El Horror
de Red Hook
H. P.
Lovecraft
Mas nada que decir acerca de este relato que con
las propias palabras de Lovecraft en una carta a su amigo Clark Ashton Smith,
en donde expone algunas de sus ideas menos progresistas (para no decir racistas
y llenas de odio étnico: "La idea de que la magia negra existe
secretamente hoy en día, o que diabólicos ritos antiguos persisten en la
oscuridad, es algo que he usado y que volveré a usar. Cuando leas mi nuevo
cuento (El horror de Red Hook), verás que hago uso de la idea en relación con
las pandillas de jóvenes holgazanes y los rebaños extranjeros de aspecto
maligno que se ven por todas partes en Nueva York". Me pregunto, si estuviera
vivo ¿que cosas escribiría acerca de la sociedad de hoy en día?)
1
No hace muchas semanas, en
la esquina de una calle del pueblo de Pascoag, Rhode Island, un peatón alto, de
constitución fuerte y aspecto saludable, dio mucho que hablar a causa de su
singular comportamiento. Al parecer, habla
bajado por la carretera de Chepachet, y al llegar a la parte más densa había
torcido a la izquierda, por la calle principal, donde varios bloques de
modestos establecimientos dan cierta impresión de núcleo urbano. Al llegar
allí, y sin causa aparente, manifestó su singular comportamiento: miró un
segundo de forma extraña hacia el más alto de los edificios, y luego,
profiriendo alaridos aterrados e histéricos, inició una frenética carrera que
concluyó cuando tropezó y cayó en el cruce siguiente. Unas manos solicitas le
recogieron y le sacudieron el polvo, descubriéndose entonces que estaba
consciente, físicamente ileso, y claramente repuesto de su repentino ataque de
nervios. Murmuró unas avergonzadas explicaciones sobre cierta tensión que
había soportado, se encaminó con la cabeza gacha hacia la carretera de
Chepachet y emprendió el regreso sin volver la vista atrás ni una sola vez.
Encontraron extraño que le sucediera a un hombre tan corpulento, robusto y de
aspecto tan normal un percance semejante; extrañeza que no disminuyó al oir los
comentarios de uno de los mirones, que le habla reconocido como el huésped de
un conocido lechero de las afueras de Chepachet.
Resultó ser un detective de
la policía de Nueva York llamado Thomas F. Malone, el cual se encontraba disfrutando
de un largo permiso, para someterse a tratamiento médico, tras un trabajo excepcionalmente
arduo en un espantoso caso local de dramáticas consecuencias. Varios edificios
de ladrillo se habían derrumbado durante una redada en la que él había
participado, y hubo algo en la mortandad
general, entre detenidos y compañeros suyos, que le habla horrorizado de manera
especial. A causa de ello, habla adquirido un horror agudo y anómalo a todo
edificio que se pareciese siquiera remotamente a los que se hablan derrumbado,
de manera que al final los psiquiatras
le prohibieron contemplar cualquier edificio de ese tipo durante algún
tiempo. Un médico de la policía que tenía familia en Chepachet sugirió que
dicha aldea, formada por casas coloniales de madera, podía ser un lugar ideal
para su convalecencia psíquica, y allí se habla retirado el paciente, prometiendo no aventurarse a
andar por
calles con fachadas de
ladrillo de las grandes poblaciones hasta que le aconsejase debidamente el
especialista de Woonsocket, con quien le habían puesto en contacto... Este
paseo hasta Pascoag con idea de comprar revistas había sido un error, y el
paciente había pagado su desobediencia con un susto, algunas contusiones y una
humillación.
Esto era cuanto sabían los
chismosos de Chepachet y de Pascoag; y eso era, también, lo que los doctos especialistas
creían. Pero al principio Malone había contado a los especialistas mucho más;
aunque dejó de contarles nada al ver la absoluta incredulidad que reflejaban
sus semblantes. A partir de entonces guardó silencio, y no protestó en absoluto
cuando todos coincidieron en afirmar que había sido el derrumbamiento de los
ruinosos edificios de ladrillo del
sector de Red Hook, de Brooklyn, y la muerte consiguiente de muchos esforzados
oficiales, lo
que había ocasionado su
desequilibrio nervioso. Había trabajado demasiado, dijeron, en la limpieza de
aquellos nidos de desorden y de violencia; algunos detalles fueron horrorosos a
todas luces, y la inesperada tragedia había supuesto la gota que colmaba el
vaso. Esta era una explicación simple que todo el mundo podía entender; y como
Malone no era un simple, comprendió que era preferible dejarlo así. Hablar a
unas gentes sin imaginación de un horror que escapaba a toda concepción humana
—de un horror que se cobijaba en casas y en edificios y en Ciudades invadidas
por el cáncer y la lepra de una maldad venida de otros mundos— habría sido
invitarles a que le encerrasen en una celda acolchada, en vez de
permitirle un descanso temporal; y
Malone era un hombre con sentido común, a pesar de su misticismo. Tenía la
aguda visión del celta para las cosas preternaturales y ocultas, y el ojo vivo
del lógico para lo que en apariencia era
convincente, amalgama que le había llevado muy
lejos en los cuarenta y dos
años de su vida y le había. colocado en extraños lugares para un hombre que se
- había formado en la
Universidad de Dublín y había nacido en una villa georgiana próxima a Phoenix
Park.
Y ahora, al repasar las
cosas que habla visto y sentido y comprendido, Malone se alegró de no haber
confiado a nadie algo que era capaz de convertir a un intrépido luchador en un
neurótico tembloroso, las viejas barriadas de ladrillo y las oleadas de rostros
cetrinos y huidizos en algo pesadillesco y prodigiosamente siniestro. No sería
ésta la primera vez que sus sentimientos se quedaran sin interpretación, pues
¿acaso no era su mismo acto de sumergirse en el abismo políglota del hampa
neoyorquina un fenómeno que escapaba a toda explicación razonable? ¿Qué podía
contarles a las gentes prosaicas sobre las antiguas brujerías y las grotescas
maravillas discernibles para unos ojos sensibles en este caldero inmundo donde
las más diversas heces de épocas malsanas mezclaban su ponzoña y perpetuaban
sus obscenos terrores? El había visto la llama verde e infernal de secreto
prodigio en esa confusión estridente y evasiva de avidez exterior y de interna
blasfemia, y había sonreído con desprecio cuando los neoyorquinos que le
conocían se burlaban de sus experimentos en su labor policial. Se habían mostrado
muy graciosos y cínicos, y se habían reído de su búsqueda fantástica de
misterios incognoscibles, asegurándole que en estos tiempos no habla en Nueva
York más que bajeza y vulgaridad. Uno de ellos le había apostado bastante
dinero a que —pese a las numerosas cosas emocionantes que había publicado en la
Dublin Review— no era capaz de escribir siquiera un relato verdaderamente
interesante sobre la vida de los bajos fondos de Nueva York; y ahora, al
reflexionar sobre ello, se daba cuenta de la ironía cósmica que había
justificado las palabras proféticas al refutar secretamente su frívolo
significado. El horror, como vio al fin, no podía ser objeto de relato; pues
como el libro que cita la autoridad alemana de Poe, «es lasst sich nicht
lesen», "no consiente en ser leído".
2
Para Malone, la existencia
producía siempre una sensación latente
misterio. De joven había percibido la oculta belleza, el éxtasis de las cosas,
y había sido poeta, pero la pobreza y el sufrimiento y el exilio le habían
hecho volver la mirada en direcciones más tenebrosas, y se había estremecido
ante la maldad del mundo que le rodeaba. La vida diaria se había vuelto para él
una fantasmagoría de sombras macabras; brillante y descocada unas veces,
ocultando la corrupción con el mejor estilo de Beardsley, y, otras, sugiriendo
terrores tras las formas y los objetos más corrientes, como las obras sutiles y
menos llamativas de Gustavo Doré. A menudo consideraba misericordioso que la
mayoría de las personas inteligentes se mofaran de los misterios más
recónditos, pues, argüía, si las mentes
superiores entraran alguna vez en comunicación plena con los secretos
guardados por antiguos cultos inferiores, no tardarían las anormalidades no
sólo en destruir el mundo, sino en amenazar la misma integridad del universo.
Estas reflexiones eran morbosas, evidentemente, pero su agudo sentido de la
lógica y su profundo humor las equilibraban de manera saludable. Malone se
conformaba con que sus ideas se quedaran en visiones semivislumbradas y
prohibidas para poder jugar con ellas con ligereza. La historia llegó sólo
cuando el deber le colocó ante una revelación infernal demasiado repentina e
intensa para poder soslayarla.
Hacía algún tiempo que le
habían destinado a la comisaría de Butler Street, de Brooklyn, cuando tuvo
noticia del caso de Red Hook. Red Hook
es un laberinto de híbrida miseria próximo al barrio marinero frente a la Isla
del Gobernador, con suicidas carreteras que ascienden de los muelles a un
terreno elevado donde los deteriorados tramos de Clinto Street y Court Street
conducen al Ayuntamiento. Sus casas son
en su mayoría de ladrillo, construidas durante el segundo cuarto del siglo
XIX, y algunos de los callejones y travesías más oscuros tienen sabor antiguo y
seductor que la literatura convencional
nos inclina a calificar de "dickensiano". La población es
una mescolanza y un enigma
irremediables: en ella chocan entre sí componentes sirios, españoles, italianos
y negros, a no mucha distancia de los
cinturones escadinavo y americano. Es una babel de ruidos e inmundicia que profiere extraños gritos al contestar a
las mansas olas oleaginosas que lamen
los sucios espigones y a las monstruosas letanías que compone el órgano de los
silbidos portuarios. Aquí imperaba hace tiempo un cuadro mucho más brillante,
cuando los marineros de ojos daros pululaban por las calles inferiores, y unos
hogares con más personalidad y gusto bordeaban la colina. Aún pueden
descubrirse vestigios de su antiguo esplendor en las formas elegantes de los
grandes edificios, las airosas iglesias, y los testimonios de un arte y un
pasado originales en pequeños detalles diseminados aquí y allá: un gastado tramo
de escaleras, una puerta deteriorada, un par de carcomidas columnas
decorativas, o un trozo de lo que en otro tiempo fuera espacio verde, con la
barandilla torcida y herrumbrosa. En general, las casas componen bloques homogéneos,
y, de cuando en cuando, se eleva una cúpula con múltiples ventanas para
recordar los tiempos en que las familias de los capitanes y los armadores
vigilaban el mar.
Un centenar de dialectos
blasfemos asaltaban el cielo desde esta mescolanza de podredumbre material y
espiritual. Hordas de merodeadores deambulaban gritando y cantando por
callejones y calles; unas manos furtivas, de tarde en tarde, apagaban de pronto
la luz y corrían las cortinas, y unos rostros oscuros, marcados por el pecado
desaparecían de la ventana al sorprenderlos el visitante. Los policías
desesperan de imponer algún orden, y tratan de levantar barreras a fin de
proteger el mundo exterior del contagio. Al ruido metálico de la patrulla responde
una especie de silencio espectral, y los detenidos que se llevan jamás se
muestran comunicativos. Los delitos evidentes son tan variados como los
dialectos locales, y abarcan desde el contrabando de ron y la entrada clandestina
de extranjeros, pasando por los diversos grados de depravación y oscuro vicio,
hasta el asesinato y la mutilación en sus formas más horrendas. El hecho de que
estos delitos visibles no sean más frecuentes no es ninguna honra para el vecindario, a menos que la
capacidad de ocultación sea un arte digno de honra. Entra más gente en Red Hook
de la que sale —al menos, de la que sale por tierra—, y los causantes de ello
son los menos locuaces con toda probabilidad.
Malone encontró en este
estado de cosas un vago hedor y secretos más terribles que cuantos pecados
denunciaban los ciudadanos y deploraban los sacerdotes y filántropos. Sabía, como persona en que una gran
imaginación se unía a conocimientos científicos, que la gente moderna que vive
al margen de la ley tiende misteriosamente a repetir las pautas instintivas más
oscuras de salvajismo primitivo y cuasi simiesco en su vida diaria y en sus observaciones
rituales; y con un estremecimiento de antropólogo, habla visto a menudo
desfilar procesiones, acompañadas de
cánticos y blasfemias, de j6venes de ojos turbios y rostros picados de viruela
que desfilaban durante las primeras horas de la madrugada. Constantemente se
veían grupos de estos jóvenes; unas veces, mirando de soslayo en las esquinas
de las calles; otras, en los portales, tocando misteriosamente instrumentos
musicales de escasa calidad; otras, sumidos en un embotamiento anonadante,
enfrascados en conversaciones indecentes alrededor de una mesa de algún
restaurante próximo a Borough Hall, o hablando en voz baja junto a un taxi
desvencijado ante el pórtico solemne de algún caserón viejo y ruinoso con los
postigos cerrados. Le fascinaban y le producían escalofríos, más de lo que se
atrevía a confesar a sus compañeros de
cuerpo, porque le parecía ver en ellos una especie de hilo monstruoso de
secreta continuidad, una pauta diabólica, misteriosa y antigua que estaba más
allá y por debajo de las acciones, costumbres y guaridas investigadas con concienzudo cuidado técnico por la
policía. Eran sin duda, intuía él, herederos de alguna tradición espantosa y primordial, partícipes de cultos y ritos
degradados y fragmentarios, más viejos que la humanidad. Lo sugería su
coherencia y su precisión, y lo revelaban los indicios de un orden subyacente
bajo el sórdido desorden. No en vano había leído tratados como el Witch-Cult in
Western Europe de Margaret Murray y sabía que había pervivido hasta los últimos
años, entre los campesinos y las gentes furtivas, un tipo horrible y
clandestino de reuniones y orgías que provenía de tenebrosas religiones
anteriores al mundo ario, y que aparecían en las leyendas populares como misas
negras y aquelarres. No creía en absoluto que hubiesen desaparecido por
completo estos vestigios infernales de magia asiático-turania y de cultos de
la fertilidad, y se preguntaba a menudo
cuánto más antiguos y negros serían algunos de ellos de lo que se contaba en
realidad.
3
Fue el caso de Robert Suydam
el que introdujo a Malone en el cogollo del asunto de Red Hook. Suydam era un
hombre solitario y culto que pertenecía a una antigua familia holandesa; cantó
desde el principio con los medios justos
para vivir con independencia, y habitaba la amplia pero mal conservada mansión
que su abuelo había construido en Flatbush cuando dicho pueblo era poco más que
un agradable conjunto de casas de estilo colonial alzadas en torno al templo de
la Iglesia Reformada, cubierto de hiedra, con su campanario y su cementerio
cercado con valla de hierro y poblado de lápidas con nombres holandeses. En
su casa solitaria de Martense Street, en medio de un jardín de árboles
venerables, Suydam había leído y meditado durante seis décadas, excepto un
período en que embarcó, una generación antes, rumbo al viejo continente; donde
permaneció durante ocho años. No podía permitirse tener criados, admitía pocas
visitas en su absoluta soledad, evitaba amistades íntimas y recibía a sus escasos conocidos en una de las tres
habitaciones de la planta baja que él mismo mantenía en orden, una inmensa
estancia con estanterías que llegaban basta el techo, sólidamente atestadas de
libros pesados, rotos, arcaicos y de aspecto vagamente repugnante. El
crecimiento del pueblo y su absorción final por el distrito de Brooklyn no
había significado nada para Suydam, quien a su vez había ido significando menos
para el pueblo. La gente mayor aún le señalaba por la calle, pero para la
mayoría de la población más joven era tan sólo un tipo raro, corpulento y
viejo, cuyo cabello blanco y desgreñado, barba hirsuta, traje negro reluciente
y bastón con puño de oro, le valían una mirada divertida y nada más. Malone no
le conoció de vista hasta que el deber le hizo intervenir en el caso, pero
había oído decir que era una verdadera autoridad en supersticiones medievales,
y una vez había querido echar una ojeada
a un opúsculo suyo, ya agotado, sobre la cábala y la leyenda de Fausto,
opúsculo que un amigo suyo había citado de memoria.
Suydam se convirtió en un
«caso» cuando sus lejanos y únicos parientes trataron de obtener un dictamen
judicial sobre su salud mental. La
decisión de estos parientes había parecido repentina al mundo exterior, pero en
realidad la tomaron sólo tras una prolongada observación y penosas discusiones.
Se basaba en ciertos cambios extraños que habían apreciado en su forma de
hablar y en sus hábitos, así como en extravagantes referencias a prodigios
inminentes y en sus inexplicables visitas a los vecindarios de Brooklyn de mala
reputación. Con los años se había ido volviendo más descuidado en su persona,
hasta convertirse en un auténtico pordiosero; y los avergonzados amigos le
veían a veces por las estaciones del Metro, o haraganeando en los bancos de los
alrededores de Borough Hall, conversando con desconocidos de piel oscura y
cara tenebrosa. Cuando hablaba, era para farfullar cosas sobre ciertos poderes
ilimitados que casi tenía bajo su control, y repetir con furtivas miradas de
inteligencia palabras o nombres místicos como «Sefirot», «Asmodeo» y «Samaél».
El dictamen judicial declaró que estaba consumiendo sus rentas y malgastando
su peculio en la compra de extraños volúmenes, importados de Londres y de
París, y en el mantenimiento de un sótano miserable en el distrito de Red Hook,
donde pasaba casi todas las noches
recibiendo extrañas delegaciones de gentes extranjeras, broncas y
heterogéneas, y dirigiendo al parecer cierta clase de ritos ceremoniales tras
las verdes y discretas persianas. Los detectives a quienes se asignó su
vigilancia informaron haber oído desde el exterior extraños gritos y cánticos y
ruidos de saltos, durante esos ritos nocturnos, y se estremecían ante su
éxtasis y abandono, pese a las vulgares orgías que solían celebrarse en ese
sector embrutecido. Sin embargo, cuando llegó a conocerse la noticia, Suydam
se las arregló para seguir en libertad. Ante el juez, su actitud. fue cortés y
razonable, y admitió sin reservas la rareza de conducta y extravagancia de
lenguaje en que había caído a causa de su excesiva entrega al estudio y a la
investigación. Se había consagrado, dijo, a la investigación de ciertos
aspectos de las tradiciones europeas que requerían el más estrecho contacto con
grupos extranjeros, y el conocimiento de sus canciones y sus danzas populares.
La idea de que una ruin sociedad secreta le estaba devorando, como sugerían
sus parientes, era evidentemente absurda; demostraba lo poco que comprendían
su obra. Tras el triunfo de sus serenas explicaciones, se le dejó en libertad,
y fueron retirados los detectives contratados por los Suydam, Corlear y Van
Brunt con resignado disgusto.
Fue por entonces cuando se
hizo cargo del caso un grupo formado por inspectores federales y policías,
Malone entre ellos. La policía había seguido con interés el caso de Suydam, y
había sido llamada en muchas ocasiones para que ayudase a los detectives
privados. Durante este trabajo se puso de manifiesto que entre los nuevos
amigos de Suydam se encontraban los más negros y depravados criminales que
pululaban por los tenebrosos callejones de Red Hook, y que al menos una
tercera parte de ellos eran reincidentes en casos de robo, disturbios e
introducción ilegal de inmigrantes. En efecto, no sería exagerado decir que el
círculo particular del viejo erudito
coincidía casi cabalmente con la peor de las camarillas organizadas que
ayudaban desde tierra a pasar clandestinamente a cierta hez incalificable de
asiáticos tan sabiamente devueltos por Ellis Island. En los tugurios rebosantes
de Parker Place —rebautizada posteriormente— donde Suydam tenía el sótano, se
había formado una inusitada colonia de gentes extrañas de ojos rasgados que
utilizaban el alfabeto árabe, aunque era rechazada manifiestamente por la gran
mayoría de sirios que vivían en Atlantic Avenue y sus proximidades. Todos
podían ser deportados por falta de documentación, pero los mecanismos legales
funcionaban con lentitud, y no se puede remover Red Hook a menos que la
publicidad obligue a las autoridades a tomar tal medida.
Estos seres acudían a una
derruida iglesia de piedra, utilizada los viernes como sala de baile, la cual
alzaba sus contrafuertes góticos cerca de la parte más sórdida del barrio
marinero. Teóricamente era católica, pero los sacerdotes de todo Brooklyn
negaban al lugar toda categoría y autenticidad, y los policías coincidían con
ellos cuando escuchaban el rumor que salía de ella por la noche. Malone creía
oír a veces, cuando la iglesia permanecía vacía y sin luces, las notas bajas y
desafinadas de un órgano secreto y terrible como si brotasen de las
profundidades del subsuelo; en cuanto a los demás observadores, les
amedrentaban los chillidos y golpes de tambor con que acompañaban los servicios
religiosos. Al ser interrogado, Suydam dijo que creía que el ritual era un
residuo de cristianismo nestoriano teñido de chamanismo del Tíbet. La mayoría
de estas gentes, según él, era de origen mongólico y procedía de alguna región
próxima al Kurdistán, y Malone no pudo evitar el pensar que el Kurdistán es e1
país de los yezidíes, últimos supervivientes de los adoradores persas del
diablo. Fuera como fuese, el revuelo de la investigación de Suydam confirmó que
estos recién clandestinos acudían a Red Hook en número vez mayor, entraban por
el país gracias a alguna ,piración no detectada por los oficiales de aduanas ni
por la policía portuaria, invadían Parker Place y se extendían rápidamente por
la colina, siendo acogidos con fraternidad por los variopintos residentes de la
zona. Sus figuras achaparradas y sus
fisonomías característicamente bizcas, combinadas de manera grotesca con ropas
llamativamente americanas, aparecían cada vez con más frecuencia entre los
maleantes y pistoleros nómadas del sector de Borough Hall; hasta que por último
se juzgó necesario efectuar un censo de todos ellos, averiguar cuáles eran sus
recursos y ocupaciones y ver la forma de cercarles y entregarles a las
autoridades de inmigración. Malone fue asignado para esta misión por acuerdo de
las fuerzas federales y locales, y cuando empezó la criba de Red Hook, percibió
que se encontraba al borde mismo de unos terrores indecibles, con la figura
andrajosa y descuidada de Robert Suydam como principal enemigo y adversario.
4
Los métodos de la policía
son diversos e ingeniosos. Malone, valiéndose de discretos paseos, cuidadosas
conversaciones casuales, calculados ofrecimientos de licor y discretas
entrevistas con asustados prisioneros, se enteró de bastantes detalles sueltos
sobre ese movimiento que había adoptado un cariz tan amenazador. En efecto, los
recién llegados eran kurdos, aunque hablaban un dialecto oscuro y
desconcertante en cuanto a su exacta filología. Los que trabajaban lo hacían en
su mayor parte como. cargadores de muelle, o eran buhoneros sin licencia, aunque
a menudo servían en restaurantes griegos y atendían en los kioskos de
periódicos de las esquinas. La mayoría, sin embargo, carecía de un medio
visible de subsistencia, y tenía que ver, evidentemente, con actividades del
hampa, de las cuales el contrabando y el tráfico ilegal de licores eran las
menos inconfesables. Casi todos habían llegado en buques de vapor y habían sido
desembarcados durante noches sin luna en botes de remo que después se metían
furtivamente por debajo de cierto muelle y seguían por un canal oculto, hasta
un remanso subterráneo situado debajo de cierta casa. Malone no consiguió
localizar el muelle, ni el canal, ni la casa, ya que la memoria de sus
informadores era terriblemente confusa, en tanto que su lenguaje era en parte
incomprensible aun para los intérpretes más capaces; tampoco pudo obtener
ningún dato coherente sobre las razones de su importación sistemática. Se
mostraron reservados respecto al lugar del que venían, y en ningún momento les
pudo coger lo bastante desprevenidos como para revelar qué agentes les habían
buscado y dirigido. En efecto, manifestaron algo así como un tremendo pavor
cuando se les preguntó por los motivos de su presencia allí. Los maleantes de
otras razas se mostraron igualmente reservados, y lo más que se pudo inferir
fue que un dios o gran sacerdote les había prometido poderes inauditos y
glorias y gobiernos sobrenaturales en una tierra extraña.
La asistencia de los recién
llegados y antiguos delincuentes a las rigurosamente vigiladas reuniones
nocturnas de Suydam era muy asidua, y la policía no tardó en enterarse de que
el antiguo solitario había alquilado pisos adicionales para acomodar a aquellos
invitados que estaban al tanto de sus consignas, llegando a adquirir finalmente
tres edificios enteros y albergando de forma permanente a muchos de estos
misteriosos compañeros. Ahora pasaba poco tiempo en su casa de Flatbush,
adonde iba sólo para llevarse o devolver libros; y su expresión y actitud
habían alcanzado un impresionante grado de extravío. Malone fue a verle un par
de veces, pero las dos fue rechazado con brusquedad. No sabía nada, dijo, de
complots ni de conjuras misteriosas; no tenía idea de cómo habían entrado los
kurdos ni de qué pretendían. Su ocupación era estudiar con serena tranquilidad
el folklore de todos los inmigrantes del distrito, asunto en el que la policía
no tenía por qué meterse. Malone expresó su admiración por su viejo folleto
sobre la cábala y otros mitos; pero el ablandamiento del anciano fue sólo
momentáneo. Consideró aquello una intrusión, y despidió a su visitante sin
contemplaciones; Malone se retiró disgustado, y acudió a otros canales de
información.
Nunca sabremos qué habría
descubierto Malone si hubiese podido trabajar con continuidad en el caso. Pero
un conflicto estúpido entre las autoridades locales y las federales hizo que se
suspendiesen las investigaciones durante meses, en el curso de los cuales el
detective se ocupó de otras misiones. Pero en ningún momento perdió interés, ni
dejó de asombrarle lo que empezaba a sucederle a Robert Suydam. Coincidiendo
con una ola de secuestros y desapariciones que conmocionó a Nueva York, el
descuidado erudito empezó a experimentar una metamorfosis tan asombrosa como
absurda. Un día le vieron por las proximidades de Borough Hall con el rostro
afeitado, peinado y con un traje pulcro y de buen gusto; y en adelante, cada
día se observaba en él cierta oscura mejoría. Mantenía constantemente su nueva
actitud remilgada, a la que vino a sumarse un inusitado fulgor en los ojos y
una vivacidad en el habla; y poco a poco empezó a perder la corpulencia que
durante tanto tiempo le había deformado. Ahora era frecuente que se le
atribuyese menos edad de la que tenía; adquirió elasticidad en su modo de
andar y firmeza en el porte, en consonancia con su nueva vida, y su cabello
mostró un curioso oscurecimiento que no daba la impresión de deberse al tinte.
Unos meses después empezó a vestir de manera cada vez menos conservadora, y
finalmente asombró a sus nuevos amigos al restaurar y decorar de nuevo su
mansión de Flatbush, que abrió en una serie de recepciones a las que invitó a
cuantas amistades recordaba, dispensando una especial acogida a sus parientes
olvidados que poco antes habían tratado de internarle. Unos asistieron por
curiosidad y otros por obligación, pero todos se sintieron súbitamente encantados
ante la gracia y donaire de que hacía gala el antiguo ermitaño. Este declaró
que habla terminado casi toda la labor que se había asignado, y que puesto que
acababa de heredar cierta propiedad de un amigo europeo semiolvidado, iba a
pasar el resto de sus días en una segunda y más brillante juventud, cosa que
hacían posible el desahogo económico, el cuidado y una estudiada dieta. Cada
vez se le veía menos por Red Hook, y cada vez se movía más en la sociedad en la
que habla nacido. La policía observó que los maleantes solían reunirse ahora
en la vieja iglesia-sala de baile, en vez de acudir al sótano de Parker Place,
aunque éste y sus recientes anexos seguían rebosantes de vida pestilente.
Entonces se produjeron dos
acontecimientos bastante inconexos, aunque de enorme interés para el caso, tal
como Malone lo concebía. Uno fue el anuncio discreto, aparecido en el Eagle, de
los esponsales de Robert Suydam con la señorita Cornelia Gerritsen de Bayside,
joven de excelente posición y pariente lejana de su viejo prometido; el otro
fue una redada efectuada por la policía en la iglesia-sala de baile, al recibir
aviso de que había sido vista fugazmente, en una ventana del sótano, la cara de
un niño secuestrado. Malone había participado en esa redada y, una vez dentro, había
examinado el lugar con todo detenimiento. No encontraron a nadie —en realidad,
el edificio estaba completamente desierto cuando llegaron—, pero su
sensibilidad celta se sintió vagamente turbada ante muchas de las cosas que
descubrió en el interior. Había tablas con pinturas sumamente desagradables,
tablas que representaban rostros sagrados con expresiones singularmente
sardónicas y mundanas, los cuales adoptaban a veces gestos libertinos que
incluso una sensibilidad profana decorosa apenas podía aprobar. Tampoco le
agradó la inscripción griega muro, encima del púlpito: era una antigua fórmula
mágica con la que ya se había tropezado en sus tiempos de estudiante, en
Dublin, y que, traducida, decía literalmente:
¡Oh amiga y compañera de la noche,
tú que te solazas en el ladrido del perro y en la sangre derramada, que vagas
entre las sombras de las tumbas y ansías la sangre y traes el terror a los
mortales, Gorgo, Mormo, luna de mil caras, mira con ojos favorables nuestros
sacrificios!
Se estremeció al leer esto,
y recordó vagamente las notas desafinadas y bajas de un órgano que había
imaginado oír algunas noches como si salieran de debajo de la iglesia. Y otra
vez se estremeció al observar herrumbre en el borde de un cuenco metálico que
había sobre el altar, y se detuvo nervioso cuando su olfato percibió un hedor
espantoso y extraño procedente de algún lugar cercano. Le obsesionaba el
recuerdo de los acordes de órgano, y registró el sótano con especial atención
antes e marcharse. El lugar le resultaba detestable; sin embargo, ¿qué eran las
pinturas e inscripciones blasfemas, aparte de meras groserías perpetradas por
gentes ignorantes?
Por la época en que se había
fijado la boda de Suydam, la epidemia de secuestros se había convertido en un
escándalo periodístico general. La mayoría de las víctimas eran niños de las
clases sociales más bajas, pero el creciente número de desapariciones había
suscitado un sentimiento de furia de lo más violento. Los diarios reclamaban
la intervención de la policía, y una vez más la comisaría de Butler Street
envió a sus hombres a Red Hook en busca de pistas, descubrimientos y
criminales. Malone se alegró de ponerse otra vez en acción, y se enorgulleció
de tomar parte en la redada llevada a cabo en una de las casas que tenía Suydam
en Parker Place. No encontraron a ninguno de los niños secuestrados, a pesar de
lo que se contaba sobre gritos, y a pesar de la venda roja recogida en el
patio, pero las pinturas y las brutales inscripciones que manchaban las
paredes desnudas de la mayoría de las habitaciones, y el primitivo laboratorio
químico del ático, convencieron al detective de que estaba sobre la pista de
algo tremendo. Las pinturas eran espantosas: monstruos horribles de todas las
formas y tamaños, y parodias de siluetas humanas imposibles de describir. Las
frases estaban escritas en rojo, en caracteres árabes, griegos, latinos y
hebreos. Malone no pudo leer muchas de ellas, aunque lo que consiguió descifrar
resultó ser portentoso y cabalístico. Una frase, frecuentemente repetida en
una especie de griego hebraizado del período helenístico, sugería las más
terribles evocaciones del demonio de la decadencia alejandrina:
EL.HELOYM.SOTHER.EMMANUEL.SABAOTH.
AGLA.TETRAGRAMMAT0N.AGYROS.OTHEOS.
ISCHYROS.ATHANATOS. IEHOVA. VA.ADONAI.
SADAY.H0MOVSION.MESSIAS.ESCHEREHEYE.
Por todas partes aparecían
círculos y pentáculos que hablaban sin lugar a dudas de las extrañas creencias
y aspiraciones de aquellos que vivían allí de manera tan sórdida. En el
sótano, sin embargo, encontró lo más extraño de todo: una pila de lingotes de
oro, cuidadosamente cubierta con un trozo de arpillera; en sus brillantes superficies
ostentaban los mismos horribles jeroglíficos que adornaban las paredes. Durante
la redada, la policía chocó tan sólo con la resistencia pasiva de los bizcos
orientales que salían como enjambres de todas las puertas. Viendo que no había
nada más de importancia, tuvieron que dejarlo todo como estaba. No obstante, el
comisario del distrito envió una nota a Suydam ordenándole que vigilase
estrechamente a sus inquilinos y protegidos, en vista del creciente clamor
público.
5
En junio tuvo lugar la boda,
que causó gran sensación. En Flatbush reinaba la animación hacia las doce del
mediodía, y una multitud de automóviles adornados con gallardetes llenaban las
calles próximas a la iglesia holandesa donde habían instalado un toldo que,
iba de la puerta a la calzada. Ningún acontecimiento local superó a las nupcias
Suydam-Gerritsen en tono y categoría, y el grupo que dio escolta a la novia y
al novio hasta el muelle de la Cunard fue, si no el más elegante, sí al menos
una sólida página de la alta sociedad. A las cinco se intercambiaron los
saludos, agitando la mano en señal de adiós, y el pesado transatlántico se
apartó del largo espigón, giró la proa lentamente hacia el mar, soltó amarras y
enfiló hacia las aguas anchurosas que le llevarían a las maravillas del vicio
mundo. Era de noche cuando se despejó la cubierta, y los pasajeros rezagados
contemplaron las estrellas que parpadeaban por encima de un océano no
contaminado.
No se sabe si fue el
carguero o el grito 1o que primero llamó 1a atención. Probablemente fueron
ambas cosas a la vez; pero de nada sirve hacer suposiciones. El grito brotó del
camarote de Suydam, y quizá habría podido contar cosas cosas espantosas el
marinero que derribó la puerta si no se le hubiera trastornado el juicio en
ese mismo instante; el caso es que empezó a gritar más aún que las primeras
víctimas, y echó a correr estúpidamente por el barco hasta que le cogieron y le
encadenaron. El médico de a bordo, que entró en el camarote unos momentos más
tarde y encendió las luces, no enloqueció, pero no dijo a nadie lo que vio
hasta algún tiempo después, cuando trabó correspondencia con Malone, ya en Chepachet.
Fue asesinato —estrangulación—; pero no hace falta decir que las huellas que
aparecieron en el cuello de la señora Suydam no podían proceder de las manos de
su esposo ni de ningún ser humano, y que la inscripción que fluctuó en el
blanco mamparo unos instantes en caracteres rolos, consignada después de
memoria, parece que correspondía nada menos que a las pavorosas letras caldeas
de la palabra «LILITH». No hace falta mencionar estas. cosas porque
desaparecieron rápidamente; en cuanto a Suydam, se pudo impedir al menos que
entraran los demás en el camarote, hasta saber qué pensar. El médico ha
asegurado claramente a Malone que no llegó a ver aquello, justo antes de
encender él las luces, percibió la portilla abierta y cegada unos segundos por
cierta fosforescencia, y durante un instante pareció resonar en la oscuridad
del exterior algo así como una risa infernal y contenida; pero la realidad es
que no vio nada. Como prueba, el doctor aduce el hecho de que conservó la
cordura.
Luego, el carguero acaparó
la atención de todos. Arrió un bote, y una horda de insolentes rufianes de tez
oscura, vestidos con uniforme de oficial, invadió la cubierta del buque y
detuvo temporalmente el barco de la Cunard. Querían a Suydam, tanto si estaba
vivo como si no. Tenían noticia de su viaje, y por ciertas razones estaban
seguros de que moriría. La cubierta del capitán era casi un pandemónium;
durante unos momentos, entre el informe del doctor sobre la escena del
camarote y las peticiones de los hombres del carguero, ni el más prudente y
concienzudo de los navegantes supo qué hacer. De repente, el que dirigía a los
marinos visitantes; un árabe de boca detestablemente negroide, sacó un papel
sucio y arrugado y se lo tendió al capitán. Estaba firmado por Robert Suydam, y
contenía este extraño mensaje:
En caso de que muera o me
ocurra algún accidente súbito o inexplicable, ruego que mi cuerpo sea confiado
sin preguntas al portador de esta nota y a sus acompañantes. Para mí, y quizá
para usted, todo depende del absoluto cumplimiento de esta petición. Más tarde
sabrá por qué..., no me defraude ahora.
Robert Suydam
El capitán y el doctor se
miraron mutuamente, y el segundo susurró algo al primero. Finalmente asintieron
impotentes, y les llevaron al camarote de Suydam. El doctor hizo que el
capitán desviase la mirada al abrir la puerta y dejar paso a los extraños
marineros, y no respiró hasta que salieron con su cargamento, tras permanecer
largo rato preparándolo. Lo sacaron envuelto en una sábana de la litera, y el
doctor se alegró de que no se viera demasiado su silueta. De alguna forma, los
hombres arriaron el bulto, por un costado, hasta cubierta de su barco, y se lo
llevaron sin destaparlo. El barco de la Cunard reemprendió el viaje, y el
doctor y el que se encargaba a bordo de las funciones funerarias trataron de
llevar a cabo en el camarote de Suydam los últimos servicios que pudieron. Una
vez más, el médico se vio obligado a guardar silencio hasta la mendacidad,
dado el horror de lo ocurrido. Cuando el encargado de los servicios funerarios
preguntó por qué le había extraído toda la sangre al cuerpo de la señora
Suydam, omitió decir que él no lo había hecho, ni señaló los huecos de las
botellas que faltaban en el estante, ni mencionó el olor del lavabo que delataba
la forma precipitada con que las habían vaciado de su contenido original. Los
bolsillos de aquellos hombres —si es que eran hombres—. abultaban bastante en
el momento en que abandonaron el barco. Dos horas más tarde, el mundo,
conocía por la radio cuanto debía saber sobre el horrible caso.
6
Esa misma tarde de junio,
sin haber oído noticia alguna de lo ocurrido en altamar, Malone andaba
desesperadamente ocupado por los callejones de Red Hook. Una súbita conmoción
pareció estremecer el ambiente, y, como informados por un rumor de algo
singular, los vecinos se arracimaron alrededor de la iglesia-sala de baile y
las casas de Parker Place. Acababan de desaparecer tres niños —noruegos, de
ojos azules, de las calles próximas a Gowanus—, y corrió la voz de que se
estaba congregando una multitud de robustos vikingos de aquel sector. Malone
llevaba semanas insistiendo sobre la necesidad de efectuar una limpieza
general; finalmente, movidos por condiciones más evidentes al sentido común que
las conjeturas de un soñador dublinés, accedieron a asestar un golpe
definitivo. La inquietud y amenaza de esa tarde fue el factor decisivo, y poco
antes de las doce de la noche un destacamento, reclutado en tres comisarías con
el fin de llevar a efecto la redada, descendió hacia Parker Place y sus
alrededores. Derribaron puertas, detuvieron a cuantos encontraron allí y
abrieron las habitaciones iluminadas con velas, obligándolas a vomitar
multitudes increíbles y heterogéneas de extranjeros vestidos con atuendos llamativos,
mitras y demás ornamentos inexplicables. Mucho fue lo que se perdió en la
refriega, ya que arrojaron los objetos apresuradamente a unos pozos
insospechados que delataban los olores que ellos pretendían camuflar quemando a
toda prisa acres inciensos. Pero había salpicaduras de sangre por todas partes;
y Malone se estremeció al ver en el altar un pebetero del que aún salía humo.
Quería estar en varios
sitios a la vez, y decidió inspeccionar el sótano de Suydam sólo cuando un
mensajero le dijo que la derruida iglesia-sala de baile estaba completamente
vacía. Pensó que quizá hubiera en el piso alguna clave sobre el rito del que el
erudito de lo oculto se había convertido en alma y líder; registró con auténtica
expectación las mohosas habitaciones, notó su vago olor a carroña, y examinó
los libros curiosos, instrumentos, lingotes de oro y botellas con tapón de
cristal, todo ello esparcido de cualquier manera. Se le cruzó por entre las
piernas un gato flaco de color blanco y negro que le hizo tropezar, volcando
una cubeta medio llena de un liquido rojo. La impresión fue tremenda; hasta
hoy, Malone no esté seguro de lo que vio, pero todavía se representa en
sueños a ese gato escabulléndose, con ciertas monstruosas alteraciones y
particularidades. Luego llegó a la puerta del sótano, la vio cerrada con llave,
y buscó algo con qué derribarla. Encontró cerca un pesado banco, y su sólido
asiento fue más que suficiente para hacer saltar los antiguos cuarterones. Sonó
un crujido, y cedió toda la puerta..., pero empujada desde el otro lado, de
donde brotó el tumultuoso aullido de un viento frío como el hielo y cargado de
todos los hedores del pozo inmenso, el cual adquirió una fuerza succionante que
no parecía provenir de la tierra ni del cielo, y que, enroscándose como un ser
vivo en torno al paralizado detective, le arrastró por la abertura y lo
precipitó a insondables espacios poblados de susurros y gemidos y risotadas de
burla.
Por supuesto, fue un sueño.
Todos los especialistas se lo han dicho, y él no puede probar lo contrario.
Desde luego, preferiría que fuese así, porque entonces la visión de los míseros
barrios de ladrillo y los rostros oscuros de los extranjeros no le consumirían
el alma de ese modo. Pero en aquellos momentos todo fue espantosamente real, y
nada puede borrarle el recuerdo de esas criptas tenebrosas; esas arcadas
titánicas y esas infernales figuras semiformadas y gigantescas que avanzaban en
silencio llevando entre sus garras seres semidevorados cuyos fragmentos, vivos
aún, gritaban pidiendo misericordia o reían demencialmente. Olores de incienso
y de corrupción se mezclaban en nauseabundo concierto, y el aire negro hervía
de bultos brumosos, semivisibles, de informes seres elementales dotados de
ojos. En alguna parte, un agua negra y pegajosa lamía espigones de ónice, y,
una de las veces, se oyó el tintineo estremecido de unas campanillas
estridentes que saludaban a la risa loca y sofocada de una entidad desnuda y
fosforescente que surgió a la superficie, salió a la orilla y se encaramó a lo
alto de un pedestal tallado en oro que había en el fondo, y se puso en
cuclillas mirando de soslayo.
Unas galerías de ilimitada
oscuridad parecían dispersarse en todas direcciones, hasta el punto de que
podía imaginar que aquello era la raíz de un contagio destinado a contaminar y
tragarse ciudades enteras y a sumergir incluso naciones enteras en una fetidez
de híbrida pestilencia. Aquí se había introducido el pecado cósmico, y, supurando
ritos impíos, había iniciado una marcha burlesca de muerte que iba a
corrompernos a todos y convertirnos en fungosas anormalidades, demasiado
horrendas para encontrar descanso en las sepulturas. Aquí tenía Satanás su
corte babilónica, y los miembros leprosos de la fosforescente Lilith eran
lavados en sangre de niños inmaculados. Incubos y súcubos aullaban alabanzas a
Hécate, y unos becerros-luna acéfalos mugían a la Magna Mater. Saltaban las
cabras al son de unas flautas delgadas y odiosas y un grupo de egipanes
perseguía incansablemente por las rocas a unos faunos deformes con aspecto de
sapos hinchados. No estaban ausentes Moloch ni Ashtaroth, pues en esta
quintaesencia de toda condenación habían quedado suprimidos los límites de la
conciencia, y la fantasía del hombre abarcaba perspectivas de todos los reinos
del horror y de todas las dimensiones prohibidas que el mal podía originar. El
mundo y la Naturaleza estaban irremediablemente desamparados ante tales asaltos
procedentes de abiertos pozos de noche, y ningún signo ni plegaria era capaz
de contener el desbordante Walpurgis de horror que se había producido cuando un
sabio, en posesión de la odiosa llave, había tropezado con una horda cargada
con el arca cerrada y repleta de saber demoníaco.
De repente, un rayo de luz
física traspasó todas estas fantasmagorías, y Malone oyó rumor de remos en
medio de unos seres de blasfemia que debieran estar muertos.
Surgió a la vista un bote
con un farol en la proa, se dirigió velozmente hacia una argolla de hierro que
habla en el muelle de piedra cubierto de lino, y vomitó a varios hombres
oscuros cargados con un bulto envuelto en una sábana. Lo llevaron a la entidad
desnuda y fosforescente agazapada en lo alto del dorado y esculpido pedestal, y
la entidad rió y manoseó el bulto de la sábana. A continuación desenvolvieron
y pusieron de pie, ante el pedestal, el cadáver gangrenoso de un viejo
corpulento de barba incipiente y blancos cabellos desordenados. La entidad
fosforescente rió otra vez, y los hombres se sacaron unas botellas de los
bolsillos y le ungieron los pies con un líquido rojo; luego entregaron las
botellas a la entidad para que bebiese de ellas.
De repente, de un callejón
abovedado que se perdía a lo lejos llegaron las notas demoníacas y jadeantes de
un órgano blasfemo, ahogando y anulando con sus bajos sonidos desafinados y
sardónicos las risas infernales. Un instante después, todas las entidades que
habla allí quedaron como electrizadas. Y agrupándose al punto en una procesión
ceremonial, la horda de pesadilla se alejó solemnemente al encuentro de la
música: cabras, sátiros y egipanes, íncubos, súcubos y lémures, sapos deformes,
seres elementales aulladores y perrunos y huéspedes mudos de las tinieblas,
guiados todos por la abominable entidad fosforescente que había ocupado el
trono dorado, y que ahora avanzaba insolente portando en brazos el cadáver de
ojos vidriosos del corpulento anciano. Los hombres extraños y oscuros danzaban
detrás, y toda la columna saltaba y brincaba con furia dionisíaca. Malone dio
unos pasos tras ellos, confuso y delirante, sin saber si estaba en este o en
otro mundo. Luego dio media vuelta, vaciló y se desplomó sobre la piedra fría y
húmeda, jadeante y tembloroso, mientras el órgano demoníaco seguía
desafinando, y los aullidos, la percusión de los tambores y el tintineo de la
loca procesión se hacia cada vez más débil.
Tenía vaga conciencia de
cánticos horrendos y espantosos graznidos a lo lejos. De cuando en cuando le
llegaba un gemido o gañido de devoción ceremonial a través de la bóveda
tenebrosa, hasta que por último entonaron la pavorosa fórmula mágica griega
cuyo texto habla leído encima del púlpito de la iglesia-sala de baile.
¡Oh amiga y compañera de la
noche, tú que te solazas en el ladrido del perro (aquí estalló un aullido
horrendo) y en la sangre derramada (ruidos atroces); que vagas entre las
sombras de las tumbas (aquí brotó un suspiro sibilante), y ansías la sangre y
traes el terror a los mortales (gritos breves y agudos de miles de gargantas),
Gorgo (repetido en respuesta), Mormo (repetido en éxtasis), luna de mil caras
(suspiros y notas de flauta), mira con ojos favorables nuestros sacrificios!
Al concluir la salmodia, se
elevó un grito general, y unos ruidos sibilantes casi ahogaron las notas
ominosas y bajas del órgano desafinado. Luego brotó un jadeo como de muchas
gargantas, y una babel de ladridos y expresiones quejumbrosas: «¡Lilith, Gran
Lilith, contempla al Esposo!» Más gritos, clamor exultante, y el ruido claro de
pisadas de una figura que corría. Las pisadas se acercaron, y Malone se incorporó,
apoyándose en un codo, para mirar.
La claridad de la cripta,
que últimamente había disminuido, aumentó ahora ligeramente, y, en esa luz
demoníaca, apareció la forma fugaz de algo que no era posible que pudiese
huir, ni sentir, ni respirar: el cadáver gangrenoso de ojos vidriosos del
anciano corpulento, ahora sin que le sostuviesen, animado por algún sortilegio
infernal del rito que acababa de concluir. Tras él venía la entidad desnuda y
fosforescente del esculpido pedestal, y más atrás resollaban los hombres
oscuros y toda la pavorosa tripulación de repugnancias dotadas de
sensibilidad. El cadáver iba sacando ventaja a sus perseguidores, y corría con
un fin deliberado, forzando cada uno de sus músculos putrefactos a fin de
llegar al áureo pedestal, cuya necromántica importancia era inmensa al parecer.
Un momento después habla alcanzado su objetivo, mientras que la multitud que le
seguía continuaba corriendo con frenética rapidez. Pero fue demasiado tarde;
porque el cadáver de ojos desorbitados que fuera Robert Suydam había logrado su
objetivo y su victoria en un esfuerzo final que le desgarró los tendones,
provocando el desmoronamiento de su cuerpo nauseabundo. El impulso había sido
tremendo, pero su fuerza resistió hasta el final; y mientras caía convertido en
una pústula fangosa de corrupción, el pedestal se tambaleó, se volcó y
finalmente se precipitó desde su base de ónice a las espesas aguas, despidiendo
un último destello de oro tallado al hundirse pesadamente en los negros abismos
del Tártaro inferior. En ese instante se disipó también toda la escena de horror
ante los ojos de Malone, quien se desmayó en medio de un estallido atronador
que pareció borrar todo el maligno universo.
7
Al sueño de Malone, vivido
todo él antes de enterarse de la muerte de Suydam y de su transbordo en alta
mar, vinieron a añadirse ciertos incidentes reales del caso; aunque ésa no es
razón para que nadie lo crea. Los tres edificios viejos de Parker Place, sin
duda minados de corrupción desde hacía tiempo en su forma más insidiosa, se
derrumbaron sin causa visible cuando estaban dentro la mitad de los policías y
gran parte de los prisioneros, y, de ambos grupos, el más numeroso murió
instantáneamente. Sólo se salvaron muchas vidas en los sótanos y bodegas, y
Malone tuvo la suerte de encontrarse en lo más bajo de la casa de Robert
Suydam. Porque estaba efectivamente allí, cosa que nadie está dispuesto a
negar. Le encontraron inconsciente en el borde de un estanque negrísimo, con un
espantoso revoltijo de huesos y de putrefacción —que, por las operaciones
dentales, identificarosa como el cadáver de Suydam— a unos pasos de é1. El
caso era sencillo, ya que era allí adonde conducía el canal subterráneo de los
contrabandistas: los hombres que habían recogido
a Suydam del barco le habían traído a casa. A éstos no se les llegó a
encontrar, o, al menos, no se les llegó a identificar; en cuanto al médico de a
bordo, no le satisfacen las explicaciones simplistas de la policía.
Suydam era, evidentemente,
el jefe de unas vastas operaciones de contrabando de hombres, ya que el que
llegaba hasta su casa no era sino uno de los varios canales subterráneos y
túneles de la vecindad. Había un túnel que conducía de su casa a una cripta
situada bajo la iglesia-sala de baile,. cripta a la que se llegaba desde la
iglesia sólo a través de un estrecho pasadizo que había en la pared norte, y en
cuyas cámaras se descubrieron cosas terribles y singulares. Allí estaba el
órgano desafinado, en una inmensa capilla abovedada, con bancos de madera y un
altar extrañamente decorado. En las paredes se alineaban pequeñas celdas, en
diecisiete de las cuales —resulta espantoso relatarlo— encontraron prisioneros,
encadenados aisladamente y en estado de completa idiocia, entre ellos cuatro
madres con. niños pequeños de aspecto inquietantemente extraño. Dichos niños
murieron al ser sacados a la luz, circunstancia que los doctores consideraron
una suerte. Aparte de Malone, ninguno de los que los examinaron recordó la
oscura pregunta del viejo Del Río: An
sint unquam daemones incubi et succubae, et an ex tali congressu proles nascia
queat?
Antes de cegarlos, dragaron
enteramente los canales, de los que sacaron una enorme cantidad de huesos de
todos los tamaños, aserrados y triturados. Evidentemente, se habla llegado a la
raíz de la epidemia de secuestros, aunque, de acuerdo con las pistas legales,
sólo se pudo relacionar a dos de los detenidos supervivientes con el caso.
Dichos hombres se encuentran ahora en prisión, ya que no se ha podido
determinar de forma convincente su complicidad en los asesinatos mismos. No se
pudo sacar a la luz el pedestal o trono de oro esculpido, tan frecuentemente
citado por Malone como de gran importancia ocultista, aunque se comprobó que,
en la parte del canal situada debajo de la casa de Suydam, las aguas formaban
un pozo demasiado profundo y no fue posible dragarla. La condenaron y cegaron
con cemento al hacer los sótanos de los nuevos edificios, pero Malone especula
a menudo sobre lo que hay debajo. La policía, satisfecha de haber
desarticulado una peligrosa banda de maníacos traficantes de inmigrantes,
dejaron a los kurdos no convictos en manos de las autoridades federales, si
bien antes de ser deportados se descubrió de manera concluyente que pertenecían
a la secta yezidí de los adoradores del diablo. El carguero y su tripulación
siguen siendo un misterio, aunque íos escépticos detectives están dispuestos a
enfrentarse con ellos, una vez más, en la lucha por impedir el paso de alijos
y el contrabando de ron. Malone considera que estos detectives dan muestras de
una visión lamentablemente miope con su falta de asombro ante la miríada de
detalles inexplicables y la sugestiva oscuridad de todo el caso; no obstante,
critica igualmente a los periódicos que sólo vieron en él un morboso
sensacionalismo, y se recrearon en lo que no era sino un sádico culto
secundario, cuando podían haber denunciado un horror procedente del mismo
corazón del universo. Pero le alegra poder descansar tranquilo en Chepachet,
sosegando su sistema nervioso y pidiendo que el tiempo vaya trasladando poco a
poco su terrible experiencia del reino de la realidad presente al de la
pintoresca y semimítica lejanía. Robert Suydam descansa junto a su esposa en el
cementerio de Greenwood. No se celebró ningún funeral sobre sus huesos
extrañamente rescatados, y los parientes se sienten aliviados por el rápido
olvido en que ha caído el caso. Desde luego, ninguna prueba legal ha confirmado
la conexión del erudito con los horrores de Red Hook, ya que su muerte se
anticipó a la encuesta que habría tenido que soportar. Tampoco se habla de su
propio fin, y los Suydam confían en que la posteridad le recuerde sólo como el
afable anacoreta que se dedicaba al estudio de la magia y el folklore.
En cuanto a Red Hook, sigue
como siempre. Suydam llegó y se fue;
apareció un terror, y se disipó a continuación; pero el espíritu malvado de lo
tenebroso y lo sórdido sigue latente entre los mestizos que habitan en los
viejos edificios de ladrillo, y las bandas de haraganes siguen desfilando, sin
que se sepa con qué objeto, por delante de las ventanas donde aparecen y
desaparecen inexplicablemente luces y caras retorcidas. El horror secular es
una hidra de mil cabezas, y los cultos tenebrosos tienen sus raíces en
blasfemias más profundas que el pozo de Demócrito. Triunfa el alma de la
bestia, omnipresente, y las legiones de jóvenes de ojos turbios y picados de
viruela que deambulan por Red Hook siguen maldiciendo y cantando y aullando,
mientras desfilan de abismo en abismo, sin que nadie sepa de dónde vienen ni
hacia dónde van, empujados por leyes ciegas de la biología que jamás
entenderán. Como antes, entra en Red Hook más gente de la que sale por tierra,
y corren ya rumores de que vuelve a haber nuevos canales bajo tierra que conducen a ciertos centros de tráfico de
licor y de cosas menos confesables.
La iglesia-sala de baile
está dedicada ahora casi siempre al baile, y se han visto rostros extraños en
sus ventanas por la noche. Recientemente, un policía expresó el convencimiento
de que la cripta cegada ha sido excavada otra vez con fines nada fáciles de
explicar. ¿Quiénes somos nosotros para combatir venenos más antiguos que la historia
y que la humanidad? Los simios danzaban en Asia ante esos horrores, y el cáncer
medra y se extiende en esas filas ruinosas de edificios de ladrillo donde se
oculta lo clandestino.
No se estremece Malone sin
motivos, pues sólo el otro día un oficial oyó casualmente a una vieja de tez
oscura que enseñaba a un chiquillo una salmodia a la sombra de un patio. Prestó
atención, y le pareció muy extraño oiría repetir una y otra vez:
¡Oh amiga y compañera de la noche,
tú que te solazas en el ladrido del perro y en la sangre derramada, que vagas
entre las sombras de las tumbas, y ansías la sangre y traes el terror a los
mortales, Gorgo, Mormo, luna de mil caras, mira con oros favorables nuestros
sacrificios!
Fin

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