La
Calle
Howard
Phillip Lovecraft
Hay quien dice que las cosas
y los lugares tienen alma, y hay quien dice que no; por mi parte, no me atrevo
a pronunciarme, pero quiero hablar de la Calle.
Esa Calle la crearon hombres
fuertes y de honor; hombres buenos y esforzados, de nuestra sangre, llegados de
las Islas Bienaventuradas, al otro lado del mar. Al principio no fue más que un
sendero hollado por aguadores que iban del manantial del bosque al puñado de
casas que había junto a la playa. Luego, al llegar más hombres al creciente
grupo de casas en busca de un lugar donde vivir, se construyeron chozas en la
parte norte, y cabañas de recios troncos de roble y albañilería en el lado del
bosque, dado que por allí les hostigaban los indios con sus flechas. Años más
tarde, los hombres levantaron cabañas también en la parte sur de la Calle.
Por la Calle paseaban arriba
y abajo hombres graves de cónicos sombreros, cargados casi siempre con
mosquetes y armas de caza. Y también paseaban sus esposas en sombreradas y sus
hijos serios. Por la noche, los hombres se sentaban, con sus esposas e hijos
alrededor de gigantescas chimeneas, y leían y charlaban. Muy simples eran las
cosas sobre las que leían y hablaban, pero les infundían aliento y bondad, y
les ayudaban durante el día a someter el bosque y los campos. Y los hijos
escuchaban y aprendían las leyes y las proezas de otros tiempos, y cosas de la
querida Inglaterra que nunca habían visto o no podían recordar.
Hubo una guerra, y los
indios no volvieron a turbar la Calle. Los hombres, entregados a su trabajo,
prosperaron y fueron todo lo felices que sabían ser. Y crecieron los hijos en
la prosperidad, y llegaron más familias de la Madre Patria a vivir en la Calle.
Y crecieron los hijos de los hijos, y los hijos de los recién llegados. El
pueblo fue entonces una ciudad; y una tras otra, las cabañas cedieron el paso a
las casas: sencillas y hermosas casas de ladrillo y madera, con escalinata de
piedra, barandilla de hierro y montante en abanico sobre las puertas. No eran
frágiles creaciones estas casas, ya que se construían para que sirvieran a
muchas generaciones. Dentro tenían chimeneas esculpidas y graciosas escaleras,
muebles agradables y de gusto, porcelanas de china y vajillas de plata traídas
de la Madre Patria.
Y así, la Calle bebió en los
sueños de un pueblo joven y se alegró cuando sus moradores se volvieron más
refinados y felices. Donde en otro tiempo no había sino fuerza y honor, moraban
ahora también el gusto y el deseo de aprender. Llegaron a las casas los libros
y los cuadros y la música, y los jóvenes fueron a la universidad erigida en la
llanura del norte. En lugar de sombreros cónicos y espadas cortas, de lazos y
pelucas, aparecieron adoquines en los que resonaban las herraduras de los pura sangre
y traqueteaban los dorados coches; y aceras de ladrillo con montaderos y postes
para atar a los caballos.
Había en aquella Calle
muchos árboles: olmos y robles y arces respetables; de forma que en verano el
escenario estaba lleno de verdor y de cantos de pájaros. Y detrás de las casas
había valladas rosaledas con senderos flanqueados por setos y relojes de sol,
donde por la noche brillaban mágicamente la luna y las estrellas, y las flores
fragantes centelleaban con el rocío.
Así siguió soñando la Calle,
soportando guerras, calamidades y cambios. Una de las veces se marchó la
mayoría de los jóvenes, algunos de los cuales no regresaron. Eso fue cuando
retiraron la vieja bandera e izaron un nuevo pendón con estrellas y barras.
Pero aunque los hombres hablaban de grandes cambios, la Calle no los notó, ya
que sus gentes seguían siendo las mismas y hablaban de las viejas cosas
familiares en las viejas tertulias familiares. Y los árboles siguieron
cobijando a los pájaros cantores, y por la noche, la luna y las estrellas
contemplaban las flores bañadas de rocío en las valladas rosaledas.
Con el tiempo desaparecieron
de la Calle las espadas, los tricornios y las pelucas. ¡Qué extraños parecían
los habitantes con sus bastones, sus altos sombreros de castor y su pelo
cortado! Un nuevo rumor comenzó a oírse a lo lejos: primero, extraños
resoplidos y gritos procedentes del río, a una milla de distancia; luego,
bastantes años después, extraños resoplidos y gritos y estrépitos en otras
direcciones. El aire no era tan puro como antes, pero el espíritu del lugar no
había cambiado. La sangre y el alma de sus antepasados habían forjado la Calle.
Tampoco cambió el espíritu cuando desventraron la tierra e introdujeron
extrañas tuberías, o cuando alzaron altos postes a fin de sostener alambres
misteriosos. Había tanto saber antiguo en la Calle, que no era fácil olvidar el
pasado.
Después llegaron malos
tiempos, en los que muchos de los que conocían la Calle de antiguo dejaron de
conocerla, y la conocieron muchos que antes no la conocían; y se marcharon, ya
que sus acentos eran toscos y estridentes, y desagradables sus expresiones y
semblantes. Sus pensamientos se alzaron también contra el espíritu sabio y
justo de la Calle, de forma que la Calle languideció en silencio mientras sus
casas se desmoronaban, sus árboles morían uno tras otro y sus rosaledas eran
invadidas por la maleza y la basura. Pero un día sintió un estremecimiento de
orgullo, cuando otra vez marcharon sus jóvenes, algunos de los cuales tampoco
regresaron. Jóvenes que vestían de azul.
Con los años, la suerte de
la Calle empeoró. Sus árboles habían desaparecido todos, y sus rosaledas fueron
desalojadas por las paredes traseras de edificios nuevos, feos y baratos,
alineados en calles paralelas. Sin embargo, siguió habiendo casas, a pesar de
los estragos de los años y las tormentas; pues habían sido construidas para que
sirviesen a muchas generaciones. Nuevos ‘rostros aparecieron en la Calle;
rostros morenos, siniestros, de ojos furtivos y facciones singulares, cuyos
poseedores hablaban exóticas lenguas y trazaban signos de caracteres conocidos
y desconocidos sobre la mayoría de las casas anticuadas. Las carretillas
atestaban el arroyo. Un hedor sórdido, indefinible, reinaba en el lugar, y
adormecía su antiguo espíritu.
Una vez, la Calle
experimentó una gran excitación. La guerra y la revolución se habían desatado
furiosamente al otro lado de los mares; había caído una dinastía, y sus
degenerados súbditos se dirigían en tropel, con dudosas intenciones, a la
Tierra Occidental. Muchos de ellos ocuparon las casas ruinosas que en otro
tiempo conocieran el canto de los pájaros y el perfume de las rosas. Después,
la Tierra de Occidente despertó, y se unió a la Madre Patria en su lucha
titánica por la civilización. Una vez más flotó por encima de las ciudades la
vieja bandera en compañía de la nueva y de otra más sencilla — aunque
gloriosa—, tricolor. Pero no ondearon muchas en la Calle, pues allí sólo
reinaba el miedo y el odio y la ignorancia. Y otra vez se fueron los jóvenes,
pero no como los jóvenes de otros tiempos. Algo les faltaba. Los hijos de los
jóvenes de otros tiempos, vestidos de color pardo oliváceo y dotados del mismo
espíritu de sus antepasados, procedían de lugares lejanos y no conocían la
Calle ni su antiguo espíritu.
Hubo una gran victoria al
otro lado de los mares, y la mayoría de los jóvenes regresaron triunfalmente.
Aquellos a quienes había faltado algo, dejó de faltarles; sin embargo, aún
reinaba en la Calle el miedo y el odio y la ignorancia, porque eran muchos los
que se habían quedado, y muchos los extranjeros que habían llegado de lejanos
lugares a ocupar las casas antiguas. Y los jóvenes que regresaron no vivieron
ya en ellas. La mayoría de los desconocidos eran atezados y siniestros, aunque
era posible descubrir entre ellos algún rostro parecido al de aquellos que
formaron la Calle y modelaron su espíritu. Parecidos, y, no obstante,
distintos; porque había en los ojos de todos ellos un brillo extraño e insano,
como de codicia, de ambición, de rencor o de celo desviado. La agitación y la
traición acechaban en el exterior, entre unos cuantos malvados que tramaban
asestar un golpe de muerte a la Tierra Occidental, a fin de imponer su poderío
sobre sus ruinas, como habían hecho los asesinos de ese frío y desdichado país
del que venía la mayoría. Y el foco de esa conspiración estaba en la Calle,
cuyas casas ruinosas hervían de agitadores y resonaban con los planes y
discursos de aquellos que ansiaban la llegada del día designado para la sangre,
las llamas y los crímenes.
La ley habló mucho sobre
extraños conciliábulos en la Calle, pero pudo probar muy poca cosa. Con gran
diligencia, hombres portadores de insignias ocultas frecuentaron con el oído
atento lugares como la panadería de Petrovitch, la mísera Escuela Rifkin de
Economía Moderna, el Club del Círculo Social y el Café Libertad. Allí se
reunían en gran número siniestros individuos, aunque siempre hablaban con
cautela, o lo hacían en lenguas extranjeras. Aún seguían en pie las viejas
casas, con su saber olvidado de siglos más nobles y pretéritos de robustos
habitantes coloniales y rosaledas cubiertas de rodo a la luz de la luna. A
veces venía a visitarías algún poeta o viajero solitario, y trataba de
imaginarlas en su perdido esplendor; pero no eran muchos tales viajeros y
poetas.
Después corrió el rumor de
que en esas casas se ocultaban los cabecillas de una extensa banda de
terroristas, quienes en determinado día iban a entregarse a una orgía de
sangre, con objeto de aniquilar América y todas las bellas y antiguas
tradiciones que la Calle había amado.
Corrían panfletos y
periódicos por los arroyos inmundos; panfletos y periódicos impresos en
múltiples lenguas y caracteres, portadores de mensajes de rebelión, de
crímenes. En ellos se instaba a las gentes a derribar las leyes y las virtudes
que nuestros padres habían exaltado, a fin de ahogar el alma de la vieja
América, el alma que nos legaron, a través de mil quinientos años de libertad,
justicia y moderación anglosajonas. Se decía que los hombres atezados que se
reunían en las ruinosas construcciones eran los cerebros de una espantosa
revolución que a una orden suya muchos millones de bestias embrutecidas
estúpidas sacarían sus garras repugnantes de los bardos inmundos de un millar
de ciudades, incendiando, matando y destruyendo, hasta arrasar la tierra de
nuestros padres. Todo esto se decía y se repetía, y muchos pensaban con temor
en el 4 de julio, día del que hablaban los extraños escritos; sin embargo, nada
se descubrió que delatara a los culpables. Nadie sabía a quién había que
detener para cortar de raíz la condenable conjura. Muchas veces fueron grupos
de policías de chaqueta azul a registrar las casas ruinosas; pero finalmente
dejaron de ir, porque también ellos se cansaron de hacer mantener la ley y el
orden, y abandonaron la ciudad a su suerte. Entonces llegaron los hombres de
verde oliva cargados con sus mosquetes, hasta el punto de que parecía como si,
en su sueño lamentable, le llegaran a la Callé recuerdos de aquellos otros
tiempos en que la recorrían los hombres de los mosquetes y los sombreros
cónicos camino del manantial del bosque al grupo de casas de la playa. Sin
embargo, no pudieron tomar ninguna medida para prevenir el inminente
cataclismo, ya que los hombres atezados y siniestros poseían una astucia
experimentada.
Así, la Calle siguió
durmiendo su sueño inquieto, hasta que una noche se reunieron en la panadería
de Petrovitch, en la Escuela de Economía Moderna, en el Club del Círculo
Social, en el Café Libertad y en otros lugares, inmensas hordas de ojos
abiertos por el horrible sentimiento de triunfo y expectación. Viajaron por
ocultos alambres extraños mensajes, y se habló mucho también de otros aún más
extraños que debían viajar; pero de casi todo esto no se supo nada hasta
después, cuando la Tierra de Occidente estuvo a salvo del peligro. Los hombres
de pardo oliva no podían decir lo que ocurría, ni lo que iban a hacer, porque
los hombres atezados y siniestros eran diestros en la ocultación y el disimulo.
Pero jamás olvidarán los hombres
de pardo oliva esa noche, y se hablará de la Calle como ellos hablan a sus
nietos; porque fueron muchos los enviados, hacia el amanecer, a una misión
distinta de cuantas ellos esperaban. Se sabía que este nido de anarquía era
viejo, y que las Casas estaban en ruinas a causa de los estragos del tiempo, de
las tormentas y la carcoma; sin embargo, lo que ocurrió esa noche de verano
sorprendió por su extraña uniformidad. En efecto, fue un suceso de lo más
singular, aunque muy simple. Porque sin previo aviso, a las primeras horas de
la madrugada, todos los estragos de los años y las tormentas y la carcoma
llegaron a su tremenda culminación: y tras el derrumbamiento final, no quedó en
pie nada en la Calle, salvo dos antiguas chimeneas y parte de una pared de
ladrillo. Nadie de cuantos vivían allí salió con vida de las ruinas. Un poeta y
un viajero que acudieron con la enorme multitud a ver la escena, contaron
después extrañas historias. El poeta dijo que las horas que precedieron al
amanecer contempló las sórdidas ruinas confusamente al resplandor de las luces
eléctricas, y que por encima de los escombros se rencortaba otro paisaje en el
que pudo discernir la luna, casas hermosas, y olmos y robles y arces
venerables. Y el viajero afirma que en vez del habitual hedor reinaba una
delicada fragancia como de rosas en flor. Pero ¿no son notoriamente falsos los
sueños de los poetas y los relatos de los viajeros?
Hay quien dice que las cosas
y los lugares tienen alma, y hay quien dice que no; yo no me atrevo a decir sino
lo que os he contado de la Calle.
Fin

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