La
Leyenda de Zelda.
La Ocarina del Tiempo.
G.C. Maldonado
Capitulo 1:
El llamado del guardián
1
Era
de noche. Bajo aquel cielo sin estrellas, solo la luna iluminaba la gran
pradera a su alrededor. Estaba corriendo lo más rápido que podía. El
sentimiento de logro era tan grande que él mismo se sentía tan enaltecido como
los grandes héroes de las leyendas. Claro que había sido difícil, pero que cosa
no hubiera hecho por ella y por cumplir su destino.
Había
cosas moviéndose en la semi oscuridad del campo abierto. No las podía
distinguir bien, pero no le importaban. Las ignoraba con un solo propósito:
seguir. Sentía cansancio. Un cansancio que nunca había sentido. Un dolor dormía
en sus huesos, en su carne y en su mente, pero la dicha de haber cumplido con
su misión era tan inmensa, que era capaz de mitigar cualquiera de sus
dolencias. Y por supuesto, imaginar su cara sonriéndole y aquellos ojos azules
fulgurar de alegría, lo hacían seguir avanzando.
Paro
su carrera al encontrarse con un pequeño río. Las aguas bordeaban un gigantesco
muro que ningún ejército pudiera dominar. Siguió la linde del agua silenciosa,
hasta llegar a una puerta. Como si estuviera siendo recibido, aquella titánica
pieza de madera tachonada con láminas de metal bajó rápidamente, pasando del
muro y sobre el agua hasta llegar a la otra punta. La gran puerta, ahora
transformada en puente, descubrió la entrada que pasaba la gran muralla hacia
su destino.
Mientras
avanzaba, la oscuridad lo envolvió reconfortantemente, prometiéndole descanso,
comida y arrullo de parte de su encomendadora. Pero no dio más de tres pasos
cuando de aquellas reconfortantes y tentadoras tinieblas, dos figuras
emergieron. La primera, a una velocidad fugaz, no le permitió percatarse de lo
que era. Solo su oído, poco a poco, logró discernir que se trataba de un
caballo. Y lamentándose luego por aquello, vislumbró un destello de ojos azules
que lo miraban con tristeza. Eran los ojos de ella.
No
tuvo mucho tiempo para lamentarse o asombrarse del súbito cambio en el curso de
los acontecimientos. Mientras veía el camino que había surcado aquello veloces
cascos, una presencia hostil, avara y vanidosa le hizo voltearse como si fuese
una mano que le jalara por los hombros súbitamente. Al darse la vuelta
completamente no pudo más que sentir miedo. Un verdadero terror. Todo aquello
que había pasado antes no se semejaba por estar frente a frente a la figura que
montaba un segundo corcel, pardo, robusto, pero de pelajes mal cuidados y casi
de aspecto sarnoso. Las dos cuencas del animal eran de un rojo fuego que parecían
reflejar las llamas de una hoguera.
El
jinete que montaba aquella monstruosidad, no era muy diferente del animal.
Vestía con ropajes negros y extraños, casi pareciendo extranjero. Símbolos
arcaicos estaban tatuados en lo poco que se veía de piel y, aunque él no podía descifrar aquellas raras
palabras, sabía que no decían nada bueno. Su cara delgada, pero sobresaliente,
tenía la impresión de parecerse a las de un buitre que ronda por su
comida. Su piel cetrina y morena, solo
le hacía sentir que había sufrido muchas penalidades. Pero lo que en realidad
le daba miedo, eran aquellos ojos, parecían refulgir en la oscuridad, muy
parecidos a los de algún fuego fatuo, buscando llevarlo a la perdición. Lo
único vistoso era su cabello. Era lo más parecido al verdadero color que
albergaba en su anatomía.
Su
vetusta figura, se movió azotando al caballo contra él. Estaba petrificado,
mirando como aquel jinete cabalgaba como el heraldo de la muerte para llevarlo
a las profundidades del inframundo. Cuando lo envistió, no sintió dolor, si no,
un vacío total que lo envolvía todo. Estaba cayendo en una nada absoluta, como
si lo hubieran arrojado a un vórtice invisible de desesperación. Giró, giró y
giró hasta sentirse totalmente atado, como esposado a pesados grilletes que lo
someterían más allá de su vida mortal.
2
Calló
al suelo con los brazos agarrotados y la mitad de su rostro fuertemente
estampado en el piso. Era un suelo de madera tibio que pudiera ser
reconfortante, si no fuera por el dolor de su mejilla. Abrió los ojos exaltado
y Link se halló en sus aposentos, imposiblemente enrollado en sus mismas
sabanas comprendiendo lo que había pasado. Había sido otro sueño, o mejor
dicho, otra pesadilla. Era la quinta o la sexta vez que la tenía desde hace un
mes, pero era tan vivida que a veces pensaba en que no pudiera volver de alguna
de ellas.
Aquellos
sentimientos que su “yo” durmiente exhumaba, parecían tan reales que los sentía
todavía en su alma. También el cansancio de su cuerpo y mente le dejaba secuela
ante después de sus bruscos despertares. Pero también estaba esa gran dicha por
haber triunfado, aun que no sabía en qué. Tal vez era una aventura terminada,
una hazaña lograda o una encomienda realizada, escondida en el enigma del
sueño. Cualquiera que fuese su labor, lo
había logrado. Lo descorazonador era, que algo había salido mal, como si todo
lo desconocidamente hecho hubiera sido en vano. Un sentimiento de abatimiento y
desesperación lo envolvía cada vez que aquel Elfo, si es que era eso, aparecía
y lo envestía con ese corcel salido de fosos más profundos del infierno.
Los
misteriosos ojos azules eran otra cosa que rondaba en su cabeza. Sabía que
pertenecía a una mujer, y aunque tenía la sensación de familiaridad con ellos,
no podía ubicar a quien pertenecían. Cuando empezó a tener esas pesadillas, lo
primero que invadía sus fantasías eran aquellas dos cuencas que parecían dos
cielos despejados en primavera. Intentaba ponerles un rostro y un cuerpo, a
veces creyendo casi completar aquel hermoso rompecabezas, pero cuando creía
haberla terminado, sencillamente se borraba de su mente. Siempre era por lo
mismo, pintándola con el deseo de que aquella fantástica e imaginaria pintura
se volviera real y le hablara. Cuando intentaba ponerle alguna voz,
caóticamente resonaba un grito en su cabeza que le hacía perder la
concentración y olvidaba por completo su silueta de ensueño. Lo más extraño,
era lo que gritaba… su nombre: ¡Link!
Sacudió
su cabeza, intentando sacar los remanentes del sueño. Seguramente, todo aquello
era fruto de las historias de los libros en los que se sumergía frecuentemente,
y por qué no admitirlo, gracias a su mente solitaria y apartada, queriendo
sentirse necesitado por alguien. Donde vivía, no era muy querido o siquiera
respetado. Llegó a aquellas tierras en los brazos de su madre moribunda huyendo
de las secuelas de una gran guerra en la que todas las civilizaciones de Hyrule
estaban implicadas. Link no sabía si había llegado conociendo los caminos a los
territorios escondidos del Gran Árbol Deku, o encontrándolos por casualidad,
pero algo pasó que hizo que aquellas criaturas con las que ahora habitaba le
dieran un lugar entre ellos. Deseaba saber más, pero solo osó preguntar una vez
sobre este tema y el Gran Mido, líder de los Kokiri, le dijo tajante que nunca
le volviera a nombrar aquel tema y Link así lo hizo.
El
Bosque Escondido dicen que le llaman los Elfos a aquel rincón de Farore, pero
al ser habitado por los Kokiri, hijos del Árbol Milenario, estos mismos les
dieron su nombre. Solo unas pocas personas saben esto, pero muchas relatan las
leyendas y mitos de los Kokiri, o como se conocen realmente por los Hylian, Los
Minish, que se traduciría más o menos como “La Gente Pequeña”. Ya no se creían
mucho en ellos, olvidándose con el paso de los siglos las antiguas festividades
que se rendían en su honor. Hablaban de niños de tés blanca y mejillas
sonrosadas que viven bajo tierra donde duermen en camas hechas de piedras
preciosas; que gran mentira. El mismo Link se reía de esto, al imaginar la gran
decepción que tendrían aquellos contadores de cuentos fantásticos cuando vieran
a un Kokiri de verdad. Para empezar, lo único Elfo en ellos, era su apariencia,
como la de niños hylianos, pero hasta en esto había un engaño. La superficie
pálida de su piel era vegetal, no de carne, como si estuvieran envueltos en
pétalos de flor. Sus cabellos, de variantes y vividos colores nocturnos, eran
como raíces cortas y delgadas, o quizás como la hierba de las praderas. Y en
sus venas no había sangre, si no savia.
No
es que le desagradaran aquellos que le aceptaron en sus tierras, pero aquellas
guerras que los Elfos azotaron sobre sus dominios, cayeron también en estos.
Los pocos magos que quedaban, sabientes de los caminos ocultos hacía el bosque
Kokiri, lo invadieron junto a sus aprendices y mercenarios contratados con el propósito
de robar plantas raras y secuestrar criaturas del bosque. Su propósito era
utilizar aquella magia como materia prima para poderosas formulas, extrañas
pociones o prohibidos ritos que los ayudara a ganar su guerra. Una gran
cantidad de Kokiris fueron llevados de aquellas tierras para nunca más volver,
perdidos hacía un destino cruel y macabro. Fue entonces cuando el Árbol Deku
hizo sentir su ira. No podía salvar lo que ya se había perdido, pero se deshizo
de los saqueadores con la misma crueldad que ellos profirieron.
Por
eso, él no era muy bien visto por la mayoría. Estaba seguro que si fuera por
ellos, lo exiliarían ante la más mínima oportunidad, sencillamente por ser el
recuerdo de aquellos despiadados días. De alguna forma estaban obligados a
tenerlo allí, pero no se atrevía a preguntar otra vez. Averiguar por otros
modos sería un error ya que los Kokiri les gusta su independencia, respetando las
normas y leyes que se les da. Acercarse a su espacio privado era buscar su ira,
y la verdad, es que pueden ser peligrosos cuando están enojados. Pero en su
estado natural eran pacíficos, siempre sirviendo a los árboles y las demás
criaturas del bosque, ayudando a expandir Farore…, y por supuesto, alababan a
su padre, El Gran Árbol Deku.
3
Se
levantó torpemente, desembarazándose de sus sabanas y desperezándose. Corrió
las cortinas de su casa, una pequeña pero reconfortante cabaña construida en un
árbol como la mayoría de los hogares Kokiri. Los rayos del sol le pegaron en la
cara y Link entrecerró los ojos, intentando mirar afuera. No había mucho
ajetreo en las calles de tierra bordeadas de césped. El color que dominaba era
de las más extrañas tonalidades de verde que no se encontraba en ninguna parte
del mundo, o eso decían ellos. Link nunca había tocado el suelo fuera de la
aldea escondida de los Kokiri, aunque deseaba hacerlo. No es que estaba
prohibido para los demás, los Kokiris no salían si podían evitarlo, solamente
cuando sus tareas lo exigían. Aquella regla solamente era para él. A veces más
que un protegido, simplemente se sentía como un prisionero. Por otro lado, y
aunque le parecía lo más extraño, le gustaba La Aldea de los Kokiri.
Se
vistió rápidamente con los ropajes de su pueblo adoptivo: un pantalón verde
oscuro elaborado de la hoja gigante de los árboles Rodu. Una camisa de seda de
arañas domesticadas, teñida de un color verde oliváceo. Y un gorro de punta
caída, echo de una tela sacada de los árboles Tarmad cuando estos mudan su
corteza de retoños… también verde. Salió de la casa, deslizándose por la
escalera de lianas y se dispuso a empezar sus tareas.
Como
la mayoría de los Kokiri lo repelían, Link tubo que conseguir una forma de ganarse
su sustento sin tener altercados con la mayoría del pueblo. Así que,
encontrando a unos pocos habitantes que lo agraciaron con su amistad, encontró
un buen trabajo haciendo labores de limpiezas, arreglos y encomiendas en el
día, ya que eran mayormente nocturnos y hasta unos seres semi inmortales tenían
que dormir. Rebajar los céspedes de los jardines públicos, remover las hojas
caídas o cualquier desperdicio dejado por los animales que pasaban por las
calles principales eran sus tareas más comunes. Limpiar de Runkas los patios de
las casas era opcional; estas eran rocas habitadas por pequeños elementales de
la piedra, seres que les encantaba ser el centro de atención, pero estropeaban
cualquier planta o flor de los preciados jardines de sus dueños; fatigoso, pero
lo pagaban bien. Ordeñar a las Tulipadias, una planta del tamaño de un Kokiri
que segregaba una especie de miel liquida, muy deseada por todo el pueblo,
incluido Link, y dejar en cada puerta un frasco de su rico néctar. Aquella era
su primera labor de la mañana y su favorita, ya que podía tomar cuanto quisiera
sin ser molestado.
En
sus últimas horas de trabajo lo único que tenía que hacer era esperar a Rido,
el jefe de tareas de la aldea, para que le diera la lista de los quehaceres del
día siguiente. Así que daba largos paseos mientras tanto. Cuando Link hacia
esto, los Kokiri recién salían de sus cabañas desperezándose del sueño. Al
verlo por las calles cuchicheaban entre sí, sin ser muy discretos, llamándolo
vago y bueno para nada. Por otro lado, vecinos hablaban sonrientes felicitando
el buen trabajo del desconocido Kokiri que había podado su jardín o removido
las Runkas. Si supieran que fuera él, de seguro comenzarían a quejarse,
asegurando que los trabajos no estaban bien hechos. Era risible y muy triste a
la vez.
Cuando llegaba a su hogar, se ponía a ojear los
libros que sacaba de los depósitos Kokiri. Allí guardaban todo lo que les era
inútil utilizar, pero imposible de deshacerse. También tenían cosas peligrosas,
como libros, armas y otros chismes dejados por los Elfos en los tiempos de
guerra. Los que hablaban de magia y hechizos mágicos estaban en la sección
prohibida, pero los de historia y otras nimiedades estaban al alcance de la
mano. Por un par de rupias, pequeños diamantes que se utilizaba como dinero,
podía adquirirse por mano del mismo Orlo, el cuidador de los depósitos.
Para
el viejo Orlo, lo que se llevaba era lo menos interesante o de valor, pero a
Link le encantaba leer sobre las historias de los viejos héroes que habían salvado
innumerables veces ha Hyrule o los mismos que evitaron la caída de Hyridian.
Este último era el reino más cercano que había fuera del Bosque Kokiri, más
allá de las grandes praderas. Así que llegaba a su casa y comenzaba aquellas
lecturas que lo llevaban a tierras lejanas, enormes castillos y ciudades
flotantes en el cielo. Cuando su espíritu de aventura se alimentaba de
historias, dejaba la lectura y se iba a practicar con su honda. Subía al techo
de su casa y agitaba sus ramas. Con un pequeño saco de piedras que recogía en
horas de trabajo, colocaba una en su honda, apuntaba y disparaba a las hojas
secas que caían. No paraba hasta que se le acababa la munición. Después, y sin
poderlo evitar, se ponía a ver la vida fluir de los Kokiri en las calles. Sabía
que no había otro lugar que despidiera más color en las noches. Las farolas
encendidas de las calles, los hongos luminiscentes que crecían en los troncos
de los árboles y la luz que acompañaba a cada Kokiri. Algo que él nunca
tendría: un Hada.
4
Todo
y todos en el bosque eran uno, pero no había unión más poderosa que un Kokiri
con las Hadas. En la larga vida de estas criaturas y de la gente pequeña,
siempre hubo una especial simbiosis, y cuando un Kokiri se topa con su primera
Hada, estos sellan un lazo de por vida. Link no sabía por qué, y tal vez ni
siquiera los Kokiris y las Hadas lo supieran realmente. Además, no les
importaba. Pero a él le daba algo de envidia ver que, aunque la mayoría de
ellos siempre se le veían solos, tenían a aquel destello de luz haciéndole
compañía.
Eran
criaturas extrañas las hadas. De todos los seres que albergaban gran cantidad
de magia estas eran las más inocentes y puras criaturas, aunque su
comportamiento distorsionaba tal característica. Eran seres de rasgos élficos,
como los hylianos y los Kokiri. Su tamaño era el de la palma de una mano sin
contar las alas. Las de las hembras tenían forma de mariposa y la de los machos
parecidas a las libélulas. Su cuerpo no era muy diferente, aparte de refulgir
con una luz perlada o plateada, siempre descubierto ante una desnudes a la que
no daban importancia.
Link,
muchas veces las había visto copular al aire libre, y de hecho, cerca del
bosque Kokiri, en las regiones escondidas hasta para la mayoría de su gente,
estaba un campo donde nacía la prole de todas las hadas que estaban ligadas a
los Kokiri. Saria era la mentora de Link, la única en realidad que lo había
tratado como uno más de su gente desde el principio. También era la única que
se había quedado a su lado desde sus primeros recuerdos de infante. Ella era
una de las pocas que no se le prohibía entrar a estas regiones escondidas y le
contaba como nacían las Hadas. Según, las madres daban a luz una semilla que
plantaban en estos prados escondidos. Cuando germinaba, crecía una flor cuyo
botón resplandecía con una luz pálida. Al abrirse, un Hada esperaba dentro,
totalmente desarrollada y lista para ir en busca de su camino. No eran seres
muy apegados en lazos familiares, ya que todos estaban entrelazados entre sí.
Un Hada podía quedarse y encontrar un compañero Kokiri, o podría irse a
cualquier parte del bosque para formar parte de una colonia..., incluso
crearla.
Todos sabían que las Hadas eran
vigilantes, y todas daban cuenta a un guardián del bosque. Link no sabía ninguno
de los nombres de estos seres porque se le estaba prohibida tal información,
excepto el de uno: El Árbol Deku. La aldea de los Kokiri estaba encerrada en
una serie de valles y hondonadas escondidas entre gruesas paredes de tierra,
roca y árboles. Sabía que el Árbol Deku se hallaba en la hondonada siguiente al
valle donde estaba la aldea y un túnel escavado en la tierra los conectaba.
Estaba resguardado por los guerreros Kokiri más formidables que, aunque armados
con rudimentarias espadas, arcos con punta de roca y hondas, eran mortíferos a
la hora del combate. Varios de estos habían sobrevivido y batallado en las
invasiones élficas. También estaban Las Puertas Verdes: una enorme puerta
circular de tres pies de grosor que tapaba el acceso del túnel.
No
era un secreto que el Árbol Deku era el creador de los Kokiri. Link había visto
por primera vez hace dos años la “Cosecha del Árbol Deku”, que es como llamaban
al nacimiento. Ellos eran casi como las Hadas, solo que tardaba diez años en
madurar. Pero justo al salir de los capullos, los nuevos Kokiris ya estaban
listos para encarar su nueva vida en la aldea. Link nunca supo el día de su
nacimiento, y Saria, una semi inmortal que no le daba valía al tiempo, nunca le
celebró cumpleaños alguno. Más adelante, después de aprender a leer los
calendarios lunares, sabría su verdadera edad. Aquella noche pudo ser parte por
primera vez de el jubilo de su raza adoptiva, y estos a su vez, se comportaron
mas decentes que de costumbre con él. Lo sentaron en una mesa con una gran
cantidad de bebidas derivadas del Néctar de Tulipadia y se abrieron banquetes
que duraron toda la noche y parte del día. Los recién llegados tuvieron una
enorme mesa para ellos solos, aun que no eran muchos para Link. La cosecha
variaba en cada década, le había contado Saria: a veces eran diez, otras ocho, mínimo
cinco. Esa vez fueron seis, un número de la suerte para los Kokiri. Link marco
ese día en el calendario Hyliano para convertirlo en su fecha de cumpleaños, el
cual celebraría secretamente con Saria, Orlo y Nox, su mejor amigo.
5
Link bajó de las ramas y se metió a su casa con el
ánimo decaído y sintiéndose más solo que nunca. En la parte oeste de la pequeña
vivienda había un gran y delgado rectángulo de cuarzo pulido, única materia
prima con lo que los Kokiri utilizaban de espejo, y se quedo mirando su
reflejo. Hasta para un muchacho Elfo de 12 años estaba creciendo. Él sabía que
iba a ser un problema cuando su estatura rebasara por completo la de los
Kokiri, ya de por sí, empezaba a ser más alto que Barlo, el más grande de la
aldea. Un año…, solo un año bastaba para que su naturaleza élfica fuera cien
por ciento notoria.
¿Qué harían con él? De seguro le
pedirían que abandonase la aldea o incluso el bosque. Lo amenazarían con palos
y piedras, o tal vez, lanzarían a los guerreros Kokiri contra él. Caminando de
un lado para el otro en medio de pensamientos erráticos y desesperados pensaba
en la alternativa de marcharse. Lo había soñado tantas veces, pero ahora
estando tan cerca le daba miedo. No importa lo mucho que haya leído, y la
lengua natal que Saria le había impuesto que aprendiera; seguro ella sabía que
iba a ser expulsado, desde el mismo día en que llego a esos bosques entre los
brazos de su madre moribunda.
¡Eso
era!, pensó de súbito. Seguro tenia familia en algún sitio, lo único que había
que hacer era buscar. Tenía mapas de todo Hyrule en la colección de contrabando
comprado al viejo Orlo. Se sabía todas las rutas que llevaban a los poblados
más cercanos… asimilando que no hayan cambiado en el paso de los años tras las
guerras. Podía empezar en la ciudad o pasar antes por Kakariko. ¡Qué rayos!
Exclamó alto, podía ir hasta Termina. Y si el destino era benévolo y sus sueños
significaban algo, tal vez, y solo tal vez, en una pequeña y remota casualidad,
encontraría a la dueña de esos ojos azules.
Link
continuó así por más de dos horas, trazando alocados planes para un futuro que
desconocía y le aterraba. Para mitigar el miedo, le agregó emoción y el toque
de aventura que tanto le gustaba, tornando su viaje como una travesía, hasta
que comenzó a bostezar. Se fue a la
cama, caminando como lo haría un espectro dejando todos los libros, mapas y
anotaciones que había hecho regados por todas partes. Sin quitarse la ropa se
dejo caer en el suave colchón de paja y musgo, y se dejo llevar por el sueño.
Pasaron
las horas y el suave sueño de Link se torno pesado. Aquella pesadilla volvía
otra vez en cada minucioso detalle, solamente que todo se veía más claro que en
las anteriores veces. La puerta de una gran ciudad se abría ante él, y en su
interior un espectáculo de idas y venidas se revelaron. Sombras se movían de un
lado al otro, hasta dar forma a Elfos y elfas que huían gritando por sus vidas.
Algo venia velozmente en su dirección. Tuvo que echarse a un lado o un gran
caballo gris de porte majestuoso lo embestiría. No pudo ver el rostro de la
persona que cabalgaba, pero si el de la niña que tenia a sus espaldas.
Aquel
hermoso rostro que casi ni podía discernir en sus turnos de vigía lo miraban
tristes y apesadumbrados. Sus labios se movieron para gritar su nombre: ¡Link!
Corrió hacía ella, intentando vanamente perseguir a aquel animal que parecía
volar con el viento. Tuvo que pararse de súbito, ya que aquella niña levantó el
brazo, tal vez en un gesto para que parara, o en signo de adiós, y se perdió en
la negrura de la noche.
Link
estaba cansado y aun sintiendo una falta de aliento sofocante y un dolor en los
pulmones clamando por aire, sabía que aquello era un sueño. Aun así quería
seguirla, seguirla hasta el fin del mundo si tenía que hacerlo, pero no podía
moverse todavía porque la pesadilla no había terminado. Se torno lentamente,
adivinando que la peor parte vendría ahora. La figura de porte diabólico,
montando ese corcel infernal: El Heraldo de la Muerte lo esperaba. No había
cambio, se veía tan terrorífica como siempre, salvo en lo que sentía. Hacía
calor, y por fin notó que los campos estaban ardiendo y él estaba sobre el
fuego.
Sintió
el mordisco de la llama alcanzar su piel. Quiso gritar, pero de su boca no
salía ningún sonido. El jinete entonces dio una violenta sacudida a las
riendas y comenzó el galope directo a la
figura en llamas que era Link. Pero algo extraño pasó. La noche se torno más
clara y una pálida luz perlada se poso sobre la figura de aquel monstruo. Todo
a su alrededor se volvió plata y Link abrió los ojos para encontrar se con…
6
-¿Un
Hada? Exclamó en medio de la penumbra parcialmente replegada ante la luminiscencia
de aquella figura.
El
corazón de Link martilleaba en su pecho provocándole un pulsante dolor en las
sienes. Su respiración era agitada y su nariz no podía absorber la gran
bocanada de aire que necesitaba para dejar de hiperventilar. Sudaba
copiosamente y su piel ardía como recordatorio del sueño. Tardó largos minutos
en recobrarse, mientras veía la figura del hada revoloteando, sin duda algo
temerosa.
-¿Quién
está ahí? Exclamó Link cuando tuvo el completo dominio de sus facultades
vocales. -¿Quién está ahí? Repitió.
-No
hay nadie. Escucho una estridente voz y el Hada sé acercó más.
-E-eres
un Ha-hada -tartamudeo Link, presa aun
de los efectos de la pesadilla. –Eres un Hada…, repitió, apartando todo temor
de su voz. -…y debes ser la compañera de un Kokiri.
-No
soy la compañera de un Kokiri -dijo el Hada con un tono de disgusto y revoloteó
hasta posarse a una palma del rostro de Link, haciéndole desviar la mirada para
que la luz que expedía no le lastimase los ojos.
Cuando
sus ojos se fueron acostumbrando, Link pudo contemplarla en su totalidad. Era
muy hermosa, con cabellos largos y metálicos, ojos de un gris que se iluminaba
al mismo tono que su piel perlada, junto a unos labios que, aunque diminutos,
parecían estar salteados con escarcha. Sus alas eran de mariposa, así que
claramente era una hembra, aunque se notaba de mas en la desnudes de su cuerpo.
-¿Quién
eres…? -le preguntó, al mismo tiempo que acercaba su mano, no pudiendo evitar
querer tocarla y asegurar de que aquello era real, pero la pequeña figura se
apartó. –No te voy a hacer daño -dijo Link.
-No
es a ti al que le tengo miedo -dijo el Hada con recelo y un leve rubor purpura
de miedo.
-¿A
quién se lo tienes? -preguntó Link, mirando a todos lados, buscando a una
tercera persona.
-A
ese Elfo…, el jinete -dijo.
-¿Cómo
supiste...?
-Te
observe mientras dormías. No pude evitar mirar que soñabas. Parecías sufrir,
así que me introduje. Fui atrapada por unos segundos en tu pesadilla..., pero
no era una normal. Anuncia vientos de tempestad -terminó el hada.
-Solo
es una pesadilla...
-No
Link, es un augurio -le interrumpió el Hada.
-¿Como
sabes mi nombre?
-El
árbol Deku me lo dijo. Me pidió que te buscara. Él te necesita.
Link
se había quedado pasmado por unos instantes al escuchar esto. El Hada revoloteo
a su alrededor intentando traerlo a la realidad, pero parecía estar perdido en
una pétrea inconsciencia. Cuando el Hada creyó que lo que tenia de verdad era
serio, Link volvió en si acompañado de sonoras carcajadas.
-¡Pero
qué buena broma! -exclamó, mientras se bajaba de la cama y comenzaba a revisar
las afueras de cada ventana y de la única puerta que salía de su vivienda. –
¡Vamos Nox, se que estas allí! ¡De verdad te quedo muy buena esta vez! ¡Un poco
cruel, pero casi me lo hiciste creer! Link gritaba, intentando ser oído por el astuto
bromista, que de seguro estaba oculto en las cercanías. Muchas veces había sido
víctima de las bromas de Nox, quien siempre se burlaba de él, por sus fantasías
aventureras. Nunca había caído en alguna de sus mal elaboradas artimañas. Como
el día que disfrazó a un cervatillo con un manto de algodón previamente
empolvado con hollín, queriendo hacer parecer un lobo al pobre animal. Más que
una bestia feroz, lo que parecía era una alfombra sucia con patas. Así de
patéticos eran sus esfuerzos por atraparlo en una situación embarazosa, pero
ahora, al fin lo había logrado.
-¿Y
bien? Se dirigió al Hada que lo seguía con una mirada seria y una mueca
fruncida.
-¿Y bien qué? -le respondió
malhumorada.
-¿Dónde está Nox? Hay que decirle
que por fin me atrapó -dijo, acercándose a su cama de nuevo y acomodándose otra
vez para volverse a dormir. –Bueno, se lo diré mañana. De todas formas nos
tenemos que encontrar para rebajar la cizaña en el huerto de las Tulipadias y
quitar una buena cantidad de Runkas. Buenas noches, Hada.
Link no se había dado cuenta, pero aquella Hada
estaba comenzando a perder su color perlado, para ser remplazado por un vivido
rojo rubí. La paciencia de uno de aquellos vigilantes de los bosques no debería
ser puesta a prueba. Toda la vivienda de Link estaba ahora completamente
iluminada por un rojo fuego que asemejaba al color de un voraz incendio. Cuando
Link se dio cuenta, fue demasiado tarde. La luminiscencia fulguraba tanto, que
atravesaba sus parpados, estorbándole en su intento por volver a dormirse. Se
levantó fastidiado al creer que el engaño del que creía ser presa tenía un
segundo acto. Ya estaba replicando y apartando con desganas sus sabanas cuando
vio al hada, fulgurando aquel color casi diabólico y acercándose a él, como una
centella. No sabe muy bien que fue lo que pasó, porqué en un momento estaba
sentado en su cama, y al otro, volando por los aires, para luego estamparse
contra el piso de madera. Nadie está consciente de la verdadera fuerza de las
Hadas. Los que tienen la fortuna de ver una y descubrir su modo de vida,
aseguraran que solo son criaturas hermosas y delicadas, incapaz de hacerle daño
a nadie. El hecho es que poseen una fuerza considerable a su tamaño y Link
estaba aprendiendo eso de la manera difícil.
7
Ya estaba amaneciendo. Link y el Hada Navi,
como luego se presentó, seguían en una conversación que se había extendido
desde la madrugada. Link, había entendido que no se trataba de alguna broma,
teniendo que dar muchas explicaciones, al punto de contarle prácticamente toda
su vida. Por su parte, Navi se dio cuenta que no había sido alguna clase de
descortesía y lo perdonó. Cuando tocaron el tema del llamado del Guardián, Link
no podía creer las terribles palabras que salían de la pequeña boca de Navi.
-Todavía
no lo entiendo. Decía Link, entre excitado y asustado. ¿Por qué yo?
-Al
parecer -le respondía Navi- …la maldición de la que es presa el Gran Árbol Deku
solo lo afecta a él, y por lo tanto, a sus hijos.
-…los
Kokiri. Afirmaba Link.
-Exacto
-dijo Navi, alzando una pequeña tapa de vidrio que utilizaba como vaso. Link
tenía un buen suministro del néctar de Tulipadia en su casa. Cuando la
conversación llegó al tema de la maldición, la decadencia del bosque de Farore
y las aberraciones que estaban saliendo de los capullos donde deberían de nacer
la siguiente generación de Kokiris, Link simplemente dijo que necesitaba algo
dulce para quitarle el mal sabor de boca. Muy de acuerdo con él, Navi también
disfrutaba ahora de su propia porción, haciendo que el dialogo con ella fuera
más suave.
-Hada Navi… -empezó Link -...no sé cómo
decirte esto, pero no creo ser el indicado para ayudar al Gran Árbol Deku.
-Link paró un momento. El Hada parecía estar tornando su color perlado a un
rosa que se agudizaba más al rojo. -No es que no desee ayudar...- Se adelanto a
decir. -…pero mírame. Tengo 12 años
solamente. No tengo destrezas guerreras, salvo teorías que he leído en libros.
Nunca he empuñado una espada, ni siquiera he visto una que no estuviera
dibujada en papel o guardada en las vainas que portan los Guerreros Kokiri. De
hecho, no tengo ningún conocimiento en ningún tipo de arma y no tengo en mi
posesión alguna. Tampoco soy ningún mago para quitar ninguna maldición. En mi
opinión, deberías de ir a pedir ayuda a los consejeros de Mido. Ellos tienen
guerreros. Han custodiado el túnel que
va a la hondonada del Gran Árbol Deku por centurias. Ni siquiera en las guerras
de los Elfos estos pudieron pasar.
-Deberás
de pedir ayuda a los del pueblo, para que te den un entrenamiento básico o
simplemente utilizar aquella honda. Dijo señalando a la pequeña mesa que tenía
al lado de su cama. Si alguno de los Kokiri cruza ese túnel, morirá, o peor…,
se convertirá en una de esas abominaciones. Y si alguna de esas cosas pisa
territorio Kokiri, la maldición se esparcirá y todo Farore será consumido.
-Siempre
quise ser parte de una aventura, pero esto es más grande que yo -dijo Link,
moviendo la cabeza lado a lado.
-Un
amigo me dijo una vez: “No importa el tamaño de la criatura, si no, el
espíritu”. ¿Tú tienes el espíritu, Link?
Link
se levantó de la mesa, azorado en sus propios pensamientos. En su pecho, una
tormenta de sentimiento se debatía. Estaba asustado…, muy asustado, pero de
alguna forma todo eso lo atraía: El miedo a lo desconocido, la incertidumbre a
lo que le depararía, la ignorancia de los eventos fortuitos. Entonces tomo una
decisión, y armándose de todo el poco autocontrol que tenia, se volvió a sentar
y pozo su vista en Navi. Aquella mirada, hizo que el Hada refulgiera de color
plata. No había que decir ninguna palabra, su corazón hubiera aceptado desde el
principio, pero la mente, la conciencia y la razón a veces eran muy cobardes.
-Solo
hay un problema -dijo Link por fin. -¿Cómo vamos a convencer a los guardias del
túnel, y sobre todo, como le pido a Mido que abra para mí las Puertas Verdes?
-Ese
no es un problema, Link. Lo que deberíamos de solucionar ahora, es el modo de
armarte -dijo Navi, volando hacía Link y escrutándolo de pies a cabeza. –Las
armas de los Kokiri pueden ser de ayuda en ciertas situaciones cotidianas, pero
mágicas, me temo que no.
Me
dijiste hace un momento que tomara solo mi honda. ¿Ahora quieres conseguir
algún arma mágica? -Dijo Link, retorciéndose ofuscado en su silla.
-Mentí -dijo el Hada sin más miramientos,
mientras volaba en círculos sobre la cabeza de Link, y como si nada, comenzó a
hablar otra vez. -Existen muchas armas dejadas en el paso de los años, siglos,
e incluso eras, regadas por todo Farore. Conozco la mayoría de los escondites
donde fueron dejadas, a la espera de un portador que las necesite.
Lamentablemente no tenemos tiempo para ir en su busca. No estoy acostumbrada a
esta parte del bosque, ya que los Kokiri son los que la custodian. La mayoría
de los secretos hylianos escondidos en él, se me escapan.
-Quisiera que Saria estuviera aquí -Susurró
Link.
8.
-¡Link!
¡Link! ¡Link! Tres llamados se escucharon en las afueras, y Link,
saliendo atropelladamente por la puerta, miró la figura de Saria que corría
hacía su casa con Polo, su Hada acompañante siguiéndola. Siempre llegaba igual,
con aquel habitual gesto de la mano levantada y su radiante sonrisa. No lo
podía creer. Era como si la hubiera llamado con el pensamiento. Saria, de tez
olivácea como las aceitunas y cabellos de un vivido color verde, era mucho más
bajita que Link. A veces no creía que aquella pequeña persona lo hubiera
cargado de bebé. Dicho pensamiento hizo que en su pecho redoblaran sus pálpitos
junto con un leve tono de melancolía. Le devolvió una sonrisa propia de la que
uno ofrece a un ser querido y un gesto de la mano casi frenético. Se tiró hacía
las ramas, haciéndole caso omiso a la escalera de mano y comenzó a saltarlas en
zigzag hasta llegar a tierra firme. Saria se paró silenciosa delante de Link
para contemplarlo de pies a cabeza, algo que siempre hacía cuando tenía largos
periodos sin verlo. Notó como subía la mirada, retomándole en su cabeza la idea
de su estatura, pero ella en vez de fruncir el seño, una mirada de satisfacción
se dibujaba en su infantil rostro, mientras asentía complacida. Polo, lo saludó
rápidamente con la mano, soltando una pequeña lluvia de escarcha.
-Pensé
que no te vería por lo menos en una Luna Llena más. ¿Qué haces aquí? –preguntó
Link azorado por la emoción.
-Bueno,
cosas de la aldea.
-¿Cosas
de la aldea? –Se extrañó. –Tú nunca te ocupas de las cosas de la aldea. Para
eso está el cascarrabias de Mido.
-Oh,
no se te puede esconder nada. Eres como los mapaches que siempre se están
metiendo por los rincones más imposibles –Le decía Saria, mientras estiraba una
mano y acomodaba el gorro de Link que se estaba empezando a torcer de lado
debido a que aumentaba de talla cada vez más rápido.
-Anda,
dime… -Link puso aquella cara implorante que tanto desarmaba a Saria.
-Ah,
está bien. Tal vez haya ciertos problemas en los bosques. Vine a hablar con
Mido para que nos reuniéramos con el Gran Árbol Deku.
Al
oír esto, Link cayó en cuenta de que se había olvidado por completo de la
visita del Hada. Aquellos “ciertos problemas” eran más grandes de lo que le
quería contar y mucho mayores de lo que ella misma sabía. Tenía que poner a
Saria al tanto de lo que Navi le había contado. Pero justo cuando iba abrir la
boca, el rostro de Saria se ilumino de una manera como nunca lo había visto. Polo
también pareció agitado, revoloteando alrededor de sí. Subió la mirada y se
dio cuenta que Navi estaba volando por
encima de su cabeza. En ese momento Link casi parecía un Kokiri más.
-¡Oh Link, que sorpresa! –Exclamó Saria,
embelesada ante la presencia de aquella Hada. Este es un regalo del Guardián
del Bosque. Te está haciendo uno de nosotros.
Dentro
de los pensamientos de Link hubo un cierto júbilo. Pensar que tal cosa fuera
verdad le hubiera encantado, pero Navi solo era una emisaria que le estaba
entregando un recado. Link se dio un toque en la cabeza. Otra vez estaba
perdido en divagaciones menos importantes. Comenzó a hablar apresuradamente,
intentando comunicarle a Saria lo que le había dicho el Hada. Ella, no
entendiéndole nada, tuvo que ponerles ambas manos en los hombros para hacerle
entender que parara.
-Tranquilo,
Link. Me lo contaras todo cuando vuelva de la audiencia y festejaremos –Dijo
Saria, y ya se iba a dar la vuelta para retirarse cuando Link la tomo del brazo
y la retuvo.
-¿Cuándo vas a ir a la audiencia? –preguntó con
un tono un poco brusco.
-Ahora
mismo –le contestó Saría, extrañada por el comportamiento de su pupilo. Decidió
no darle importancia. Pensó que se debía a la euforia que sentía por la
aparición de su Hada. -Acabo de ver a Mido, pero ya sabes cómo es él. Entrará
primero por Las Puertas Verdes para avisar al Guardián de mi petición –terminó
de decir.
-Link,
tienes que detenerlos –le apremió Navi.
9
Saria se asombró ante la repentina
ida de Link. La seriedad de sus ojos no contrastaba nada con la juventud de su
rostro. Se dio la vuelta para seguirlo, pero el tintineo de Navi la
detuvo. La nueva Hada de Link voló en
círculos hasta posarse cara a cara con Saria, sin mostrarle atención a Polo,
quien intentó saludarla con distintos tonos de colores vividos.
-Necesitamos hablar antes –dijo.
10
Link
corrió, saltando la cerca de Ciku, pasando la tienda de Erder y cruzando el
riachuelo frente a la Casa de Cira. Los pocos Kokiri que paseaban en los
caminos de tierra lo vieron con mala cara. Una cabra que jalaba un pequeño
carruaje lleno con distintos tipos de vegetales y grandes manojos de yerba,
tuvo que parar en seco su avance ante su súbita aparición. El Kokiri que lo
conducía estaba dormido encima de la mercancía, y ante el brusco vaivén, se
despertó azorado y casi se calló. Cuando vio a Link pasando de largo, agitó un
puño al aire y lo llamó “limpia excrementos”. Se atrevió hacer un ademan de
lanzarle una de las coles que tenía más a la mano, pero se arrepintió al
instante acariciando al vegetal y disculpándose con él.
Link seguía su carrera, jadeando. Vio a su
derecha una senda con altas malezas y concluyó que podía cortar terreno por
allí. Las pasó y se encontró en un enorme terreno donde una gran familia de Runkas
había decidido hospedarse. No se dio cuenta de la conocida figura que, de
repente, apareció frente a él. Chocó
estrepitosamente, y entre gruñidos de dolor y exclamaciones, rodaron por el
piso.
-¡Nox! ¿Qué haces aquí? –exclamó
Link.
La figura de Nox, le ofreció un
rostro confundido, mientras se ponía de pie y se sacudía la tierra de su ropa.
Su Hada, Liha, le daba una mirada desaprobatoria, poniendo los puños en sus
caderas y emitiendo tintineos estridentes. Nox tenía una figura casi jorobada,
la nariz larga y respingona, y su cabello no era de raíces o yerbas, sino de
paja. Cuando tenía su gorro puesto, este le hacía caer la áspera melena a los
lados, tapándole los ojos. Este era, después de Saria, su mejor amigo. Cuando
empezó como repartidor y limpia vías, aquel fue el segundo Kokiri que no lo
repelía, ni le hacía malas caras.
-
Bueno, si viste tu hoja de tareas, sabrás que hoy nos tocaba limpiar esta zona
de Runkas. Hay que decirlo, cada vez se están poniendo más grandes. Casi igual
que tú –dijo burlón. -¿Por qué tardaste tanto?
-No
me lo vas a creer, pero no te lo puedo explicar ahora. Tengo que ir a la casa
de Mido. Respondió apresurado.
-No
lo encontrarás allí –le comento Nox.
-¿Por
qué?
-Verás.
Yo también llegué tarde a mis tareas. Estaba trucando un poco de esa yerba que
utilizan los Elfos para echar humo por la boca. A los Guerreros Kokiris parece
gustarles bastante…, y como conozco un sitio donde crecen en las afueras de la
aldea, decidí hacerme con unas Rupias extras. No sabes cuánto pagan por…
-Si,
si, si. Se de tus modos extra para conseguir Rupias. Cuéntame sobre Mido –le
apresuró Link.
-¿Qué?
No sé porque tan interesado. Lo digo porque eres tu quien siempre se esconde de
él.
-¡Nox!
-Está
bien, no te alteres. El llamado del cuerno sonó mientras hacía mis negocios.
Sabes que ese cuerno solo se toca cuando La Nueva Cosecha esta lista. Pero en
realidad estaban llamando a todos los Guerreros Kokiri que estaban fuera de
servicio. No sé para qué, pero todos están conglomerados frente a Las Puertas
Verdes ahora mismo.
Al
escuchar eso, Link se dio media vuelta y
reanudó la carrera otra vez, dejando a Nox completamente confundido, otra vez.
11
Llegó
por fin al final de la hondonada sur. Allí vio las casas de los Kokiris más
viejos: los Dornos, un par de Kokiri Gemelos pertenecientes a la cosecha más
extraña que había salido del Árbol Deku. Según contaban, ambos habían nacido
del mismo capullo. Link y Nox los apodaron “Los Hermanos Sabelotodo”, ya que
siempre estaban sumergidos en hojas de pergamino; eran unos de los pocos que
tenían acceso a la sección prohibida de los depósitos, estudiando el “porque”
de lo que hizo a los Elfos cometer aquellas atrocidades hace tanto tiempo.
También estaba la casa de Varia, una
Kokiri muy extraña que se la pasaba todas las noches en el techo de su cabaña
observando el cielo, como si esperara a que algo pasara. Link nunca había
cruzado palabras con ella, pero si miradas. Las pocas ocasiones que hubo pasado
frente a su casa, fueron las únicas veces que había bajado la mirada. En sus
ojos no se veían el mismo miedo o desprecio que los otros Kokiri le profesaban.
Más bien, era como si intentara ver más dentro de él. Era una sensación muy
extraña, y a la vez, terrorífica.
Después de un tramo más largo, vivía
Mido. Link no sabía cuántos años tenía en realidad, pero era el segundo más
viejo de la aldea después de Orlo. Nox le había contado que su odio por los Elfos
venia desde antes que la guerra tocase Farore. A Link no le tenían que decir
aquello para saber que aquel odio era centenario. Lo había cachado muchas veces
siguiéndolo con la mirada o hablando con los pocos Kokiri con los que tenía
comercio. Siempre comentaba con Rido acerca de su desempeño en las tareas que
le asignaban, pero este nunca se quejó. También comenzó hablar con Orlo cuando
descubrió que se la pasaba por allí regularmente, pero este siempre le cubrió
la espalda diciéndole que le venían muy bien otras manos cuando hacía su
inventario quincenal. Una vez llegó a interrogar severamente a Nox, y otra, le
había ofrecido una pequeña bolsa llena de rupias. Pero no importaba que tan
avaro fuera, Nox no lo habría vendido nunca. Todo aquello sin duda para
encontrar un motivo lo suficientemente valido para expulsarlo.
Allí
mismo también se hallaba la casa de Saria, la más cercana a la entrada del
Árbol Deku. Su trabajo en los Bosques Escondidos siempre la mantenía fuera. Link
iba cada luna menguante a sacudir el
polvo y abrir las ventanas para que el olor ha encerrado no apestara el lugar. Allí
fue donde se había criado hasta los 8 años, cuando Mido, su más cercano vecino,
lo halló lo suficientemente grande para tener su propia casa. Lo mandó a vivir
al otro lado de la aldea, lo suficientemente lejos para no soportar su élfica
presencia.
Bajó
la vereda con el resto de las fuerzas que le quedaban y subió una pequeña loma
que en aquel momento le parecía una montaña. Después de una hilera de arboles
se hallaba a unos metros de Las Puertas Verdes. Se tuvo que detener en seco
cuando vio la más grande conglomeración de Kokiris que nunca había visto en las
horas diurnas. Muchos de ellos parecían somnolientos, parpadeando ante el
resplandor de un sol del que la mayoría no estaban acostumbrados. Eran alrededor de cien gorros verdes que se
estaban aglomerando en cuatro pelotones.
-¡Guerreros
Kokiri! –gritó una voz. Era Mido, intentando hacerse oír entre los balbuceos de
los reunidos. Su voz hizo que todos guardaran silencio.
-¡Hoy
vamos hacer algo que nunca hacemos, salvo en las épocas de Cosecha! ¡Iré a parlamentar
con el Gran Árbol Deku, y necesito que resguarden la hondonada por el bien de
nuestro padre! ¡El pelotón Sauce ira a la entrada norte! ¡El pelotón Abedul, a
la entrada del oeste! ¡El pelotón Acebo guardará la entrada a Los Bosques
Escondidos! ¡Por último, el pelotón Pino cercará todo paso de otros Kokiris
desde el arrollo! ¡Oh si, excepto a Saria, quien me pidió permiso para
acompañarme a parlamentar! ¿Entendido?
-¡Si
señor! –gritaron al unísono y se encaminaron a sus posiciones.
-¿Saria
le pidió permiso? –bufó Link, indignado ante la fanfarronería de Mido.
Se escondió entre unos matorrales a un lado
del camino. Los guardias pasaron sin percatarse de él, estando mas entretenidos
intercambiando chismes sobre lo que sucedía que pendientes de lo que les
rodeaba. No tenía que correr riesgos si lo pillaban antes de avisar a Mido. Por
fin tuvo vía libre. Solo cuatro Guerreros Kokiri se quedaron franqueando Las
Puertas Verdes, dándole la espalda a Mido quien quitaba el tocón que serbia de
cerradura. Este era un gran pedazo de madera posada a lo largo de las puertas
con una serie de runas del lenguaje Kokiri cinceladas a lo largo. Las runas
estaban para sellar mágicamente la puerta; de hecho, todo alrededor de la
hondonada donde estaba El Árbol Deku estaba protegida por estos Sellos Rúnicos
Perpetuos que imposibilitarían la entrada de cualquiera de las razas conocidas
en todo el mundo: Kokiri, Hyliano, Goron y Zora. Para posibilitar el acceso al
Árbol Milenario, se había construido un único túnel que cruzaba gran parte de
la montaña que bordeaba las hondonadas. Antiguamente no estaban las Puertas
Verdes. Se habían construido a partir de los ataques Elfos. Aquello fue idea
del propio Mido, sabedor de este arte. Era el único que sabía el verdadero
orden en que las runas deberían ser tocadas, y solo del que debería brotar la
savia que serviría para abrir las puertas.
¡No!
–Gritó Link, al ver que el tocón caía.
12
-¡No!
¡No la abran!-
Mido
se dio la vuelta rápidamente. Conocía aquella voz, pero le sorprendió bastante
escucharla en aquel sitio, en aquel preciso momento. La figura de aquel
bastardo Elfo corría frenéticamente hacia él. ¿Se abría vuelto loco? o abría
sacado por fin su verdadera naturaleza barbárica como la de sus congéneres?
-No...
deben... abrirla –dijo Link cuando llegó a ellos, jadeando y perlado de sudor.
Los
cuatro Guerreros Kokiri le impidieron acercarse a Mido, y este, aun con la cara
sumida en asombro, no tardó en señalarle a los guardias que lo sometieran.
Cuando lo rodearon, este alzó las manos para frenarlos, balbuceando
incoherencias entre sus jadeos de cansancio. Mido intercambió miradas con Fala,
su Hada, como si ella pudiera comprender a Link de alguna forma. Pero esta negó
con un encogimiento de hombros.
-¡Silencio!
¡Que es esta insolencia, Elfo! ¡Acaso osas evitar una conferencia con el Gran
Árbol Deku! –exclamó.
-No…
hay algo… que tienes… que saber –habló Link, entrecortadamente.
-¿Y
que es ese algo, Elfo? –pregunto Mido, casi escupiendo en el nombre de su raza.
-Un
Hada vino a mí en la noche. Trajo noticias del Árbol Deku sobre…
-¡Que!
Te burlas de mí -le interrumpió Mido, irritado. -Ningún Hada se te acercaría a
ti y a tu asquerosa presencia élfica, mucho menos para entregarte un mensaje
del mismísimo Árbol Deku.
-Tú
no entiendes. El Árbol Deku está siendo consumido por una maldición. Si abres
las puertas, la maldición los consumirá a todos.
-¡Mentiras!
-exclamó colérico. -El Árbol Deku es el árbol Milenario. Uno de los seres más
poderosos de Farore. No hay maldición que lo pueda afectar. No sé qué hongos
silvestres hayas comido, pero...
-¡No
miento! –gritó Link.
-Muy
bien. Si no estás mintiendo, dime donde esta esa “Hada”. –Volteó la cabeza,
dirigiéndose también a Fala -¿Sientes la presencia de otra Hada que no sean las
que acompañan a mis guerreros? -su Hada volvió a negar.
-Ella
esta… -Link calló de repente, mientras miraba para todos lados. –Se debió haber
quedado con Saria. Ella sabe. Se lo debe de haber explicado ya. Espera a que
venga. Solo te pido eso.
-No
voy a quedar en ridículo por un mocoso Elfo que quiere llamar la atención. Ya
pensaré en algún castigo para ti cuando vuelva de la audiencia.
-¡Mido,
no abrirás esa puerta! -Amenazó Link, y acto seguido se fue contra uno de los
Guardias Kokiri e intentó quitarle su espada, pero fue muy lento. El Kokiri
agarró su brazo y lo torció hasta límites agónicos, mientras que los otros
guardias se lanzaban sobre él.
Mido estaba petrificado y extasiado
al mismo tiempo. Por fin aquel bastardo Elfo hacía algo…, algo que le diera la
escusa para expulsarlo de la aldea. Por fin los Kokiri estarían libres de cualquier
cercanía a toda basura Élfica.
-No
la abras Mido. Espera a Saria, o condenaras a todos los Kokiris– exclamaba
Link, mientras los guerreros lo sostenían por brazos y piernas.
-¡Ja!-
Mido soltó una carcajada seca y tajante. –Sabía que algún día osarías
comportarte exactamente como los de tu raza. Vamos a ver si ahora El Gran Árbol
Deku se da cuenta que, en su grandísima benevolencia, cometió un error al dejar
vivir entre nosotros a uno de esos Elfos barbaros y violentos. No te extrañe
mucho que ha mi regreso seas desterrado.
Caminó
directo a las puertas verdes, mientras los guerreros aun estaban ocupados en un
Link que se resistía fieramente a ser dominado. Se decidió hacerse paso hacía
El Guardián él solo, sin las ceremonias pertinentes. Agarró los goznes y
comenzó a tirar. La puerta no se abría desde la última cosecha hace dos años,
así que le costó sus buenos tres intentos abrir solo una rendija. Haló otra
vez, y la abertura se volvió ligeramente más grande. Cuando iba por el quinto
intento, paró en seco al escuchar algo extraño. No podía distinguirlo bien,
debido al alboroto que causaba los forcejeos a su espalda. Link seguía gritando
desesperado que no la abriera, pero lo que quería Mido era silencio para poder
oír aquello. ¿Acaso había algo dentro del túnel hacía el Árbol Deku? Imposible.
Intentó mirar por la rendija de las puertas, pero no estaba acostumbrado al sol
del mediodía que encandilaba su vista. Acercó entonces su oreja para poder
percatarse de una vez por todas que era aquello, pero solo distinguió el eco
del escándalo entrando y magnificándose en el túnel. Creyó haberlo oído otra
vez, y se inclinó más. Allí estaba. Era como un siseo y un gorjeo hechos al
mismo tiempo. Nunca había escuchado nada igual, y eso que conocía todos los
trinos, gruñidos y ladridos de cada animal y criatura que vivían en el bosque.
Fala intentaba advertirle, pero este no le hacía caso. El sonido se volvió más
notorio…, acercándose y acercándose cada vez más, hasta que lo acompañaron unas
zancadas veloces y pesadas. Ni siquiera Fala fue lo suficientemente rápida,
aunque pudo apartar la cabeza de Mido lo suficiente como para que el zarpazo de
una mano monstruosa solo le arrancara la oreja. Se hecho hacía atrás y cayó de
bruces en el suelo, mientras que un pitido hacía imposible oír los gritos que
brotaban de su boca.
Mientras
se sostenía el hueco donde había estado su oreja, vio el rastro de su sabia
blanca que guiaba a la abertura de Las Puertas Verdes. Entre estas, un brazo de
aspecto cadavérico, de tés marrón como la madera y unas garras como astilla se
agitaba frenéticamente. En aquellas horrendas falanges, Fala se agitaba
desesperada, mientras que la mano apretaba, apretaba y apretaba, hasta que su
cuerpo literalmente explotó, salpicando su sangre plateada sobre él. El brazo
volvió a la negrura del túnel, llevándose consigo los restos del Hada. Mido
volvió a gritar, esta vez no por el dolor de su herida, sino por la pérdida de
su compañera. Acto seguido, otra garra dio acto de presencia, sumándose una
segunda…, luego una tercera…, otra cuarta…, seguida de una quinta. Entre ese
mar de zarpas, logró avistar un ojo rojo que lo veía con rabia y hambre.
La
visión se le empezaba a poner borrosa, y en esa niebla, una figura con ropajes
verdes y armada con una espada corría directo hacía cualquiera que fueran esos
engendros. Movía la espada con poca destreza, pero lograba su cometido. Los
brazos cercenados comenzaron a caer y las criaturas retrocedieron. Sin esperar,
se fue sobre las puertas, empujándolas desesperadamente. Un gran golpe venido
del otro lado amenazó con tirarlo al suelo. Pero rápidamente recobró el
equilibrio, y mientras aguantaba la puerta con su espalda, se inclinó con dificultad
a coger el madero para trancarlas. Apenas logró ponerlo entre las ranuras de
hierro forjado, cuando una segunda envestida golpeó con más fuerza que la
anterior. ¿Quien era aquel Kokiri? Se preguntaba Mido entre fuertes espasmos de
dolor. Sin duda habría que hacerle una celebración. Extendió la mano hacía él,
pidiendo socorro y sintió ser alzado. Estaba siendo llevado en brazos, lejos de
aquel horror. Su vista se poso en la cara de aquel valiente para decir gracias,
pero cuando vio quien era, lo único que le salió fue una débil exclamación de
sorpresa.
¡Link!

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