fue el último en abandonar la
habitación.
El que había llegado primero
fue a un armario del fondo y sacó un rollo de cuerda. Subió a una silla, ató
un extremo a un gancho que colgaba de la gran viga central de negro roble y
empezó a hacer un nudo corredizo en el otro extremo. Comprendiendo que se iba a
ahorcar, corrí con idea de disuadirle o salvarle. Entonces me vio, suspendió
los preparativos y miró con una especie de triunfo que me desconcertó y me
llenó de inquietud. Descendió lentamente de la silla y empezó a avanzar hacia
mí con una sonrisa claramente lobuna en su rostro oscuro de delgados labios.
Sentí que me encontraba en
un peligro mortal y saqué el extraño proyector de rayos como arma de defensa.
No sé por qué, pensaba que me sería de ayuda. Se lo enfoqué de lleno a la cara
y vi inflamarse sus facciones cetrinas, con una luz violeta primero y luego
rosada. Su expresión de exultación lobuna empezó a dejar paso a otra de profundo
temor, aunque no llegó a borrársele enteramente. Se detuvo en seco; y agitando
los brazos violentamente en el aire, empezó a retroceder tambaleante. Vi que sc
acercaba a la abertura del suelo y grité para prevenirle; pero no me oyó. Un
instante después. trastabilló hacia atrás. cayó por la abertura y desapareció
de mi vista.
Me costó avanzar hasta la
trampilla de la escalera. pero al llegar descubrí que no había ningún cuerpo
aplastado en el piso de abajo. En vez de eso. me llegó el rumor de gentes que
subían con linternas; se había roto el momento de silencio fantasmal y otra vez
oía ruidos y veía figuras normalmente tridimensionales. Era evidente que algo
había atraído a la multitud a este lugar. ¿Se había producido algún ruido que
yo no había oído? A continuación, los dos hombres (simples vecinos del pueblo,
al parecer) que iban a la cabeza me vieron de lejos, y se quedaron
paralizados. Uno de ellos
gritó de forma atronadora:
—¡Ahhh!... ¿Conque eres tú?
¿Otra vez?
Entonces dieron media vuelta
y huyeron frenéticamente. Todos menos
uno. Cuando la multitud hubo desaparecido
vi al hombre grave de barba gris que me había traído a este lugar, de
pie, solo, con una linterna. Me miraba boquiabierto, fascinado, pero no con
temor. Luego empezó a subir la escalera, y se reunió conmigo en el ático.
Dijo:
¡Así que no ha dejado eso en
paz! Lo siento. Sé lo que ha pasado. Ya ocurrió en otra ocasión, pero el hombre
se asusto y se pegó un tiro. No debía haberle hecho volver. Usted sabe qué es
lo que él quiere. Pero no debe asustarse como se asustó el otro. Le ha sucedido
algo muy extraño y terrible, aunque no hasta el extremo de dañarle la mente y
la personalidad. Si conserva la sangre fría, y acepta la necesidad de efectuar
ciertos reajustes radicales en su vida, podrá seguir gozando de la existencia y
de los frutos de su saber. Pero no puede vivir aquí, y no creo que desee
regresar a Londres. Mi consejo es que se vaya a América.
No debe volver a tocar ese...
objeto. Ahora, ya nada puede ser como antes. El hacer —o invocar— cualquier
cosa no serviría sino para empeorar la situación. No ha salido usted tan mal
parado como habría podido ocurrir..., pero tiene que marcharse de aquí
inmediatamente, y establecerse en otra parte. Puede dar gracias al cielo de
que no haya sido más grave.
»—-Se lo explicaré con la
mayor franqueza posible. Se ha operado cierto cambio en... su aspecto personal.
Es algo que él siempre provoca. Pero en un país nuevo, usted puede acostumbrarse
a ese cambio. Allí, en el otro extremo de la habitación, hay un espejo; se lo
traeré. Va a sufrir una fuerte impresión.. aunque no será nada repulsivo.
Me eché a temblar, dominado
por un miedo mortal; el hombre barbado
casi tuvo que sostenerme mientras me acompañaba hasta el espejo, con la débil
lámpara (es decir, la que antes estaba sobre la mesa, no el farol, más débil
aún, que él había traído) en la mano. Y lo que ví en el espejo fue esto:
Un hombre flaco y moreno, de
estatura media, y vestido con el traje clerical de la Iglesia anglicana, de unos treinta años, y con unos
lentes sin montura y aros de acero,
cuyos cristales brillaban bajo su frente cetrina, olivácea, normalmente alta.
Era el individuo silencioso
que había llegado el primero y había quemado los libros.
¡Durante el resto de mi
vida, físicamente, yo iba a ser ese hombre!
Fin

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